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Coronas Y Destinos

Coronas Y Destinos

Status: Terminada
Genre:Edad media / Mundo de fantasía / Completas
Popularitas:1.9k
Nilai: 5
nombre de autor: CrisCastillo

Natalie, una princesa destinada a un matrimonio político para sellar una paz falsa, huye la noche de su compromiso disfrazada de soldado. Bajo el nombre de Derek, se une a la frontera en guerra contra Ylirion, buscando escapar de una vida enjaulada y elegir su propio destino. Descubierta casi de inmediato por la dureza del frente y la desconfianza de sus superiores, deberá demostrar con sangre y acero que no es una impostora, sino alguien dispuesto a perderlo todo por la libertad.

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03

La declaración del Capitán Tomás transformó a Derek en una figura aislada. Los soldados ahora la miraban con una mezcla de reverencia y recelo. Era el símbolo de su causa, pero también la razón por la que Ylirion los perseguía con mayor ferocidad. Kaelen se volvió su guardaespaldas oficiosa, pero su amistad era de acero, fría y pragmática. Derek necesitaba algo más.

Lo encontró de la manera más inesperada. Tras una patrulla particularmente brutal en la que habían perdido a dos hombres, Derek se sentó sola junto a la hoguera, mirando las llamas sin verlas. La sangre se le había helado en las venas al ver la forma en que los ylirianos ejecutaban a un prisionero, no como un acto de guerra, sino como un espectáculo de sadismo. Se sentía responsable. Si no hubiera esparcido el rumor, quizás todavía estarían luchando por tierra, no por orgullo.

—No es tu culpa.

Derek se sobresaltó y su mano fue a la empuñadura de su espada. A su lado se había sentado un hombre que no había notado. Era joven, quizás de su misma edad, con un rostro amable rodeado por una barba incipiente y rizada. Sus ojos, de un color avellana, no tenían la dureza de la mayoría de los soldados, sino una tristeza serena. Se llamaba Bastian, un recluta de una aldea lechera de las colinas del sur, que había llegado al campamento solo unas semanas antes que ella.

—¿Qué dices? —preguntó Derek, su voz más áspera de lo que pretendía.

—Que te culpes —dijo Bastian, ofreciéndole una taza de metal con algo caliente que olía a ajo y hierbas amargas—. He visto cómo miras la hoguera. Es la misma mirada que tenía mi hermana cuando la peste se llevó a nuestro ganado. Como si el peso del mundo estuviera sobre tus hombros. Pero esto, la guerra, no es tuya. La trajiste aquí, sí, pero ya estaba gestándose desde hace años. Tú solo le pusiste nombre y cara.

Derek aceptó la taza, el calor del metal reconfortante en sus manos frías. —Yo puse a todos en peligro.

—O les diste una razón para luchar que no fuera solo el miedo —replicó Bastian con una calma que desarmaba—. Antes de ti, éramos solo hombres mal pagados defendiendo una línea en un mapa. Ahora, somos los guardianes de la princesa rebelde. Hay gloria en eso, ¿sabes? Una gloria pequeña y sucia, pero gloria al fin. ¿Por qué crees que Borin te mira con ese respeto? Es porque odia a los nobles más que a nadie, y por primera vez en su vida, siente que un noble está de su lado.

Se sentaron en silencio por un rato, el único sonido el crepitar de la leña y los murmullos lejanos del campamento. Por primera vez desde su llegada, Derek no se sentía como una espía ni una impostora. Se sentía como una persona, hablando con otra.

—¿Por qué estás aquí, Bastian? —preguntó Derek—. Un lechero de las colinas no tiene nada que ver con las peleas de reyes.

—Mi aldea estaba en el camino de una patrulla de Ylirion. Llegaron pidiendo "contribuciones para la causa de la futura reina". Cuando nuestro alcalde se negó, lo colgaron de la torre de la iglesia. Vinieron por mí porque sabían que era el más fuerte de los jóvenes. Me escapé. No vine por gloria, Derek. Vine para que no pudieran volver a colgar a nadie más por querer guardar lo suyo.

