Yo tenía veintitrés años y necesitaba quinientos mil pesos para salvar a mi mamá.
Por eso acepté darle un hijo a un viudo de cincuenta.
Pero marqué el número equivocado.
Adrián Valdés tenía treinta y cinco, una fortuna inmensa y gustos peligrosamente dominantes. Me dejó la luz encendida, me ató las muñecas y me enseñó a pedirle más.
A la mañana siguiente, el dinero estaba en mi cuenta.
Debió ser una sola noche.
Ahora mi sugar daddy me llama su niña… y no permite que ningún otro hombre me toque.
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Capítulo 3
Capítulo 3: Súbete, yo te enseño
Compláceme.
Dulce soltó la bolsita de plástico. Cayó junto a la etiqueta, en la alfombra, y ninguno de los dos la levantó. Dejó la chamarra en el brazo de una silla, con el celular todavía en la bolsa del pecho, y caminó hacia el sillón como se camina hacia el agua fría: sin pensarlo, porque si lo pensaba se regresaba.
A los pocos pasos ya lo vio completo. El pelo negro, mojado, le escurría por la nuca. Tenía los hombros anchos, la piel tostada como de alguien que nada al aire libre, y un abdomen que no tenía ningún derecho de existir en un señor de cincuenta años. Las señoras del tianguis se lo habían dicho entre risas, mientras ella se medía el vestido detrás de una cobija colgada: los viejos ricos pagan bien, mija; nomás cierra los ojos.
No había nada que cerrar. Ese hombre no tenía una cana.
¿Cincuenta? Ni de chiste.
Bueno. Los ricos se cuidan. Tienen entrenador, comen salmón, se ponen cremas de las que anuncian en la tele a las dos de la mañana. Dulce se había chutado tres doramas enteros de señores guapos y maduros, y ninguno, ni el del restaurante ni el del abogado, se parecía a lo que tenía enfrente.
Complacerlo. ¿Y eso cómo se hacía?
Lo único que se le ocurrió fue lo de las películas. Le agarró la mano y jaló. Él la dejó jalar; se levantó despacio, y de pie le sacaba más de una cabeza. Dulce se paró de puntitas, cerró los ojos, echó la cara hacia adelante… y le dio con la nariz en la nariz.
Perfecto. Veintitrés años y ni un beso decente.
—Ni besar sabes. —Él se rio bajito, desde el pecho.
Dulce abrió los ojos. Tenía la cara ardiendo, pero ya había llegado hasta ahí.
—Pues… enséñeme.
Él la miró un segundo. Luego se volvió a sentar en el sillón, se acomodó hacia atrás y se dio dos palmadas en el muslo.
—Súbete. Yo te enseño.
Dulce se subió. Con las rodillas a los lados de él, el vestido de ciento noventa y nueve pesos arrugado en los muslos y las manos sin saber dónde ir, hasta que él le agarró una y se la puso en su hombro. La piel estaba tibia todavía del baño.
Esta vez fue él. Le sostuvo la barbilla con dos dedos y la besó despacio, apenas, y luego otra vez, hasta que ella entendió que tenía que dejar de apretar los labios. Olía a jabón y a algo más caro que el jabón. Dulce se agarró de su cuello para no irse de lado. Cuando se separaron, ella tenía la respiración de quien subió corriendo al quinto piso.
Él no le dio tiempo de recuperarla. Volvió a besarla, le cerró una mano en la nuca y se levantó con ella todavía montada en su cintura. Dulce soltó un gritito contra su boca. Adrián cruzó el cuarto y la dejó sobre la cama sin apartarse de entre sus piernas.
—Tengo gustos especiales —murmuró mientras le deshacía el nudo del vestido en la nuca.
A Dulce se le aparecieron un látigo y unas esposas de peluche rosa. La boca de él bajó por su cuello antes de que pudiera imaginar algo peor.
—Haga lo que quiera —dijo, ya sin aire—. Yo… me voy a portar bien.
—No quiero que te portes bien. —Le mordió suavemente debajo de la oreja—. Quiero ver qué haces cuando dejas de fingir.
Dulce le hundió los dedos en los hombros.
—Apague la luz.
Adrián apagó la lámpara del techo, pero dejó encendida la del buró. La luz amarilla le pintaba media cara.
