Elisabete nació ciega y siempre fue diferente a los demás lobos de su manada, pero llevaba consigo un destino grandioso: convertirse en la Luna, la líder espiritual del grupo. Cuando llega el momento del ritual que confirmaría su puesto, es rechazada públicamente por el alfa Caíque, humillada y expulsada, sumida en soledad y dolor. Sola y vulnerable, recuerda su infancia marcada por rechazos, pero también por un entrenamiento secreto que aguzó sus otros sentidos, convirtiendo su aparente fragilidad en fuerza.
Guiada por Alisson, el alfa enemigo de Caíque, Elisabete atraviesa territorios peligrosos y encuentra refugio seguro por primera vez. Bajo su protección, comienza a sanar viejas heridas, reconectar con su propia fuerza y descubrir que, incluso en la oscuridad, es capaz de sobrevivir y volver a confiar. Mientras tanto, Caíque, el alfa que la rechazó, se da cuenta de que su error puede tener consecuencias inesperadas. Entre recuerdos dolorosos, enfrentamientos y nuevos vínculos, el destino de Elisabete se transforma, demostrando que la verdadera fuerza viene de superar el rechazo y encontrar aliados en los lugares más inesperados.
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Capítulo 21
Elisabete despertó envuelta en hierro frío.
El olor de ruinas antiguas le entró en los pulmones incluso antes del dolor. El cuerpo estaba débil, pesado, como si hubiera sido abandonado por sí mismo. Las muñecas ardían presas a las cadenas que la mantenían sentada contra la piedra quebrada del antiguo salón de la manada destruida.
Ella se movió.
El hierro respondió con un crujido seco.
La memoria volvió en fragmentos: la luz… el impacto… el vacío.
Y entonces él habló.
—Despierta…
La voz venía de la oscuridad al frente.
Caíque surgió lentamente, como una criatura hecha de odio y paciencia. Su mirada no cargaba deseo —solo posesión. Control. Crueldad.
Se acercó hasta que ella sintió su presencia como una lámina invisible junto al rostro.
Él sujetó su barbilla con fuerza.
—Serás mía —dijo, frío—. Porque yo lo he decidido así.
Elisabete contuvo la respiración.
—Y no esperes por Alisson —continuó él, inclinándose para que cada palabra fuera una herida—. Está demasiado ocupado salvando a los otros para venir a salvarte.
El vínculo quemó.
Ella intentó reaccionar.
Intentó llamar a la loba.
Intentó tirar de la luz.
Nada vino.
El cuerpo todavía estaba exhausto de la explosión anterior. El poder estaba dormido. Distante.
—No… —murmuró ella—. No responde…
Caíque sonrió.
—Exactamente.
Soltó su rostro con desprecio y dio dos pasos hacia atrás.
—Descansa, pequeña Luna Quebrada. Tus gritos aún no me divertirían lo suficiente.
Elisabete sintió las lágrimas descender, cálidas, silenciosas, impotentes.
Él se volvió hacia dos de sus subordinados en las sombras.
—Llévenla. Enciérrenla. Encadénenla a la cama.
Ellos avanzaron.
Elisabete intentó resistir.
El cuerpo falló.
Antes de desmayarse nuevamente, aún oyó la última orden de Caique:
—Después yo vuelvo. Y tengan cuidado… —sonrió torcido—. Esta mujer es arisca.
El mundo se oscureció.
En la línea de frente de la guerra, Alisson cayó de rodillas.
La sangre manchaba sus brazos hasta los codos. El suelo temblaba bajo los ataques. El olor de la muerte se extendía como niebla espesa.
Pero nada dolía más que el vacío en el vínculo.
Ella estaba viva.
Pero lejos.
Y en peligro.
—¡ALFA! —gritó un guerrero—. ¡La ala norte ha caído!
Alisson intentó erguirse.
Las piernas fallaron.
Golpeó a un enemigo por reflejo, pero el movimiento salió lento, impreciso. El peso de la ausencia de Elisabete aplastaba su pecho como una mano invisible.
—Ella está sola… —susurró, casi sin voz.
El mundo giró.
Cayó de nuevo.
Pero se levantó.
Porque la guerra aún no había acabado.
Y porque aún necesitaba sobrevivir para ir a buscarla.
Aislado en un punto escondido de la manada Caíque pensaba en una manera de humillar a Elisabete aún más.
—Ella es ciega no servirá para ser mi Luna, pero para mi concubina en la cama ella me servirá muy bien.
Sonrió de lado, cuando hacía las amenazas con Elisabete amarrada en el trono.
Sintió una voluntad enorme de pasear con las manos por el cuerpo de ella.
Para ser Luna ella no sirve, pero para atender a los más crueles caprichos ella le servirá muy bien.
—Solo no lo hice, pues tenía dos comparsas míos en la sala y eso yo quiero hacer cuando esté a solas con ella.
Caíque pretende devolver a Elisabete para Alisson, pero toda quebrada y con su alma destruida.
Para conferir que sus comparsas hicieron lo que él mandó, él entró en el cuarto.
Elisabete está apagada y encadenada a la cama.
Caíque se aproxima y pasea con la mano por el cuerpo de ella y besa sus labios.
—Cuando yo venga cumplir lo prometido, yo quiero oírte implorar por tu vida.
Él sale sintiéndose el victorioso.
Y va a volver decidido a transformar la luz de Elisabete en la más triste tiniebla sombría.