La honestidad brutal de Bastian fue un bálsamo. No le pedía nada, no esperaba nada de ella. Solo compartía una verdad.

A partir de esa noche, Bastian se convirtió en una presencia constante en la vida de Derek. No era su protector como Kaelen, ni su comandante como Tomás. Era su amigo. Le enseñó a curtir el cuero para que sus botas no se humedecieran, a identificar las setas comestibles y a encontrar el punto exacto en el cuello de un conejo para un sacrificio rápido. A cambio, Derek le ayudaba a mejorar su técnica con la espada. Bastian era fuerte y tenaz, pero torpe. Derek, con su formación precisa, pudo pulir sus movimientos, transformando su fuerza bruta en una eficiencia letal.

—Tienes la precisión de un cirujano y yo la fuerza de un carnicero —decía Bastian riéndose mientras practicaban—. Juntos, hacemos un buen soldado completo.

Su amistad se convirtió en el ancla de Derek en el mar de sangre y barro de la frontera. En los momentos de calma, compartían sus provisiones y sus silencios, y en los de batalla, se protegían la espalda con una confianza que solo las forjadas en el fuego pueden tener. Bastian, con su lealtad inquebrantable, se convirtió en el único que podía hacer que Derek sonriera, aunque fuera por un instante, en medio de la oscuridad.

La confianza, sin embargo, era un lujo que la guerra no permitía. Durante una patrulla de reconocimiento cerca del Paso del Grito, una zona famosa por sus emboscadas, el equipo se dividió para inspeccionar un valle sospechoso. Kaelen, desconfiada como siempre, asignó a Derek y Bastian a un risco que dominaba el camino principal, mientras que el resto del equipo se movía por la ladera opuesta.

—Mantén los ojos abiertos —le susurró Kaelen a Derek antes de separarse—. Y no confíes ni en tu propia sombra.

Derek asintió, su mano descansando en la empuñadura de su espada. Bastian, a su lado, estaba tenso pero decidido. El viento soplaba desde el este, trayendo el olor a pino y a algo más, a metal y a cuero.

—Huele a ylirianos —murmuró Bastian, su nariz de lechero más aguda que la de cualquier explorador.

Derek asintió, escudriñando el camino serpenteante de abajo. Pasó casi una hora de silencio tenso. Entonces, lo vio. No era una patrulla. Era un solo jinete, avanzando lentamente, como si estuviera perdido o herido. Vestía la armadura de un oficial yliriano, pero su caballo cojeaba.

—Solo uno —dijo Bastian, ya preparándose para bajar—. Podemos acabar con él fácilmente.

—Espera —dijo Derek, una sensación de pánico recorriéndole el estómago—. Es demasiado fácil. Es una trampa.

Pero antes de que pudiera detenerlo, una flecha silbó desde el otro lado del valle. No vino de la dirección de Kaelen. Vino de las sombras que ellos mismos estaban vigilando. La flecha no alcanzó al jinete yliriano. Se clavó en el tronco de un árbol justo al lado de la cabeza de Bastian.

—¡Emboscada! —gritó Derek, empujando a Bastian detrás de una roca pesada justo cuando una segunda flecha zumbó sobre sus cabezas.

De los arbustos surgieron tres figuras con ropas de campesino, pero con la letalidad de asesinos. Eran mercenarios, probablemente contratados por Ylirion para cazar a la "leyenda" de Derek. La lucha fue corta y brutal. Kaelen y los otros llegaron corriendo, atraídos por el sonido, pero para cuando llegaron, ya casi había terminado. Derek, moviéndose con una precisión aterradora, había desarmado a uno, mientras que Bastian, con un rugido de furia, había aplastado el cráneo de otro contra una roca. El tercero huyó, desapareciendo en el bosque.

Cuando el polvo se asentó, Derek se giró para ver a Bastian. Estaba de pie, jadeando, con un corte profundo en el brazo.

—¡Estás herido! —exclamó Derek, corriendo hacia él.

