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El Precio Del Mañana

El Precio Del Mañana

Status: En proceso
Genre:Terror / Aventura / Apocalipsis
Popularitas:329
Nilai: 5
nombre de autor: Anthony Medina

La guerra terminó, pero la pesadilla acaba de despertar.

NovelToon tiene autorización de Anthony Medina para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 3: EL MERCADO DE LOS CONDENADOS

Elías Vane sentía el peso de cada uno de sus años en el crujido de sus rodillas mientras se agachaba para limpiar el fluido negro del Fase 4 de sus pantalones. No era solo suciedad; era una sustancia corrosiva que devoraba el tejido sintético de su uniforme de la Guardia Unificada. A su lado, Jake seguía mirando el cadáver del infectado, con el fusil de percusión mecánica temblando entre sus manos. El silencio que siguió a la pelea no era de paz, sino de una expectación fúnebre.

—No te quedes mirando el abismo, Jake

—dijo Elías, su voz sonando como grava bajo el filtro de la máscara

— El abismo ya sabe que estamos aquí. Muévete.

Caminaron durante tres horas por el esqueleto de la autopista, esquivando los caparazones oxidados de lo que alguna vez fueron símbolos de estatus y libertad. Ahora, los coches eran solo obstáculos, nidos de moho y metal que chirriaba con el viento. Elías mantenía un ritmo constante, ignorando el dolor punzante en su hombro donde la criatura lo había golpeado. Sabía que, en este mundo, detenerse a lamerse las heridas era una invitación formal a la muerte.

A medida que se acercaban a los límites de la ciudad costera, el olor cambió. Ya no era solo el dulzor metálico de las esporas; era un hedor a carbón, a grasa quemada y a sudor humano acumulado.

Era el olor de la civilización en su forma más rancia.

—¿Hueles eso?

—preguntó Jake, arrugando la nariz tras el visor.

—Huelo a hombres, Jake. Y eso significa que debemos ser diez veces más cuidadosos que con los infectados. Los zombies quieren tus tripas; los hombres quieren todo lo demás.

Llegaron a una depresión del terreno desde la que se divisaba lo que solía ser un centro comercial a cielo abierto. Pero las tiendas de lujo habían sido reemplazadas por chabolas de lona, láminas de metal corrugado y hogueras que soltaban un humo negro y denso hacia el cielo plomizo. Estacas de madera rodeaban el perímetro, y en algunas de ellas, restos humanos resecos servían como advertencia y como decoración.

Era un mercado negro.

Pero no uno de medicinas o tecnología. Era un mercado de carne.

Elías sacó sus binoculares tácticos. Ajustó el enfoque, sintiendo cómo el frío del metal se filtraba por sus guantes. Lo que vio le revolvió el estómago de una forma que ningún zombie había logrado. En el centro de la plaza, jaulas de hierro oxidado contenían a grupos de personas demacradas. Algunos tenían marcas de mordeduras vendadas con trapos sucios; otros simplemente estaban allí, esperando a ser intercambiados.

—Por dios ...

—susurró Jake, que había tomado los binoculares

— Elías, están vendiendo personas. Hay... hay niños ahí.

—No son personas para ellos, Jake. Son mercancía

—Elías recuperó los binoculares, su rostro endurecido como el granito

—Mira hacia el extremo norte. ¿Ves a esos tipos con las túnicas manchadas de verde?

Jake asintió en silencio.

Eran los Hijos de la Resonancia. No eran infectados totales, pero tampoco eran humanos. Se movían con una cadencia extraña, como si escucharan una música que nadie más podía oír. No estaban comprando esclavos para trabajar. Los estaban comprando para la "ofrenda".

—Los entregan al hongo

—dijo Elías, y su voz llevaba el peso de mil batallas perdidas

—Los llevan al Oeste, a las zonas de alta densidad, para que el micelio se alimente de su conciencia antes de que el cuerpo muera. Es una simbiosis forzada. Una pesadilla que Alexia no se atrevería a poner en sus libros.

—Tenemos que hacer algo

—dijo Jake, y esta vez su voz no temblaba de miedo, sino de una rabia incipiente

—No podemos pasar de largo. Mi tío no nos dejó Aegis para que miráramos hacia otro lado mientras esto ocurre.

Elías cerró los ojos un momento. El deber de su misión

—llegar a San Francisco, encontrar la señal de Kael

— chocaba frontalmente con el código de sangre que Marco le había grabado a fuego. Sabía que un asalto frontal era un suicidio. Había al menos cincuenta hombres armados en el mercado, la mayoría con armas de fuego recuperadas y una crueldad que compensaba su falta de entrenamiento.

—Si intervenimos, Jake, las posibilidades de llegar a San Francisco caen al diez por ciento

—dijo Elías, probando la resolución del chico.

—Entonces moriremos haciendo algo que valga la pena

—respondió Jake, ajustando el cerrojo de su fusil

—Pero no voy a caminar un kilómetro más sabiendo que esa niña de la jaula central terminó convertida en una extensión de un hongo.

Elías permitió que una sombra de orgullo cruzara su mente, aunque sus labios permanecieron apretados. Jake estaba dejando de ser un aprendiz para convertirse en un hombre .

