Giselle O'Connor huyó de un pasado que casi la destruye y encontró refugio bailando cada noche en el club Eclipse, donde solo en el escenario logra sentirse libre. Su mundo cambia cuando la mirada fría y poderosa de Dexter Müller, el líder de la mafia más temida de la ciudad, se fija en ella. Lo que empieza como una obsesión silenciosa se convierte en un vínculo prohibido lleno de deseo, peligro y salvación.
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NOCHE DE COMPARTIR SUEÑOS
Giselle
El vapor del agua tibia ascendía como una neblina suave, empañando el espejo del baño hasta borrar cualquier reflejo reconocible. Me hundí un poco más en la bañera, dejando que las burbujas me cubrieran hasta el cuello.
Siempre me gustó el agua.
En el agua no hay ruido. No hay gritos. No hay recuerdos que te alcancen tan rápido.
Es como estar suspendida en un lugar donde el pasado no sabe nadar.
Apoyé la cabeza en el borde acolchado y extendí las piernas lentamente. Las burbujas brillaban bajo la luz amarillenta, pequeñas constelaciones efímeras explotando sobre mi piel.
Tomé el celular.
Mi ventana selectiva al mundo que no era mío.
Abrí Instagram.
Y ahí estaban.
Los nuevos Christian Louboutin con plataforma y cristales en el talón. Perfectos. Altos. Imposibles. Con ese rojo en la suela que parecía gritar elegancia.
—Dios… —murmuré, ampliando la imagen con los dedos—. Ustedes no son zapatos… son una declaración de poder.
Entré directo a la página oficial de Christian Louboutin. Podía mirar zapatos durante horas. Era absurdo, lo sabía. Pero observarlos me hacía sentir que pertenecía —aunque fuera cinco minutos— a un mundo donde la gente no cuenta las monedas antes de comprar pan.
Después aparecieron anuncios de Chanel. Luego Gucci. Después Yves Saint Laurent.
Bolsos estructurados. Abrigos perfectos. Perfumes con frascos que parecían piezas de museo.
—Si algún día dejo de bailar, seré coleccionista de zapatos —susurré para mí misma—. O heredera perdida de una fortuna europea. También acepto eso.
Una risa bajita sonó en la puerta antes de que se abriera apenas.
—¿A quién le hablas, loca? —preguntó Thesa, asomando solo la cabeza.
—A mis ilusiones. Vienen a visitarme cuando estoy desnuda y vulnerable.
—Qué romántico —respondió seca.
Entró por completo y se dejó caer en el suelo del baño con total confianza. Traía una bolsa de papitas y un jugo como si estuviera en el cine.
—¿Otra vez viendo zapatos que cuestan lo mismo que mi arriendo? —preguntó, inclinándose para mirar la pantalla.
—Mil doscientos euros —corregí.
—Ah, claro. Mucho más razonable. Casi un regalo.
—Son arte.
—Son un crimen financiero.
Solté una carcajada.
—Algún día tendré un closet solo de zapatos. Ordenados por diseñador. Por altura. Por estado emocional.
—¿Estado emocional?
—Claro. Los tacones de venganza. Los tacones de reconciliación. Los tacones de “voy a conquistar el mundo”.
—¿Y los de “me quedo en casa llorando”?
—Esos son pantuflas.
Thesa soltó una carcajada tan fuerte que casi tira el jugo.
—Eres ridícula.
—Soy visionaria.
Ella me miró unos segundos.
—¿Sabes qué es lo peor? Que te creo capaz de lograrlo.
Le sonreí apenas.
—¿Y tú? —pregunté—. ¿Qué harías si te ganaras la lotería?
—Primero renuncio. Dramáticamente. —Se puso de pie fingiendo un discurso— “Gracias Eclipse, gracias Ross, pero ahora soy una mujer rica e independiente.”
—Ross te perseguiría con un contrato.
—La indemnizo —respondió con seguridad exagerada.
Ambas nos quedamos riendo.
Luego me miró de reojo.
