Cataleya Dunner es una joven que ha aprendido a ocultar las cicatrices de un pasado que la marcó profundamente. Decidida a no volver a amar, ha construido muros alrededor de su corazón para protegerse del dolor.
Sin embargo, la llegada de alguien que no esperaba amenaza con derribar esas barreras.
Él representa todo lo que Cataleya no busca, pero también todo lo que necesita para volver a sentirse viva. A medida que sus caminos se entrelazan, Cataleya se enfrenta a la difícil decisión de abrir su corazón nuevamente o mantenerse en la seguridad de su mundo cerrado. ¿Podrá el amor sanar las heridas más profundas o el pasado doloroso será un obstáculo insuperable?
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Verdades tardias y enemigos cercanos.
Verdades Tardías y Enemigos Cercanos
Chad Evans
¡¡¡Soy un idiota!!! Qué mal actué. Nunca imaginé que Cataleya llegaría a verle… y justo cuando por fin iba a contarle todo en el parque, no pude. La vi tan feliz con ese chico, tan llena de luz… ¿Cómo arruinarle eso? Pero la felicidad le duró poco. Lo vio. Lo vio… y luego vi cómo se desmayaba. Aunque quise acercarme, sé que por ahora no querrá verme. Siempre supe la verdad de él.
Ya estaba en las calles nuevamente y no pude decírselo. Qué estúpido mejor amigo. Ni siquiera protegerla supe.
Los seguí hasta el hospital, solo quería asegurarme de que ella estuviera bien. Fui cuidadoso, pregunté a una enfermera y respiré aliviado cuando supe que ya estaba estable. Pero ahora… ¿cómo la veré a los ojos? ¿Cómo le diré que me fui a Marsella para protegerla porque él ya estaba suelto? ¿Que el día que me preguntó por qué estaba allá le mentí en la cara?
Golpeo el tablero del carro con fuerza, maldiciendo por todo lo alto. Esto no debió pasar. Ella tenía que saberlo… debí advertirle para que no se pusiera así de mal.
Solo espero que algún día pueda perdonarme.
Saco mi móvil y marco a Billy. Más que mi jefe, es mi amigo, ¿recuerdan?
—Billy, la cagué. Cataleya ya sabe que anda suelto, y lo peor es que no pude advertirle.
—Te dije que se lo dijeras cuando llegaste a Marsella, pero nooo, tuviste que esconderle eso.
—¡Lo sé! Ya no me regañes, ¿quieres?
—¿Y ahora qué harás?
—Estoy en el aeropuerto. Voy a regresarme a Marsella. Fui hasta su casa para hablarle, pero su madre me dijo que se fue. Que tuvo problemas con su padre.
—Mantenme informado.
Vuelo a Polonia próximo a despegar. Escucho los anuncios por altavoz y me apresuro para llegar al avión.
Deaclan Müller
Lo que menos imaginé fue que Cataleya conociera a ese pedazo de animal… y mucho menos que haya tenido algo con él. ¿Cómo es eso de que "la pasaron rico" y toda esa mierda que dijo?
Sí, estoy celoso. Muy celoso. Cataleya y él... no. ¿Cómo pudo suceder eso?
Voy en el Jet y mi mente no para. Aún intento procesarlo todo. Ahora entiendo por qué se desmayó en el parque. Por fin todo encaja. Pero también sé que hay muchas cosas que aún no sé. Y no la voy a forzar a hablar. Cuando esté lista, lo hará. Al menos yo ya le conté cómo lo conocí… y por qué somos enemigos.
Dos horas después, llegamos a Francia. Mi chófer nos espera para llevarnos a nuestros destinos. Sé que volver a estar con Cataleya no será fácil. Desde ahora, las cosas volverán a cambiar.
Cuando llegamos a su apartamento —porque utilicé como excusa ayudarla con el equipaje— me invita a pasar, pero esta vez no puedo. Por más que quiera dejar el trabajo a un lado, tengo que investigar lo del incendio en mi club.
Le doy un beso suave y le prometo que pronto nos veremos.
—Zev, ya ando aquí en Marsella. ¿Dónde estás?
—Hola. ¿Dónde demonios están tus modales, princesa?
—Zev, si supieras todo lo que traigo encima no estarías jodiendo.
—A alguien no le fue bien con la muñeca… uuuh uuuh.
—En media hora en tu casa. No llegues tarde. No tengo paciencia.
Le indico al chófer que vamos a mi apartamento y 25 minutos después llegamos. Zev llega minutos después. Por fin me hace caso y no me hace esperar.
—Cuéntame, ¿qué te hizo o no te hizo la muñeca? —pregunta sin poder contener la risa.
—Ella no tiene nada que ver.
—¿Entonces por qué vienes echando humo por las orejas? ¡Habla duro!
—¡No me grites! Pasaron muchas mierdas en Polonia y sí, Cataleya está metida en todo eso… pero no de la forma que crees.
Le resumo todo. Si no lo hacía ahora, Zev no iba a poder concentrarse en nada. Cuando algo se le mete en la cabeza, es más fácil arrancársela que hacerle olvidar.
—¿Espera, no me digas que ese idiota salió de la cárcel ya? —pregunta Zev más asombrado que yo.
—Así es. Yo tampoco pensé que lo haría tan rápido.
—Bueno… y si fue él quien mandó a quemar tu club… sabes que dijo que se vengaría por meterlo a la cárcel. Dijo que se la cobraría toda.
—Mierda. Lo sé. No tienes que repetírmelo.
—¿Y ahora qué haremos? —grita con más pánico que una mujer asustada. A veces dudo de su masculinidad, en serio.
—No lo sé. Buscar en las cámaras y encontrar al hijo de puta que hizo eso… y hacer que se arrepienta de haberse metido conmigo.
Nos dirigimos a mi sala de control. Allí tengo los respaldos de todos los vídeos de seguridad. Nos ponemos a revisar, y cuando ya estaba a punto de perder la paciencia… ¡Bingo! Justo lo que quería ver.
—¿Conoces a ese hombre, Deaclan? Porque yo nunca lo he visto en mi vida.
—No… iba a preguntarte lo mismo. Pero con su cara en el video, descubriré quién es.
—Descubriremos, cariño.
—Zev, en serio… ni en momentos así puedes comportarte. Tengo contactos en la policía. Le tomo una foto a la imagen del tipo y se la envío a Pablo Durand. Aquí en Francia, la tecnología es de otro nivel: con una foto pueden rastrear toda la información.
Media hora después, suena un mensaje en mi teléfono. Lo tomo… y sonrío.
—Jean Damien Bonnet. 25 años. Vive aquí mismo, en Marsella.
Se lo enseño a Zev y ambos nos ponemos de pie al mismo tiempo. Hora de ir a buscar a ese maldito.
Cataleya
Todos sabían… menos yo. Todos me protegían de una verdad que, tarde o temprano, me explotaría en la cara. Y ahora… me siento más sola que nunca.