En un siglo XVIII alternativo, donde la magia se oculta tras el abanico de la etiqueta y el filo de la espada, Elowen de Valois es una anomalía. Hija de un marqués que la desprecia y heredera de una magia de sangre que tiñó su cabello de blanco y sus ojos de rubí, es vendida como un mueble al Duque de Oakhaven.
Los rumores dicen que el Duque es un monstruo deforme que oculta su rostro tras una máscara de plata, un hombre que desprecia la compañía femenina y que vive recluido en una fortaleza de piedra. Sin embargo, Elowen no es una damisela en apuros. Armada con un intelecto afilado, un conocimiento letal sobre venenos y una belleza sobrenatural que ella misma considera una maldición, entra en la boca del lobo con un solo objetivo: sobrevivir y reclamar su libertad. Lo que no sabe es que su esposo guarda secretos que podrían derrocar imperios, y que la "fiera" es, en realidad, el hombre más poderoso —y peligroso— del reino.
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3
El invierno en Oakhaven no era solo un clima; era un adversario vivo que exigía tributo en sangre y voluntad. Para Caelum, el entrenamiento matutino era el único momento donde el título de Duque y las intrigas imperiales desaparecían, dejando solo la pureza del acero y el sudor. Sin embargo, esa mañana, el aire en el patio de armas se sentía diferente.
Desde el balcón de la torre oeste, Elowen observaba. No lo hacía con la curiosidad de una dama que admira a un guerrero, sino con la precisión de una estratega que analiza los puntos ciegos de un arma.
En el centro del patio, Caelum estaba rodeado por cuatro de sus mejores hombres. No portaba armadura, solo una camisa de lino delgada que se pegaba a sus hombros anchos, revelando la potencia de una espalda forjada en mil batallas. Su espada, una hoja de acero negro conocida como "Penumbra", se movía con una velocidad que desafiaba la visión humana.
—¡Más fuerte! —rugió Caelum, parando un golpe descendente con tal fuerza que las chispas saltaron contra el cielo plomizo—. Si luchan como si temieran morir, ya están muertos.
Sus hombres atacaron al unísono. Caelum no solo usaba su fuerza física; Elowen notó cómo las sombras a los pies del Duque parecían alargarse y enredarse sutilmente en los tobillos de sus oponentes, haciéndolos tropezar una fracción de segundo antes de que él contraatacara. Era una magia sutil, de combate, casi instintiva.
Caelum se movía como un torbellino de violencia controlada. Desarmó al primer guardia con un giro de muñeca y, sin detenerse, golpeó al segundo en el plexo solar con el pomo de su espada. Al tercer atacante lo derribó con una barrida de pierna, y al cuarto lo dejó con la punta de Penumbra a milímetros de la garganta.
—Lentos —espetó, bajando el arma. Su respiración era pesada, y el vaho salía de su boca como el humo de un dragón.
—Su técnica es impecable, Excelencia —dijo una voz clara y melódica desde la entrada del patio—. Pero su centro de gravedad se desplaza ligeramente a la izquierda cuando usa su magia de sombras. Si se enfrentara a alguien que conociera la polaridad de esa energía, estaría muerto antes de poder envainar.
Caelum se giró bruscamente. Elowen caminaba hacia él sobre la nieve, luciendo un abrigo de piel blanca que la hacía parecer parte del paisaje. No mostraba ni un ápice de frío.
—¿Y qué sabe una mujer de Valois sobre el equilibrio de un guerrero? —preguntó Caelum, su voz cargada de una irritación que ocultaba su sorpresa—. Vuelve a tus frascos, Duquesa. El patio no es lugar para juegos de alquimia.
Elowen no retrocedió. Se detuvo frente a él, obligándolo a mirarla desde su altura. El Duque notó que ella no llevaba joyas, sino un cinturón de cuero fino del que colgaban pequeños viales de diferentes colores.
—La lucha cuerpo a cuerpo no se trata solo de quién golpea más fuerte, sino de quién controla mejor su propia química —dijo ella, con una sonrisa que era casi un desafío—. Usted entrena para resistir el dolor, pero sus músculos están acumulando toxinas por el esfuerzo excesivo. Si no las libera, mañana sus reflejos serán un 10% más lentos.
Caelum soltó una carcajada amarga.
—¿Toxinas? He sobrevivido a flechas envenenadas y cortes de hacha. Mi cuerpo es mi templo de guerra.
—Un templo que está a punto de colapsar —replicó ella. Con un movimiento rápido, antes de que Caelum pudiera reaccionar, Elowen sacó un pequeño dardo de su cinturón y se lo clavó en el antebrazo.
Los guardias desenvainaron sus espadas al instante. Caelum se quedó inmóvil, mirando el dardo. Por un segundo, el instinto de asesino en sus ojos fue aterrador, pero luego sintió algo extraño. El dolor sordo que siempre sentía en su hombro derecho —una vieja herida de guerra— desapareció. Un calor reconfortante recorrió sus venas, disolviendo la fatiga acumulada.
