Valentina Lozano siempre fue "la hija adoptiva." La que no tiene apellido. La que no pertenece.
Durante más de diez años, amó en silencio a Diego Castillo, el heredero del grupo inmobiliario más poderoso de Ciudad de México. Le dio su juventud, su lealtad y su corazón entero. A cambio, él ni siquiera la veía.
"Solo es la adoptada. No es de nuestra clase."
La noche en que escuchó esas palabras, Valentina se emborrachó y despertó en la suite de un hombre al que apenas conocía: Sebastián Montero, el CEO más joven y cotizado del país.
—Fuiste tú quien se aprovechó de mí —dijo él, señalando la marca de mordida en su cuello.
Para evitar un escándalo que podría hundir su empresa, Sebastián le propuso lo impensable:
Lo que Valentina no sabía era que Sebastián llevaba diez años enamorado de ella. Diez años viéndola desde lejos. Diez años esperando su oportunidad.
Mientras Valentina descubre que su esposo por contrato esconde el amor más profundo que ha conocido, Diego Castillo se da cuenta demasiado tarde de lo que perdió. Y ahora hará lo que sea por recuperarla.
Matrimonio por contrato. Diez años de amor secreto. Un ex que suplica de rodillas. Solo uno de ellos merece su corazón. Y ella ya eligió.
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Capítulo 3
Capítulo 3
Es mi deber, Señora Montero
—Hoy.
La palabra se quedó flotando entre el desayuno intacto, mi vestido manchado y la marca roja en el cuello de Sebastián.
Durante cinco segundos pensé que, si me quedaba muy quieta, el mundo recapacitaría por mí.
No lo hizo.
Sebastián ya estaba hablando por teléfono.
—Licenciado Márquez, necesito dos testigos disponibles, régimen de separación de bienes y una cita en Registro Civil para hoy... Sí, hoy... Envíeme la lista de documentos al correo de Gabriel.
Lo dijo con la misma voz con la que otros pedían café.
Me llevé una mano a la frente.
—¿Siempre resuelves locuras así de rápido?
Sebastián cubrió el micrófono.
—Solo las importantes.
Luego siguió dando instrucciones, y yo entendí que mi "sí" no había caído en el vacío. Había activado abogados, chofer, seguridad, testigos, probablemente una impresora y quizá la mitad de la red administrativa de MBT.
Me duché en diez minutos.
La ropa que mandó pedir era sencilla: pantalón beige, blusa blanca de seda, saco ligero. Todo de mi talla. No pregunté cómo la había adivinado. Con Sebastián Montero, sospechaba que hasta las respuestas normales podían sonar peligrosas.
Cuando salí del baño, él estaba de espaldas, junto a la ventana, ya vestido con camisa limpia y saco oscuro. La mordida quedaba medio cubierta por el cuello, pero seguía viéndose si una sabía dónde mirar.
Yo sabía.
Demasiado.
—Tu celular —dijo sin voltear— no ha dejado de vibrar.
Lo tomé del buró.
Pantalla bloqueada. Notificaciones acumuladas.
Diego: 18 llamadas perdidas.
Mateo: 39 llamadas perdidas.
Renata Herrera: 2 llamadas perdidas.
Andrés Rojas: 6 llamadas perdidas.
WhatsApp parecía una feria en llamas.
No abrí nada.
—Necesito pasar por mi departamento —dije—. Mis documentos están allá.
—Ya está previsto.
—¿Ya?
Sebastián giró, con el teléfono en la mano.
—Dijiste que no ibas a renunciar a tu nombre. Supuse que tampoco a tus documentos.
Quise contestarle algo seco. No encontré nada.
Salimos de la suite con dos guardaespaldas a distancia. Yo llevaba mi bolso de cadena de perlas y las zapatillas plateadas en la mano, porque las cintas se habían enredado y no quería perder tiempo. En mis pies traía unas flats nuevas que alguien había comprado con la ropa.
En el elevador, el reflejo del espejo me devolvió una versión de mí que no reconocí: blusa blanca, cabello húmedo recogido con prisa, ojos más grandes por la falta de sueño. A mi lado, Sebastián parecía demasiado entero.
—No tienes que hacerlo —dijo de pronto.
Lo miré por el espejo.
—¿Casarme?
—Sí.
—Me lo propusiste tú.
—Y puedo retirarlo si te das cuenta de que dijiste que sí por rabia.
La puerta del elevador se abrió antes de que yo respondiera.
En el lobby del hotel, dos empleados bajaron la mirada con esa discreción falsa que grita "ya sé algo". Sentí el impulso de esconder la cara.
Sebastián dio un paso apenas más cerca de mí.
No me tocó. Solo ocupó el espacio suficiente para que las miradas rebotaran en él antes de llegar a mí.
Ese gesto pequeño me apretó el pecho.
El Rolls-Royce Cullinan esperaba afuera, negro, impecable. El chofer abrió la puerta trasera.
Yo subí primero, todavía con las zapatillas en la mano. Al intentar acomodarme, una cinta de perlas se enganchó en el broche del bolso.
