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La Mujer del Capo

La Mujer del Capo

Status: Terminada
Genre:Posesivo / Intrigante / Mafia / Amor a primera vista / Completas
Popularitas:7.6k
Nilai: 5
nombre de autor: Izuki

Renata Solís nunca imaginó que una cara del pasado volvería a destruirle la vida.

Profesora de idiomas en la Universidad Nacional de Miravalle, inteligente, independiente y con un futuro prometedor, Renata cree haber dejado atrás la noche más oscura de su existencia. Hasta que lo ve a *él* —Dante Montero, heredero del imperio más poderoso de la ciudad— y reconoce en su rostro al hombre que debería estar muerto.

Dante Montero no es quien dice ser. Detrás del traje a medida, la torre de cristal y el apellido que hace temblar a jueces y políticos, se esconde un secreto capaz de destruir a toda una dinastía. Y Renata es la única persona viva que puede demostrarlo.

Pero Dante tiene sus propias armas. Cuando la deuda de su padre cae en manos de los Montero, Renata se ve atrapada en un pacto imposible: acompañarlo, guardar silencio, fingir ser su mujer ante el mundo... o perderlo todo.

Lo que ninguno de los dos esperaba era esto: que la trampa se convirtiera en un juego, el juego en obsesión, y la obsesión en algo que ninguno sabe nombrar.

Ella busca la verdad. Él protege su mentira.
Ella planea huir. Él se asegura de que no pueda irse.
Ella jura que no va a caer. Él ya cayó hace mucho.

En un mundo de lealtades compradas, secretos de familia y balas que no perdonan, Renata tendrá que decidir: ¿revelar al monstruo que se esconde detrás de Dante Montero... o salvar al hombre que se esconde detrás del monstruo?

*Porque en esta historia, la jaula tiene dos prisioneros.*

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Capítulo 20

Capítulo 20

La mesa del patriarca

La segunda vez que Renata entró en la Hacienda de los Montero, sabía lo que le esperaba. O creía saberlo.

Joaquín la recogió a las cinco de la tarde. El vestido de esa noche era nuevo —verde oscuro, cuello alto, mangas largas pese al calor— y los zapatos planos de siempre. Dante se los había enviado con Conchita esa mañana, sin nota, sin explicación, como quien deja comida para un animal que aún no confía en él.

La Hacienda estaba distinta. La primera vez había sido una cena privada, íntima, seis personas alrededor de una mesa. Esta vez había más de veinte coches estacionados en el camino empedrado, faroles adicionales iluminando el patio, y el murmullo colectivo de un clan reunido.

Era la cena trimestral de los Montero. Todas las ramas de la familia bajo un mismo techo: primos, tíos, cuñados, sobrinos, el ecosistema completo de un apellido que en Miravalle valía más que una escritura.

Renata entró del brazo de Dante. Lo sintió tenso —un endurecimiento mínimo del antebrazo bajo la tela de la camisa— que desapareció en cuanto cruzaron el umbral. Puso su cara pública: mandíbula relajada, media sonrisa, ojos que recorrían el salón como si todo le resultara familiar.

El patio central estaba montado para un cóctel. Meseros con charolas de plata, una barra de bebidas junto a la fuente de cantera, y racimos de gente en grupos de tres o cuatro, hablando en voz baja con copas en la mano. La luz de los faroles daba a todo un tono dorado, de pintura al óleo.

Renata fue examinada antes de que le dieran tiempo de tomar una copa.

Una mujer de cuarenta y tantos años, con vestido rojo y collar de oro grueso, se acercó sonriendo. Marcos la había mencionado alguna vez: su hermana, Valentina.

—Tú debes ser la famosa Profesora. —Le dio un beso en la mejilla que no tocó la piel—. ¿Y cuánto tiempo piensas que vas a durar?

La pregunta era un cuchillo envuelto en seda.

—El suficiente —dijo Renata.

Valentina rio —una risa de cristal que se rompió al instante— y se fue a buscar champán. Renata la vio alejarse y archivó el intercambio: enemiga confirmada, nivel de amenaza bajo, utilidad informativa nula.

Dante la condujo al comedor. La mesa era más larga que la de la primera cena: veintidós sillas, manteles blancos, candelabros de plata vieja. Don Aurelio ya estaba sentado en la cabecera, con el bastón apoyado contra la mesa y un vaso de mezcal frente a él. A su lado, Tía Remedios, de negro como siempre, con la expresión de una mujer que ha llegado a una fiesta solo para vigilar que nadie se divierta demasiado.

La cena empezó con una sopa de tortilla que olía a epazote y chile guajillo. Don Aurelio presidió la conversación con la autoridad tranquila de un director de orquesta: daba la palabra, cortaba tangentes, y de vez en cuando lanzaba una pregunta a algún miembro de la familia que sonaba a examen.

