**Valentina Reyes nunca pidió este trabajo.**
Un día, una oferta misteriosa aparece en su correo. Al siguiente, está parada en el elevador VIP de Grupo Austral, frente al hombre más intimidante que ha visto en su vida: Santiago Montero, el CEO que nadie se atreve a mirar a los ojos.
Sus dedos se rozan en el botón del piso 25. Una chispa de estática. Un chasquido visible.
Y desde ese momento, Santiago empieza a sentir todo lo que ella siente.
Su ansiedad. Su hambre. Su rabia contra el jefe explotador. Sus ganas de llorar viendo telenovelas a medianoche. Y algo peor: los latidos desbocados de su corazón cada vez que él se acerca demasiado.
El problema es que Santiago Montero no ha sentido absolutamente nada —ni miedo, ni alegría, ni tristeza— desde que tenía doce años.
Ahora, atrapado en las emociones de una chica que lo saca de quicio, Santiago tiene dos opciones: encontrar la forma de romper el vínculo... o admitir que, por primera vez en veinte años, no quiere dejar de sentir.
**Ella le devolvió el color a un mundo en blanco y negro. Pero, ¿qué pasa cuando él descubre que también puede sentir por cuenta propia?**
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Capítulo 3
Cap 3: El chico que lloraba
Santiago terminó de firmar el último documento a las once y media de la noche. Dejó la pluma sobre el escritorio, estiró el cuello y se recargó en la silla. El silencio del piso veinticinco a esa hora era absoluto: ni teclados, ni teléfonos, ni el murmullo constante que durante el día convertía la oficina en un organismo vivo. Solo el zumbido del aire acondicionado y el tic-tac de su reloj de pared, un Junghans que le habían regalado hacía años y que nunca le había provocado ningún sentimiento.
Estaba a punto de apagar la lámpara cuando algo cambió.
Empezó en el pecho. Una presión densa, como si le hubieran colocado una piedra caliente detrás del esternón. Luego subió: le apretó la garganta, le calentó los ojos, y antes de que pudiera analizar qué estaba ocurriendo, una lágrima le rodó por la mejilla izquierda.
Santiago se la limpió con el dorso de la mano. Otra la reemplazó. Y otra.
Se puso de pie. Se miró las manos. Estaban secas, sin temblor. Su respiración era estable. No había dolor físico, no había estímulo externo, no había absolutamente ninguna razón lógica para que su cuerpo estuviera produciendo lágrimas.
Pero ahí estaban: cayendo, una tras otra, silenciosas e imparables, como si alguien hubiera abierto un grifo que él no sabía que tenía.
Santiago Montero Castellanos no lloraba. No había llorado en casi veinte años. No era que reprimiera el llanto —era que su cuerpo simplemente no producía esa respuesta. La última vez que recordaba haber llorado tenía doce años, y lo que vino después borró la posibilidad de que volviera a ocurrir.
Se sentó en el borde del escritorio, agarró un pañuelo del cajón y se presionó los ojos. Inútil. Las lágrimas seguían. Y debajo de ellas, una tristeza enorme, húmeda, envolvente, que no reconocía como propia porque no lo era.
La puerta de la oficina se abrió de golpe.
—¡Sorpresa! ¡Adivina quién volvió de Cancún! —Emilio Torres Ríos entró con una bolsa de duty-free en una mano y un llavero de flamenco rosa en la otra, bronceado, despeinado, y con la energía de alguien que acababa de dormir catorce horas en un avión.
Se detuvo en seco.
Santiago estaba sentado en el escritorio. La cara mojada. Un pañuelo arrugado en la mano. Un informe trimestral abierto frente a él como si hubiera estado leyendo reportes financieros mientras lloraba.
Emilio dejó caer la bolsa de duty-free al piso.
—Güey...
—No son mis lágrimas —dijo Santiago, con la misma voz plana de siempre.
Emilio parpadeó. En veinte años de amistad, había visto a Santiago enfermo, agotado, y una vez inconsciente en un piso de hospital. Pero jamás lo había visto llorar. Cerró la puerta despacio, se sentó en la silla frente al escritorio y dejó el flamenco rosa sobre una pila de carpetas.
—A ver, a ver. Desde el principio.
