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Su Asistente Omega

Su Asistente Omega

Status: Terminada
Genre:Yaoi / CEO / Completas
Popularitas:22k
Nilai: 5
nombre de autor: MarOculto

Emilio Reyes tiene $2,800 en el banco, un departamento que se cae a pedazos y un secreto que ni él mismo conoce.

Su nuevo jefe, Sebastián Luján, es el CEO más temido de Ciudad Arcoíris: guapo, cruel, Alfa supremo. Nadie sobrevive un mes como su asistente. Emilio sobrevive dos. Y luego comete el peor error posible: le cocina pescado a la veracruzana.

Sebastián se come todo. Deja una propina de $10,000. Y desde ese día, su mirada no se despega de Emilio.

Pero hay un problema. Sebastián odia a los Omegas. Los teme con una intensidad que viene de un trauma que nadie conoce. Y Emilio... Emilio no es el Beta que todos creen.

Cuando su cuerpo lo traiciona y la diferenciación comienza, Emilio descubre que el hombre que lo ama es el mismo hombre que huye de lo que él se está convirtiendo.

*¿Puede el amor sobrevivir cuando tu biología se convierte en lo único que la persona que amas no puede aceptar?*

NovelToon tiene autorización de MarOculto para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 3

Capítulo 3

Germán Becerra

Al día siguiente, Emilio llevó dos porciones de pescado y una de dignidad mal acomodada.

El arroz venía separado, porque Sebastián Luján había escrito "arroz en lugar de pan" como si el universo le debiera obediencia hasta en la guarnición. Emilio había pensado en ignorarlo. Después recordó la transferencia de $10,000 MXN, la renta pendiente y el precio de los estabilizadores.

Preparó arroz.

También preparó menos sal.

No porque le importara la opinión de Sebastián.

Solo porque la receta quedaba mejor así.

La mañana avanzó con una normalidad sospechosa. Sebastián no mencionó la comida. Andrés tampoco. Pero a las doce en punto, la puerta de cristal se abrió y la voz del director general atravesó el piso sin subir de volumen.

—Reyes.

Emilio ya tenía el recipiente listo.

La recepcionista escondió la sonrisa detrás de una carpeta.

—Su informe de Farías está en su correo —dijo Emilio al entrar a la oficina—. Y esto es comida, no parte de mis funciones contractuales.

Sebastián tomó el recipiente.

—Lo tendré en cuenta al evaluar tu desempeño.

—Sería un criterio ilegal.

—Entonces no lo pondré por escrito.

Emilio lo miró un segundo de más.

Sebastián abrió la tapa. El vapor subió entre ambos, cargado de jitomate y chile. Algo en su expresión se aflojó apenas, tan poco que otra persona no lo habría notado.

Emilio sí.

Por eso salió de la oficina antes de que su propia cara lo delatara.

A media tarde, Andrés lo mandó al piso cuarenta y seis por unas firmas de Operaciones. Era una gestión simple: recoger tres documentos, verificar sellos, regresar antes de la junta de las cuatro. Emilio tomó el elevador con la carpeta contra el pecho y revisó mentalmente la agenda.

El piso cuarenta y seis no tenía el silencio impecable del cincuenta y ocho. Olía a café recalentado, perfumes caros y estrés mal disimulado. Varias personas levantaron la vista cuando Emilio pasó, no por él, sino por la tarjeta negra de acceso ejecutivo que colgaba de su cuello.

Dos analistas dejaron de hablar junto a la impresora. Una asistente que sostenía folders de Operaciones vio la tarjeta, vio su cara y bajó los ojos demasiado rápido. No era miedo a Emilio. Era esa prudencia aprendida de oficina donde todos sabían qué pasillos convenía evitar y a qué gerente no se le decía que no si una quería conservar su puesto.

Emilio registró ese detalle sin detenerse.

En Grupo Cénit, los silencios también eran documentos.

—Mira nada más —dijo una voz desde el pasillo lateral—. El nuevo favorito.

Emilio se detuvo.

Germán Becerra salió de una sala de juntas con el saco colgado en un hombro y una sonrisa que no llegaba a los ojos. Era un gerente de esos que usaban demasiada loción y hablaban demasiado cerca. En el gafete, su nombre brillaba bajo el logo de Grupo Cénit.

—Licenciado Becerra —saludó Emilio—. Vengo por las firmas de Operaciones.

—Qué formal. Me gusta.

Emilio no respondió al tono.

—¿Sabe con quién puedo revisar los documentos?

Germán se acercó un paso. Después otro. El pasillo era ancho, pero él logró convertirlo en una esquina.

—Conmigo, si quieres.

—Perfecto. Necesito firma en estas tres hojas.

Emilio abrió la carpeta. Germán no miró los papeles. Miró su cara, luego la tarjeta de acceso, luego el cuello de su camisa.

