un libro con personajes de ficción, dragones, ogros, un enemies to lovers y demás. ¿será que conseguirán enamorarse mutuamente? o solo seguirán en guerra. quién sabe depende de como ellos se traten a sí mismos
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II. linaje de hierro.
Zhaeryntha Vaelkríass:
El viento gélido de la tormenta me azotaba el rostro, pero el frío exterior no era nada comparado con el incendio que todavía me quemaba el pecho. Desde las alturas, el mundo parecía pequeño, insignificante, un tablero de juego que solo esperaba ser reclamado. Vharok rugió, una vibración profunda que sentí en mis propios huesos, mientras descendíamos hacia las torres afiladas del Castillo Vaelkríass.
Aterrizamos con un impacto que hizo temblar el patio principal. No esperé a que los mozos de cuadra se acercaran; salté del lomo de mi dragón antes de que terminara de plegar sus alas negras.
—Quédate aquí, Vharok. No quiero que nadie te moleste —le ordené, acariciando brevemente sus escamas calientes antes de encaminarme hacia el gran salón.
Caminé a grandes zancadas, mis botas de metal resonando contra el mármol con un eco agresivo. Los guardias se hicieron a un lado de inmediato, bajando la cabeza. Sabían leer mi lenguaje corporal: cuando mi mandíbula está trabada de esa forma y mis ojos grises desprenden ese brillo plateado, lo mejor es desaparecer.
Empujé las pesadas puertas del Salón del Trono sin pedir permiso. El estruendo de la madera chocando contra las paredes interrumpió abruptamente el murmullo de voces.
En el centro, mi padre, el Rey Valerius, presidía una mesa cubierta de mapas y pergaminos. Estaba rodeado por sus generales más veteranos y tres emisarios de las tierras del sur. La discusión parecía tensa; estaban hablando de suministros y fronteras, el tipo de política aburrida que siempre me daban ganas de quemar.
Al verme entrar, el silencio se volvió denso. Los generales fruncieron el ceño y uno de los emisarios hizo amago de protestar por la interrupción.
Mi padre levantó una mano, silenciándolos a todos sin mirarlos. Sus ojos, idénticos a los míos pero cargados con el peso de décadas de mando, recorrieron mi figura: mi armadura sucia por el entrenamiento, el cabello desordenado por el vuelo y, sobre todo, la expresión de furia pura que deformaba mis facciones.
—Retírense —dijo él. Su voz era baja, pero tenía la autoridad de un trueno—. La junta ha terminado por hoy.
—Pero, señor, los tratados de... —comenzó a decir un general.
—He dicho que se retiren —repitió mi padre, esta vez con una nota de advertencia que no admitía réplica.
Los hombres recogieron sus papeles a toda prisa y salieron de la sala casi huyendo. Cuando la última puerta se cerró, mi padre bajó los escalones del estrado y caminó hacia mí. No se detuvo hasta estar a un paso. No parecía molesto por la interrupción; parecía... preocupado.
—Zhaeryntha —dijo, buscándome la mirada—. Tienes esa chispa en los ojos que solo aparece cuando alguien ha cometido el error de creerse tu igual. ¿Qué ha pasado en la Academia?
Apreté los puños, sintiendo cómo los nudillos me dolían por el golpe que le había dado a ese imbécil.
—Dravenkael ha vuelto, padre —escupí el nombre como si fuera veneno—. Ese maldito idiota engreído se atrevió a burlarse de mí en mi propia cara. Se cree que porque tiene un dragón de ceniza y una lengua de plata puede tratarme como a una de sus conquistas de palacio.
Mi padre suspiró, pero una pequeña sonrisa, casi imperceptible, cruzó su rostro curtido.
—Veo que le diste una bienvenida adecuada —comentó, mirando mis nudillos enrojecidos—. Sabes que los Dravenkael siempre han sido nuestra sombra, hija. Pero tu enojo no es solo por su arrogancia, ¿verdad?
Me di la vuelta, dándole la espalda para que no viera cómo me temblaban las manos de pura rabia contenida.
—Es un estúpido, padre. Lo odio. Lo odio desde que tengo memoria y verlo ahí, sonriendo como si el mundo le debiera algo... simplemente no lo soporto.
