Scarlet siempre ha vivido al límite: cuchillos afilados, fuego constante y una cocina donde el control lo es todo. Lo último que necesita es Alaska, el frío eterno… y un hombre que parece decidido a desordenar su vida.
Luke solo quiere paz. Silencio. Distancia de todo aquello que alguna vez lo rompió. Pero cuando Scarlet llega a la montaña, su mundo se sacude de una forma que su lobo no sabe explicar. La reconoce por su aroma a cerezas, la desea con una intensidad peligrosa… y aun así, no la acepta como su mate.
Entre discusiones, roces inevitables y una tensión que arde incluso bajo la nieve, ambos luchan contra un vínculo que se resiste a ser nombrado. Porque a veces el destino no llega con claridad, y el amor verdadero aparece cuando menos estás dispuesto a reconocerlo.
En Alaska, donde el invierno observa en silencio, negar al mate puede ser el error más grande de todos.
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Capitulo 14: El hombre frente a mi
A las siete de la mañana la casa ya no tenía nada de silenciosa.
Había risas, pasos apresurados, voces que se cruzaban de una habitación a otra. Chicas entrando y saliendo con arreglos en las manos, flores, telas, cajas, espejos. El ambiente estaba cargado de emoción… y de nervios ajenos que parecían rebotar en las paredes.
La madre de Emma y su hermana mayor se la llevaron temprano para ayudarla a cambiarse y maquillarse. Yo apenas las vi desaparecer por el pasillo cuando ya estaba girando sobre mis talones.
—Bien —me dije—. Si no me necesitan ahí, me necesitan aquí.
Y como era inevitable, me adueñé de la cocina.
Nadie protestó. Al contrario, fue como si todos respiraran aliviados cuando empecé a repartir órdenes sin pedir permiso.
—Eso no va ahí.
—Cuidado con esa salsa, no la calientes todavía.
—¿Quién cortó esto así? No importa, dame el cuchillo.
El menú de la boda pasó oficialmente a ser mi responsabilidad, aunque Emma no me lo hubiera pedido explícitamente. Cocinar siempre ha sido mi refugio, el único lugar donde mi mente se ordena sola, donde el mundo deja de pesar.
Entre ollas y aromas, por fin empecé a sentirme útil.
En algún momento tuve que salir de la cocina para cambiarme. Emma había elegido el vestido para mí, y cuando lo vi colgado frente al espejo, no pude evitar sonreír.
Verde esmeralda. Profundo. Intenso.
Contrastaba perfectamente con mi cabello y con mis ojos, como si hubiera sido hecho pensando en mí. Me lo puse con cuidado, acomodando la tela, observando mi reflejo unos segundos más de lo normal.
—Nada mal, Scarlett —murmuré.
Andrew no estaba cerca. El novio no debía ver a la novia antes de la boda, y en esa casa esa regla se estaba respetando casi con devoción.
Por mi parte, desde temprano me sentía… inquieta.
Mi cuerpo no paraba de estremecerse de vez en cuando, como pequeñas descargas que me recorrían la piel sin previo aviso. Me sacudí los brazos una vez, intentando ignorarlo.
—Concéntrate —me dije—. Hoy no se trata de ti.
Volví a la cocina, al ruido, al calor, al caos delicioso del ajetreo. Cada plato, cada aroma, cada movimiento me ayudaba a ignorar un poco más esa sensación creciente, esa incomodidad extraña que no sabía explicar… pero que estaba decidida a no dejarme arruinar el día.
No hoy.
Hoy era de Emma.
A las ocho en punto ya nos estábamos desplazando todos hacia el lugar de la ceremonia. El trayecto fue silencioso, casi solemne, como si incluso el bosque supiera que algo importante estaba a punto de suceder.
El claro apareció ante nosotros como sacado de un sueño.
Árboles altos rodeando el espacio, luces cálidas colgadas entre las ramas, flores silvestres marcando el camino. El aire era fresco, limpio, y olía a tierra húmeda y resina.
Emma no dejaba de mover las manos.
—Vas a desgastar el vestido antes de salir —le dije, intentando sonar ligera.
