León es un Omega dominante que odia a los alfas debido a su niñes donde muchos abusaron de el y lo maltrataron, el se niega a ser el Omega de un alfa pero se le hará difícil cuando encuentra su alfa destino Mateo que es una ternura El buscará conquistar a su Omega a como de lugar
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Capitulo 2
El silencio en la enfermería solo era interrumpido por el respirar pausado de León. Dormía con una paz que Mateo no le había visto nunca despierto. Con el ceño relajado, los párpados cerrados suavemente y los labios entreabiertos, parecía otro. No era el Omega feroz que noqueaba Alfas con un solo golpe, ni la voz que rugía contra las injusticias en cada rincón del campus. Era solo un chico de dieciocho años, agotado de cargar el mundo sobre sus hombros.
Mateo contuvo el aliento y, con una lentitud infinita, levantó la mano. Sus dedos temblaban ligeramente cuando rozaron la mejilla de León. La piel era suave, cálida. Un contraste absoluto con la dureza que mostraba al mundo. Acarició el pómulo con el dorso de los dedos, un gesto tan tierno que a él mismo le pareció robado, un instante que no le pertenecía del todo.
¿Qué pasará cuando despiertes y descubras quién soy realmente?
La pregunta lo atravesó como un puñal. La culpa ya no era un susurro en su conciencia, sino un peso físico que le oprimía el pecho, haciéndole difícil respirar. León odiaba a los Alfas con toda su alma. Lo había visto, lo había escuchado. Y él, Mateo, era exactamente eso: un Alfa dominante. La mentira no era solo una omisión; era una traición disfrazada de oportunidad.
¿Y si nunca me perdona? ¿Y si, cuando lo sepa, su odio hacia mí es más profundo que hacia cualquier otro?
León se movió ligeramente en el sueño, buscando inconscientemente el calor de Mateo. Su mano, aún entrelazada con la de él, apretó un poco más. Mateo sintió que el corazón se le rompía un poco. No quería soltarlo. No quería que este momento terminara. Pero sabía, con la certeza de quien sabe que el amanecer siempre llega, que la verdad era un monstruo agazapado que pronto saltaría.
El alta médica llegó una hora después. Un enfermero betarevisó a Mateo, le indicó que evitara esfuerzos y lo declaró apto para retirarse. Durante todo el proceso, León no se separó de él ni un instante. Permaneció a su lado, con los brazos cruzados y una expresión vigilante, como un perro guardián que no confiaba en nadie más que en sí mismo para proteger a su manada.
—Puedo caminar solo, ¿sabes? —dijo Mateo con una sonrisa tímida mientras salían de la enfermería.
—Lo sé —respondió León, sin apartar la mirada del pasillo—. Pero no significa que debas hacerlo.
La frase, dicha sin artificios, con esa honestidad brutal que caracterizaba a León, hizo que Mateo sintiera mariposas en el estómago y un puñal en el corazón al mismo tiempo. Porque esas palabras no eran para él, pensó con amargura. Eran para el Omega que León creía que era.
Caminaban por el campus cuando Kim apareció a lo lejos. Al ver a Mateo, su rostro se iluminó y corrió hacia ellos.
—¡Mateo! ¿Estás bien? Me enteré de lo de Cala, ese maldito... —se detuvo en seco al notar la presencia de León, pegada a Mateo como una sombra—. Oh. Hola, León.
León no respondió. Solo observó a Kim con una frialdad que helaba la sangre. Su mandíbula estaba tensa, sus puños apretados.
—Kim, todo está bien —se apresuró a decir Mateo, notando la tensión—. Ella es mi mejor amiga, te lo juro. No tienes que preocuparte.
—¿Que está pasando? —susurró Kim, desconcertada, cuando León se apartó unos metros para responder una llamada de Caín—. Es la primera vez en mi vida que veo a León cerca de un Alfa dominante. Literalmente, está a tu lado como si fueras su tesoro más preciado. ¿Qué hiciste? ¿Le lanzaste un hechizo?
El golpe de realidad fue tan brutal que Mateo sintió que las piernas le flaqueaban. Agarró a Kim del brazo y la condujo hacia un rincón apartado del campus, detrás de unos viejos arbustos, lejos de miradas indiscretas.
Necesitaba decirlo. Necesitaba que alguien más supiera la verdad, aunque solo fuera para no ahogarse en ella.
