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Firmé el Divorcio y el Dueño del Morro Enloqueció

Firmé el Divorcio y el Dueño del Morro Enloqueció

Status: Terminada
Genre:Amante arrepentido / Completas
Popularitas:1.2k
Nilai: 5
nombre de autor: Raven

Durante ocho años, Manuela lo dio todo por Caio, el hombre que manda en el Morro del Faro. Cuando él le pone el divorcio enfrente, ella no ruega. Firma.

Lo que Caio no sabe es lo que ella se lleva consigo, ni lo que deja atrás.

Cinco años después, Manuela regresa. Ya no es la mujer callada de la casa del morro, sino la gestora de Golondrina, una empresa que viene a construir donde otros solo supieron remover. Trae un nombre respetado, un equipo que confía en ella y una sola razón para volver al lugar donde más le dolió quedarse.

Del otro lado de la calle, una niña de cinco años tararea una melodía que Manuela conoce demasiado bien.

Caio descubre, tarde, todo lo que no quiso ver. Ahora quiere repararlo, y ella ya no está obligada a perdonarlo. Entre la lealtad de un morro entero, los enemigos que se mueven en silencio y un pasado que no termina de cerrarse, los dos tendrán que decidir qué se puede reconstruir y qué es mejor dejar donde está.

NovelToon tiene autorización de Raven para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 2 — "Cuando nazca la criatura"

...MANU...

El carro sube la cuesta despacio, con el motor jalando contra el barro seco.

Gilmar maneja callado, con el ojo más puesto en el retrovisor que en la calle.

Antes de subir, pasamos por el departamento de Bianca. Caio la acompaña hasta la portería, le pide que descanse el pie y regresa al carro, donde yo espero con Gilmar. Solo entonces seguimos hacia el Faro.

Voy en el asiento de atrás, pegada a la puerta, lo más lejos que se puede. El olor a perfume de muchacha sigue en el cuero. El osito rosa continúa en el tablero, mirándome fijo.

Caio ni me mira cuando habla. Mira por la ventana, el morro que pasa.

—¿Es niño o niña?

Su voz no tiene ninguna curiosidad. Tiene el tono de quien revisa un punto de una lista.

—Niña —respondo.

Algo en su cara se cierra todavía más, si es que cabía. Ni alivio, ni decepción. Solo más frío.

Yo veo eso y pienso, con una calma que me asusta: ni siquiera sabe que esta niña es lo mejor que le va a dar la vida.

—Cuando nazca la criatura, nos separamos —dice Caio.

Así. Sin preparar nada, sin bajar la voz por Gilmar, sin siquiera voltear la cara. Igual que si dijera que va a cambiar de carro.

No respondo enseguida.

Y es mi silencio, no mi panza, lo que por fin hace que Caio vuelva la cabeza.

—¿Me oíste?

—Te oí.

Me sostiene la mirada un segundo más, esperando el resto. El llanto, la mano agarrándole la manga, el "¿por qué, Caio, si yo hago todo?". El guion de ocho años.

Como el resto no llega, continúa él mismo, casi con rabia por su propia incomodidad:

—Yo nunca te mentí. Me casé contigo porque eras callada. No dabas lata, no hacías escenas, no fastidiabas.

Se encoge de hombros, con el ojo todavía en la ventana, como si hablara del clima.

—Pensé que iba a ser fácil. Una mujer en la casa que no iba a estorbar mi vida. Eso es todo lo que siempre fuiste.

—Nunca fuiste más que eso.

Esa es la parte que duele.

No el "nos separamos"; ese ya lo esperaba desde hacía tiempo. Lo que duele es descubrir, con todas las letras, que para él nunca fui ni siquiera la villana.

En su cabeza yo nunca fui una mujer que lo planeó por amor. Fui un mueble que escogió porque no hacía ruido.

—La niña se queda —añade todavía, y ahora la voz se le endurece distinto, sin rendija—. Es una Vidal. Nace y crece en el Faro.

—Tú sigues con tu vida, pero la criatura es mía.

Pongo la mano debajo de la panza, despacio, como quien protege algo de un viento frío.

No digo nada. Pero guardo esa frase también. La guardo como se guarda una deuda que un día se cobra.

Gilmar mueve el volante y suelta, bajito, con el tono de quien sabe que al patrón le gusta oírlo:

—Ya era hora, patrón. A una mujer así se la despacha rápido.

Guardo la voz de Gilmar en un rincón, junto a todas las demás cosas que voy a dejar de dejar pasar.

Suena el celular dentro de mi bolso. Un número que me sé de memoria y que hace meses no me atrevo a contestar de verdad.

Contesto.

—Profesor David.

—Manuela.

La voz del otro lado es tranquila, de esas que nunca suben.

—Apareció una plaza. Beca completa, maestría, fuera del país. Me acordé de ti antes que de cualquier otro alumno.

—Sé que ahora, con el embarazo, a lo mejor no es el momento, así que si tú no…

—Quiero.

Me sale antes de pensarlo. Sale de lo hondo, de un lugar que llevaba ocho años esperando que alguien abriera la puerta.

Del otro lado, David se queda un instante callado, sorprendido por lo rápido.

—Ni preguntaste adónde es.

—No importa adónde sea. —Y por primera vez en todo el día mi voz no tiembla—. ¿A qué hora quiere que vaya mañana?

Se ríe bajito del otro lado. No es una risa de burla.

—Eras la mejor alumna que he tenido, Manuela. Mejor que gente que hoy gana en dólares. Nunca entendí por qué lo dejaste todo para volverte la mujer para todo de ese hombre.

Una pausa.

—Pero eso es asunto tuyo. Mañana, diez de la mañana, mi oficina.

—Ahí estaré.

Cuelgo. Guardo el celular.

Y solo entonces noto que la mano que sostenía el aparato está firme. Firme de una manera que hacía mucho no sentía.

En el asiento de adelante, Caio me observa por el retrovisor. No alcanza a verme la cara entera, solo los ojos. Y hay algo en mis ojos que no reconoce.

Conoce a la Manuela que baja la cabeza. A la que corre detrás de él con un café que no pidió.

Esta mujer del asiento de atrás, mirando por la ventana como si el carro de él fuera solo un carro, a esta no la conoce.

Y, sin saber por qué, eso lo incomoda más que cualquier llanto.

—¿Quién era? —pregunta.

No aparto los ojos de la ventana. Allá arriba el faro viejo recorta el cielo, la curva de siempre, el morro de siempre.

—Nadie que te incumba —respondo.

Caio se queda un instante sin reacción.

En ocho años, nunca le había contestado así. Sin rabia, sin miedo, solo una puerta educada cerrándose en su cara.

Abre la boca y me mira. Espero el regaño, pero Caio aprieta la mandíbula y mira al frente; Gilmar reduce la velocidad cerca del portón. Me quedo con el bolso en el regazo, sin explicar el compromiso.

Gilmar vuelve a mirar por el retrovisor, esperando que el patrón me ponga en mi lugar. El patrón no lo hace.

El carro llega al portón de su casa. Caio baja primero. No me abre la puerta; nunca la abre.

Bajo sola, una mano bajo la panza, y paso junto a él sin prisa, subiendo los escalones de la casa que nunca fue mía.

Por primera vez, es Caio quien se queda parado en el portón, viendo mi espalda perderse puerta adentro.

Y yo, que pasé ocho años rezando para que me mirara así, descubro que ahora ya no me importa en lo más mínimo.

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