—Es un tónico de mi propia creación —explicó ella, ignorando las espadas de los guardias—. Adrenalina pura mezclada con extracto de mandrágora blanca. No es magia, es medicina de vanguardia.
Caelum flexionó el brazo. Se sentía ligero, como si hubiera dormido diez horas en un minuto. Miró a Elowen con una mezcla de respeto y sospecha.
—¿Por qué me darías esto? Podrías haberme matado.
—Podría habérselo dado en el té de la mañana si quisiera matarlo, Duque —dijo ella, acercándose tanto que él pudo ver el reflejo de su propia máscara en los ojos rojos de ella—. Pero prefiero que mi esposo esté en su mejor forma. Especialmente si el Emperador va a enviarnos pronto a los lobos de la capital.
Caelum bajó la guardia y les hizo un gesto a sus hombres para que se retiraran. El patio quedó en silencio, solo el silbido del viento entre las almenas.
—Dices que mi centro de gravedad falla —dijo él, su voz ahora baja, casi íntima—. Pruébalo.
Elowen dejó caer su abrigo de piel sobre la nieve, revelando que debajo llevaba un traje de montar de cuero negro, ajustado y funcional. No era vulgar, pero resaltaba cada curva de su cuerpo de una manera que hizo que la boca de Caelum se secara. Ella sacó de su espalda dos dagas de entrenamiento, de madera pesada pero equilibradas.
—No soy una experta en la espada larga, pero mi madre me enseñó que la magia se siente antes de que se manifieste —dijo ella, poniéndose en guardia—. Ataque, Excelencia. No se contenga.
Caelum atacó. No con la fuerza bruta que usaba con sus hombres, sino con una elegancia medida. Elowen se movía como el humo. No bloqueaba sus golpes; los desviaba con el mínimo esfuerzo, usando la propia inercia del Duque contra él. Era sexy de una manera letal; cada movimiento de sus caderas y hombros parecía una coreografía de muerte y deseo.
De repente, Caelum convocó sus sombras. El suelo bajo los pies de Elowen se volvió líquido, intentando atraparla. Ella, sin inmutarse, sacó un pequeño frasco de su cinturón y lo rompió contra el suelo. Un polvo plateado se dispersó, solidificando las sombras al instante.
Caelum se quedó helado. Su magia había sido neutralizada por un puñado de polvo. Aprovechando su distracción, Elowen se deslizó bajo su brazo y colocó una de sus dagas de madera contra la nuca del Duque, justo donde terminaba la máscara de plata.
—Jaque —susurró ella al oído de él. Su aliento cálido rozó la piel expuesta de su cuello.
Caelum sintió una descarga eléctrica que no tenía nada que ver con la magia. Se giró rápidamente, atrapando las muñecas de Elowen con una sola mano y presionándola contra su pecho. La diferencia de tamaño era abrumadora, pero ella no se amilanó. Lo miraba con una intensidad que lo quemaba.
—Eres una mujer peligrosa, Elowen —dijo él, su rostro a centímetros del de ella.
—Y usted es un hombre que ha olvidado que el poder no solo reside en el brazo, sino en lo que uno está dispuesto a sacrificar —respondió ella—. ¿Qué sacrificaría por ganar esta guerra, Caelum? ¿Incluso su soledad?
Él no respondió con palabras. Por un segundo, la tensión entre ellos fue tan alta que el aire pareció chisporrotear. Caelum apretó el agarre en sus muñecas, no para herirla, sino por un deseo desesperado de no dejarla ir. En ese momento, ella no era un estorbo, ni una transacción. Era su igual.
—Mañana salimos hacia la capital —dijo él finalmente, soltándola de golpe como si se hubiera quemado—. Allí no podrás usar tus dardos ni tus polvos mágicos tan libremente. La corte es un nido de serpientes.
—No se preocupe por las serpientes, Duque —dijo Elowen, recogiendo su abrigo de la nieve y volviendo a su fachada de dama perfecta—. Yo soy la que destila su veneno.
Elowen se retiró hacia la torre, dejando a Caelum solo en el patio. El Duque miró su mano, la que había sostenido las muñecas de ella. Todavía sentía el calor de su piel. Sabía que el viaje a la capital sería un campo de batalla, pero por primera vez en años, no sentía que tuviera que luchar solo.
Lo que Caelum no sabía era que Elowen, al llegar a su habitación, se apoyó contra la puerta con el corazón latiendo desbocado. Aquel hombre, con sus cicatrices y su máscara, tenía una fuerza magnética que amenazaba con derretir el hielo que ella había construido alrededor de su alma.
La preparación para el Baile de Invierno no era solo una cuestión de vestidos y joyas. Era el inicio de una transformación. Elowen de Valois no solo iba a enamorar al Duque; iba a incendiar el Imperio para que él pudiera reinar en las cenizas.