Clara Robles murió la noche en que dio a luz.
El Alpha Adrián De la Vega, el hombre que juró amarla, le arrebató a su cachorro para salvar a Valeria, la falsa hija del linaje Robles. Antes de cerrar los ojos, Clara descubrió la verdad: ella era la verdadera hija de Luna Elena, la heredera de sangre que todos habían dejado sufrir.
Pero la Diosa Luna le dio otra oportunidad.
Al despertar años antes de su tragedia, Clara ya no quiere amor, promesas ni un segundo vínculo impuesto. Quiere salvar a su madre, recuperar su lugar y hacer pagar a Valeria, Mireya y Adrián por todo lo que le quitaron.
Lo que no esperaba era cruzarse con Gael De la Vega, el temido Alpha del Umbral: frío, peligroso, marcado por una maldición de sangre... y unido a ella por un antiguo pacto de luna.
Adrián quiere recuperarla.
Valeria quiere robarle el destino otra vez.
Pero esta vez Clara no será la loba sacrificada.
Esta vez será la Luna que todos debieron temer.
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Capítulo 3
Capítulo 3
Clara olió algo tibio.
No era el perfume pesado de Mireya, ese olor dulce y empalagoso que siempre se le pegaba a la garganta. Era una fragancia limpia, como jabón suave, hojas lunares calientes y ropa secada al sol.
Elena la estaba sosteniendo.
El abrazo de su madre.
Clara no abrió los ojos de inmediato. Se quedó quieta, con la cara escondida contra el pecho de Elena, y sintió que la nariz le ardía.
En su otra vida nunca había tenido esto.
Valeria miró el desorden de la habitación: sanadores entrando y saliendo, sirvientas corriendo, Elena preocupada por Clara como si de verdad importara.
Se le borró la sonrisa.
—Mamá, tengo cosas que hacer. Me voy.
El pasador de obsidiana lunar no iba a comprarse solo.
Elena quiso decir algo, pero al final solo asintió.
Valeria salió sin mirar atrás.
Elena bajó la vista hacia Clara. La niña estaba demasiado flaca. Demasiado ligera entre sus brazos. Su frente ardía con fiebre baja.
El sanador de la manada Robles terminó de revisar el olor de su sangre, la fiebre de la piel y las marcas de desgaste bajo los ojos. No pudo ocultar el disgusto.
—Luna, la hija menor del linaje está desnutrida. Tiene debilidad crónica, fiebre por desgaste y falta de alimento. Si no supiera quién es, pensaría que viene de un refugio después de meses sin comer bien.
Elena apretó los labios.
Cuando el sanador se fue, Clara calculó el momento y abrió los ojos, débil, como si apenas pudiera despertar.
—Mamá Elena...
Elena le acomodó el cabello con cuidado.
—Qué niña tan terca. Tenías fiebre y saliste a caminar con este viento. ¿Tu sirvienta no sabe cuidarte?
Rosa no soportó más.
Se arrodilló de golpe.
—Luna Elena, castígueme si quiere, pero primero salve a mi niña. La compañera Mireya la está matando poco a poco.
—Rosa —la reprendió Clara, con voz baja—. No hables así.
Rosa levantó la cara, llorando de rabia.
—¡Es la verdad! Mireya dice que una joven de linaje debe verse delgada para gustarle a los hombres. Le da atole aguado, tortillas duras y caldo sin carne. En un mes casi nunca prueba algo decente. Y cuando enferma, tampoco deja llamar al sanador. Dice que no hay que pedir recursos al ala principal de la manada.
Elena se quedó helada.
—Clara... ¿eso es cierto?
Clara no respondió.
Solo bajó la cabeza.
Las lágrimas le cayeron en silencio. Con el rostro pequeño, las mejillas hundidas y los hombros temblando bajo la ropa sencilla, no parecía una hija de la familia Robles.
Parecía una niña abandonada.
Elena sintió una punzada en el pecho.
Mireya estaba loca.
¿Qué madre hacía eso?
Clara murmuró:
—No debí venir. Usted ya está enferma y ahora le traje más problemas.
Elena frunció el ceño.
—¿Tienes miedo de que castigue a Mireya?
Clara negó rápido.
—No. Es solo que usted ya se siente mal. Si por mi culpa se preocupa y su cuerpo empeora, nunca me lo voy a perdonar.
Elena se quedó sin palabras.
Clara se incorporó con dificultad y le abrazó la cintura, con una confianza tímida.
—Mamá Elena, usted también debería dejar que el sanador la revise. Se ve muy pálida. Me preocupa.
Elena le tocó el cabello.
Una hija que apenas se sostenía en pie todavía se preocupaba por ella.
Y Valeria, a quien había protegido desde la cuna, acababa de irse porque se aburrió del desorden.
El pensamiento la hizo sentir fría.
—No es nada grave —dijo Elena—. Descansaré unos días.