—Kim, tengo que contarte algo —comenzó, la voz quebrada—. Y necesito que me escuches antes de juzgarme.
Ella lo miró, preocupada por la palidez de su amigo. —Dime, ¿qué pasa?
Mateo tomó aire. Cerró los ojos. Y soltó la bomba.
—Él... León cree que soy un Omega.
El silencio fue ensordecedor.
—¿QUÉEEEEÉ?
Kim dio un salto hacia atrás como si le hubieran lanzado agua hirviendo. Sus ojos se abrieron como platos y su boca se movió sin emitir sonido durante unos segundos, como un pez fuera del agua.
—¿Cómo que cree que eres un Omega? —exclamó por fin, agitando las manos—. ¿Por qué no le dijiste la verdad en cuanto te diste cuenta? ¿Te has vuelto loco, Mateo? ¡Completamente loco!
—Lo sé —murmuró él, hundiendo la cabeza entre los hombros.
Kim se detuvo y lo observó con atención. Realmente lo observó. Su rostro delicado, sus ojos grandes y expresivos, su forma de moverse, su aura dulce y nada amenazante. Resopló, pasándose una mano por el cabello.
—Bueno, para ser justos... eres muy bonito. No me sorprende que te haya confundido con un Omega, la verdad. Cualquiera podría caer en ese error si no se fija bien. ¡Pero eso no es excusa, Mateo! ¡Debiste decirle la verdad en ese mismo momento! Esto no va a terminar bien, ¿lo sabes? Cuando se entere... cuando descubra que has estado fingiendo ser algo que no eres...
—Lo sé —repitió Mateo, y esta vez su voz sonó desesperada—. Lo sé, Kim. Pero esta es mi única oportunidad. La única. Si le digo la verdad ahora, me odiará. Me rechazará sin siquiera conocerme. Pero si puedo acercarme a él, si puedo demostrarle quién soy realmente, quizás... quizás cuando sepa que soy un Alfa, no me odie tanto. Quizás pueda entender que no todos somos iguales.
Kim lo miró largamente. Como Alfa, entendía perfectamente lo que Mateo estaba sintiendo. Esa obsesión dulce y dolorosa que se apodera de ti cuando encuentras a tu destinado. Esa necesidad física, casi biológica, de estar cerca de él. La distancia física dolía, sí, pero la emocional... esa podía matarte lentamente.
Pero también entendía a León. Y sabía que la furia del Omega, cuando descubriera la verdad, sería apocalíptica.
—Te entiendo, Mateo —dijo por fin, apoyando una mano en su hombro—. De verdad te entiendo. Pero piensa en lo que pasará cuando le digas la verdad. Porque tendrás que decírsela, ¿no? En algún momento. Y cuando eso pase... ¿y si no te perdona? ¿Y si su odio hacia ti es peor que hacia cualquier otro Alfa, precisamente porque confió en ti?
Mateo sintió que las palabras de Kim le arrancaban el corazón y lo pisoteaban. Pero levantó la cabeza, y en sus ojos había una determinación feroz, una que no le conocía ni él mismo.
—Estoy dispuesto a asumir las consecuencias de mis actos —dijo con firmeza—. Prefiero que me odie por haberle mentido, pero habiendo conocido su sonrisa, habiendo sentido su mano en la mía, que vivir el resto de mi vida preguntándome qué hubiera pasado si me hubiera atrevido a acercarme.
Kim suspiró, resignada. —Amigo, eres un caso perdido. Vamos, te acompaño a casa.
Salieron de detrás de los arbustos y comenzaron a caminar por el sendero principal del campus. Kim hablaba animadamente, contándole alguna anécdota de clase, y Mateo sonreía, agradecido por tener una amiga que, aunque no aprobaba sus decisiones, estaba a su lado.
No vieron a León hasta que fue demasiado tarde.
El Omega estaba a unos metros, inmóvil como una estatua. Su rostro era una máscara de furia helada, pero sus ojos... sus ojos ardían con un fuego que Mateo no le había visto antes. No era el fuego de la pelea, controlado y estratégico. Era algo más primitivo. Algo que parecía... celos.
—¡Alejate de él! —la orden fue un rugido, una voz que no admitía réplica.
León cruzó la distancia que los separaba en tres zancadas, agarró la mano de Mateo y tiró de él hacia sí, interponiendo su cuerpo entre Mateo y Kim con una ferocidad que heló la sangre de ambos.
