Ella era la única testigo. Él, la sentencia de muerte que terminó convirtiéndose en su dueño.
Elena Thomas vivía entre archivos y sombras, convencida de que su invisibilidad era su mayor escudo. Pero una noche, en un callejón donde el aire sabía a hierro y pólvora, vio lo que nadie debía ver: a Viktor Volkov, el heredero más despiadado de la Bratva, ejecutando a sangre fría.
Ella esperaba una bala. En su lugar, recibió unas manos de acero que la arrancaron del suelo y una voz que le prometió un infierno personal. "No te mataré, pequeña", le susurró él al oído, mientras el calor de su cuerpo la envolvía como una trampa de seda. "Pero a partir de hoy, tu nombre, tu cuerpo y hasta tu último suspiro me pertenecen".
Ahora, Elena es la prisionera de oro en una fortaleza de cristal. Viktor es un monstruo que no sabe amar, solo poseer; un hombre que la mira con una mezcla de odio y un deseo que amenaza con quemarlos a ambos.
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capítulo 3
La tregua se rompió antes del amanecer. Un estallido sordo sacudió los cimientos de la mansión, seguido por el sonido rítmico de ráfagas de ametralladora. Los Lombardi no habían esperado al lunes.
Viktor saltó del sillón con una agilidad felina, empuñando una pistola que parecía haber aparecido de la nada. Elena se encogió en la cama, cubriéndose con las sábanas, mientras sus ojos café se dilataban por el pánico.
— ¡Quédate en el suelo! ¡Debajo de la cama, ahora! —rugió Viktor, moviéndose hacia la puerta para dar órdenes a sus hombres.
Pero Elena sabía que la cama no era un refugio si los enemigos entraban. Vio a través del ventanal cómo las luces de los autos enemigos rodeaban la propiedad. Viktor estaba disparando desde el marco de la puerta, manteniendo a raya a dos atacantes que habían logrado subir por las escaleras de servicio. Estaba acorralado.
— ¡Viktor, detrás de ti! —gritó Elena.
Un hombre había saltado por el balcón. Viktor giró justo a tiempo para eliminar la amenaza, pero su arma se encasquilló en el momento más crítico. El segundo atacante en el pasillo se preparó para disparar directamente al pecho de Viktor.
Elena no lo pensó. Su pequeña estatura, que siempre había considerado una desventaja, fue su mayor arma. Se deslizó por el suelo como una sombra, pasando inadvertida por el rabillo del ojo del atacante. Agarró el pesado reloj de arena de madera de la vitrina y, con toda la fuerza de su desesperación, lo lanzó contra las piernas del hombre, tropezándolo justo cuando apretaba el gatillo.
La bala se desvió, impactando en el techo. Ese segundo de distracción fue todo lo que Viktor necesitó. Con un movimiento brutal, desarmó al hombre y terminó la pelea.
El silencio volvió a la habitación, solo interrumpido por la respiración agitada de ambos. Viktor miró el reloj de arena, ahora completamente destrozado en el suelo, y luego miró a Elena. Ella estaba temblando, con su pelo castaño pegado a la frente por el sudor.
Viktor se acercó a ella. No la levantó con brusquedad esta vez. Se arrodilló para quedar, por primera vez, casi a su altura.
— Has salvado mi vida —dijo él, su voz vibrando con una emoción que no podía ocultar.
— El reloj... se rompió del todo —susurró Elena, mirando los restos de madera y cristal—. Lo siento. Era lo único que te quedaba de ella.
Viktor tomó las manos pequeñas de Elena entre las suyas, manchadas de pólvora.
— No importa. El tiempo de los muertos ya pasó, Elena. Hoy me has demostrado que no eres una "ratoncita" que necesita ser protegida... eres una compañera que sabe pelear.
Por primera vez, Viktor no la miró como a un objeto de su propiedad, sino con un respeto genuino que la hizo estremecer más que el propio ataque. Sin embargo, la guerra exterior apenas comenzaba, y los Lombardi ahora sabían que el punto débil de "El Carnicero" no era un diamante o un banco, sino una mujer de 1.45 que acababa de entrar en el juego de poder.
(...)
Tras el ataque de los Lombardi, el ambiente en la mansión se volvió gélido. Viktor no se permitía distracciones; el hecho de que Elena hubiera tenido que intervenir para salvarlo le hería el orgullo y, sobre todo, le encendía una alarma de miedo que no sabía que tenía.
A la mañana siguiente, la llevó al sótano, un búnker insonorizado que servía como polígono de tiro privado.
- En mi mundo, la suerte es un error de cálculo -dijo Viktor, depositando una pistola compacta sobre la mesa de tiro-. Ayer tuviste suerte. Hoy empezarás a tener técnica.
Elena miró el arma con recelo. Sus manos eran pequeñas y delicadas; el metal frío parecía un objeto de otro planeta. Viktor se colocó justo detrás de ella. Su cuerpo inmensamente ancho actuaba como una muralla, rodeándola por completo.
- Sujeta la empuñadura con ambas manos. No dejes que el arma te domine a ti -instruyó él, colocando sus manos gigantescas sobre las de Elena para corregir su postura.
La diferencia de estatura obligaba a Viktor a inclinarse de forma protectora, casi envolviéndola. Elena sentía el calor que emanaba de su pecho contra su espalda y el aroma a tabaco y madera que siempre lo acompañaba. Su pelo castaño y lacio rozaba la mandíbula de Viktor mientras ella intentaba concentrarse en la mira.
- Mira el objetivo. Respira. Dispara entre latidos -susurró él cerca de su oído.
Elena apretó el gatillo. El estruendo la sobresaltó y el retroceso fue fuerte para su complexión, pero Viktor la sostuvo con firmeza, impidiendo que perdiera el equilibrio. El proyectil impactó en el borde de la silueta de papel.
- Tienes la determinación, pero te falta frialdad -comentó Viktor, bajando la mirada hacia ella.
Elena se giró aún dentro del cerco de sus brazos. Sus ojos café se encontraron con los de él a una distancia peligrosamente corta. La tensión en el aire era tan pesada como el plomo de las balas.
- ¿Por qué te importa tanto que aprenda, Viktor? ¿Para que sea tu soldado? -preguntó ella con un hilo de voz.
Viktor la observó en silencio. Su mano derecha, todavía sobre la de ella, apretó ligeramente. Por un segundo, su mirada bajó a los labios de Elena, y el tiempo pareció detenerse en el búnker. Parecía que iba a acortar la distancia, que la fuerza de gravedad lo empujaba hacia ella.
Sin embargo, Viktor apretó la mandíbula y se obligó a dar un paso atrás, rompiendo el contacto. Recuperó su máscara de frialdad al instante.
- Te entreno porque si alguien te pone una mano encima y yo no estoy cerca, quiero que seas lo último que vean antes de morir -respondió él con voz seca-. No eres un soldado, Elena. Pero tampoco serás una víctima.
En ese momento, el intercomunicador de la pared chirrió.
- Señor, tenemos un problema en la entrada principal. Ha llegado un paquete a nombre de la señorita Elena. Viene de los Lombardi.
La mención del enemigo cortó cualquier rastro de intimidad. La guerra seguía ahí afuera, y el regalo de los Lombardi prometía ser cualquier cosa menos un detalle de cortesía.