Clara la miró con ojos limpios, obedientes.
Elena tomó una decisión.
—Te quedarás en mi ala por ahora. Cuando te recuperes, veremos si vuelves con Mireya.
Clara bajó la mirada para ocultar el brillo de sus ojos.
—¿No voy a molestarla?
—Eres hija de esta manada. Nadie puede decir que me molesta cuidarte.
Así, Clara consiguió quedarse.
No podía correr.
Primero debía convertirse en una hija que Elena quisiera proteger. Tenía que ocupar, poco a poco, el lugar que Valeria había robado. Solo así, cuando la verdad saliera, Elena no entregaría otra vez su sangre, su vida y su corazón a una impostora.
Esa noche, Clara durmió en una habitación cercana a la de Elena.
La cama era más suave que la de su antiguo cuarto. Había una manta gruesa, agua limpia sobre el buró y comida caliente que Rosa insistió en dejar cerca por si despertaba con hambre.
Clara no estaba acostumbrada a tanta calma.
Por eso despertó apenas el aire cambió.
Había alguien en la habitación.
No olía como las empleadas de Elena. No se movía como un guardia de la manada Robles. Su respiración era baja, medida, demasiado controlada.
Un intruso.
Clara abrió los ojos de golpe.
—Si ya me descubriste, deja de fingir que duermes.
La voz masculina cayó en la oscuridad.
Clara abrió la boca para gritar.
Una mano le cubrió los labios.
Ella mordió.
Fuerte.
El hombre soltó un siseo.
—No te muevas si no quieres morir.
Ese tono.
Clara sintió que lo había oído antes, aunque no pudo ubicar dónde.
Respiró despacio. Luego tocó con dos dedos la mano que la sujetaba, indicando que no gritaría.
El hombre la soltó poco a poco.
En la penumbra, Clara distinguió unos hombros anchos, una figura alta y una presencia que llenaba el cuarto como si el lugar le perteneciera.
—¿Cómo supiste que estaba aquí? —preguntó él.
—Tu respiración.
Él se quedó callado un segundo.
Después soltó una risa breve.
—Interesante. Una niña de la manada Robles con oído de cazadora.
Clara no respondió.
Se sentó en la cama, con la espalda recta, fingiendo una calma que el corazón no tenía.
Él esperó.
Ella siguió en silencio.
—¿No vas a preguntar quién soy? ¿O qué hago aquí?
—¿Me vas a contestar?
—No.
—Entonces no pierdo saliva.
El hombre volvió a reír, esta vez con un poco de sorpresa.
—Vine por Elena Alcázar.
Clara dejó de respirar un instante.
—¿Qué quieres de ella?
El filo de un cuchillo apareció contra su cuello.
El hombre la empujó de nuevo sobre la cama. La hoja estaba fría. Clara sintió el metal contra la piel, pero no se permitió temblar.
—Eso debería preguntarlo yo. Apenas mencioné a Elena y se te descompuso la respiración. Dime, Clara Robles, ¿qué planeas hacerle?
Clara lo miró con rabia.
—Qué descaro. Entras como ladrón, me amenazas en mi cama y todavía preguntas qué quiero de mi madre.
—Elena no te ha criado. Nunca la buscas. Hoy, de pronto, te desmayas en sus brazos y te instalas a su lado. Demasiado raro.
La hoja presionó un poco más.
—Si hay riesgo de que la lastimes, puedo acabar contigo ahora.
La presión de su Alpha se filtró en el cuarto. No era un grito ni una amenaza teatral; era un peso en los huesos, una orden antigua que hacía bajar la mirada a cualquier lobo débil.
Clara lo insultó en silencio.
Estaba loco.
Pero no fanfarroneaba. Con esa forma de moverse, podía matarla y salir sin que nadie oyera un ruido.
Acababa de volver.
Su hijo aún no había sido vengado.
Rosa seguía viva.
Elena necesitaba ser salvada.
No podía morir en una habitación, a manos de un desconocido.
Clara cambió de estrategia.
Los ojos se le llenaron de lágrimas.
—¿Qué plan podría tener? Soy una muchacha de catorce años, sin padre que me mire y con una madre de crianza que me quiere vender al mejor postor.
El hombre no apartó el cuchillo.
Clara dejó que la voz se le quebrara.
—Estoy cerca de mi ceremonia de mayoría. Cuando una joven llega a esa edad, empiezan a buscarle pacto. Mireya quiere mandarme como compañera de segundo pacto a una manada poderosa. Yo no quiero ser la cama barata de un Alpha viejo.
Él guardó silencio.
La presión bajó apenas. No desapareció, pero Clara pudo volver a respirar.
—Rodrigo no se preocupa por mí. Si no me acerco a Elena para que me proteja, ¿qué hago? ¿Me dejo vender?
El cuchillo se aflojó apenas.