—Dicen que el señor Luján ya te tiene subiendo a su oficina con comida casera.

—Trabajo en su piso.

—Ajá. Y le cocinas.

—Le llevo documentos. Hoy también hubo pescado.

La sonrisa de Germán se ensanchó.

—Mira qué obediente. Los Betas útiles siempre encuentran cómo sobrevivir, ¿no?

Emilio sintió el comentario como una mano sucia sobre la mesa. No cambió la expresión.

—¿Va a firmar?

—Depende.

Germán levantó la mano y tocó el borde de la tarjeta de Emilio. Sus dedos rozaron la tela de la camisa.

—Esta tarjeta no se la dan a cualquiera. ¿Qué hiciste para ganártela tan rápido?

Emilio sostuvo la carpeta entre ambos.

—Trabajar.

—No seas así, Emilio. Estamos conversando.

El uso de su nombre, sin permiso, le tensó la mandíbula.

—Licenciado Becerra, necesito regresar al piso cincuenta y ocho.

—¿O qué? ¿Vas a contarle a Lara? ¿Al señor Luján?

Germán dio otro paso. La pared quedó a la espalda de Emilio. No era una amenaza espectacular, no había gritos ni testigos mirando de frente. Solo un hombre con rango medio, demasiada confianza y la certeza de que la incomodidad ajena era algo que podía administrar.

Emilio respiró despacio.

—Voy a informarle a Operaciones que no fue posible completar el trámite.

Intentó rodearlo.

Germán le sujetó la muñeca.

El apretón no fue largo. Sí fue suficiente.

Los dedos se cerraron justo donde el hueso era más visible, fuerte, calculado para no dejar una marca escandalosa. Emilio sintió el dolor subirle hasta el codo.

—No te creas intocable por estar cerca del jefe —murmuró Germán, muy cerca de su oído—. Los asistentes pasan. Los gerentes nos quedamos.

La nuca de Emilio ardió.

No como con Sebastián. No con frío. Esto era calor seco, una alarma sucia del cuerpo.

Emilio bajó la mirada a la mano que lo sujetaba.

—Suélteme.

—¿Y si no?

Emilio levantó la carpeta y golpeó el antebrazo de Germán con el borde duro.

No fue suficiente para lastimarlo de verdad. Sí lo suficiente para sorprenderlo.

Germán soltó una maldición y aflojó la mano. Emilio salió del espacio contra la pared, acomodó la carpeta y lo miró sin bajar la voz.

—Enviaré los documentos por mensajería interna. Buenas tardes.

Germán se frotó el brazo. Su sonrisa desapareció.

—Cuida cómo me hablas, Reyes.

—Cuide dónde pone las manos, licenciado.

Emilio no corrió al elevador.

Caminó.

Eso fue lo más difícil.

Cuando las puertas se cerraron y el ascenso empezó, apoyó la carpeta contra el pecho. La muñeca le dolía. Los dedos, que habían estado firmes en el pasillo, empezaron a temblar ahora que nadie lo veía.

Uno. Dos. Tres.

Respiró hasta que el reflejo del elevador volvió a mostrar una cara tranquila.

En el piso cincuenta y ocho, Andrés levantó la vista apenas lo vio.

—Llegas tarde.

—Becerra no firmó. Enviaré los documentos por mensajería interna.

—¿Por qué?

—Dijo que estaba ocupado.

Andrés no respondió. Sus ojos bajaron a la mano de Emilio.

Emilio intentó cambiar la carpeta de brazo, pero ya era tarde. La piel alrededor de la muñeca empezaba a marcarse en rojo, cuatro sombras de dedos apareciendo con una claridad miserable.

—¿Qué pasó? —preguntó Andrés.

—Nada.

—Eso no es nada.

—Me golpeé con una puerta.

Andrés lo miró como si acabara de entregar un informe lleno de errores.

—Las puertas no tienen dedos.

Emilio no apartó la vista.

—No voy a reportarlo.

—No te pregunté eso.

—Entonces no pregunte algo que ya sabe.

El silencio entre ambos duró demasiado.

Emilio esperaba insistencia, quizá un sermón. Estaba preparado para eso. No estaba preparado para que la puerta de cristal de la oficina se abriera de golpe.

Sebastián Luján salió con un documento en la mano.

La temperatura del piso cayó.

Sus ojos fueron de Andrés a la muñeca de Emilio. Se quedaron allí.

Cuando habló, su voz fue tan baja que a Emilio se le tensó la espalda.

—Lara, ¿por qué Becerra sigue empleado?

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💜Martha Ibarra
Gracias por esta magnífica historia, disfrute mucho leerla y espero trabajos futuros 🥰
💜Martha Ibarra
esta historia me enamora cada vez más 🥰
abu_army18
Me puedes explicar quien es bolita no entiendo 😢
💜Martha Ibarra
querida escritora me tiene el alma en un hilo con esta historia magnífica 🥰
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