—No puedo evitarlo —respondió con una risa nerviosa—. Siento que me voy a desmayar.
La miré de arriba abajo y negué con la cabeza.
—Muy Crepúsculo de tu parte casarte en medio del bosque —bromeé—. Solo falta que en medio de la ceremonia Andrew diga “mírame Emma, está es la piel de un asesino” y empiece a brillar.
Emma soltó una carcajada, llevándose la mano al pecho.
—Gracias —dijo—. Lo necesitaba.
Llegados al claro, todo se movió rápido. La madre de Emma fue conducida a su asiento, visiblemente emocionada. Carla, como dama de honor, tomó su lugar junto a Aria y otra mujer que no conocía, de porte firme y mirada seria; por la forma en que todos la respetaban, supuse que debía ser uno de los generales de la manada.
Yo me quedé con Emma un momento más.
Le tomé las manos.
—Oye —le dije en voz baja—. Estás haciendo lo correcto. Confía en eso… confía en ti.
Sus ojos brillaron.
—Gracias por estar aquí —susurró.
—Siempre —respondí.
La abracé una última vez antes de dejarla con su padre. Di unos pasos hacia atrás, respiré hondo y me giré para entrar al claro para tomar mi lugar.
Y fue entonces cuando ocurrió.
Ese sentimiento que llevaba conmigo desde hacía una semana…
No solo volvió.
Me golpeó con una fuerza brutal.
Mi cuerpo entero se estremeció, el aire se me quedó atrapado en el pecho y sentí un calor repentino recorrerme la piel, como si algo —o alguien— acabara de entrar en el mismo espacio que yo.
Me detuve un segundo.
—No ahora —murmuré para mí misma, apretando los dedos—. Por favor… no ahora.
Pero mi corazón ya latía demasiado rápido.
Evité que mi mirada recorriera el lugar.
No quería hacerlo. No debía hacerlo. Sabía que, si empezaba a buscar entre los hombres presentes, encontraría al dueño de ese sentimiento que me estaba desarmando por dentro.
Me repetí a mí misma que podía con esto.
Que llevaba años controlando los deseos mundanos del cuerpo.
Que este día no sería la excepción.
—Sí, claro… —bufé en voz baja—. Cómo no.
Respiré hondo y caminé hasta mi lugar, del lado de Emma. Enderecé la espalda, acomodé el vestido y levanté la vista.
De frente, Damian.
Me dedicó una sonrisa ladeada, esa mirada pícara que ya le conocía, como si supiera algo que yo no. O peor aún… como si supiera exactamente lo que me estaba pasando.
Negué apenas con la cabeza, advirtiéndole en silencio que ni se atreviera.
Y entonces miré a su lado.
Mi corazón empezó a latir como un maldito loco.
Mentiría si dijera que alguna vez había visto el rostro de Luke antes de ese momento, pero no necesité que nadie me lo confirmara. Lo supe. Con una certeza que me recorrió la sangre como fuego.
Ese hombre frente a mí era Luke.
Ojos azules como el océano me observaban fijamente. No eran claros ni tranquilos; había en ellos una oscuridad densa, una intensidad cargada de deseo que me atravesó sin permiso, haciéndome doler en lugares que no debía ni pensar en ese instante.
Su cabello dorado brillaba bajo la luz que se filtraba entre los árboles, el sol acentuando cada matiz, cada hebra, como si el bosque mismo lo reclamara como suyo.
Tragué saliva.
Y no pude evitarlo.
Mi mente lo conectó de inmediato con aquel lobo.
El pelaje dorado.
La presencia imponente.
La forma en que me había observado aquel día desde la distancia.
"Eras tú…"
pensé, con el pulso desbocado.
Luke levantó apenas el mentón, sin apartar la mirada de la mía.
Y en ese instante lo entendí.
No había sido mi imaginación.
No había sido el frío.
No había sido el estrés.
Aquello que me había estado atormentando toda la semana…
Estaba de pie frente a mí.
Y me estaba mirando como si ya me conociera...
Que paso con los otros capítulos /Cry/