Nací entre lujos, rodeada de poder, creyendo que el amor sería el único territorio donde nadie podría obligarme.
Me equivoqué.
Mi padre decidió mi destino con una firma.
Mi esposo selló mi condena con su desprecio.
Y yo… yo aprendí demasiado tarde que no todos los cuentos de hadas comienzan con una boda.
y que incluso en jaulas doradas se puede morir lentamente.
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capitulo 18 promesas invisibles
La muerte de mi abuelo no solo dejó un vacío, dejó un imperio.
Los Villavicencio no heredaban fortunas.
Heredaban cargas, responsabilidades y Expectativas imposibles de rechazar.
Cuando el notario terminó de leer el testamento, todos me miraron.
Consejeros, Abogados, Directivos yo era El único heredero.
El apellido completo descansando sobre mis hombros.
No hubo felicitaciones.
Solo silencios pesados.
Porque todos sabían lo que aquello significaba.ñ, Mi libertad acababa de morir junto con él.
Fue mi madre quien llamó esa noche.
—Necesitas salir.
Su voz sonó firme, pero cargada de algo más suave, más maternal, Más raro.
—No tengo tiempo para vacaciones.
—Adrián.
—No es una sugerencia.
Me recosté en el sillón, agotado.
—¿Desde cuándo crees en el descanso?
—Desde que vi lo que le hizo a tu padre el no detenerse nunca.
El golpe fue silencioso, mi padre había muerto demasiado joven, demasiado injusto, se dice que tuvo derrame cerebral, producto de tanto estrés y responsabilidad.
Cerré los ojos.
—No soy él.
—Precisamente por eso quiero que te vengas.
se quedó en silencia por un minuto.
Luego añadió algo que no esperaba.
—Y porque necesito que me hagas un favor.
Debí saberlo, con mamá siempre había algo más, así era Isabelle López, siempre había algo detrás.
—Estoy preocupada por Antonio.
Mi mandíbula se tensó.
—Antonio siempre ha sido un desastre emocional.
—No hablo de él
—Hablo de su matrimonio.
El aire cambió.
—mmm, ese que contrajo con... ¿Renata?
—Sí.
hubo un Silencio demasiado largo después de que le confirmo.
—Esa niña no es feliz, Adrián.
Fruncí el ceño.
—No es asunto mío.
—Ahora lo será.
Su tono fue definitivo.
—Quiero que vayas a la casa Valderrama, la casa principal y así aprovechas, descanses,.tomes distancia del mundo Villavicencio
—Y que la protejas.
Sentí el impacto.
—¿Protegerla de qué?
—De mi hijo.
—¿Antonio no sabe estar casado.?
En realidad lo sabía, No sabe cuidarse ni el mismo, no sabe contener su frialdad, a veces me preguntaba si era humano, si podía sentir.
Su voz descendió.
Cargada de preocupación real.
—Y Rogelio no quiere opinar, la decisión de ese matrimonio fue de tu hermano, pensábamos que el la quería, pero... Rogelio se ha dado cuenta que no es así.
Rogelio Valderrama.
El hombre que fue como un padre para mí cuando el mío murió.
El único adulto que jamás me trató como “el heredero”.
El hombre al que jamás podría traicionar.
—Solo hasta que ellos resuelvan sus diferencias.
continuó mi madre.
—Hasta que ese matrimonio se vuelva funcional.
-¿Funcional?
Qué palabra tan elegante para disfrazar el desastre.
—¿Y si nunca lo hace?
Silencio se volvió a instalar entre nosotros.
—Entonces al menos sabré que alguien estuvo de su lado y que contó con nuestro apoyo... Se lo debo a Sofía.
Maldita sea, estaba por arrepentirme.... Pero acepté.
No por Antonio, Nunca por Antonio.
Por mi madre, por Rogelio.
Por un juramento que jamás pronuncié…pero que siempre existió, se los debía.
Mi llegada sin avisar a la casa de mi familia, que por ende también era mi casa, fue toda una tormenta como era de esperarse.
Mi hermano estaba procesando la solicitud de mi madre, cuando La vi llegar el primer día.
Renata Soler...
Y todo se complicó desde ese instante.
Porque no vi a la esposa perfecta, ni a la alianza estratégica, ni al apellido conveniente.
Vi a una mujer atrapada, sin ninguna salida, sus ojos lo decían todo, contenían lucidez, Orgullo.
Y una tristeza tan finamente contenida… que resultaba imposible ignorarla.
Desde el principio supe que debía mantener distancia, Porque no estaba allí como invitado.
Ni como familiar, ni como espectador.
Estaba allí como guardián.
Y uno no desea aquello que juró proteger.
Pero Renata…
Renata no facilitaba nada.
Su inteligencia, su sarcasmo elegante.
La forma en que sostenía cada humillación sin quebrarse, la forma en que jamás pidió compasión, su guerra interna.
Cada gesto suyo erosionaba mis defensas, luego vino la verdad brutal.
Antonio jamás la tocaba, jamás lo había hecho,
no como esposo, no como amante, no como hombre.
La única vez…
fue cuando la lastimó.
Cuando dejó aquella marca violácea en su hombro.
El recuerdo me encendía la sangre incluso ahora.
Porque entendí algo devastador:
Ese matrimonio no era frío, era inexistente, una fachada, un simple papel firmado, una prisión elegante para una princesa en apuros.
Y ahí comenzó mi condena.
Porque desear a una mujer prohibida ya era peligroso.
Pero desear a una mujer sola…intocable…por la ley
abandonada por el hombre que debía protegerla…
Eso era una catástrofe moral.
La deseo.
Sí.
Pero no es solo deseo.
Es la forma en que su voz se endurece cuando habla de su padre.
La rabia silenciosa que vibra bajo su elegancia, la dignidad feroz con la que resiste a Antonio, la forma en que intenta no mostrar dolor, esa forma en que jamás se permite ser débil.
Y yo…
yo me contengo.
Por respeto a mi madre.
Por lealtad a Rogelio Valderrama.
Por principios que aún me niego a dinamitar.
Porque si cruzo ese límite…no destruiré solo un matrimonio ficticio
Desataré una guerra, Y Renata ya vive demasiadas
Pero cada día se vuelve más difícil, cada mirada cada roce, cada silencio cargado.
Porque Renata Soler no es una tentación, es un abismo.
Y estoy peligrosamente cerca del borde.
Debo ayudarla, tengo que conseguir una manera de cuidarla, y evitar a toda costa que Antonio se desquite con ella, por este maldito deseo de reclamarla mía.