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Dos Mundos Diferentes

Dos Mundos Diferentes

Status: En proceso
Genre:Demonios / Mundo mágico / Viaje a un mundo de fantasía
Popularitas:145
Nilai: 5
nombre de autor: liz Ramirez

“Dicen los viejos textos…
que al principio… solo había un mundo.
Un mundo… donde humanos y demonios caminaban bajo el mismo cielo.
No como enemigos… sino como hermanos.
Los humanos moldeaban la tierra con sus manos…
y los demonios le daban vida con su aliento.
Era la Era del Equilibrio.
Durante siglos, no hubo guerra. Humanos y demonios compartían la tierra, hasta que la traición surgió.
Un rey humano, cegado por el miedo, traicionó a los demonios. Y esa traición, como una grieta, abrió paso a la guerra.
Los demonios, impulsados por la furia, comenzaron a ganar. Los humanos, viendo su mundo desmoronarse, estaban al borde de la derrota.
Fue entonces cuando Kaeli, viendo la destrucción, tomó una decisión. Vio que si no actuaba, ambos serían aniquilados. Y fue ella quien, con un acto de sacrificio, dividió los mundos. Separó a los humanos y a los demonios, cerrando el portal entre ambos.
Desde entonces, los humanos habitan su propio mundo, separados de los demonios.Y el portal, oculto

NovelToon tiene autorización de liz Ramirez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

La noche sin luna

*Capítulo 13: La Noche Sin Luna*

Goru se puso de pie.

Lento. Como montaña que se despierta. Las estacas que clavaba quedaron tiradas.

Lili no se movió de la puerta. Pero su sonrisa se hizo más ancha. Más filosa.

“Vaya, vaya”, dijo Lili. Su voz era miel con vidrio. “El viejo Goru. Todavía respiras. Qué decepción.”

Goru no contestó. Se limpió las manos en el hakama. La naginata seguía en el suelo, pero sus puños eran armas peores.

Lili dio un paso al frente. La sombra no la siguió. La sombra _era_ ella.

“¿Y?”, escupió Lili. “¿Vas a invitarme un té, Garu? ¿O ya se te olvidó cómo se trata a una vieja amiga?”

Goru por fin habló. Piedra contra piedra.

“No eres amiga”, dijo. “No desde ese día.”

Lili se rió. Corto. Seco. “Ah, sí. _Ese día_. Cuando elegiste a los humanos. A esos traidores de mierda.” Señaló con la barbilla hacia el dojo, donde sabía que estaba Kasumi. “¿Y ahora defiendes a una tonta humana? ¿Después de todo lo que nos hicieron? ¿Después de lo que _le_ hicieron a tu clan?”

Los ojos grises de Goru no se movieron. Pero algo en la mandíbula se le apretó.

“Ella es diferente”, dijo.

“¡Todos dicen eso!” Lili gritó. Por primera vez. Y las antorchas del dojo, aunque era de día, parpadearon. “¡Mi padre dijo eso de tu madre! ¡Y míranos! ¡Arrastrándonos en este mundo por culpa de ellos!”

Dio otro paso. Las dagas curvas en su espalda cantaron solas.

“Podemos acabar con esto, Goru”, dijo Lili. Ahora bajito. Casi cariñoso. Casi como antes. “Tú y yo. Pasamos al otro mundo. Matamos a los que quedan. Y gobernamos los dos. Como debió ser. Tú con tu fuerza. Yo con mis ojos. ¿Te imaginas? Nadie nos para.”

Goru la escuchó. Toda. No parpadeó.

Cuando Lili terminó, él solo negó con la cabeza. Una vez.

“No”, dijo. “Ella no es como los demás. Y yo no soy como tú.”

La cara de Lili se rompió. La máscara cariñosa se cayó. Quedó solo el monstruo.

“Patético”, siseó. “Siempre fuiste débil, Goru. Por eso perdiste.”

Se puso en posición. No sacó las dagas todavía. Pero sus dedos se pusieron como garras. Su pelo blanco flotó sin viento.

Goru no se movió. Abrió las manos. Vacías.

“No quiero hacer esto, Lili”, dijo. Su voz no era amenaza. Era cansancio. “Vete. Ahora. No hagas cosas que no.”

Lili no respondió.

Atacó.

Fue rápido. Más rápido que Jaruto. Una línea negra cruzando el patio. Iba a la garganta. A matar.

Goru se movió.

No la bloqueó. No la golpeó.

Desvió.

Con la palma abierta, agarró su muñeca en el aire y la redirigió. Lili pasó de largo, girando, y aterrizó agachada como gato.

“No hagas esto”, repitió Goru. Más duro ahora. “No quiero lastimarte.”

“¿Lastimarme?”, Lili se rió, agitada. “Tú nunca pudiste conmigo, Goru. ¡Nunca!”

Volvió a lanzarse. Esta vez con las dagas fuera. Una arriba, una abajo.

Goru suspiró.

Y esta vez no desvió.

_Paró_.

Agarró las dos dagas. Con las manos pelonas. La sangre le corrió por los dedos al instante, pero no soltó.

Los ojos de Lili se abrieron. Sorpresa. Rabia.

“Eres más fuerte”, dijo Goru, con las dagas a centímetros de su cara. “Siempre lo fuiste. Pero no voy a matarte. No hoy.”

Empujó.

Lili salió volando para atrás. Cayó de pie, patinando en la tierra. Sus dagas goteaban la sangre de Goru.

Se quedó parada. Respirando. Mirándolo.

Reclamándole con los ojos. Con la boca.

“¡Eres un traidor! ¡A tu sangre! ¡A mí! ¡A todo!” Gritó. “¡Ellos nos quemaron! ¡Nos cazaron! ¡Y tú los defiendes!”

