Cinco años de matrimonio empañados por la distancia y un embarazo fallido llevan a Victor y Victoria al inevitable divorcio. El acuerdo es pacífico y la separación, inminente. Cada uno toma su propio camino; sin embargo, no pasa mucho tiempo antes de que el frío y reservado Victor Song descubra que desatarse del pasado es imposible cuando la mujer que dejó ir sigue siendo la única que desea.
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Revelaciones Que No Estaban En Mi Carta De Bingo
Incluso después de su despedida, no pude dejar de pensar en las palabras de Leo. Mi teléfono seguía en manos del técnico y debido a la confidencialidad del asunto, mi círculo de información se disminuía entre el médico, las enfermeras y Victoria, dejando a Ginny de lado porque ella estaba enfocada en descubrir a su amenazador. Así que se volvía completamente difícil tratar de descubrir las intenciones de Victoria teniendo a prácticamente nadie de mi lado.
—Señor Song, es momento de tomar el medicamento.
La enfermera en turno se acercó con la amabilidad de siempre. En sus manos llevaba una charola la medicina y mi expediente donde tomaba las notas de mi recuperación. Sin opción a una oposición, acepté la pastilla y el vaso con agua mientras ella se hacía con las hojas y su pluma, revisando mis signos en el aparato.
—¿Cómo se siente? ¿Los dolores han aparecido?
—La visita de mi asistente me provocó punzadas en la cabeza.
—Es normal, los sonidos altos y la saturación de información activa su cerebro y con ello a los dolores. La señora Victoria nos contó de su vivencia con el estrés continuo, así que estamos tomando todas las medidas correspondientes.
—Victoria… ¿Ella ha estado tomando decisiones?
La enfermera dejó de lado la tabla con las hojas. Se sacó de la bolsa las gasas y las vendas nuevas y se colocó a mi costado, lista para cambiar el vendaje de mi hombro.
—La misma señora Victoria se reunió con el director y su médico en una reunión para establecer algunas limitaciones —explicó, retirando la venda—. Somos solo pocos los que sabemos de su estadía en el hospital, se nos hizo firmar un contrato de privacidad y ser muy discretos con la información… Su esposa realmente se ha estado preocupando mucho por usted, y es gracias a ella que pronto podrá volver a casa.
Miré a la enfermera y esta me sonrió como si no me hubiera lanzado la piedra más dolorosa sin aviso previo. Me quedé en silencio, dejando que se encargara de limpiar las heridas y hacer su trabajo sin más interrupción de mi parte, aunque por dentro me estaba deshaciendo por la tanta información que había recibido de una.
Y es que, en comparación con las palabras de Leo, las acciones de Victoria parecían más los actos de servicio que expresaban una amabilidad absoluta y no que estaba siendo encerrado como un animal en cautiverio.
—¿Siente incomodidad?
La enfermera preguntó y la miré con el gesto en blanco, apenas reconociendo algunas de las palabras que había soltado. Señaló el vendaje en mi brazo y asentí a la pregunta, provocando que ella se mostrara satisfecha con el resultado.
Un ligero mareo me hizo perder el control de mis manos, el mundo empezó a moverse con una suavidad espeluznante que se sentía como si algo me arrastrara a un sitio al que no quería ir. Mi vista empezaba a desenfocar las cosas, pero por mucho que me sintiera en la perdición, fue la llegada de Victoria lo que me hizo recuperar un poco de mi buen juicio.
—Señora Victoria —le saludó la enfermera.
—¿Todo bien?
—Sí, ya ha tomado el medicamento, así que se quedará dormido en un instante.
Mi mirada se cruzó con la de Victoria y esta asintió hacia la enfermera, permitiéndole salir de la habitación. El suave clic de la puerta desembocó un silencio acogedor y como acto de magia, mi cuerpo dejó de pelear por mantenerse recto. Dentro de un sosiego que no sabía que podía sentir, me recosté en la cama sin quitarle la mirada a Victoria.
Ella no habló después de todo. Dejó su bolsa en la mesita y se acercó a la pared para apagar por completo la luz. El suelo apenas se distinguió por la apertura pequeña de las persianas en pleno atardecer, y aquello fue lo que me permitió vigilar su camino hasta el asiento al costado de la cama. Su silueta fue evidente, su mano se extendió y la caricia llegó a mi coronilla bajo una delicadeza que creí irreal.
—Déjame hacerme cargo del evento de tu padre —murmuró.
—De ninguna manera.
—Tu salud no estaba bien y no lo va a estar si no descansas como debes hacerlo —me tomó la mano—. Ya arreglé todo para que puedas volver mañana a casa, pero si no tomas las precauciones debidas, me temo que tu nuevo hogar será esta habitación.
—¿No te dije que no volvieras? Ya no tienes que estar aquí y mucho menos, tratando de persuadirme para esas mierdas.
Victoria no se alejó, ni siquiera me soltó. Sus dedos se entrelazaron con los míos y acarició mi dorso con la que tenía libre. El estomagó se me revolvió en un sentimiento de dolorosa decepción, buscando de manera casi desquiciada el poder comprobar el realismo absoluto de la situación. Necesitaba estar en mis completos cinco sentidos para entender que ella me estaba sosteniendo con la fuerza que no sabía que tenía, y habría deseado descubrir en otro escenario más reconfortante.
Suspiró con su debida frustración y se quedó en silencio tan solo un par de segundos.
—¿Por qué no me dejas devolverte lo que me diste?
—¿Qué?
—Cuando tuve el aborto… Todas esas noches de insomnio que te cobraron esta factura.
—No sé de qué estás hablando Victoria.
—Claro que lo sé —dejó un apretón—. Sé perfectamente que tú estuviste cuidando de mí durante toda mi recuperación, y antes de que culpes a alguien, déjame decirte que fui yo misma la que te descubrió. Así que déjame cuidar de ti.
Como una puerta recién abierta, mi mente se regresó a aquellos recuerdos. Mi llegada de Tokio había sido directamente al hospital, y el punto más bajo de la empresa surgió principalmente porque mi atención completa estaba dirigida a la recuperación de Victoria. La migraña que hoy tanto me atormentaba, junto a los miles problemas de salud habían surgido de esa temporada. Y más allá de consecuencias de malos hábitos, yo los percibí como el mero Karma de mi maldita cobardía.
Pero solo hasta ahora supe que Victoria siempre fue consciente de mi presencia ahí.
—Hasta que pueda solucionar el papeleo de mi mudanza, me quedaré y cuidaré de ti —declaró.