—El odio es una herramienta peligrosa, Zhaeryntha —dijo él, poniendo una mano pesada sobre mi hombro—. Pero en la guerra, a veces es lo único que nos mantiene alerta. Cuéntame todo. Si ese muchacho ha cruzado una línea que no debía, quiero saberlo.
Me quedé en silencio un momento, escuchando el trueno estallar fuera del castillo. La tormenta finalmente había llegado.
Kaelthoryn Dravenkael:
Me encontraba sentado en el aula de táctica avanzada, tambaleando la silla sobre sus patas traseras mientras sentía el latido rítmico del golpe de Zhaeryntha en mi mandíbula. El salón olía a pergamino viejo y a esa cera rancia que usaban para sellar los mapas. El profesor Valerius, un hombre que parecía haber sido tallado en piedra volcánica y cuya voz sonaba como grava chocando entre sí, caminaba de un lado a otro frente al pizarrón de madera oscura.
—¡Atención, cadetes! —bramó Valerius, golpeando el suelo con su vara de mando—. Si creen que montar un dragón los hace invencibles, ya están muertos. Un dragón no es nada sin su jinete; es solo una bestia con hambre. Ustedes son la mente, ellos son el músculo. Si la conexión falla, el cielo los escupirá.
Con un gesto seco, los ayudantes comenzaron a repartir pergaminos pesados. Cuando el mapa cayó sobre mi mesa, lo desenrollé con curiosidad. Era una representación detallada de los reinos circundantes, pero había zonas marcadas con runas rojas y espacios en blanco que decían "Territorio Inexplorado".
—Miren sus mapas —continuó Valerius—. El mundo no es solo nuestro patio de juegos. Al norte, en los bosques de plata, están los **Elfos**. No se dejen engañar por su aspecto grácil; son criaturas de una longevidad aterradora y una magia que se dobla a su voluntad. Un elfo no pelea con fuerza, pelea con el tiempo y la paciencia.
Caminó hacia un mapa gigante en la pared y señaló las montañas escarpadas.
—Aquí, en las grietas, encontrarán a los **Goblins**. Son plagas, sí, pero inteligentes. Se mueven en hordas y su tecnología rudimentaria es capaz de derribar a un dragón si se confían. Los **Orcos**, en cambio, son la fuerza bruta personificada. No razonan, solo conquistan. Si un orco les pone la mano encima, no habrá armadura que los salve.
Sentí a Ryker susurrar algo a mi lado sobre lo fea que era la cara de un orco, pero lo ignoré. Mi dedo trazó la costa del mapa.
—Cuidado con las **Sirenas** —la voz de Valerius se volvió más baja, casi una advertencia—. Si vuelan demasiado bajo sobre el Mar de Cristal y escuchan un canto que les recuerda a su hogar, elévense de inmediato. Si caen al agua, están muertos. Ellas no devoran el cuerpo, devoran la voluntad antes de arrastrarlos al abismo.
—¿Y los **Enanos**, maestro? —preguntó una chica desde la primera fila.
—Los Enanos son una especie poco común en estos días —respondió Valerius con un gesto de desdén—. Viven bajo tierra, obsesionados con sus metales. Poseen un poder bajo en términos de magia o fuerza militar abierta, pero sus defensas son impenetrables. No son una amenaza... a menos que intenten quitarles su oro.
Finalmente, su vara golpeó las Islas del Humo.
—Y allí están los **Wyverns**. Primos salvajes de sus dragones, pero sin conciencia. Son letales, rápidos y cazan en manada. En estas zonas blancas que ven en sus mapas, existen secretos antiguos, ruinas de civilizaciones que cayeron antes de que el primer dragón fuera domado. Hay poderes desconocidos allí que la corona prefiere que ignoren, pero yo les digo: el conocimiento es la única armadura que no pesa.
Miré el mapa, fijándome en una zona boscosa cerca de la frontera de los Vaelkríass. "Secretos antiguos", había dicho. Me pregunté si Zhaeryntha sabía algo de eso o si estaba demasiado ocupada golpeando gente como para leer un mapa.
—Estudien esos terrenos —concluyó el profesor—. Porque mañana, el mapa será lo único que los separe de una emboscada orca o de terminar como la cena de un Wyvern.