—Esa también.
—Si apago todo, no te veo.
Adrián sacó la cinta negra de los ojales del cuello del vestido. Le juntó las muñecas encima de la cabeza, les dio dos vueltas y cerró el nudo contra la almohada.
—No las bajes.
Dulce jaló apenas. El tirón de la tela le recorrió los brazos y le apretó algo más abajo. Adrián siguió el movimiento con los ojos.
—¿Ese es su gusto especial?
—Uno de ellos. —Le abrió el vestido sobre el pecho—. Me gusta mirar. Y decidir cuándo.
No fue como en los doramas. Tampoco fue como lo que contaban las muchachas de la fábrica a la hora de la comida, entre risitas y tortas.
Fue lento al principio. Le bajó el vestido por los hombros siguiendo con la boca el camino que dejaba la tela. Dulce trató de cubrirse el pecho con un brazo. Él se lo apartó, no con fuerza, sino con una paciencia que la hizo sentirse más desnuda que si hubiera encendido todas las luces de la casa.
La besó debajo de la oreja, en el cuello, en la clavícula. Cuando llegó a su pecho, Dulce apretó los dedos en la sábana y dejó de pensar en la etiqueta del vestido. La boca de él estaba caliente; la barba corta le raspaba la piel y cada roce le bajaba hasta el vientre. Quiso juntar las piernas. Adrián metió una rodilla entre las suyas y las mantuvo abiertas mientras su mano recorría el interior de su muslo.
—Señor…
—Adrián.
El nombre se le quedó atorado cuando sus dedos encontraron la tela húmeda de sus calzones. Él la miró a la cara. Dulce sintió que se quemaba viva, pero con las muñecas sujetas no pudo taparse. Adrián frotó despacio sobre el algodón, justo donde el cuerpo de ella lo estaba buscando sin permiso, y el primer gemido se le escapó limpio, imposible de esconder.
Él sostuvo sus muñecas contra la almohada y siguió tocándola hasta que las caderas de Dulce empezaron a moverse solas, cortito al principio, luego con una desesperación que le dio más vergüenza que estar desnuda. Cuando sintió que la presión estaba a punto de romperse, Adrián apartó los dedos.
—No…
—Mírame.
Dulce abrió los ojos. Él tenía la boca cerca, pero no la besó.
—Pídelo.
—Siga.
—Mi nombre.
—Adrián. Siga, Adrián.
Adrián sonrió apenas. Volvió a tocarla con más presión y el elástico vencido de sus calzones hizo un ruidito al romperse. Dulce quiso morirse por segunda vez en dos días. Él no se rio. Le dio un beso en el hombro, terminó de quitárselos y volvió a tocarla sin tela de por medio.
Dulce se arqueó. Estaba mojada, demasiado, y él lo supo en cuanto deslizó los dedos. La abrió con calma, acariciándola hasta que el temblor de sus piernas dejó de ser nervios. Solo entonces deshizo el nudo y le llevó las manos a sus hombros. Tenía la piel caliente y los músculos duros debajo de las palmas. Cuando él se quitó la toalla, Dulce miró una sola vez y volvió la cara hacia la lámpara, con el corazón golpeándole tan fuerte que le dolía.
Adrián se acomodó entre sus muslos. La sostuvo de la cintura y entró despacio. El cuerpo de Dulce se cerró de golpe; el ardor le arrancó un quejido y le clavó las uñas en la espalda.
Él se quedó inmóvil, hundido apenas, respirando contra su sien.
—Dulce.
Era la primera vez que decía su nombre. La voz le salió ronca, tensa por el esfuerzo de no moverse. Ella abrió los ojos. Lo tenía encima, con los brazos temblándole y la mandíbula apretada, dispuesto a irse si ella lo apartaba.
Dulce le rodeó la cintura con las piernas y lo jaló hacia ella.
—No se vaya.
Adrián entró el resto. Dolió más de lo que ella había imaginado; se escondió en su cuello y aguantó la primera embestida con los dientes apretados. Él empezó con un ritmo lento, saliendo apenas y volviendo a llenarla, hasta que el ardor se mezcló con el calor que le habían dejado sus dedos.