—Y sí… también me compraría un bolso de Gucci, porque siempre quise uno verde esmeralda.
—Te quedaría increíble.
—¿Verdad?
—Harold se desmayaría.
Se congeló.
—No empieces.
—¿Qué? Solo digo que Harold te mira como si fueras el último trozo de pizza del mundo.
—¡No es cierto!
—Es totalmente cierto.
—No es mi novio.
—Pero te gusta.
—No me gusta.
—Te peinas cuando él está en turno.
—Eso es higiene básica.
—Te perfumas más.
—Eso es… profesionalismo.
—Sonríes distinto.
Se quedó en silencio.
Sonreí victoriosa.
—Ajá.
Me lanzó una papita que cayó directo en mi hombro.
—Eres insoportable.
—Soy observadora.
—Ok, sí —suspiró finalmente—. Me gusta un poquito.
—Mucho.
—¡Un poquito!
—Te brillan los ojos cuando habla.
—Eso es iluminación del club.
Reí tan fuerte que casi resbalé en la bañera.
Después su expresión cambió un poco.
—Hoy no podré ir al club —dijo más tranquila—. Tengo reunión familiar. Mi mamá quiere hacer una cena por el primo que llegó de Hamburgo. Drama asegurado.
—¿Todo bien?
—Sí… solo que mi tía va a preguntar cuándo me caso y mi abuela va a decir que estoy demasiado flaca.
—Estás perfecta.
—Lo sé. Pero ellas no lo saben.
La miré con ternura.
—A veces quisiera tener tu vida —admití—. Familia ruidosa. Mamá intensa. Primos imprudentes.
—Créeme, se te quitaría en dos horas.
—Aun así.
El silencio se volvió más suave.
Ella me miró con esa seriedad que aparece cuando deja de bromear.
—Tú tienes algo que yo no.
—¿Qué cosa?
—Valor.
Bajé la mirada al agua.
—No fue valor.
—Sí lo fue.
—Fue necesidad.
—Aun así elegiste vivir.
Eso me dejó sin palabras.
Thesa extendió la mano y tocó mi muñeca.
—Ya no tienes que esconderte tanto. Al menos no aquí.
Negué despacio.
—No puedo. No todavía.
—Tu cabello rojo es hermoso, tu verdadero tu te hace ser demasiado hermosa.
Mi garganta se cerró.
—Si dejo de ser Milene… todo lo que enterré podría volver.
—¿Y si ya no te está persiguiendo?
No respondí.
Porque no estaba segura.
Ella suspiró.
—Bueno, suficiente drama. Sal ya del agua, sirena deprimida. Vamos a ver una película antes de que me vaya.
—Cinco minutos.
—Dos.
Salí finalmente, envolviéndome en una bata. Caminé detrás de ella hasta la sala. Nos tiramos en el sofá con una manta vieja que siempre huele a detergente barato y a hogar.
Encendimos Netflix.
—¿Romántica o terror? —preguntó.
—Romántica. Necesito creer que alguien puede enamorarse sin traicionar.
Me miró de reojo.
—Algún día vas a volver a confiar.
—No.
—Sí.
—No quiero.
—Eso es diferente.
Se acomodó apoyando la cabeza en mi hombro.
—¿No te interesa nadie? —preguntó suavemente.
Pensé en el VIP. En la mirada intensa de ese hombre que no aplaudió.
Sacudí el pensamiento.
—No. No otra vez.
—Algún día, Giselle…
Tragué saliva.
—Lo sé —mentí.
La película avanzó entre comentarios absurdos, teorías ridículas y risas espontáneas. Nos burlamos del protagonista, analizamos vestidos imposibles y criticamos besos mal actuados.
Por un par de horas…
No fui Milene. No fui la mujer que se esconde. No fui la que huye.
Fui solo una chica en pijama, soñando con tacones imposibles, riendo con su mejor amiga, pretendiendo que el mundo no estaba esperando afuera.
Y por primera vez en mucho tiempo…
eso fue suficiente.