—Perfecto —murmuré, tirando con cuidado—. Justo lo que faltaba.
—Dámela.
—Puedo hacerlo.
—No dije que no pudieras.
Sebastián se agachó junto a la puerta abierta del auto.
Me quedé inmóvil.
—¿Qué haces?
—Desenredar esto antes de que rompas la cinta.
—Sebastián, levántate.
No obedeció.
Con una paciencia absurda, soltó la hilera de perlas del broche, tomó mi tobillo y cambió la flat por la zapatilla plateada. Su mano estaba tibia. Firme. Nada invasiva. Aun así, el contacto me subió por la pierna como una descarga.
Había personas entrando y saliendo del hotel. Un guardia. El chofer. Los empleados del lobby mirando de reojo.
Sebastián Montero, heredero de una de las familias más antiguas de CDMX, estaba arrodillado en la banqueta para atarme el zapato.
—La gente está viendo —susurré.
—Que vea.
La cinta rodeó mi tobillo. Sus dedos hicieron un nudo perfecto, luego otro, como si las perlas fueran algo precioso y no un accesorio que yo había comprado para impresionar a otro hombre.
La garganta se me cerró.
Diego nunca había notado esas zapatillas. Ni el bolso. Ni las veces que yo cambiaba planes para coincidir con los suyos.
Sebastián levantó la vista.
—¿Está muy apretado?
Tardé en entender que hablaba del zapato.
—No.
Él tomó el otro pie.
—No tienes que arrodillarte por mí —dije, más bajo.
—Es mi deber, Señora Montero.
El mundo hizo algo raro.
No se detuvo. Los autos siguieron pasando, el chofer siguió fingiendo que no veía, el guardia siguió mirando hacia la calle. Pero dentro de mí, algo tropezó.
Señora Montero.
No "la adoptada". No "casi de la familia". No "la asistente de Diego".
Señora Montero.
—Todavía no lo soy —respondí, porque necesitaba defenderme de la forma en que me ardían los ojos.
Sebastián terminó el nudo y dejó mi pie con cuidado dentro del auto.
—Entonces permítame practicar.
El "permítame" fue demasiado formal, demasiado juguetón, y me arrancó una risa pequeña que no estaba en mis planes.
Él cerró la puerta, rodeó el auto y subió por el otro lado.
Durante los primeros minutos no hablamos. El coche avanzó por Reforma con la ciudad lavada por una llovizna fina. Yo miraba mis tobillos, las cintas de perlas perfectamente atadas, y odiaba que un gesto tan simple me hubiera movido más que todas las promesas que Diego nunca hizo.
Mi celular volvió a vibrar.
Esta vez no pude ignorarlo.
Mateo: 52 llamadas perdidas.
Mateo: "Vale, dime que estás viva."
Mateo: "Voy a matar a ese imbécil."
Mateo: "No, en serio. Contesta."
La siguiente notificación no era de él.
Número desconocido: "Buenas tardes. ¿Es usted familiar de Mateo Herrera? Favor de comunicarse con la Agencia del Ministerio Público en la alcaldía Cuauhtémoc."
Se me helaron los dedos.
—Sebastián.
Él volteó de inmediato.
Le mostré la pantalla.
No hizo preguntas inútiles. Tomó su teléfono y llamó.
—Licenciado Márquez, confirme si hay un Mateo Herrera presentado en Cuauhtémoc... Sí, Herrera... Veintiséis años... Avíseme en cuanto tenga el motivo.
—Tiene veintisiete —corregí, por reflejo.
Sebastián me miró.
—¿Nació en 1999?
Asentí.
—Entonces veintisiete.
No sé por qué ese detalle, en medio del pánico, me hizo querer llorar. Tal vez porque Diego había pasado años olvidando mis cumpleaños, y Sebastián acababa de corregir una edad que solo había escuchado una vez.
Mi celular sonó de nuevo.
Mateo.
Contesté.
—¿Teo?
—¡Hasta que se te ocurre contestar! —rugió su voz, con ruido de fondo y un golpe metálico cerca—. ¿Dónde estás? ¿Estás bien? Dime que ese idiota no te tocó.
—Estoy bien. ¿Dónde estás tú?
Un silencio.
—En ningún lado.
—Mateo.
—No te pongas en modo Renata.
—¿Estás detenido?
—Qué palabra tan fea.
Cerré los ojos.
—Mateo.
—Estoy en el Ministerio Público, pero no es grave.
—¿Cómo que no es grave?
—Fue un golpe.
—¿A quién?
Otro silencio.
Sebastián recibió una llamada al mismo tiempo. Contestó en voz baja, escuchó apenas unos segundos y su expresión cambió. No mucho. Lo suficiente para que mi estómago cayera.
—Vale —dijo Mateo al teléfono—, antes de que te enojes, escúchame...
Pero yo ya estaba mirando a Sebastián.
Él colgó primero.
—¿Qué pasó? —pregunté.
Sebastián guardó el teléfono despacio.
—La persona a quien golpeó Mateo fue Diego Castillo.