Mateo parpadeó, aturdido. León lo estaba protegiendo. De Kim. Porque Kim era una Alfa. Y en su mente, ningún Alfa podía acercarse a "su" Omega sin malas intenciones.
—Tranquilo, tranquilo —dijo Mateo con suavidad, levantando la mano libre en un gesto de paz—. Todo está bien. Te juro que todo está bien. Kim es mi mejor amiga, desde niños. No tienes nada que temer.
León no se calmó. Su mirada siguió clavada en Kim, desafiante, furiosa.
Kim, con una sabiduría adquirida en años de conocer a León, levantó ambas manos en señal de rendición.
—Está bien, me voy —dijo con calma—. Tranquilo, León. No pasa nada. Ya me voy.
Y se fue. Caminó hacia atrás unos pasos antes de darse la vuelta y alejarse rápidamente, sin mirar atrás. Sabía que no debía desafiar a un Omega dominante en ese estado. No cuando estaba protegiendo lo que consideraba suyo.
León no se relajó hasta que la silueta de Kim desapareció por completo entre los edificios. Su respiración era agitada, sus hombros tensos. Cuando por fin se giró hacia Mateo, su expresión era una mezcla de furia residual y una preocupación tan genuina que dolía.
—Ella es una Alfa —dijo, como si eso lo explicara todo—. Y ningún Alfa es un buen amigo. Por tu bien... mantente alejado de ellos.
Por tu bien. La frase golpeó a Mateo en lo más profundo. León estaba preocupado por él. León quería protegerlo. De su propia especie. La ironía era tan cruel que casi se rio, pero las ganas de llorar eran más fuertes.
En lugar de eso, hizo lo único que se le ocurrió para calmar al Omega. Sujetó su mano con suavidad, entrelazando sus dedos con los de él.
Y funcionó.
León miró sus manos unidas, luego el rostro de Mateo. La tensión fue abandonando su cuerpo gradualmente, como la marea que se retira. Su mandíbula se relajó, sus hombros bajaron. Seguía siendo un Omega dominante, feroz e indomable, pero en ese momento, con la mano de Mateo en la suya, era solo León.
Caminaron así, en silencio, por las calles ya oscuras. No hacía falta hablar. La presencia del otro era suficiente.
Llegaron a un cruce. León señaló una calle lateral.
—Es tarde —dijo Mateo, sin soltar su mano—. Déjame acompañarte a casa.
León negó con la cabeza, pero en sus ojos había una pequeña chispa de calidez. —Está bien. No te preocupes por mí. Ya sabes... me sé cuidar solo.
Mateo sonrió, y era una sonrisa sincera, llena de admiración. —Sí, de eso no tengo ninguna duda. Eres el Omega más genial y feroz que he conocido en toda mi vida.
El sonrojo de León fue inmediato e imposible de ocultar. El color le subió por el cuello, le tiñó las mejillas y le llegó hasta las orejas. Apartó la mirada, molesto consigo mismo por reaccionar así, pero no pudo evitar que una pequeña sonrisa se escapara de sus labios.
—Eres un tonto —murmuró, y se soltó de su mano.
Pero antes de irse, se detuvo. Dudó un momento. Y entonces, sin mirar atrás, dijo en voz baja:
—¿Mañana... nos vemos en la biblioteca? A la misma hora.
Y se fue caminando rápido, casi huyendo, antes de que Mateo pudiera responder.
Mateo se quedó allí, en medio de la calle vacía, con el corazón latiéndole tan fuerte que creyó que se le iba a salir del pecho. Una cita. León le había pedido una cita. Bueno, no exactamente, pero casi. Y su sonrisa... había visto su sonrisa. La verdadera. La que escondía de todos.
Pero mientras caminaba a casa, flotando en una nube, la culpa volvió a posarse en su hombro como un cuervo siniestro.
¿Mañana? ¿Y cuántos mañanas más podré robar antes de que la verdad nos destruya a ambos?
No lo sabía. Pero por primera vez en su vida, Mateo, el Alfa tranquilo y estudioso, estaba dispuesto a pelear. Aunque fuera contra el destino. Aunque fuera contra el odio de su propio destinado. Aunque al final, perdiera.
Porque perder a León, pensó, sería como perder el aire. Y prefería ahogarse en la verdad que vivir para siempre sin haberlo intentado.
espero el siguiente capítulo