Nina se enamoró de un hombre que nunca existió.
Él mintió sobre su nombre. Sobre su vida. Sobre quién era en realidad.
Y cuando desapareció, se llevó la verdad con él.
Embarazada, lo buscó incansablemente — pero el hombre que amó parecía no haber dejado huellas.
Cinco años después, su hijo enferma.
La única esperanza es encontrar al padre del niño.
Lo que Nina no imagina es que el hombre que la engañó es Marco Lombardi — brazo derecho de la mafia italiana, leal a la familia y demasiado peligroso para ser amado.
Cuando el pasado regresa, no pide permiso.
Cambia destinos.
Y puede costarle todo.
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Capítulo 3
Marco/ Felipo
Señalo la silla a mi lado.
—Siéntate.
Nina mira la silla como si fuera una trampa. Luego me mira. Me evalúa. Lenta. Fría. Como si estuviera intentando decidir si soy problema o diversión.
Casi sonrío.
—Si prefieres, podemos juntarnos con tus amigas —digo, casual, apuntando con la barbilla a su mesa.
Ella vuelve los ojos hacia mí, estrechándolos un poco.
—Solo vine a agradecer por el vino.
Directa.
Sin rodeos.
Sin invitación.
Solo educación.
Apoyo el brazo en la mesa, inclinando levemente el cuerpo en su dirección.
—Entonces agradece sentándote.
Ella reprime la risa. Pero no se sienta.
En ese exacto momento, dos amigas suyas surgen por detrás.
—¡Nina! —dice una de ellas, ya cogiendo el bolso. —Tenemos que irnos.
Nina se gira, sorprendida.
—¿Ya?
—Ya. Mañana hablamos. —
La otra me mira rápidamente, evalúa toda la escena en dos segundos y sonríe maliciosamente. —Y ahora tienes compañía.
Nina se queda incrédula.
—¿Me están dejando aquí?
—Estás en buenas manos.— la amiga me guiña un ojo.
Levanto la mano en saludo educado.
—Prometo devolverla entera.
Nina me lanza una mirada mortal.
Las dos salen apresuradas, casi corriendo, riendo como si hubieran acabado de maquinar un plan perfecto.
El silencio queda entre nosotros.
Ella cruza los brazos.
—Esto fue armado.
—Juro que no soborné a nadie.
—Levanto las manos en falsa inocencia.
Ella finalmente se sienta a mi lado.
Manteniendo distancia.
Manteniendo control.
Interesante.
—Entonces, Felipo— dice, apoyando los codos en la mesa.
—¿Siempre compras vino para mujeres aleatorias o fui un caso especial?
Inclino la cabeza.
—No compro vino para mujeres aleatorias.
Pausa.
—Solo para las que entran en el lugar como si no pertenecieran a él… y aún así hacen que todo el mundo mire.
Ella parpadea, sorprendida.
Y, por primera vez desde que llegó, veo su defensa vacilar.
Óptimo.
La noche acaba de comenzar.
Dejo que el silencio dure solo lo suficiente para crear tensión.
—Entonces… ¿qué haces, Nina?
Ella no duda.
—Soy abogada.
Claro que sí.
La forma en que mide cada palabra. La postura. La mirada que parece estar siempre analizando pruebas invisibles.
—¿Criminal? ¿Empresarial? ¿Divorcios millonarios? —provoco.
—Derecho empresarial. —Ella inclina levemente la cabeza. —Resuelvo problemas antes de que se conviertan en escándalos.
Interesante.
—Entonces trabajas con control de daños.
—¿Y tú? —devuelve, inmediata.
—¿En qué trabajas, Felipo?
Sostengo su mirada.
—Soy piloto de avión.
No es mentira.
Pero tampoco es la historia entera.
Ella arquea una ceja.
—¿Comercial?
—A veces.
—¿A veces?
Sonrío de lado.
—Vuelo lo que necesita ser volado.
Ella cruza los brazos nuevamente.
Abogada. Ella percibe las brechas.
—Esa fue la respuesta más vaga que he oído.