Cuando el tema llegó a la expansión comercial de Grupo Montero hacia Centroamérica, Don Aurelio mencionó un problema con regulaciones de importación en Guatemala.

—Fermín dice que el marco legal cambió el año pasado —dijo Don Aurelio, mirando la mesa como quien espera que alguien resuelva un acertijo.

Fermín, sentado tres sillas a la izquierda, asintió con la cabeza gacha de un subordinado que no quiere hablar demasiado.

—Cambió —dijo Renata.

Veintidós pares de ojos se posaron en ella.

—El decreto 14-2025 modificó los aranceles de importación para bienes industriales. Pero hay una excepción para consorcios con inversión social certificada. Si Grupo Montero presenta un convenio de desarrollo comunitario en el departamento de destino, la tarifa se reduce un cuarenta por ciento. Lo publicó la Superintendencia de Administración Tributaria en febrero.

El silencio fue tan denso que Renata pudo escuchar el chisporroteo de las velas.

Don Aurelio dejó los cubiertos sobre el plato. La miró durante tres segundos —tres segundos largos, de los que se sienten como treinta— y se giró hacia Dante.

—Bien elegida.

Dos palabras. Pero en la boca de Don Aurelio, dos palabras eran un veredicto. Marcos apretó su copa de vino. Fermín parpadeó. Tía Remedios no se movió, pero algo en su postura cambió: la rigidez de quien recibe un golpe y decide que la siguiente ronda será suya.

La cena continuó. Cordero al horno, arroz con azafrán, chiles rellenos de picadillo. Renata comió poco y escuchó mucho. Los Montero hablaban entre ellos con la familiaridad violenta de las familias de poder: cariño y amenaza en la misma frase, lealtad y cálculo en el mismo brindis.

Llegó el postre. Flan napolitano con caramelo y un café de olla que la cocinera sirvió en tazas de barro. Fue entonces cuando Tía Remedios atacó.

—Oye, querida. —Su voz cortó la mesa como un alambre—. Tu padre... ¿no es ese Don Ricardo Solís que tiene ciertos problemas con una deuda?

La mesa se detuvo. No hubo un cambio de tema ni una tos oportuna. Solo el silencio completo de veintidós personas mirando a Renata.

La trampa era obvia: establecer que Renata estaba ahí por necesidad, no por mérito. Reducirla a una deudora, a una mujer que vendía compañía para pagar las cuentas de su padre. Tía Remedios no la estaba insultando; la estaba clasificando.

Renata dejó el tenedor del flan sobre el plato. El clic del metal contra la cerámica fue el único sonido.

—Mi padre es un hombre honesto que cumple con sus obligaciones —dijo. La voz era tranquila, clara, proyectada con la técnica de alguien que ha enseñado retórica durante años—. En mi familia, el honor no se hereda. Se construye cada día.

Las palabras aterrizaron en el centro de la mesa como una granada silenciosa. Todos entendieron lo que no dijo: que en la familia Montero, el honor se heredaba. Y que lo que se heredaba no siempre era honorable.

Don Aurelio fue el primero en reaccionar. Se rio. No una carcajada —Don Aurelio no hacía carcajadas— sino una risa corta, seca, genuinamente divertida, como alguien que ve una jugada inesperada en una partida que pensaba predecible.

Marcos tenía la mandíbula apretada. Valentina miraba su plato. Tía Remedios dobló su servilleta con movimientos precisos y no volvió a hablar en toda la noche.

Y Dante.

Renata lo miró de reojo y vio algo que no había visto antes. No la mirada calculadora del hombre que evaluaba sus traducciones. No la frialdad del negociador que cortaba frases como bisturíes. Era otra cosa. Algo que se parecía a lo que se siente cuando una nota musical te toca un nervio que no sabías que tenías. Una fractura mínima en la superficie pulida. Sus ojos estaban fijos en ella, y por primera vez, Renata no pudo leer lo que contenían.

---

Después de la cena, mientras los invitados se dispersaban por el patio con copas de digestivo, Renata salió al jardín trasero de la Hacienda. Necesitaba respirar. El jardín era un laberinto de bugambilias y jacarandas, con senderos de piedra que se perdían entre la vegetación. Al fondo se veía la sierra recortada contra un cielo lleno de estrellas.

Caminó por un sendero lateral, alejándose de las voces. Al pasar frente al ala oeste de la Hacienda, vio a una mujer de uniforme —una de las empleadas domésticas— salir por una puerta baja que Renata no había notado antes. La mujer cerró la puerta con llave, se guardó la llave en el bolsillo del delantal, y se alejó por el pasillo exterior sin mirar atrás.

