Una alfa rebelde
Alismeidy, una dominicana indomable en Italia, choca con una refinada omega. Entre secretos, caos familiar y deseo prohibido, el instinto salvaje de esta alfa pondrá su mundo de cabeza.
¿Podrá esta Alfa indomable domesticar su instinto y ser madre?
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Capítulo 3
Si ustedes creen que el lío de la tarde estuvo feo, es porque no se quedaron a la cena. En mi casa, la cena no es un momento de paz; es como una asamblea de la ONU, pero con gente gritando y olor a cebolla frita. Mi mamá, Doña Altagracia, se lució. Sacó el caldero grande y preparó lo que nosotros llamamos "Los Tres Golpes": mangú con cebollita, huevo frito, salami y queso frito.
Elizabeth, la gringa londinense, miraba el plato como si estuviéramos tratando de invocar a un espíritu. Ella, tan fina, con sus uñas perfectas y su ropa de marca, frente a un plato de plátano majado que pesaba como tres libras.
—¿Y esto qué es? —preguntó Elizabeth, pinchando el salami con el tenedor como si fuera a explotar.
—Eso es vida, mi hija —le dijo mi mamá, echándole más cebollita por encima—. Cómetelo todo, que ese muchachito tiene que salir fuerte. No me lo quiero "eclotao" ni debilucho. ¡Come!
Don Ramón, mi papá, comía en silencio, pero sus ojos no se despegaban de mí. Yo estaba ahí, sentada en una esquina, tratando de desaparecer. Junior, el muy descarado, estaba chateando por debajo de la mesa con una sonrisa de oreja a oreja. Yo sabía lo que estaba haciendo: le estaba mandando fotos de la comida a su "Sugar", la doña de 40 años que se llama Sonia. Sonia es una italiana que tiene más cuartos que juicio y que tiene a Junior como un príncipe. El tipo no sabe lo que es un callo en la mano, lo único que sabe es decir "Sí, amor" y "Te quiero, mi vida" mientras le pasan la tarjeta de crédito.
—Oye, Junior —le solté yo para desviar la atención—, ¿por qué no le pides a tu doña que le busque un trabajo para mí en sus empresas?
Junior me miró con una cara de asco, como si yo le hubiera pedido que se bañara en un río sucio.
—¡Ay, no, Alis! Sonia no mezcla los negocios con el placer. Y además, ¿tú trabajando? A ti se te caen las manos si agarras una escoba. Tú eres la "chica rebelde", ¿no? Pues rebélate contra la pobreza, porque mañana Papi te va a dar tu medicina.
—¡Cállense los dos! —gritó Don Ramón, dando un golpe en la mesa que hizo saltar el salami de Elizabeth—. Aquí se viene a comer y a respetar. Elizabeth, bienvenida a la familia de locos. Altagracia, ¿dónde va a dormir la muchacha?
Ahí fue que se armó el verdadero reperpero.
—¡En el cuarto de Alismeidy! —voceó mi mamá—. Pero Alis, tú me vas a hacer el favor de ir a limpiar ese chiquero que tú tienes por habitación. ¡Qué vergüenza me dio cuando esa gringa pasó por el pasillo y vio ese desorden!
Yo sentí que la cara me ardía. No es que yo sea sucia, es que... bueno, a mí no me gusta el orden. Tengo ropa de hace tres años tirada en una esquina, platos de cereal debajo de la cama y un olor a perfume barato mezclado con humedad. Cuando abrí la puerta para que Elizabeth entrara, la pobre mujer dio un paso atrás y se tapó la nariz con un pañuelo de seda.
—Oh my God... Alismeidy, ¿vives aquí o esto es un depósito de basura? —preguntó ella, mirando una montaña de tenis viejos.
—Es un estilo... "vintage" —dije yo, tratando de hacerme la graciosa, pero la mirada que me dio mi mamá me quitó las ganas de reír.