—Es nada —dijo Bastian, sonriendo débilmente—. Solo un arañazo. Pero tú... has sido increíble. Te movías como... como un bailarín con espada. Un bailarín de la muerte.

Mientras Derek revisaba su herida, Kaelen se acercó, su rostro sombrío. —Fueron por ti. Están acercándose. Ya no basta con ser cuidadosos. Tenemos que mover el campamento.

—No —dijo una voz fuerte desde el camino. Todos se giraron. El oficial yliriano se había acercado lentamente. Se había quitado el casco, revelando el rostro de un hombre de unos treinta años, con el cabello oscuro y unos ojos grises que parecían hechos de hielo y acero. No parecía herido, ni asustado. Parecía... aburrido. Bajó de su caballo y se acercó a ellos con las manos vacías, en señal de paz.

—Mi nombre es Lysandro. Soy primo del príncipe —dijo, su voz con el acento aristocrático de la corte yliriana—. Y vengo a parlamentar. No con el Capitán Tomás. Sino contigo, Derek.

Kaelen se interpuso, su espada lista.

—No hay nada de qué hablar. Regresa a tu agujero, cobarde.

—No soy cobarde —dijo Lysandro, mirando a Kaelen con desdén antes de fijar su atención en Derek—. Soy un hombre práctico. Mi primo está obsesionado

contigo, con tu... historia. Ha gastado recursos valiosos en cazar a un fantasma. Yo creo que esos recursos podrían usarse mejor. Por eso estoy aquí para ofrecerte un trato.

—¿Un trato? —dijo Derek, su voz fría—. ¿Qué podría ofrecerme un perro de la corte de Ylirion?

Lysandro sonrió, pero no había alegría en su sonrisa.

—Lo mismo que todos los hombres quieren. Poder. Seguridad. Una vida. Sé quién eres. O, más bien, sé quién eras. Una princesa sin corona que juega a ser soldado. Una farsa noble que ha durado demasiado tiempo. Pero te admiro. Tienes astucia. Y astucia es algo que falta en la corte de mi primo.

El corazón de Derek se detuvo. No era una sospecha, era una certeza. Él sabía.

—¿Qué quieres? —preguntó Derek, cada palabra una batalla en sí misma.

—Quiero que dejes de difundir tus rumores. Y quiero que me entregues a un traidor. Hay un espía en este campamento. Alguien que nos ha estado dando información sobre tus movimientos. Alguien que nos llevó hoy mismo a esta emboscada. Entregame a ese traidor, y yo me aseguraré de que mi primo deje de cazar a la "princesa rebelde". Puedes quedarte aquí, jugar a ser soldado toda tu vida. O puedes morir mañana.

La acusación colgó en el aire como una sentencia de muerte. Todos los ojos se volvieron hacia Derek, pero los de Derek estaban fijos en Bastian. Su amigo estaba pálido, su herida sangrando más abundantemente de lo que debería. Y sus ojos avellanos, normalmente tan amables y serenos, estaban llenos de un pánico tan puro y absoluto que Derek no tuvo ninguna duda. Lysandro no estaba mintiendo. Había un traidor. Y Derek acababa de descubrir quién era.

La acusación colgó en el aire como una sentencia de muerte. Todos los ojos se volvieron hacia Derek, pero los de Derek estaban fijos en Bastian. Su amigo estaba pálido, su herida sangrando más abundantemente de lo que debería. Y sus ojos avellanos, normalmente tan amables y serenos, estaban llenos de un pánico tan puro y absoluto que Derek no tuvo ninguna duda. Lysandro no estaba mintiendo. Había un traidor. Y Derek acababa de descubrir quién era.

El mundo de Natalie se desmoronó, no por la revelación de su identidad, sino por la traición del único hombre en el campamento que la había tratado como una persona. El ancla se había roto, y ahora estaba a la deriva en un océano de sospechas.

—Mientes —dijo Derek, su voz apenas un susurro, pero cargada con todo el peso de su desesperación. No era una pregunta, era una súplica.

