Antes de que todo ardiera…
hubo un amor que nunca debió existir.
Un ser dividido entre la luz y la oscuridad.
Un alma incapaz de elegir entre lo que era… y lo que sentía.
Y en medio de todo… Nyra.
Ella no pertenecía a ese mundo.
Pero fue el error que lo cambió todo.
Lo que comenzó como una conexión imposible…
se convirtió en obsesión.
En traición.
En una herida que nunca dejó de sangrar.
Porque cuando llegó el momento de elegir…
alguien lo perdió todo.
Y años después…
el pasado no volvió para sanar.
Volvió para destruir.
Esta no es una historia de amor.
Es el origen de una guerra.
Del enemigo que nació del dolor…
y de la única persona capaz de detenerlo.
O de terminar de romperlo todo.
NovelToon tiene autorización de cristy182021 para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 5
El día siguiente llegó.
Demasiado rápido.
No nos dio espacio para pensar.
Nos empujó directo a lo inevitable.
Apagué el motor de la moto.
Me quedé en silencio, mirando la escuela.
Pensando en Nyra.
En lo que le había dicho…
y en lo que no.
—Esto se está saliendo de control.
—Definitivamente.
La voz de Federico apareció a mi lado.
Giré.
Ahí estaba.
Pero algo era diferente.
No había tensión.
Ni molestia.
Nada del día anterior.
Y eso era lo preocupante.
—Te ves tranquilo.
—Lo estoy.
Mentía.
—¿Seguro?
—¿Quieres que no lo esté?
—Quiero que no lastimes a nadie.
Silencio.
Federico inclinó apenas la cabeza.
—Siempre tan noble.
—No empieces.
—No estoy empezando —dijo—. Estoy terminando.
Fruncí el ceño.
—¿Terminando qué?
No respondió.
Miró hacia la entrada.
Seguí su mirada.
Y ahí estaba.
Nyra.
Pero esta vez no venía sola.
Una chica hablaba con ella mientras caminaban.
Nyra parecía más relajada.
Más normal.
Como si lo de ayer hubiera sido solo un momento.
Cuando sus ojos se encontraron con los míos, todo cambió.
Se detuvo.
Apenas.
Suficiente.
—Buenos días.
Esta vez sonrió.
Y todo en mí se calmó.
—Buenos días.
—Hola —añadió, mirando a Federico.
—Nyra —respondió él.
Su tono fue distinto.
Más suave.
Demasiado suave.
—¿Todo bien hoy? —preguntó.
—Perfecto —respondimos al mismo tiempo.
Nos miramos un segundo.
Casi normal.
—Qué sincronizados…
—Es costumbre —dijo Federico.
—Era costumbre —corregí.
Silencio.
—Bueno… tengo clase —dijo Nyra.
—Te acompaño.
—Yo también.
Lo miré.
—No tienes esa clase.
—Ahora sí.
Mentira.
Caminamos los tres.
Pero algo había cambiado.
Ya no era tensión abierta.
Era más frío.
Más calculado.
Más peligroso.
En el pasillo todo parecía normal.
Hasta que cambió.
El aire se volvió pesado.
Giré apenas.
Y lo vi.
Un chico apoyado contra los casilleros.
Pálido.
Demasiado pálido.
Su respiración era irregular.
Las manos le temblaban.
Sus ojos estaban fijos en Federico.
—¿Lo conoces? —preguntó Nyra.
No respondí.
El chico dio un paso.
Inestable.
—Oye, ¿estás bien? —preguntó Nyra, acercándose.
—No —murmuré—. No te acerques.
Tarde.
El chico levantó la mirada.
Por un segundo, todo se detuvo.
Sus ojos estaban vacíos.
—Necesito aire…
Y cayó.
De golpe.
Nyra soltó un grito y se agachó junto a él.
—¡Oye! ¿Qué le pasa?
Me acerqué rápido.
Antes de tocarlo, miré a Federico.
Y él ya estaba mirando al chico.
Pero no con preocupación.
Con otra cosa.
No me gustó.
—Federico…
—No fui yo —murmuró.
Me quedé quieto.
—No dije que lo fueras.
—Pero lo pensaste.
Silencio.
—¿Qué está pasando? —insistió Nyra— ¡Tenemos que ayudarlo!
Me arrodillé junto a ella.
Busqué el pulso.
Débil.
Pero estaba ahí.
—Está vivo.
—Entonces algo le pasó. No podemos dejarlo así.
—Voy a llamar a alguien.
Antes de levantarme…
volvió.
Más fuerte.
Giré lentamente.
Federico.
Seguía mirando al chico.
Pero ahora no parecía sorprendido.
Parecía reconocerlo.
—Vete con ella —dijo sin mirarme.
—No.
—Hazlo.
—No te voy a dejar aquí.
—No me necesitas.
—Federico…
—Vete.
—Ahora.
Nyra me miró.
—¿Qué pasa?
Tomé aire.
Decidí rápido.
—Vamos.
—¿Qué? ¡No!
—Confía en mí.
Dudó.
Miró al chico.
Luego a Federico.
Y finalmente a mí.
—Esto no está bien.
—Lo sé.
—Entonces no deberíamos irnos.
—Pero debemos hacerlo.
Silencio.
Y cedió.
Nos levantamos.
Pero antes de irnos…
miré a Federico una vez más.
Y lo que vi…
no me gustó.
No parecía perder el control.
Parecía entender algo.
Y eso era peor.
No caminamos.
Salimos de ahí.
Rápido.
Demasiado rápido.
Nyra no dijo nada al inicio.
Pero cuando se detuvo… explotó.
—¿Qué fue eso?