Santiago le contó. Todo. El elevador. La estática. La ansiedad en la junta. Los ciento veintiocho latidos. El hospital. Los tacos al pastor a las once de la noche. Y ahora esto: lágrimas que no le pertenecían, saliendo de unos ojos que llevaban dos décadas secos.
Emilio lo escuchó sin interrumpir. Eso, más que cualquier otra cosa, demostraba lo serio que era el asunto —Emilio Torres Ríos no se callaba ni debajo del agua.
—¿Y los estudios médicos? —preguntó al fin.
—Todo normal. Corazón, sangre, tiroides, neurología. Nada.
Emilio se pasó la mano por la cara. Se quedó un momento en silencio, mirando la pantalla de su celular. Luego frunció el ceño.
—Oye, hablando de cosas raras. Acabo de revisar mis correos pendientes y encontré algo. —Abrió su bandeja de aprobaciones—. Los nuevos de creatividad. Andrea mandó la lista la semana pasada: dos plazas, Camila Ibarra del Valle y Diego Herrera Campos. Yo di el visto bueno antes de irme a Cancún. Pero hoy en el sistema aparecen tres nombres.
—¿Tres?
—Valentina Reyes Mora. La aprobación tiene tu firma digital.
Santiago lo miró sin expresión.
—Yo no aprobé a nadie.
Emilio giró el teléfono para que pudiera ver la pantalla. Ahí estaba: "Aprobado por: S. Montero C. — Dirección General." Fecha: el viernes anterior. Hora: 3:47 de la mañana.
—A las tres cuarenta y siete de la mañana —repitió Santiago lentamente—. Estaba en mi casa. Dormido.
—¿Tienes acceso remoto al sistema de aprobaciones?
—Sí. Pero no lo usé.
Se miraron. El aire acondicionado zumbaba. Las lágrimas de Santiago se habían detenido hacía unos minutos —se habían secado de golpe, como si alguien del otro lado hubiera cerrado el mismo grifo—, pero los surcos húmedos en sus mejillas seguían brillando bajo la luz del escritorio.
Emilio volvió a mirar el teléfono. Abrió el expediente de la nueva empleada.
La foto de credencial corporativa mostraba a una chica joven: cara redonda, ojos grandes, expresión de pánico apenas disimulada, como si le hubieran tomado la foto mientras pensaba en todas las formas en que podía salir mal. Cabello oscuro sujeto en una cola de caballo torcida. Nada llamativo. Nada que explicara por qué el sistema de Grupo Austral la había admitido con la firma de un CEO que juraba no haberla aprobado.
Valentina Reyes Mora. Veintitrés años. Universidad del Centro. Licenciatura en Comunicación y Estrategia Creativa.
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En Ecatepec, Valentina salió del baño con la cara hinchada y la nariz roja. El final de temporada de su telenovela la había destruido emocionalmente: la protagonista y el galán separados por un malentendido absurdo, ella en el aeropuerto, él llegando tarde, la puerta de embarque cerrándose. Valentina se había gastado medio rollo de papel de baño limpiándose las lágrimas y la smartband le había vibrado tres veces con avisos de frecuencia cardíaca elevada por estrés emocional.
—Es ficción —se dijo a sí misma frente al espejo, con los ojos todavía vidriosos—. No es real. Van a arreglarse en la segunda temporada. Probablemente.
Se lavó la cara con agua fría, se cepilló los dientes, apagó la televisión y se metió en la cama. Mañana era su segundo día en Grupo Austral. Segundo día y todavía no sabía cómo funcionaba la impresora, dónde se tiraba el café usado, ni quién era el hombre del elevador al que había electrocutado.
La smartband marcó 72 lpm. Bajando.
Se quedó dormida en menos de cinco minutos.
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Emilio seguía mirando la foto de Valentina Reyes Mora en su teléfono. Luego miró a Santiago —los surcos de lágrimas ya casi secos, la mandíbula tensa, los ojos oscuros que no expresaban nada pero que, por primera vez en veinte años, habían producido algo—.
Deslizó el pulgar por la pantalla, amplió la foto de la credencial.
Una chica absolutamente corriente. El tipo de rostro que se pierde en una multitud de cinco personas.
Emilio se recargó en la silla. Cruzó los brazos. Una sonrisa lenta, curiosa —la sonrisa de alguien que lleva dos décadas esperando que ocurra algo imposible— se le formó en la cara.
—Las cosas se ponen interesantes.