Darien es el hijo mayor de Elara, heredera de la luz y la vida, y del Señor de las Sombras, soberano del reino de la oscuridad. Nació con una fuerza descomunal, una estatura que lo hace parecer un gigante, pero con un alma dulce, ingenua y sincera, como la de un niño que aún no conoce la crueldad total del mundo. Junto a él crecieron sus hermanos menores: Liora, que domina la magia de la naturaleza, y Kael, con el don de viajar entre sombras.
Cuando la paz entre los reinos se ve amenazada por fuerzas antiguas que buscan separar de nuevo la luz y la oscuridad, Darien es enviado a negociar una alianza con el reino de los inmortales, gobernado por la Reina Irina en el continente de Mordrasil. Pero Irina no es una simple soberana: es astuta, calculadora, y ha oído hablar de los peligros del linaje de Darien. Decide espiarlo, acercarse a él con fingida amabilidad para descubrir sus debilidades y sus secretos.
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Ojos que vigilan, pasos que se ocultan.
Esa misma noche, después de que Darien fuera conducido a sus aposentos —una habitación grande, con puertas y muebles modificados apresuradamente para acomodar su estatura—, la Reina Irina se retiró a sus propias estancias, en lo más alto de la torre principal. Allí, lejos de oídos ajenos, se sentó en un sillón tallado en madera oscura y llamó en voz baja:
—Kaelis.
De entre las sombras de la pared, sin que se abriera ninguna puerta ni se moviera cortina alguna, apareció una figura esbelta, vestida de negro absoluto, con el rostro cubierto por una máscara fina. Era el jefe de su red de espías, el ser más sigiloso de todo Mordrasil.
—A vuestras órdenes, mi reina —respondió con un susurro que parecía salir del mismo aire.
—Quiero saber todo sobre ese visitante —dijo Irina, mientras giraba lentamente una copa de cristal con un líquido rojo oscuro—. Cada palabra que diga, cada lugar por el que camine, cada recuerdo que revele en sus sueños. Quiero saber qué poder tiene realmente, qué intenciones trae, y hasta qué punto es tan inocente como parece. Su padre es Kaelan, el Señor de las Sombras; nadie que lleve su sangre puede ser tan sencillo como aparenta.
—Así se hará —respondió Kaelis, y en un parpadeo volvió a desvanecerse entre las sombras.
Mientras tanto, en el otro extremo del castillo, Darien recorría su habitación con cuidado, examinando todo para asegurarse de no romper nada. Tenía el medallón de plata entre los dedos, acariciando sus grabados, y en su cuello llevaba una cadena gruesa de hierro oscuro, con un colgante sencillo: una forma geométrica de tres puntas, símbolo de la unión entre su padre, su madre y él mismo. No podía evitar comparar aquel lugar con su hogar: en el reino de Kaelan y Elara, todo era amplio, construido pensando en su tamaño, y la magia fluía libremente entre la luz y la oscuridad. Aquí, en cambio, todo era más cerrado, más reservado, y sentía una tensión en el aire que no lograba identificar del todo.
—Seguro que piensan que soy una amenaza —murmuró para sí mismo, con una sonrisa triste—. Si supieran que lo único que quiero es que todos vivamos en paz…
Se sentó en el borde de la cama reforzada, y justo en ese momento sintió una leve corriente de aire, imperceptible para cualquiera que no llevara sangre de sombra en las venas. Levantó la vista lentamente, sin hacer movimientos bruscos, y notó que en la esquina más oscura del techo había una sombra que no coincidía con los muebles ni con la luz de las antorchas.
—No es necesario que te escondas tanto —dijo Darien con voz tranquila, sin rastro de enojo—. Sé que alguien me vigila. Pero puedes decirle a tu reina que no tengo nada que ocultar. Si quiere saber algo, solo tiene que preguntarme.
La sombra se estremeció un instante, y luego se deslizó fuera de la habitación con tanta rapidez que pareció desvanecerse. Darien suspiró, sabiendo que aquello solo era el principio.
Al día siguiente, comenzó a recorrer los jardines del castillo para conocer el lugar. Iba con pasos lentos, observando las flores de pétalos oscuros y los árboles que crecían bajo la luz de la luna permanente. En varias ocasiones notó que alguien lo seguía: detrás de un seto, entre las ramas, al final del sendero. Cada vez que se giraba, ya no había nadie, pero su instinto, agudizado por la magia de Kaelan, no le fallaba.
En una de esas caminatas, se encontró con la Reina Irina, que estaba en un mirador alto, observando el horizonte. Ella se giró al escuchar sus pasos, con esa misma sonrisa calculadora que lo había recibido.
—Parece que os sentís a gusto en mis tierras —comentó ella.
—Son hermosas, aunque distintas a las mías —respondió Darien con sinceridad—. Pero siento que todo el tiempo me miran como si fuera un monstruo o un enemigo.
Irina arqueó una ceja, sorprendida por su franqueza.
—No es desconfianza sin motivo —respondió ella, acercándose un poco—. Vuestro padre, Kaelan, ha sido temido durante siglos. Muchos recuerdan las historias de cuando la oscuridad gobernaba sin límites. Y vos sois su heredero. ¿Cómo no van a dudar de vos?
—Mi padre es poderoso, sí —replicó Darien, con voz firme pero sin agresividad—, pero también es justo. Y él me enseñó que el poder no sirve para sembrar miedo, sino para proteger. Yo no quiero gobernar ni conquistar nada. Solo quiero que las fuerzas antiguas no vuelvan a romper el equilibrio.
Mientras hablaba, Irina lo observaba con atención, buscando en sus gestos alguna señal de mentira. Pero en sus ojos grises solo veía claridad, y en sus palabras, una honestidad que no esperaba. Aun así, se dijo a sí misma que no podía bajar la guardia; quizás era solo una máscara muy bien construida.
Esa misma tarde, sucedió el primer incidente que rompió la tensión con un toque de humor. Darien quería probar un vino de la región que le habían ofrecido, pero al levantar la copa de cristal fina, no calculó bien la fuerza de sus dedos. Antes de que pudiera darse cuenta, la copa se aplastó entre sus manos, derramando el líquido por todas partes y rompiéndola en pedazos.
Se quedó inmóvil, con los ojos muy abiertos y las mejillas rojas de vergüenza.
—¡Lo siento! —exclamó, soltando los restos con cuidado—. No medí mi fuerza… no quería romperlo.
Irina, que estaba en la misma sala, no pudo evitarlo: soltó una risa suave, auténtica, la primera que dejaba salir en mucho tiempo.
—Por las sombras… —dijo entre risas, acercándose con un paño—. Tendremos que haceros copas de hierro macizo, Darien. O tal vez os sea más fácil beber directamente de la jarra.
El gigante se rascó la nuca, también sonriendo, aliviado de que no hubiera enojo en su reacción.
—Sería lo más sensato, creo —admitió.
En ese instante, la desconfianza no desapareció por completo, pero algo cambió. Irina empezó a darse cuenta de que aquel hombre enorme, hijo del temido Kaelan, no era una amenaza oscura, sino alguien que luchaba constantemente por controlar su propia fuerza y su torpeza. Y Darien, por su parte, aunque seguía sintiendo que ella lo vigilaba, empezaba a ver en la reina no solo a una gobernante fría, sino a alguien que cargaba con sus propios miedos y responsabilidades.
El juego del gato y el ratón seguía en marcha, pero las reglas empezaban a cambiar sin que ninguno de los dos quisiera admitirlo