Cerré el pergamino con un golpe seco. La teoría era interesante, pero mientras el profesor hablaba de sirenas y elfos, yo solo podía pensar en el brillo plateado de los ojos de Zhaeryntha. Si ella iba a buscar esos "secretos antiguos", yo pensaba llegar primero. Solo para ver su cara de frustración.
Al terminar la clase, el eco de las advertencias de Valerius seguía martilleando en mi cabeza. Enrollé el mapa con brusquedad y me lo colgué al cinto. Mis amigos seguían murmurando sobre las sirenas y lo "divertido" que sería ver una de cerca, pero yo solo podía pensar en esas manchas blancas del pergamino. Secretos antiguos. Poderes que la corona prefería que ignoráramos.
Salí al patio principal. La tormenta que Zhaeryntha había ido a buscar ya estaba sobre nosotros. El cielo era un hervidero de nubes negras y el aire pesaba tanto que costaba respirar.
—¡Rhyx! —silbé con fuerza.
Un torbellino de ceniza descendió desde los salientes de las caballerizas superiores. Rhyx aterrizó sin hacer ruido, sus escamas de color gris mate absorbiendo la poca luz que quedaba. No era tan llamativo como el dragón de Zhaeryntha, pero era puro acero y velocidad. Me subí a su lomo, sintiendo el calor seco que emanaba de su cuello.
—Vamos, amigo. Tenemos un rastro que seguir —le susurré.
Nos elevamos en un estallido de potencia. Mientras ascendíamos, vi a lo lejos las torres del Castillo Vaelkríass. Sabía que ella estaba allí, probablemente escupiendo fuego y furia frente a su padre. Ella siempre fue la favorita, la "heredera de la tormenta", mientras que yo tenía que ganarme cada centímetro de respeto con sarcasmo y estrategias que nadie más se atrevía a intentar.
Desde el aire, el mapa en mi mente cobró vida. Crucé la frontera de los campos de entrenamiento y me interné en el territorio neutral, ese que el profesor había marcado como peligroso. Rhyx soltó un gruñido bajo; él también lo sentía. Había algo en el ambiente, un olor a magia vieja y podrida que no pertenecía ni a los hombres ni a los dragones.
De repente, un destello plateado cruzó el horizonte, muy por debajo de mi posición.
Era ella.
Zhaeryntha no se había quedado en su castillo bordando pañuelos. Había salido de nuevo, volando bajo, casi rozando las copas de los árboles de los Bosques Susurrantes, justo donde el mapa mostraba una de esas zonas blancas.
—¿Buscando secretos por tu cuenta, princesa? —mascullé con una sonrisa torcida.
Incliné a Rhyx en un picado silencioso. Si ella pensaba que iba a descubrir algo antiguo y poderoso sin que yo le pisara los talones, estaba muy equivocada. La rivalidad no se quedaba en el patio de armas; si había un poder desconocido en esas tierras, yo lo encontraría primero. O, al menos, me aseguraría de que ella no pudiera disfrutarlo en paz.
La lluvia empezó a caer, fría y afilada como agujas, mientras nuestras sombras se perseguían entre los árboles centenarios. La verdadera competencia acababa de empezar.
Zhaeryntha Vaelkríass:
El viento de la tormenta me azotaba el rostro con una furia deliciosa, el único consuelo después de soportar la insoportable pretenciosidad de mi padre. Él hablaba de "odio útil" como si yo no entendiera la política. Mi enojo no era una herramienta, era mi esencia, y Dravenkael la encendía con una facilidad que me daba asco.
Vharok volaba bajo, sus alas negras cortando la bruma que se elevaba del Bosque Susurrantes. Aquí abajo, el aire olía a moho y a algo antiguo, algo que llamaba a mi sangre con promesas de poder oscuro, el tipo de poder que mi padre prefería ignorar pero que yo estaba más que dispuesta a reclamar. El mapa de Valerius era un simple recordatorio de lo que ya sabía: este mundo estaba lleno de debiluchos que temían lo desconocido. Yo no.
Un estallido de ceniza y humo cruzó mi visión periférica. Ni siquiera necesité girar la cabeza para saber quién era. El rastro de ese dragón gris ceniza era inconfundible, una sombra molesta que se negaba a desaparecer.
—Maldita sea, Vharok —mascullé entre dientes—. Parece que la plaga se ha extendido hasta aquí.
