n plena boda, la mejor amiga de Lucía Herrera expone sus fotos íntimas. Su prometido la llama zorra, la golpea y le arranca el vestido de novia… para casarse con la traidora.
Cinco años después, Lucía regresa con sus mellizos, Mateo y Sofía, sin saber quién es su padre. Hasta que se cruza con Adrián Valdés, un poderoso CEO que parece la versión adulta de Mateo.
—Quiero a mis hijos conmigo.
—No voy a separarme de ellos.
Mateo se planta frente a él. Sofía se aferra a la mano de su madre.
—¡No se meta con mi mami, imbécil! ¡Primero tendrá que vérselas conmigo!
Pero el padre de los mellizos también es el tío de su ex. Y para no perder a sus hijos, Lucía acepta casarse con él por contrato.
Esta vez, vuelve a la familia Valdés por la puerta grande.
El hombre que la echó de su propia boda tendrá que llamarla tía.
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Capítulo 2
Capítulo 2. La versión adulta de su hijo
Cinco años después.
Por los altavoces del aeropuerto anunciaban los vuelos que acababan de aterrizar. Poco después, una nueva oleada de pasajeros salió de la zona de control.
—Mami, hace mucho calor. Quiero un helado.
Mateo Herrera, de cabello castaño oscuro, tiró de la mano de su madre y la miró con sus grandes y brillantes ojos azules. Su hermana melliza, Sofía, esperaba junto a la maleta, sin soltarse de la falda de Lucía. La niña tenía el cabello castaño y los ojos color avellana de su madre, a quien se parecía muchísimo.
Lucía lo observó, resignada. Sabía perfectamente que aquella carita de lástima era puro teatro, pero no conseguía resistirse.
—Solo uno.
Sofía no quiso helado y se quedó con ella. Lucía sacó un billete de la cartera y se lo dio a Mateo. Con la otra mano seguía sujetando la maleta.
—En cuanto lo compres, vuelves. Te espero aquí.
—¡A sus órdenes, mi comandante!
Mateo le lanzó un beso y salió disparado con el billete bien apretado en la mano.
Lucía ni siquiera alcanzó a pedirle que fuera más despacio. En ese momento sonó su teléfono.
—¿Camila? Sí, ya llegamos… Está bien, ahora mismo tomo un taxi para tu casa.
Era Camila Duarte, su mejor amiga.
En la universidad, ella, Natalia y Camila habían compartido habitación. Eran inseparables y se habían jurado que siempre se cuidarían entre sí.
Pero aquella boda, cinco años atrás, le había mostrado el verdadero rostro de Natalia. Desde entonces, su amistad había quedado rota por completo.
Camila había sido la única sincera con ella. Durante todos esos años fuera, habían seguido hablando por teléfono con frecuencia.
Y ahora que regresaba, su amiga había insistido en que ella y sus dos hijos se quedaran en su departamento. No le había dejado opción.
Lucía terminó la llamada. Al levantar los ojos, vio por casualidad una noticia en la gran pantalla que colgaba frente a ella: el señor Nicolás Valdés y su esposa celebrarían su quinto aniversario de bodas con una cena de gala el día veintiséis.
La noticia le dolió con solo verla.
¿La señora Valdés? Así que de verdad se había casado con Natalia.
Habían pasado cinco años. Ella no había olvidado ni un instante de aquella humillación.
La noche del cumpleaños de Nicolás, Natalia la había hecho beber hasta emborracharla y luego la había llevado al hotel. Le había dicho que él la esperaba allí.
Y después la había traicionado en plena ceremonia y le había robado su boda.
El embarazo y la difusión masiva de aquellas fotos íntimas la habían obligado a marcharse lejos de su hogar.
Ahora había vuelto. Y exigiría que se hiciera justicia.
—¡Mocoso! ¿No ves por dónde caminas? ¿Dónde están tus padres?
El regaño llegó desde un punto cercano y la sacó de sus pensamientos.
Lucía se volvió y sintió un sobresalto.
Era su hijo. Llevaba en la mano el helado que acababa de comprar. Seguramente había regresado corriendo, tan contento que había terminado chocando con alguien.
Se apresuró a acercarse, con Sofía a su lado, y atrajo al niño hacia ella. Al ver la gran mancha de helado en el pantalón del hombre, se sintió terriblemente apenada.
—Lo siento, de verdad. Venía corriendo. Déjeme limpiarlo.
Sacó un pañuelo de papel y lo acercó a la tela.
Apenas había dado una pasada cuando él le sujetó la muñeca con fuerza. Desde arriba le llegó una voz grave y cortante:
—¿Qué cree que está haciendo?
El tono la dejó inmóvil. Lucía alzó la cabeza por reflejo y se encontró con unos ojos azules, de expresión sombría. Contuvo el aliento. Solo entonces le vio bien la cara.
Por un instante pensó que sus ojos la engañaban.
El cabello castaño oscuro, las facciones marcadas, la expresión fría… ¿no estaba viendo la versión adulta de su hijo?
Se quedó mirándolo, atónita.
—¿Ya terminó de mirar?
El hombre le soltó la mano de golpe. Su voz seguía siendo helada.
Lucía volvió en sí, aunque el asombro no la abandonó.
¿Y si aquel hombre era el padre de los mellizos?
No. El mundo no podía ser tan pequeño. Encontrar al padre de sus hijos no podía resultar tan fácil.
Solo se parecían en algunos rasgos, se dijo.
Forzó una sonrisa de disculpa.
—De verdad, lo siento mucho. Si quiere, le pago otro pantalón.
Entonces advirtió dónde estaba la mancha: justo al lado del cierre.
Con razón la había detenido en cuanto intentó limpiarlo. ¿Cómo se le había ocurrido poner la mano en un lugar tan delicado?