NovelToon NovelToon
SANADOR DESCARTADO

SANADOR DESCARTADO

Status: En proceso
Genre:Mundo de fantasía
Popularitas:5.9k
Nilai: 5
nombre de autor: Annyaeliza

Invocado a otro mundo como sanador, fue descartado por su propio equipo por no hacer daño.
Herido y abandonado en la frontera, comenzó a curar a quienes nadie miraba: plebeyos, soldados rotos, niños enfermos.
Con conocimientos del mundo moderno y una magia que evoluciona al salvar vidas, su nombre empieza a recorrer el reino.
Cuando la guerra y la peste alcancen la capital, descubrirán que descartaron al único que podía salvarlos.

NovelToon tiene autorización de Annyaeliza para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 3: El primer nombre

Ren despertó con la sensación de que su cuerpo pesaba el doble.

No era solo el dolor del costado, que seguía punzando como una brasa mal apagada; era el cansancio profundo de quien ha pasado la noche sosteniendo una vida que no era la suya. Abrió los ojos despacio, como si temiera que el mundo volviera a girar con la misma violencia del día anterior.

La choza estaba llena de murmullos.

Voces bajas. Pasos contenidos. El crujido de la madera bajo pies que no sabían si acercarse o retroceder. La luz del amanecer entraba más clara que antes, y con ella, el olor a humo fresco. Alguien había encendido el fuego para hervir agua.

Ren tardó unos segundos en entender que ya no estaba solo con la anciana y su nieto.

Había gente.

Dos mujeres jóvenes con pañuelos en el cabello, un hombre con el brazo vendado de forma grotesca, un niño que tosía con el pecho hundido, una muchacha que se sujetaba el vientre con gesto de dolor. Todos miraban en su dirección con una mezcla de esperanza y recelo.

—¿Qué…? —Ren intentó incorporarse. El mundo se ladeó. Un mareo lo obligó a apoyar la mano en el borde del jergón.

—No te muevas —dijo la anciana—. Vinieron cuando vieron que mi nieto respiraba mejor.

El niño estaba despierto. Sus ojos ya no vagaban perdidos. Miraba a Ren como si fuera algo frágil que podía desaparecer si parpadeaba demasiado fuerte.

Ren le dedicó una sonrisa breve.

—Eso es buena señal —murmuró.

El hombre del brazo vendado dio un paso al frente.

—Dicen que eres sanador —dijo, con una voz áspera por años de trabajo y polvo—. Pero no del templo.

Ren asintió.

—No del templo.

—Entonces… ¿por qué ayudas?

La pregunta no era hostil. Era desconfiada. En Lorn, nadie hacía nada gratis. La pobreza había enseñado a medir cada gesto como si fuera una moneda.

Ren dudó un segundo. Pensó en su vida anterior. En el monitor pitando. En el choque. En el poste cayendo.

—Porque sé cómo hacerlo —respondió al fin—. Y porque… nadie debería morir por cosas que se pueden evitar.

Un murmullo recorrió la choza. No de aceptación. De confusión.

La muchacha del vientre apretado se adelantó.

—Mi hermana murió de fiebre el invierno pasado —dijo—. El templo dijo que era castigo. ¿También era algo que se podía evitar?

Ren sintió un peso en el pecho.

—A veces no llegamos a tiempo —admitió—. Pero muchas veces… sí. La fiebre es una señal. El cuerpo pidiendo ayuda.

El jefe de la aldea apareció en el umbral. Era un hombre alto, de barba entrecana y ojos cansados. Observó la escena sin interrumpir, evaluando como quien ha visto demasiadas promesas rotas.

—Dicen que salvaste al niño —dijo—. Si es cierto, Lorn te debe algo. Pero también te advierto: no queremos problemas con el templo.

Ren sostuvo su mirada.

—No busco problemas. Busco… evitar más camas como esta.

Señaló el jergón. El jefe no respondió de inmediato. Miró alrededor: los vendajes sucios, el fuego recién encendido, la olla con agua hirviendo.

—Tienes hasta que se recupere del todo —dijo finalmente—. Luego veremos.