Lejos, en el techo del dojo, Kaiki ya estaba.

El elfo. Con el arco tensado. Flecha apuntando directo a Lili. Ojo verde, frío, sin parpadear.

Goru lo vio de reojo.

Y levantó una mano. Abierta. Clara.

_No._

Kaiki apretó los dientes. Dudó.

Goru negó con la cabeza. Una vez. _No dispares._

Kaiki maldijo en silencio. Y bajó la flecha. Lento. Pero no la guardó.

Lili no vio nada de eso. Solo veía a Goru.

La sangre le caía de las manos a él. Goteaba en la tierra.

“Vete, Lili”, dijo Goru. Bajo. Casi triste. “La próxima vez que pises mi dojo, no voy a parar tus dagas. Las voy a romper. Contigo adentro.”

Lili tembló. No de miedo. De rabia pura.

Escupió al suelo. Cerca de los pies de Goru.

“Esto no se acaba aquí, _Garu_”, dijo. Volvió a decir su nombre mal. A propósito. “Voy a volver. Y esa humana va a gritar tu nombre cuando la abra en canal.”

Se dio la vuelta.

Y se fue caminando. Sin correr. Como si el patio fuera suyo.

Goru no la siguió.

Solo cuando la sombra de Lili desapareció del todo, cerró los puños. La sangre salió a presión.

Kaiki bajó del techo de un salto. “Debí matarla.”

“No”, dijo Goru. Miró sus manos sangrando. “Si la matas, su clan entero viene. Y no estamos listos para eso.”

Miró hacia el dojo. Hacia donde Saya y Kasumi seguro ya estaban despiertas.

“Ahora Lili lo sabe”, murmuró. “Sabe que no voy a entregarla. Y eso la va a hacer peor.”

Alzó la cara al cielo. El sol ya pegaba fuerte.

“Preparen todo”, le dijo a Kaiki. “Hoy no entrenamos. Hoy cavamos tumbas. Por si acaso.”

La cueva de huesos tembló cuando Lili entró.

No cerró la puerta. La arrancó. El metal chirrió y cayó al suelo como animal muerto.

Los seis guardias con máscaras de pájaro se enderezaron. Quietos. Listos.

Lili no los miró.

Gritó.

Un alarido que no era humano. Agudo, roto, como Cuyo cuando la flecha le dio. Las antorchas azules se apagaron de golpe. Solo sus ojos violetas iluminaban la piedra.

Empezó a tirar todo.

El trono de huesos. Pateado. Los cráneos rodaron por el suelo. Una mesa de piedra negra. Volteada de un manotazo. Mapas, pergaminos, dagas. Todo al piso.

“¡MALDITO!”, gritó. “¡MALDITO GORU! ¡MALDITO TRAIDOR!”

Uno de los guardias dio un paso al frente. La mano levantada. Voz de muerto.

“Mi señora, cálmese. El clan-”

No terminó.

Lili se giró. Y lo agarró del cuello. Con una mano.

Lo levantó como si fuera un trapo.

“¿CÁLMESE?”, siseó. La cara a centímetros de la máscara de pájaro. “¿Que me CALME?”

Lo aventó.

El guardia voló y chocó contra la pared de piedra. La máscara se quebró. El cuerpo cayó al suelo y no se movió.

Los otros cinco no se movieron tampoco. Pero ya no para calmarla. Para no morir.

Lili respiraba como bestia. El pelo blanco flotando. Las dagas en su espalda goteaban todavía la sangre de Goru.

Y entonces, se rió.

Bajito. Luego más fuerte. Una risa que dolía oír. Que no tenía alegría. Solo veneno.

Se dejó caer al suelo, entre los huesos rotos. Se abrazó las rodillas. Se meció.

“Él me tocó”, murmuró. “Después de todo. Después de _ese día_. Me tocó… y no me mató.” Se clavó las uñas en los brazos. Sangre negra salió. “Idiota. Débil. _Humano_.”

Levantó la cabeza.

“¡CUYO!”, gritó.

De la oscuridad del techo, bajó una sombra.

Cuyo. Vendado con tiras negras en el ala. Cojeando en el aire. Pero vivo.

Aterrizó frente a Lili. Agachó la cabeza.

Lili le sonrió. Y esa sonrisa era peor que el grito.

“Mi amor”, le dijo. Le acarició la cabeza rota. “Tengo un trabajo para ti. Uno bonito.”

Se acercó a su oído. Si es que Cuyo tenía oídos.

“Ve”, susurró Lili. “Vuela. Busca al Clan de los Tres Hermanos. Ya sabes dónde.”

Cuyo alzó la cabeza. Sus ojos, negros y vacíos, brillaron.

“Diles esto”, dijo Lili. La voz se le puso dulce otra vez. Miel podrida. “Diles que Goru el Traidor está protegiendo a una humana. En su dojo. Diles que esa humana vale más que el oro.Que yo la quiero viva.”

Se rió otra vez.

“Y diles… que si me ayudan a sacarla de ahí, les doy el paso al otro mundo. El que Goru me negó. Gobernamos juntos. Los cuatro.”

Cuyo chilló. Bajito. Entendió.

Lili le dio un beso en el pico. “Vuela, mi ojo. Vuela y trae guerra.”

Cuyo batió el ala buena. Con esfuerzo. Se elevó. Dio una vuelta por la cueva, pasando sobre los guardias tirados.

Y salió disparado por el hueco del techo.

Hacia la noche. Aunque era de día afuera. Para Cuyo siempre era de noche.

Lili se quedó viendo el hueco.

Se limpió la sangre de Goru de sus dagas con el dedo. Se lo chupó.

“Ahora sí, Garu”, dijo, sola. “Ahora sí vas a tener que elegir.”

Y la cueva volvió a quedar en silencio.

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