La cama crujió. Dulce dejó de oírla. Cada movimiento le rozaba por dentro un lugar que le cortaba la respiración. Sus piernas se aflojaron alrededor de él y luego volvieron a cerrarse, pidiéndole más sin que ella tuviera que decirlo. Adrián le sostuvo una cadera, cambió el ángulo y el siguiente empuje le sacó un sonido tan alto que Dulce se mordió el hombro para esconderlo.
Él perdió la poca calma que le quedaba. La besó con la boca abierta, moviéndose más hondo, y Dulce empezó a recibirlo con las caderas. Ya no quería que se acabara el miedo: quería que no se acabara aquello. La presión creció rápido, apretándole el vientre, hasta que se rompió de golpe. Se estremeció debajo de él, con los dedos enterrados en su espalda y el nombre que acababa de aprender deshecho en la garganta.
Adrián siguió unos segundos más. Enterró la cara en su cuello, perdió el ritmo y terminó con un gemido bajo, sosteniéndola tan fuerte que a ella le costó volver a respirar.
La lámpara siguió encendida. Él le limpió con una toalla húmeda la sangre leve del interior de los muslos, le dio agua y volvió a acostarla con la cabeza sobre su brazo. Dulce estaba adolorida, cansada y todavía caliente por dentro. Se durmió con una mano apoyada en el pecho de él, oyéndole el corazón igual de desordenado que el suyo.
* * *
Soñó que la ventanilla del hospital estaba cerrada y que a Chayo se la llevaban en una camilla a otro lado. Despertó de golpe, jadeando, con la sábana enredada en las piernas.
La luz entraba gris por un ventanal enorme. Siete y media, decía el reloj del buró. El otro lado de la cama estaba vacío. Pasó la mano por las sábanas: frías. Hacía rato que se había ido.
Le dolía todo. Las piernas, la espalda, partes que no sabía que podían doler. Se sentó despacio, apretando los dientes, y fue entonces cuando vio el celular.
Estaba en el buró. Junto a la lámpara, bocarriba, conectado a un cargador que no era suyo.
Dulce frunció el ceño. Ella lo había dejado en la bolsa de la chamarra. Estaba segura. La chamarra seguía en la silla, doblada.
La pantalla estrellada se encendió sola. Una notificación del banco.
Recibiste una transferencia SPEI por $500,000.00. Concepto: Por tu mamá.
Contó los ceros con la uña. Estaban todos.
Se tapó la boca con las dos manos, pero no sirvió de nada. El llanto le salió igual, feo, ruidoso, como de niña chiquita, doblada sobre las rodillas en una cama que no era suya. Lloró por la ventanilla, por la trenza, por la cachetada, por las galletas abiertas desde el mediodía. Lloró hasta que le dolió la cabeza. Luego agarró el celular y apretó el micrófono del chat de su mamá.
—Ma… —Se le quebró la voz. Soltó el botón y borró el audio. Si Chayo la oía así, iba a pensar que alguien se había muerto. Escribió, con los dedos temblando:
Ma, ya está. Mañana te operan.
Lo mandó. Luego se acordó de que ya era miércoles y escribió otro:
No, hoy.
Se quedó mirando las palomitas grises, esperando que se pusieran azules. A esa hora Chayo ya estaría en ayunas y con la bata puesta.
Se levantó envuelta en la sábana. Tenía que ir al hospital. Tenía que encontrar su ropa, su vestido, sus… Buscó en la alfombra. Estaba la etiqueta de ciento noventa y nueve, todavía ahí. Estaba el vestido, doblado sobre la silla junto a la chamarra. Sus calzones no estaban por ningún lado.
Caminó hasta el ventanal. Afuera había una terraza con barandal de metal y, más allá, árboles con naranjas, un jardín que parecía de revista.
En el barandal, al sol de la mañana, había una sábana blanca tendida. Recién lavada; todavía escurría.
Y junto a la sábana, sujeta con una pinza de madera, colgaba una prenda chiquita de algodón, con el elástico deshilachado en la orilla. Cuatro por noventa y nueve. La conocía de memoria.
Dulce se agarró de la cortina. Es un trato, Dulce, se dijo. No te enamores.
Pero alguien, en esa casa, le había lavado los calzones.