Renata se acercó a la puerta. Era de madera vieja, más angosta que las demás, con una cerradura de hierro que parecía antigua. Detrás de ella, una escalera bajaba hacia la oscuridad.

Un sótano. O una bodega. O algo que la Hacienda de los Montero guardaba debajo de su belleza de postal.

Archivó la ubicación: ala oeste, tercera puerta después de la fuente del jardín, cerradura de llave mecánica. La exploraría cuando tuviera la oportunidad.

---

En la camioneta de regreso, Dante no se sentó adelante con Joaquín. Se sentó atrás, junto a Renata.

El camino a Miravalle era oscuro. Los faros de la camioneta cortaban la noche como cuchillos. Dentro, el silencio tenía una textura diferente a la de otras veces: no era la distancia habitual entre un patrón y su subordinada, sino algo más denso, más consciente, como si ambos supieran que algo había cambiado en la cena y ninguno quisiera ser el primero en nombrarlo.

Faltaban cinco minutos para llegar a Torre Montero cuando Dante habló.

—Lo que dijiste sobre el honor. —Hizo una pausa. La ciudad empezaba a aparecer por la ventana: faroles, edificios, la silueta de Torre Montero al fondo—. ¿Lo crees de verdad?

Renata giró la cabeza. En la penumbra del asiento trasero, la cara de Dante estaba medio iluminada por las luces de la calle que pasaban como ráfagas. No era la cara del Jefe. No era la cara del negociador ni la del anfitrión ni la del hombre que mandaba vestidos sin tarjeta. Era la cara de alguien que quería saber una cosa y no estaba seguro de querer escuchar la respuesta.

—Cada palabra —dijo Renata.

Dante la miró un momento más. Después se giró hacia la ventana y no dijo nada el resto del camino.

Renata cerró los ojos y reconstruyó la noche desde el principio: la sopa de tortilla, el decreto guatemalteco, la pregunta de Tía Remedios, su propia respuesta, la risa de Don Aurelio, la puerta del ala oeste. Todo archivado, todo ordenado, todo bajo control.

Excepto la forma en que Dante la había mirado después de su respuesta. Eso no sabía dónde archivarlo. Y eso, más que cualquier puerta secreta o cerradura vieja, era lo que la mantenía despierta.

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Luz Mary Gomez Sierra
mucha adrenalina toda la novela gracias autora espero haya epílogo
Luz Mary Gomez Sierra
yo estoy nerviosa con un nudo en el estómago ya mismo le diría la verdad
Luz Mary Gomez Sierra
en la oficina de la u no vio en el techo la USB que escondió ahí?
Luz Mary Gomez Sierra
no me diga que Nico ya la encontró y mínimo Andrés ya tiene otro amor
Luz Mary Gomez Sierra
bueno Renata estás jugando a dos bandas al tiempo no has roto la relación con Andrés creo que eso traerá problemas no crees?
Luz Mary Gomez Sierra
párese que soy yo tengo miedo de llegar por favor mi corazón se va a salir de mi pecho
Luz Mary Gomez Sierra
ya está más enamorada de el acéptalo Renata entonces que pasa con el amor de Andrés
Graciela Saiz
hasta acá llegué me canso ..
Graciela Saiz
aburrida 🙄
Graciela Saiz
muy aburrida 🙄
Graciela Saiz
Andrés no se merece la mentira, 😡vos no lo mereces
Luz Mary Gomez Sierra
está niña se está metiendo en la boca del lobo ojalá no le suceda lo que a Tomás es muy arriesgada o valiente psrese que soy yo quien este sufriendo por Andrés
Luz Mary Gomez Sierra
muy arriesgada la profe debió confiar en Andrés el ha sido bueno con ella
Georgina Tejeda
Si le dice a Nico q está esperando un hijo pueda q el se entregue ya q el no tiene la culpa fue el viejo q ahora quiere casarlo con su amiga tiene q ser ahora no después
Nereida Hernández montes
pero no te imaginas que te mandé a vigilar y tenga cámaras en su despacho 😈👿😭 estás jugando con fuego y te puedes quemar 😭
Rosario Pelaez
un poco confusa había diálogos que no concordaban pero pues entretenida
Nereida Hernández montes
Por Dios vete lo más rápido posible
Nereida Hernández montes
Hay debe haber cámaras ocultas trata de no hablar cosas delicados solo escribir y borrar
Nereida Hernández montes
Cuídate mucho
Nereida Hernández montes
Pero yo me preguntó por qué no te disfrazas y escondes los papeles y borra esos mensajes 😈👿😭 estás trabajando para asesinos y con contacto ponte pilas
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