—¡Vintage ni qué vintage! —gritó Doña Altagracia—. ¡Tire ese colchón al piso para usted y póngale las sábanas limpias a la cama para Elizabeth! ¡Y se me baña, que usted huele a calle!
Esa noche fue un suplicio. Elizabeth se acostó en mi cama (que ahora olía a flores porque mi mamá la roció con desinfectante) y yo me tiré en el piso, en un colchón que tenía menos espuma que una cerveza barata. Yo escuchaba la respiración de la gringa y pensaba: "¿Cómo diablos llegué a esto?". Yo, la Alfa que se creía la dueña del mundo, ahora era una empleada de servicio en mi propio cuarto.
A eso de las 5:30 de la mañana, cuando el sueño está más dulce que un suspiro de monja, sentí que la puerta de mi cuarto casi se cae de los goznes. ¡BAM! ¡BAM! ¡BAM!
—¡LEVÁNTATE, ALISMEIDY! ¡QUE EL SOL NO SE HIZO PARA LOS VAGOS! —era el vozarrón de mi papá, Don Ramón.
Yo me tapé la cabeza con la almohada, pero el viejo entró como un huracán. Me quitó la sábana de un tirón y me dejó ahí, temblando de frío en el piso.
—¡Papi, por Dios! Son las cinco de la mañana, ni los pájaros se han levantado —me quejé, con la voz ruca del sueño.
—¡Los pájaros no tienen una mujer embarazada en el cuarto ni un hijo que mantener! —me gritó el viejo—. ¡Arriba, c***! ¡Lávate esa cara de sueño y ponte los pantalones, que hoy vas a saber lo que es ganarse el pan con el sudor de la frente!
Elizabeth se sentó en la cama, toda despeinada pero aun así se veía como una princesa de Disney. Nos miraba a los dos con los ojos bien abiertos, sin entender la mitad de las malas palabras que mi papá estaba soltando en dominicano puro.
—¿Qué pasa? ¿Hay un incendio? —preguntó ella asustada.
—No, mi hija —le dijo Don Ramón con una sonrisa falsa y forzada—. Lo que pasa es que esta "Alfa" se va a convertir en una mujer de provecho hoy. Siga durmiendo, que a usted nadie la va a molestar.
Me arrastraron a la cocina. Mi mamá me dio un café negro que parecía petróleo de lo fuerte que estaba.
—Tómate eso —me dijo Doña Altagracia— y vete con tu papá. Él te consiguió un trabajo con un amigo italiano que tiene una bodega de carga cerca del puerto. Vas a cargar cajas, Alismeidy. A ver si así se te quita la maña de estar de vaga.
Mientras yo estaba allá, en el puerto, sudando la gota gorda y sintiendo que la espalda se me iba a romper por cargar cajas de pasta y botellas de vino, en la casa se estaba armando otro lío.
Resulta que Junior, el "Alfa dominante" de cartón, estaba muy tranquilo desayunando cuando recibió una llamada. Era Sonia, su Sugar Mami. La vieja de los 40 llamó porque quería que él fuera a recogerle unos paquetes.
—¡Ay, mi amor, claro que sí! —decía Junior por el celular, cambiando la voz a una de niño bueno—. Tú sabes que yo hago lo que tú me pidas. No, no, hoy no tengo nada que hacer... mi hermanita la vaga se fue a trabajar, así que tengo la casa para mí. Te amo, bombón.
Junior se fue de la casa como un rayo, dejando a Elizabeth sola con mi mamá y Yarielis.
En la casa, la cultura dominicana chocó de frente con la gringa. Mi mamá decidió que era hora de que Elizabeth aprendiera a "ser de la familia".
—Mire, Elizabeth —le dijo Doña Altagracia, dándole una escoba—, aquí en esta casa todo el mundo aporta. Como usted está embarazada, no la voy a poner a cargar pesado, pero me va a ayudar a pelar estos víveres y a limpiar los cuadros de los santos.
