una chica y un chico
ambos tiene una vida en sus hogares, una familia
pero la pasión y el amor será más fuerte por luchar por lo que sienten o se dejarán vencer y volveran a la realidad en la que viven y renunciarán a este amor.?
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Capítulo 2: El brillo del cristal frío
La oficina de Maximiliano olía a pintura fresca, cuero nuevo y a ese aroma metálico que desprende la ambición cuando aún no ha sido saciada. Eran las once de la noche y el edificio de oficinas, una mole de cristal en el centro financiero, estaba casi desierto.
Maximiliano, sin embargo, permanecía sentado frente a su escritorio, con la corbata desanudada y la luz de la pantalla reflejada en sus ojos cansados. Estaba fundando lo que sería su imperio comercial, una distribuidora logística que prometía conectar los mercados más importantes de la región. Para él, cada contrato era una batalla y cada cliente, un territorio conquistado.
A esa misma hora, en un lujoso apartamento a solo quince minutos de allí, Solangel cerraba su computadora portátil. Ella también tenía los ojos inyectados en sangre. Como joven administradora en una de las firmas de auditoría más prestigiosas del país, su vida se había convertido en una sucesión de hojas de cálculo, balances financieros y proyecciones de riesgo.
Cuando Maximiliano llegó a casa, el silencio lo recibió como un huésped habitual. No era el silencio acogedor que Elizabeth disfrutaba en su pequeño apartamento; este era un silencio vasto, amplificado por los techos altos y los suelos de mármol.
Solangel estaba en la cocina, sirviéndose una copa de vino blanco. Llevaba puesto un conjunto de seda que gritaba elegancia, pero su rostro reflejaba una fatiga que ninguna crema de lujo podía ocultar.
—Llegas tarde —dijo ella, sin reproche, simplemente constatando un hecho estadístico.
—El cargamento de la zona norte tuvo un retraso en la aduana —respondió Maximiliano, dejando el maletín sobre la isla de granito—. Si no cierro ese acuerdo esta semana, la empresa nacerá muerta.
Solangel asintió y le acercó una copa.
—Yo terminé la auditoría de los hoteles del grupo Ferrara. Mi jefe dice que mi proyección de gastos fue impecable. Es probable que me den la dirección de cuentas antes de lo esperado.
—Felicidades, Sol —dijo él, y le dio un beso en la frente. Fue un beso seco, protocolario, el beso de dos socios que se llevan bien, pero que han olvidado cómo incendiarse.
Su matrimonio, que apenas cumplía su primer año, se sentía como una estructura arquitectónica perfecta pero sin calefacción. Se habían casado porque eran "el uno para el otro" según todos los estándares: ambos atractivos, ambos brillantes, ambos destinados al éxito.
Eran la pareja de portada, el estándar de oro de su círculo social. Pero detrás de la fachada de granito, la monotonía se había instalado con una eficiencia aterradora.
La rutina de los meses siguientes fue una coreografía de agendas compartidas en Google Calendar. Se veían en los desayunos rápidos, donde hablaban de tasas de interés y de la fluctuación del dólar.
Se encontraban en cenas de gala, donde sonreían para las cámaras y se daban la mano bajo la mesa, más como un gesto de apoyo estratégico que de deseo.
Maximiliano se entregó a su empresa con una voracidad casi violenta. Necesitaba que su negocio creciera para llenar el vacío que sentía cuando regresaba a casa y no encontraba nada más que conversaciones sobre administración.
Solangel, por su parte, buscaba en el orden de las finanzas la estructura que su vida emocional no tenía. Ella administraba su hogar como si fuera una corporación: la despensa siempre llena, la limpieza impecable, las visitas sociales programadas con meses de antelación.
—¿Has pensado en lo que hablamos el mes pasado? —preguntó Solangel una noche, mientras ambos leían en la cama, cada uno en su lado respectivo.
Maximiliano bajó el informe que estaba revisando.
—¿Sobre qué?
—Sobre tener un hijo. Mi carrera está en un punto estable, y tú… bueno, tu empresa ya está caminando sola. Es el paso lógico, Maximiliano.
Él sintió una presión extraña en el pecho. Un hijo. Un heredero para su imperio, un nuevo eslabón en esa cadena de responsabilidades.
—No sé si es el momento, Sol. Estamos empezando a vivir.
—No estamos viviendo, Maximiliano. Estamos trabajando —respondió ella con una frialdad administrativa—. Un hijo le daría un propósito a todo este esfuerzo. Haría que esta casa se sintiera como algo más que un hotel de paso.
Él la miró. Solangel era hermosa, inteligente y leal. No había nada "malo" en ella. De hecho, era la esposa perfecta para el hombre que él se suponía que debía ser. Pero en ese momento, Maximiliano se dio cuenta de que su vida era una serie de "pasos lógicos".
Estudiar, trabajar, casarse, emprender, procrear. Todo estaba calculado, todo estaba administrado.
—Está bien —susurró él, volviendo a su informe—. Si crees que es lo mejor para el futuro de la familia, hagámoslo.
No hubo pasión en ese acuerdo. Fue una resolución de junta directiva. Meses después, la noticia del embarazo de Solangel llegó con la misma eficiencia que un ascenso laboral. Maximiliano celebró con champán, recibió felicitaciones de sus socios y compró la cuna más cara del mercado.
Pero por la noche, cuando el silencio del mármol volvía a reinar, se quedaba mirando por el ventanal de su oficina, observando las luces de la ciudad, sintiendo que algo en su interior estaba muriendo de inanición.
Su empresa comercial crecía, sus cuentas bancarias se desbordaban y su esposa administraba su vida con una precisión quirúrgica. Tenía todo lo que un hombre podía desear, y sin embargo, se sentía como un prisionero en una jaula de oro.
Maximiliano no sabía que en algún rincón de esa misma ciudad, una mujer llamada Elizabeth estaba riendo sobre una pizza de cartón con un hombre que no tenía un centavo, pero que la miraba como si fuera el sol.
No sabía que el destino estaba trazando una línea recta que lo sacaría de su mundo de cristal frío para estrellarlo contra la fragilidad de un amor que no se puede administrar.
La monotonía era un velo espeso. Y bajo ese velo, el hombre que un día juraría irse con su esposa y su hija aunque se le rompiera el alma, aún no sabía lo que significaba estar verdaderamente vivo.