historia de Alfas, omegas y betas
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Capítulo 13 — Asunción
Asunción pegaba de frente. No por el calor —que era una pared a las doce del mediodía— sino porque nadie nos miraba las muñecas. Había gente con brazaletes, sin brazaletes, con remeras de equipos de fútbol, con tatuajes en el cuello. Nadie bajaba la vista. Nadie la levantaba. El Mercado 4 era un hormiguero de puestos, música a todo volumen y olor a chipa caliente mezclado con nafta y tierra roja. Los tres paramos en la esquina de Pettirossi y República de Colombia, frente a un cartel escrito a mano: “Se necesita para descarga. Pago al día. Sin preguntas.”
—Ahí —dijo Valenti.
No había plan mejor. Nos acercamos. El dueño del puesto —beta, gordo, sin brazalete— nos midió de arriba abajo.
—¿Los tres?
—Los tres —contestó Valenti.
—Dos horas descargando cajones de tomate. Pago en efectivo. Si rompen uno, descuentan.
Trabajamos. Beta sabe trabajar. Alfa sabe mandar sin gritar, y Valenti movía los cajones como si llevara quince años haciéndolo y no dando órdenes. Elián aguantó media hora antes de que se le notara el temblor en las manos. Los supresores clase B le bajaban el celo pero le dejaban el cuerpo sin fuerza. Me puse al lado y le acomodé los cajones para que no cargara de más. No dijo gracias. No hacía falta.
Cuando terminamos, el tipo nos dio tres billetes arrugados. No mucho. Alcanzaba para comer y para un lugar donde tirar la mochila.
Comimos en un puesto de empanadas. Elián se tomó dos vasos de agua seguidos. Tenía las marcas del cuello casi cicatrizadas, pero la piel todavía brillaba donde estuvieron los parches.
—¿Lo sentís? —le pregunté, bajo, mientras Valenti pedía otra.
—¿Qué?
—A él. —No hizo falta señalar. Valenti estaba a tres metros pero era como si ocupara todo el puesto.
Elián no se hizo el boludo.
—Sí. Hierro caliente. Todo el tiempo. Desde Santa Fe. Antes era amenaza. Ahora no sé.
—No lo es —dije.
—Ya sé —contestó, y me miró de costado—. Y a vos te huelo a tinta. Todo el tiempo. Aunque estés transpirado como ahora.
No me reí. Me ardió la nuca.
Valenti volvió con las empanadas. Nos sentamos en el cordón. Comimos sin hablar. Alrededor, la gente pasaba. Un pibe vendía cargadores. Una señora discutía por el precio de los tomates. Normal. Nadie tenía folleto.
—¿Qué hacemos? —preguntó Elián cuando terminó.
—Tenemos dos opciones —dijo Valenti—. Nos quedamos acá. Conseguimos papeles falsos, laburo en el puerto. Desaparecemos. O buscamos a los de la lista. Maris dijo ciento dieciséis betas marcados entre 2031 y 2044. Alguno tiene que estar vivo. Y si hay uno, hay red.
—Y si hay red, hay peligro —dije.
—Y si no hay red, seguimos corriendo solos hasta que nos agarren —contestó Valenti.
Elián se limpió las manos en el pantalón.
—Yo no vuelvo a Argentina —dijo—. No mientras Rinaldi tenga mi cara en la radio. Pero tampoco me voy a quedar escondido en un depósito el resto de mi vida.
—Entonces red —dije.
Valenti asintió una vez.
—Conozco un nombre —dijo—. De la lista del pendrive. Me lo acuerdo porque era del mismo año que yo: 2033. Beta. Torres, Damián. Archivo Central, El Trébol. Pero había otro. Misma ciudad, otro sector. Lemos, Camila. Beta también. Depósito Municipal. La echaron en el 2041 por “incompatibilidad de carácter”. La última dirección era acá. Barrio Obrero.
Me quedé duro.
—Lemos era la que me firmaba las salidas de legajos —dije—. No me acuerdo la cara. Me acuerdo que no usaba brazalete en la foto del legajo.
—Porque no tenía —dijo Valenti—. Nunca se lo puso.
Elián se paró.
—Vamos.
Barrio Obrero quedaba a veinte cuadras. Fuimos caminando. Sin brazaletes, con las remeras sucias y el pelo pegado por la transpiración. A nadie le importó. Eso era lo raro. Que no importara.
La dirección era una casa baja con portón de chapa y un limonero que se asomaba. Tocamos.
Abrió una mujer de unos treinta y cinco, pelo corto, remera sin mangas, sin brazalete. Nos miró a los tres, después miró a Valenti y después me miró a mí.
—Vos sos Torres —dijo.
—Sí.
—Pasen.
Adentro olía a limón de verdad. No feromona. Limón. Tenía el árbol lleno. En la mesa había carpetas. No del Centro. Caseras.
—Los estaba esperando hace tres años —dijo Lemos—. No a ustedes tres. A alguien