Rhyx, el dragón de Dravenkael, se emparejó con nosotros. Era rápido, lo admitía, pero carecía de la majestuosidad brutal de mi Vharok. Y el jinete sobre su lomo... bueno, el mero hecho de su existencia ya era una molestia. Kaelthoryn ni siquiera estaba volando en posición de combate; estaba recostado sobre las escamas de Rhyx con esa maldita sonrisa arrogante que parecía haberse pegado a su rostro después de que lo golpeé.
—¿Te perdiste camino a la biblioteca, Princesa Hielo? —soltó Kaelthoryn, su voz apenas audible sobre el estruendo del viento, pero lo suficientemente clara para que yo la escuchara. Se llevó una mano al rostro, justo donde mi puño había impactado, y me dedicó una mirada cargada de una provocación asquerosa—. Si buscas problemas, ya sabes dónde encontrarme.
No me molesté en responder. Volví la mirada al frente, concentrándome en la línea de los árboles que se acercaba.
Pero Rhyx, siguiendo las órdenes de su estúpido jinete, decidió jugar. La bestia gris soltó un gruñido juguetón y, con un movimiento rápido, golpeó el hombro de Vharok con su propia ala. No fue un ataque, fue un empujón, un reto descarado, el equivalente dracónico de un guiño de ojo.
Vharok soltó un rugido que hizo temblar las hojas de los árboles debajo de nosotros. Se tensó, listo para incinerar a la molesta lagartija gris, pero lo contuve. Un simple roce de mis muslos contra sus costillas fue suficiente para recordarle que yo era quien mandaba.
—Quieto —le ordené, mi voz una vibración baja y peligrosa—. No desperdicies fuego en basura.
Rhyx volvió a empujar, esta vez con el hocico, señalando hacia la espesura del bosque que se extendía debajo. El mensaje era claro: *Atrévete a bajar. Atrévete a seguirme.*
Kaelthoryn soltó una carcajada que el viento arrastró. Inclinó a Rhyx en un picado silencioso, desapareciendo bajo el dosel de los árboles con una elegancia que me hizo hervir la sangre. Él sabía que yo no podía resistirme a un desafío, y mucho menos a uno que prometía secretos antiguos.
—Muy bien, Dravenkael —murmuré, una sonrisa fría y cruel formándose en mis labios—. Si quieres jugar a los escondites en el lodo, te mostraré cómo juega una Vaelkríass.
Incliné a Vharok en una picada casi vertical, el viento rugiendo en mis oídos como una legión de almas en pena. No iba a dejar que Dravenkael pensara, ni por un segundo, que le temía a su estúpido juego de escondite en el lodo. Ramas y hojas pasaron zumbando, un borrón verde y marrón, hasta que el dosel del bosque se abrió de golpe ante nosotros.
Aterrizamos con un estruendo brutal. Vharok clavó sus garras en la tierra húmeda, arrancando raíces y levantando una nube de humus podrido. El olor a magia vieja era sofocante aquí abajo, pesado y rancio.
Mis ojos, acostumbrados a la penumbra, buscaron de inmediato la figura de Kaelthoryn.
Lo encontré a unos veinte metros, entre dos robles centenarios. Pero no estaba recostado sobre Rhyx con su habitual sonrisa de idiota.
Kaelthoryn estaba de pie en tierra firme, con la espalda tensa como la cuerda de un arco y su espada gris oscuro desenvainada, brillando con una luz fría y peligrosa. Rhyx, a su lado, estaba agachado, sus escamas de ceniza erizadas y un hilo de humo ardiente escapando de sus fauces.
Ambos estaban en posición de ataque, apuntando hacia un claro más adelante.
—¡Zhaeryntha! ¡No bajes! —el grito de Kaelthoryn cortó el aire, cargado de una urgencia que nunca antes había escuchado en él. Parecía... asustado. Qué patético.
Rodé los ojos, desmontando de Vharok con una elegancia perezosa. El desdén era un escudo más fuerte que cualquier armadura.
—¿Problemas con los arbustos, Dravenkael? —solté, mi voz gélida arrastrándose entre los árboles—. No sabía que el gran estratega le temía a la oscuridad.
Caminé hacia él, ignorando sus advertencias. Vharok me siguió, sus ojos rojos brillando en la penumbra, gruñendo bajo hacia la misma dirección que Rhyx.
Entonces lo vi.