No era solo preocupación.
Había algo más.
—Un chico que se desmayó —respondí.
—No me mientas.
Me detuve.
—No estoy mintiendo.
—Sí lo estás. Y lo sabes.
Silencio.
—Nyra… eso no fue normal.
—Lo sé.
—Entonces dime qué está pasando.
La miré.
—Hay cosas que no puedo explicarte.
—Entonces haz que las entienda.
Su voz se quebró apenas.
—No puedo protegerte si no sé de qué.
Eso golpeó fuerte.
—No necesitas esto.
—Claro que sí.
Se acercó.
—Ese chico… no estaba enfermo.
Silencio.
—Parecía vacío.
No respondí.
—¿Y si eso tiene que ver con tu amigo?
—No lo es.
—¿Seguro?
Silencio.
—No te creo.
—No todo depende de mí —dije.
—¿Entonces de quién?
—De cosas que no ves.
Nyra exhaló.
—Eso no me sirve.
—Porque no quieres verlo.
—Porque no me estás dando nada real.
Silencio.
Pesado.
—No quiero alejarme —dijo de pronto.
Eso me tomó desprevenido.
—¿Qué?
—De esto. De ti.
Bajó la mirada un segundo.
—Aunque debería.
Mi pecho se tensó.
—Entonces no lo hagas.
Me miró.
—¿Por qué?
—Porque yo no voy a hacerlo.
Silencio.
—Eso también es peligroso.
—Lo sé.
—¿Y no te importa?
Negué.
—No.
Su respiración cambió.
—Entonces estamos en problemas.
—Probablemente.
Pero no se alejó.
Y yo tampoco.
—Entonces deja de tratarme como si fuera débil.
—No lo hago.
—Sí lo haces.
Silencio.
—Esto es peligroso.
—Entonces déjame decidir si vale la pena.
Esa frase pesó.
—No sabes en qué te estás metiendo.
—Entonces enséñame.
Ahí estaba.
Otra vez.
El punto de quiebre.
Antes de responder…
volvió.
Más fuerte.
Mi cuerpo se tensó.
—¿Lo sientes?
Nyra asintió.
—Sí…
Giré.
Movimiento.
Gente.
—Esto no ha terminado —murmuré.
—¿Qué?
La miré.
—Tenemos que volver.
—¿Qué? ¡No!
—Sí.
—Gabriel—
—Confía en mí.
Silencio.
Dudó.
Pero no se fue.
Y eso…
lo cambió todo.
El camino de regreso se sintió más largo.
Más pesado.
Cada paso nos acercaba a algo que no íbamos a poder detener.
—No me gusta esto —murmuró Nyra.
—A mí tampoco.
—Entonces ¿por qué volvemos?
La miré.
—Porque si no lo hacemos, será peor.
No dijo más.
Pero su expresión cambió.
Cuando cruzamos la entrada…
lo primero que noté fue el silencio.
Demasiado silencio.
—¿Qué…?
No terminó.
Un grupo de estudiantes.
Susurros.
Miradas tensas.
Y en el centro…
otro chico.
En el suelo.
Pálido.
Respirando con dificultad.
Igual que el primero.
Mi mandíbula se tensó.
—Esto no es casualidad.
—¿Es lo mismo? —susurró Nyra.
—Sí.
Nos acercamos.
Lento.
Entonces volvió.
Más fuerte.
Giré la cabeza.
Y lo encontré.
Federico.
De pie.
Observando.
No sorprendido.
Esperando.
—Él sabe algo.
—¿Qué?
—No lo sé… pero está conectado.
El chico en el suelo habló.
—No… puedo… respirar…
Nyra se arrodilló de inmediato.
—Tranquilo, ya viene ayuda.
Pero yo no me moví.
No era enfermedad.
No era físico.
Era otra cosa.
—Esto no es un accidente.
Silencio.
Giré hacia Federico.
Y nuestras miradas se encontraron.
Y lo supe.
No todo.
Lo suficiente.
—Es él.
—¿Qué?
—No lo sé… pero está conectado.
Federico empezó a caminar hacia nosotros.
Lento.
Seguro.
Sin prisa.
—Esto no me gusta —susurró Nyra.
—Detrás de mí.
Esta vez no discutió.
Federico se detuvo a unos pasos.
Miró al chico.
Luego a nosotros.
—Interesante.
—¿Qué hiciste? —pregunté.
—Nada.
—No te creo.
—No tienes que hacerlo.
Silencio.
Pesado.
—Esto empezó cuando tú apareciste.
—¿Y eso qué prueba?
—Que no es casualidad.
Federico sonrió apenas.
—Nada lo es.
Nyra apretó mi brazo.
—Gabriel…
—Tranquila.
Pero ni yo lo estaba.
—Si sabes qué es… dilo.
Silencio.
Federico miró al chico.
Algo cambió en su expresión.
—Esto no debería estar pasando.
—¿Qué?
No respondió.
Dio un paso atrás.
—Aléjate.
—¿Por qué?
—Porque si no lo haces…
Sus ojos se levantaron.
Brillaron.
Rojos.
—esta vez no voy a poder detenerlo.
El aire cambió.
De golpe.
Pesado.
Denso.
Nyra se tensó detrás de mí.
—Gabriel…
Yo también lo sentía.
Más fuerte.
Más agresivo.
—¿Qué está pasando…?
Federico nos miró.
Y esta vez no hubo duda.
—Corre.
No fue una advertencia.
Fue una orden.
Y por primera vez… no dudé.
Lo que fuera que estaba pasando…
ya no estaba bajo control.
Y esta vez no era solo peligro.
Era inevitable.