—Haces preguntas como si estuvieras en un tribunal.
—Y tú respondes como si tuvieras algo que esconder.
Toque.
Río bajo.
—Si tuviera algo que esconder, no diría que soy piloto.
Ella inclina el cuerpo hacia adelante.
—Los pilotos comerciales no suelen decir “vuelo lo que necesita ser volado”.
Ella es rápida.
Me gusta eso.
—No todo vuelo es comercial, Nina.
Ella me observa en silencio por algunos segundos. Evaluando riesgo. Curiosidad peleando con cautela.
—¿Eres del tipo que le gusta el misterio? —pregunta.
—No. Soy del tipo que le gusta observar quién consigue lidiar con él.
La comisura de su boca sube.
Pequeño. Controlado.
—Cuidado, Felipo. Yo desmonto misterios profesionalmente.
Me acerco un poco más a la mesa.
—Tal vez me guste ser desmontado.
Ella sostiene mi mirada.
El aire entre nosotros cambia.
Ya no es sobre vino.
Ya no es sobre amigas que se fueron.
Es un juego.
Y los dos lo sabemos.
—Entonces dime una cosa, piloto —dice, la voz más baja ahora. —¿Sueles aterrizar dónde… o prefieres vuelos sin plan de vuelo?
Sonrío despacio.
—Siempre tengo un plan.
Pausa.
—Solo que no lo entrego entero de una vez.
Y, por primera vez, Nina no rebate inmediatamente.
Ella apenas me encara.
Curiosa.
Y lo sé.
Ella se quedó.
Nina mantiene la mirada en la mía por algunos segundos más.
Después se aleja.
Sin prisa.
Sin vergüenza.
Ella coge la copa y termina el resto del vino de una vez, como si estuviera cerrando un capítulo. Observo cada detalle —el movimiento del cuello, la seguridad en el gesto, el control que ella se empeña en mantener.
Ella posa la copa en la mesa.
—¿Quieres más? —pregunto, ya haciendo señal discreta al camarero.
Ella balancea la cabeza.
—No. Quiero solo un agua.
Sonrío de lado.
—¿Manteniendo la lucidez?
—Siempre. —Ella inclina el cuerpo en la silla, cruzando las piernas. —Me gusta saber exactamente las decisiones que estoy tomando.
—¿Y estás tomando alguna ahora?
Ella me encara por encima de la mesa.
—Tal vez.
El camarero llega. Pido un agua sin gas para ella y otro vino para mí.
—Entonces dime, abogada —continuo— ¿siempre mides riesgos así… o soy un caso específico?
Ella apoya la barbilla en la mano.
—Definitivamente eres un riesgo calculado.
—¿Calculado?
—Aún estoy analizando.
Río bajo.
El agua llega. Ella agradece, da un sorbo pequeño, como si estuviera realmente limpiando cualquier resquicio del vino —o de la tensión.
Los minutos pasan sin que nos demos cuenta.
Los asuntos cambian. Las provocaciones disminuyen. Las risas se vuelven más sueltas. El bar se va vaciando despacio, sillas siendo apiladas al fondo, luces quedando un poco más bajas.
Cuando me doy cuenta, ya es tarde.
Nina mira el reloj en la muñeca y la expresión cambia. No es miedo. Es responsabilidad.
—Necesito irme.
Ella coge el celular.
Observo.
—¿Qué estás haciendo? —pregunto, aunque ya lo sepa.
Ella arquea las cejas, divertida con la pregunta.
—Llamando a un coche de aplicación.
—Yo te llevo.
Ella levanta la mirada hacia mí.
Ella cruza los brazos, analizando.
—¿Y por qué exactamente quieres llevarme?
Sostengo la mirada.
—Porque quiero saber dónde aterrizas.
Ella pone los ojos en blanco, pero sonríe.
—¿Nunca apagas ese modo piloto?
—Solo cuando tengo la certeza de que la turbulencia vale la pena.
Silencio.
Ella mira el celular nuevamente.
Luego a mí.
—Vivo a veinte minutos de aquí.
—Mejor aún...