Yarielis, mi hermana la de 17 años, miraba todo desde la mesa, rodeada de libros de "Le Cordon Bleu".
—Mami, deja a la pobre mujer tranquila —dijo Yarielis—. Ella es una Omega de linaje puro, su sistema nervioso no está diseñado para el estrés de este manicomio. Además, Elizabeth, ¿sabías que la gastronomía dominicana es una mezcla de influencias tairas, españolas y africanas? El mangú que te comiste anoche es básicamente una deconstrucción del plátano...
—¡Cállate, Yarielis! —le gritó mi mamá—. ¡Aquí no se deconstruye nada! ¡Aquí se come y se limpia!
Elizabeth, que en su vida había agarrado una escoba, empezó a barrer. Pero como ella no sabe, lo que hacía era levantar polvo. Mi mamá la miraba con una mezcla de lástima y coraje.
—¡Ay, Dios mío! ¡Pobre de ese muchachito! —exclamó mi mamá, sentándose en una silla y dándose aire con un abanico de mano—. Mi hija es una vaga que no sabe ni dónde tiene los pies, y esta niña no sabe ni pasar un suape. ¿Cómo es que se va a criar esa criatura? ¡Eso va a ser un desastre! ¡Virgen de la Altagracia, dame paciencia!
Yo llegué a la casa a las cuatro de la tarde. Parecía que me había pasado un camión por encima. Estaba sucia, sudada, con el pelo hecho un desastre y me dolía hasta el alma. Cuando entré, vi a Elizabeth sentada en el patio, tratando de pelar una yuca con un cuchillo de mesa mientras Yarielis le explicaba la importancia de la temperatura en el almidón.
—¡Llegó la trabajadora! —gritó Junior, que acababa de llegar de donde su doña, oliendo a perfume caro y con una bolsa de ropa nueva que seguramente Sonia le había comprado.
—Cállate, Junior, que si te doy una galleta no te va a reconocer ni tu Sugar —le solté, tirándome en el piso de la sala.
Mi papá entró detrás de mí, viéndose fresco como una lechuga.
—¡Esa es mi hija! —dijo Don Ramón, dándole una palmada en la espalda a mi mamá—. Se quejó todo el día, se le cayó una caja de espaguetis encima y casi se pone a llorar cuando vio que tenía una uña rota, pero terminó el turno. Mañana a las cinco otra vez.
Yo miré a Elizabeth. Ella me miró a mí. En sus ojos vi algo que no había visto antes: un poquito de respeto, pero también mucha intriga. Ella se acercó a mí, se agachó (con cuidado por su barriguita) y me pasó un paño húmedo por la frente.
—Lo hiciste bien, Alismeidy —susurró ella—. Aunque hueles a bodega vieja, te ves... más como una Alfa ahora.
Yo no supe qué decir. Mi corazón, que yo creía que era de piedra y que solo quería fiesta y tranquilidad, dio un vuelco raro. ¿Será que la gringa me estaba empezando a gustar? ¿O era que el hambre me estaba haciendo delirar?
—¡Bueno! —voceó mi mamá desde la cocina—. ¡Se acabó el romance! ¡Alismeidy, ve a bañarte que tienes que ayudar a Elizabeth a limpiar el desorden que dejó Junior en la cocina! ¡Y Junior, muéstrame qué fue lo que te compró esa vieja, que yo sé que tú escondes los cuartos!
En esa casa de locos, el drama no se acababa. Pero mientras veía a mi familia gritando, a la gringa tratando de entender nuestro idioma y a mi hermana hablando de España, me di cuenta de que mi vida de "chica rebelde" se había muerto... y en su lugar estaba naciendo algo mucho más complicado, mucho más ruidoso y, quizás, mucho más dulce.
Pero eso sí... ¡Mañana a las cinco de la mañana no me levanta ni el mismo diablo! (O eso creía yo, porque con Don Ramón cerca, el sueño era un lujo que yo ya no me podía dar).
Continuará...🔥