—Adrián De la Vega te ha prestado atención. Si en verdad le gustas, podría convertirte en su Luna.
Clara sintió un golpe en el pecho.
Este hombre sabía de Adrián.
Sabía demasiado.
Aun así, levantó la comisura con desprecio.
—Adrián es un De la Vega. Yo, para todos, soy una hija de rama menor de los Robles. Que un Alpha de alto rango me diga dos palabras bonitas no significa que vaya a darme lugar. Si le creo y lo sigo, yo misma camino al fuego.
El hombre la observó.
—No eres tonta.
—No. Solo sé cuánto valgo para ellos.
—Tampoco te hagas menos.
Clara parpadeó.
—Hablando de eso... ¿vas a seguir encima de mí toda la noche? Sé que no me respetan mucho en esta manada, pero tampoco he caído tan bajo como para casarme con un ladrón.
El hombre se apartó de golpe.
—No soy un ladrón.
—Entraste por la ventana.
—Eso no me convierte en...
—¿En qué? ¿En un caballero?
Él soltó el aire, irritado.
—Si una mujer se casara conmigo, la sacaría de esta jaula. La llevaría lejos. Caminos abiertos, libertad, nadie diciéndole cómo respirar.
Clara lo miró como si acabara de ofrecerle agua de pozo en un cuenco de oro ceremonial.
—Qué aburrido.
—¿Aburrido?
—Yo quiero riqueza, una cama suave, comida caliente, sirvientes, vestidos buenos y un patio donde nadie me grite.
—Qué simple. Qué vulgar. Qué superficial.
—Qué ingenuo. Qué arrogante. Qué dramático.
Ambos se quedaron callados.
La tensión se rompió apenas, lo justo para que Clara pudiera respirar.
Ella bajó la voz.
—Los dos queremos que Elena viva. Tú la proteges desde fuera. Yo puedo protegerla desde dentro. Podemos ayudarnos.
Él la miró largo rato.
—No necesito ayuda de una niña.
—Entonces no entres a amenazar niñas en la noche.
El hombre soltó una risa casi muda.
—Olvida esto. Nadie sabrá que estuve aquí.
Antes de que Clara pudiera preguntar su nombre, él ya estaba en la ventana.
La luna le marcó el perfil un segundo.
Hombros anchos. Cintura estrecha. Cuerpo fuerte, de movimiento contenido, como un lobo antes de saltar.
Luego desapareció.
Clara se quedó sentada, con una mano en el cuello.
Elena tenía a alguien así cuidándola en secreto.
Entonces, ¿por qué murió tan joven en la otra vida?
¿Quién era ese hombre?
En la Casa del Umbral, al norte de la Ciudad de Obsidiana, Gael De la Vega se quitó la ropa negra de infiltración.
—Volvió, Alpha —dijo César, su Beta.
—Eso parece.
—¿Luna Elena está peor?
Gael dejó la chaqueta sobre una silla.
Se dio cuenta tarde de que seguía de buen humor.
Por una niña flaca que lo había llamado ladrón y superficial.
—Elena está sosteniendo dos vidas con una sola sangre —dijo al fin, y la sonrisa se le borró—. ¿Cuánto tiempo crees que puede resistir?
El hombre bajó la cabeza.
—Seguimos sin encontrar antídoto para el Fuego Negro.
Gael cerró los ojos.
El veneno rugía dentro de él como una bestia encadenada. Elena Alcázar le daba sangre para mantenerlo vivo, igual que antes había sostenido a Valeria sin saber toda la verdad. Cada gota que tomaba de ella lo llenaba de vergüenza.
—Vete.
Cuando se quedó solo en el despacho, Gael apoyó los codos sobre la mesa y se cubrió la cara.
La sangre de Elena lo mantenía con vida.
Se alimentaba de una mujer mayor que lo quería como a un hijo.
¿Qué clase de hombre era?
Su respiración se alteró. Los ojos se le llenaron de venas rojas. El veneno quiso empujarlo hacia la violencia.
Calma.
Elena acababa de sangrar por él.
No podía desperdiciar ese sacrificio perdiendo el control.
Intentó pensar en otra cosa.
Sin querer, recordó a Clara.
Vulgar, directa, hambrienta de comodidades y con una lengua filosa.
Decía que no quería ser compañera de segundo pacto, pero tampoco soñaba con amor pobre y caminos polvorientos.
Una niña enferma y maltratada, exigiendo colchones suaves como si el mundo se los debiera.
Gael negó con la cabeza.
No se parecía a las hijas de Alpha que aprendían a sonreír, bajar la mirada y oler a obediencia en cada gala de alianza.
Y tal vez por eso seguía pensando en ella.
Elena y Rodrigo
😍😍😍😍
CAÍDA, es cuando "se queda con una mano adelante y otra atrás", "chiflando en la loma" sin perro que le ladre, junto con su madre e hija.🤷♀️🧐😈😈😈😈