Luciano Viteli no es un hombre. Es un mito vestido de traje negro, con el alma manchada de sangre y los ojos tan fríos como una sentencia de muerte.
En Ciudad H, su nombre no se pronuncia con ligereza. Le llaman el Demonio. Y con razón. Es paranoico, controlador, obsesivo. Un dios oscuro dentro de su imperio: la Orden de las Sombras. Bajo su mando, fluye el tráfico de armas como veneno por las venas de un país podrido. Nadie se le opone. Nadie vive para contarlo.
Pero el respeto que inspira no viene solo del miedo. Luciano es adictivamente peligroso. En su presencia, hasta el silencio se arrodilla. Sus seguidores lo veneran, lo temen… y algunos, en secreto, lo desean.
Él no ama. Él toma. Él marca.
Y cuando ella entró en su vida, cometió el único error que no se podía permitir: obsesionarse con ella hasta perder el control, amarla con una locura silenciosa que lo convirtió en algo que juró no ser jamás... vulnerable.
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CAPITULO 3
La mente guarda lo que el alma no puede soportar…
El consultorio del Dr. Isaías olía a lavanda.
Siempre lo hacía.
Era un espacio sin esquinas duras, sin luces fuertes.
Todo en ese lugar estaba pensado para no lastimar.
Para no apurar.
Isabela se sentó en su sillón habitual.
El de terciopelo verde oscuro, al lado de la ventana.
No se quitó el abrigo. Nunca lo hacía. Le daba seguridad. Una especie de escudo.
El doctor Isaías la observó en silencio mientras anotaba algo en su libreta. Tenía el rostro amable, la voz más parecida a un susurro que a una orden, y el respeto exacto que ella necesitaba: nunca se acercaba más de la cuenta.
—Hace tres semanas que no venías —dijo suavemente, sin juicio—. ¿Estás comiendo bien?
Isabela asintió.
—¿Durmiendo?
Negó.
Él anotó algo.
No presionó. Nunca lo hacía.
—Me enteré de lo de Nicolás. —Pausa—. Lo siento mucho.
Ella apretó los labios. Sintió cómo el nombre de su hermano le empujaba el pecho. No lloró. No lo hacía desde niña. Pero dolía… como si la pérdida se quedara debajo de la piel, vibrando.
—¿Quieres hablar de eso?
Silencio.
Isabela bajó la mirada. Tenía los dedos entrelazados y las uñas le marcaban la palma. Finalmente murmuró:
—Él… eligió. Pero eso no hace que duela menos.
El doctor asintió.
—Lo amabas.
—Sí. Pero también lo odié. Por lo que hizo. Por lo que causó. —Pausa—. Y por lo que me dejó cargando.
—¿Qué sientes que te dejó?
Isabela alzó la vista. Había una sombra en sus ojos.
—A papá más roto.
Isaías se acomodó ligeramente.
—¿Y tú? ¿Cómo estás tú, Isabela?
Ella tragó saliva.
—No sé. Tengo… esa cosa otra vez. La presión en el pecho. La sensación de que algo va a pasar. De que me están mirando. De que no puedo respirar. —Sus manos temblaron un poco—. Y hay una imagen que no puedo sacarme de la cabeza. Una de hace años.
—¿Cuál?
Ella bajó la voz.
—Mi madre… cuando gritaba. Antes de que… —No terminó. No necesitaba hacerlo. Isaías ya conocía la historia. El infierno. La sangre. El video.
Él inclinó la cabeza con respeto.
—A veces, cuando algo nos sacude… los recuerdos viejos aprovechan para salir a la superficie. No porque quieran lastimarte. Sino porque tu cuerpo todavía no ha terminado de soltarlos.
—No creo que pueda soltarlos —dijo ella, apagada.
—Quizás no del todo. Pero puedes aprender a vivir sin que te dominen.
Isabela lo miró. Luego murmuró:
—Algo cambió.
Él levantó la vista.
—¿Qué cambió?
Ella dudó. Parecía querer ocultarlo, pero también necesitaba decirlo. Finalmente, lo soltó:
—Toqué a alguien. Sin querer. Y no fue como siempre. No me descompuse. No lloré. No tuve que encerrarme.
—¿Quién? —preguntó Isaías, sin alarmarse.
—Un hombre. Alto. Frío. Tenía los ojos más oscuros que vi en mi vida. Y cuando choqué contra él… fue como… como si todo mi cuerpo recordara algo. Como si algo dentro de mí se abriera. Como si lo conociera… y al mismo tiempo, no. —Ella apretó los labios—. No entendí lo que sentí. Pero me quedé mirándolo. Y no tuve miedo.
Isaías guardó silencio por unos segundos. Luego dijo:
—Isabela… a veces el cuerpo reconoce antes que la mente. No siempre es amor. No siempre es atracción. A veces… es un eco. Un disparo en la memoria emocional. Algo que nos habla desde un lugar tan profundo… que ni siquiera sabemos que está ahí.
Ella cerró los ojos un momento. Sintió una lágrima caer, pero no la limpió.
—¿Estoy mal?
—No —respondió él—. Estás viva.
El silencio volvió a llenar la sala. Pero no era el mismo silencio del principio.
Este… pesaba menos.
Isaías escribió algo más en su cuaderno. Luego preguntó, sin presión:
—¿Quieres saber cómo se llama?
Ella negó.
—No. Quiero recordarlo así… como el hombre de los ojos negros. Solo así.
Y aunque no dijo su nombre…
Luciano Viteli ya vivía en su cabeza.
Y empezaba, sin saberlo, a filtrarse en su alma.