Lysandro sonrió, una vez más, esa sonrisa vacía y cruel. —¿Miento? ¿Acaso la expresión de tu amigo no es toda la prueba que necesitas? He venido a parlamentar de buena fe. Te doy la oportunidad de limpiar tu propio establo. Entrega al traidor y el problema de "Derek" desaparecerá. Mi primo se obsesionará con un nuevo juguete. O puedes seguir protegiéndolo, y verás cómo este campamento es destripado desde dentro hasta encontraros.

Kaelen dio un paso adelante, su espada goteando sangre de su último enfrentamiento. —Esto es un truco. Un truco de yliriano para sembrar la discordia.

—Pero sus ojos se movían de Derek a Bastian, su confianza vacilando por primera vez. Incluso ella, pragmática y desconfiada, podía ver el pánico crudo en el rostro de Bastian.

Bastian se adelantó, sosteniéndose el brazo herido.

—¡No! ¡Es mentira! —gritó, su voz rasgada por la emoción—. ¡Nunca les haría algo a ustedes! ¡Derek, tú lo sabes! ¡Somos amigos!

La palabra "amigos" golpeó a Natalie como un puñetazo. Amigos. Le había enseñado a encontrar setas, a curtir el cuero, a matar con eficiencia. Y todo, ¿una farsa?

Derek se enfrentó a una elección imposible. Podía denunciar a Bastian, cumplir el trato con Lysandro y quizás salvar a todos del perseguidor que ella misma había creado. Podía convertirse en la líder que Tomás quería que fuera, la comandante fría que sacrifica a uno por el bien de muchos. O podía creer en Bastian, en la lealtad que había compartido junto a las hogueras, y arriesgarse a que todo lo que habían construido se desmoronara, arriesgarse a que la sangre de sus compañeros manchara sus manos por su ceguera.

Miró a Lysandro, cuyo rostro era una máscara de expectante triunfante. Luego miró a Kaelen, cuya lealtad era hacia el capitán y la causa, no hacia ella. Finalmente, sus ojos se posaron en Bastian, que ahora lloraba silenciosamente, lágrimas de terror y angustia surcando su rostro sucio.

—La decisión es tuya, "princesa" —dijo Lysandro, saboreando la palabra—. ¿Eres la reina que sacrifica a su súbdito? ¿O la niña que muere por un amigo traidor?

Derek respiró hondo, el aire frío llenando sus pulmones y aclarando su mente. La princesa Natalie habría vacilado, habría llorado, habría buscado una solución diplomática que no existía. Pero ella ya no era la princesa. Era Derek. Y Derek había aprendido que en la guerra, a veces no hay una opción correcta, solo una menos terrible.

—No voy a entregarte a nadie —dijo Derek, su voz ahora firme y clara, cortando la tensión como un cuchillo—. Porque este no es tu campamento para hacer exigencias. Y porque los traidores se juzgan aquí, no se negocian.

Se giró hacia Kaelen.

—Detén a Lysandro. Es nuestro prisionero. Luego, con una calma que no sentía, se giró hacia Bastian. La esperanza brotó en los ojos de su amigo, solo para ser aplastada por las siguientes palabras.

—Y tú... —dijo Derek, su voz rompiéndose por un instante—. Vienes conmigo. Ahora.

Tomó a Bastian del brazo bueno, ignorando su gemido de dolor, y lo arrastró hacia el bosque, lejos de las miradas de todos. Necesitaba respuestas. Necesitaba la verdad. Y si Bastian era el traidor que decía Lysandro, no sería un juicio rápido y una espada en la espalda. Sería ella misma, cara a cara con el único hombre en quien había confiado, desentrañando la razón por la cual su amistad se había convertido en la más peligrosa de las traiciones. La guerra más importante de su vida estaba a punto de librarse no en un campo de batalla, sino en la quietud aterradora del bosque, con solo dos testigos: ella y el hombre que podría haberla destruido todo.

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Anonymus
jummm aquí la traducción fallo y la ilusión de la creatividad murió, bye
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