—Bien

—sentenció Elías, sacando un mapa topográfico arrugado

—Escúchame bien, porque no lo repetiré. El Acorde Magnético de Jake está muerto, así que vamos a usar la vieja escuela

distracción, fuego y acero. No vamos a liberar a todos; no podemos. El caos es nuestro único aliado.

Elías señaló un conjunto de tanques de propano cerca de la zona de las cocinas del mercado.

—Tú te posicionarás en aquella cresta. Tienes el fusil de largo alcance.

No dispares a los hombres, dispara a los tanques. Cuando eso estalle, los guardias correrán hacia el fuego pensando que es un ataque de otra facción. En ese momento, yo entraré por el sector de las jaulas.

—¿Y tú qué harás?

—preguntó Jake.

—Lo que mejor sé hacer

—Elías desenvainó su cuchillo de trinchera y comprobó la carga de su pistola secundaria de 9mm

—Ser el monstruo que ellos no esperan.

Caminaron en semicírculo para rodear el campamento, aprovechando las sombras de la tarde que caía. Elías se movía sin hacer ruido, una sombra entre las sombras, sintiendo cómo su cuerpo humano, sin mejoras ni simbiosis, respondía con una precisión absoluta. Cada músculo estaba tenso, cada sentido aguzado. El aire sabía a peligro, y eso era algo que Elías entendía mejor que la paz de Alexia.

Al llegar a la posición de asalto, Elías se ocultó tras una pila de neumáticos viejos. Podía oír los gritos de los subastadores, las risas crudas de los mercaderes y el llanto ahogado de los que estaban en las jaulas. Vio a un hombre gordo, con el torso desnudo cubierto de tatuajes de moho, acercarse a la jaula de la niña. Llevaba una vara electrificada.

—Ahora, Jake...

—susurró Elías por el canal de radio.

A lo lejos, un fogonazo rompió la penumbra. Segundos después, la bala de Jake impactó de lleno en la válvula del primer tanque de propano. La explosión fue una columna de fuego naranja que iluminó el mercado como un sol artificial. El estruendo fue seguido inmediatamente por una segunda explosión más grande.

El caos fue instantáneo. Los mercaderes gritaron, los guardias empezaron a disparar al aire sin dirección fija, y el pánico se apoderó del mercado.

Elías saltó la valla perimetral. Corrió con una velocidad que habría sorprendido a cualquiera de Aegis. El hombre de los tatuajes apenas tuvo tiempo de girarse antes de que el cuchillo de Elías se hundiera en su garganta. No hubo diálogo, no hubo advertencia; solo el movimiento eficiente de un verdugo.

Elías usó la vara electrificada del hombre para reventar el candado de la jaula central.

—¡Fuera! ¡Corred hacia el sur, hacia las ruinas del hotel!

—rugió Elías a los prisioneros.

La niña lo miró con ojos vacíos, paralizada. Elías la agarró por el brazo, no con delicadeza, sino con la urgencia necesaria.

—¡Corre, pequeña! ¡Si te quedas aquí, te convertirás en nada!

Las balas empezaron a zumbar a su alrededor. Los mercaderes habían empezado a organizarse. Elías se cubrió tras un puesto de venta de suministros médicos robados, devolviendo el fuego con su pistola. Cada disparo de Elías encontraba un blanco; no desperdiciaba plomo.

—¡Jake, fuego de cobertura en el flanco derecho!

—gritó por la radio.

Desde la cresta, el fusil de Jake empezó a cantar de nuevo. Un disparo, un hombre caído. Dos disparos, otro guardia al suelo. Jake estaba manteniendo la línea.

Pero entonces, algo salió de la tienda principal del mercado. No era un humano, y no era un zombie común.

Era un Hijo de la Resonancia, pero este llevaba una armadura de placas metálicas soldadas a su propia piel. No sentía las balas que impactaban en su pecho. Se movía con una calma aterradora hacia la posición de Elías, empuñando una maza pesada llena de púas.

—Elías, esa cosa no cae...

—la voz de Jake sonó angustiada por la radio

—. ¡Le he dado tres veces en el pecho!

—¡A las articulaciones, Jake! ¡Olvida el pecho!

—respondió Elías, cambiando el cargador de su pistola con un movimiento mecánico.

El gigante de metal y hongo rugió, un sonido sónico que hizo vibrar el aire. Elías sabía que su pistola no le haría nada. Guardó el arma y apretó con fuerza el mango de su cuchillo de Marco. Iba a tener que hacerlo a la antigua. Iba a tener que demostrar que un hombre con un trozo de acero y suficiente voluntad podía matar incluso a lo que el hongo consideraba su obra maestra.

—Ven aquí, hijo de puta

—gruñó Elías, preparándose para el choque

—Vamos a ver si tu Red puede reconstruirte la cabeza.

1
Isabel Ortega
gracias por actualizar Escritor muy bueno.
Isabel Ortega
me equivoqué de nombre Celina
Isabel Ortega
Elías fiel a Alexia espero qué puedan escapar de Celia
T.gaitán
eso jake, aprende que no estás cultivando flores.
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