No era una bienvenida. Era una tregua.

Ren aceptó.

El resto del día fue un desfile de cuerpos cansados.

Heridas infectadas. Fiebres que subían y bajaban como mareas traicioneras. Un anciano con una tos profunda que le sacudía el pecho hasta dejarlo sin aire. Una niña con el pie hinchado por una astilla que nadie se había atrevido a sacar.

Ren trabajó despacio. Con lo que tenía. Agua hervida. Alcohol diluido. Magia mínima, usada como complemento, no como milagro. Les enseñó a lavar las manos antes de tocar heridas. A cambiar vendajes. A no compartir agua sin hervir.

—¿Por qué hervir? —preguntó una de las mujeres—. El agua es agua.

Ren tomó un cuenco y señaló las partículas invisibles.

—Porque hay cosas que no se ven —dijo—. Y aun así te enferman.

Algunos lo miraron como si hablara de espíritus. Otros, con una atención nueva.

El hombre del brazo vendado gruñó cuando Ren retiró la tela vieja. El olor a infección se elevó como una bofetada.

—Va a doler —advirtió Ren—. Pero si no limpiamos, empeorará.

El hombre apretó los dientes.

—Hazlo.

Ren limpió con cuidado. Aplicó magia para reducir la inflamación. No fue un milagro. Fue trabajo.

Cuando terminó, el hombre respiraba con dificultad, pero el enrojecimiento había disminuido un poco.

—Gracias —dijo, sorprendido por su propia voz.

Esa palabra, tan simple, le atravesó el pecho a Ren con más fuerza que cualquier hechizo.

Por la tarde, la muchacha del vientre apretado volvió.

—El dolor… no se va —susurró.

Ren la examinó. No tenía instrumentos. Se guió por palpación, por la experiencia previa, por el instinto entrenado. Sospechó una infección gastrointestinal.

—Agua hervida —dijo—. Y descanso. Nada de comida pesada hoy.

—Pero tengo que trabajar…

—Si sigues así, no trabajarás mañana —respondió Ren con suavidad firme.

Ella bajó la mirada. Asintió.

Al caer la noche, Ren se sentó contra la pared de la choza. El cuerpo le temblaba por el esfuerzo acumulado. La herida del costado ardía de nuevo. Se permitió unos segundos de quietud.

El niño se acercó, arrastrando la manta.

—Señor… —dijo, con voz aún débil—. ¿Te duele?

Ren lo miró, sorprendido.

—Un poco.

El niño frunció el ceño, como si esa respuesta fuera inaceptable. Luego, con la solemnidad de quien hace un pacto, dejó a los pies de Ren una figurita de madera mal tallada.

—Para que te cures —dijo.

Ren tragó saliva.

—Gracias.

El jefe de la aldea observaba desde la puerta.

—¿Cómo te llamas, sanador? —preguntó al fin.

Ren dudó. En ese mundo, los nombres eran más que etiquetas. Eran promesas.

—Ren.

El jefe asintió.

—Ren de… ¿dónde?

Ren pensó en el hospital. En la ciudad. En un mundo que ya no existía para él.

—De ningún lado —respondió—. Por ahora.

El jefe esbozó una sonrisa cansada.

—Entonces, Ren de ningún lado… bienvenido a Lorn. No tenemos oro. Pero tenemos manos. Si nos enseñas, aprenderemos.

Ren cerró los ojos un instante. El cansancio se mezcló con algo que no sentía desde hacía tiempo.

Esperanza.

Por primera vez desde que lo abandonaron, no era “el sanador descartado”.

Era simplemente Ren.

Y alguien, al fin, estaba aprendiendo su nombre.

1
Elba Lucia Gomez
no come? enfermo atendiendo? débil? no se......
btcclic cuenta3
Espero los próximo nuevos capítulos, welcome, perfec./Scare/
Annyely
gracias , tratare de publicar otro isekai este mes, para que me sigas apoyando☺️
🇲🇽Háyme Castelo🇲🇽🇲🇽🇲🇽
Excelente.
NovelToon
Step Into A Different WORLD!
Download MangaToon APP on App Store and Google Play