Emergiendo de la niebla, una criatura masiva y grotesca se alzaba sobre sus dos patas traseras. Era un **Wyvern**. Pero no uno cualquiera. Este espécimen era de un color **verde esmeralda profundo, casi negro en las sombras**, con escamas que parecían obsidiana pulida atrapando la poca luz que se filtraba. Sus ojos, amarillos y afilados, fijos en Kaelthoryn, brillaban con un hambre salvaje. Sus alas de murciélago, cubiertas de membranas membranosas de color sangre seca, estaban parcialmente plegadas, listas para lanzarse.
El Wyvern abrió las fauces, revelando hileras de dientes como dagas, y soltó un siseo que hizo temblar el suelo.
Kaelthoryn dio un paso atrás, con la espada en alto.
—¡Vete de aquí, Zhaeryntha! Es un Wyvern salvaje. No podemos controlarlo. ¡Rhyx no es suficiente!
Me detuve a pocos metros de Dravenkael, mirándolo de reojo con pura condescendencia.
—"No podemos", dices —repetí, mi voz un susurro venenoso—. Tu incapacidad no dicta la mía, Kaelthoryn.
Sin dudarlo, pasé por su lado y caminé directamente hacia la bestia siseante.
—¡¿Qué diablos haces?! ¡Te va a matar! —gritó él, su voz quebrándose por la tensión. Sentí cómo Rhyx daba un paso adelante, pero Vharok se interpuso con un rugido de advertencia. Mi dragón sabía que esta era mi batalla.
Ignoré el caos a mi espalda. Me concentré por completo en el Wyvern.
La criatura me vio acercarme. Sus ojos amarillos se estrecharon. Soltó otro siseo y tensó sus músculos, listo para arrancarme la cabeza.
—Shhh... —siseé yo de vuelta, el sonido bajo y rítmico, el lenguaje de los que nacen de la sangre de los dragones antiguos—. Quieto, pequeño cazador. No soy tu enemiga.
Mantuve mi mirada fija en la suya, ni una pizca de miedo empañando el brillo gris de mis ojos. El miedo es para los débiles. Yo era una Vaelkríass.
Me detuve a un brazo de distancia de sus fauces. El aliento fétido de la bestia me golpeó el rostro, pero no parpadeé.
Lentamente, muy lentamente, extendí mi mano derecha. Mis dedos pálidos, marcados por el roce de la armadura, se acercaron a su hocico escamoso.
Sentí la tensión en el aire detrás de mí. Kaelthoryn estaba congelado, su espada bajando imperceptiblemente, el pánico pintado en su rostro. Él creía que los Wyverns eran monstruos sin mente, como había dicho Valerius. Pero yo sabía más. Yo escuchaba los secretos que la corona temía.
Mis dedos tocaron la escama verde esmeralda, fría y dura como el acero de un ogro.
El Wyvern se tensó, un espasmo recorriendo su cuerpo masivo. Pero no me mordió. No me atacó.
En lugar de eso, el siseo se detuvo. Sus ojos amarillos perdieron su brillo salvaje y se fijaron en los míos con una curiosidad repentina. Soltó un gruñido bajo, casi un ronroneo defectuoso, y presionó su hocico contra mi palma.
—Así está mejor —le susurré, acariciando suavemente la escama rugosa, subiendo hacia el espacio entre sus ojos—. Eres hermoso, ¿verdad? Y muy lejos de casa.
Me giré lentamente, sin apartar la mano de la bestia, para mirar a Kaelthoryn.
Él seguía allí, estupefacto. La espada le colgaba de la mano, la boca entreabierta. Me miraba como si yo fuera la criatura más aterradora que jamás hubiera visto. Rhyx, a su lado, había bajado la guardia y observaba al Wyvern con una mezcla de cautela y respeto.
Le dediqué a Kaelthoryn mi sonrisa más fría y llena de desdén.
—Valerius dijo que no tenían conciencia, ¿verdad? —solté, mi voz arrastrándose entre los robles—. Parece que el "gran estratega" y el "viejo maestro" tienen mucho que aprender sobre el verdadero poder.
El Wyvern soltó otro gruñido bajo, frotándose contra mi mano. Yo no había venido aquí a buscar tesoros antiguos. Yo había venido a buscar aliados. Y parece que acababa de encontrar uno que Dravenkael nunca podría entender.