Cuatro años atrás, Lara Rivas lo perdió todo en una sola noche: su familia, su prometido, su nombre y casi la vida. Traicionada por su propia hermana, desapareció sin mirar atrás.
Ahora vuelve a Buenos Aires con otro rostro, otro nombre y dos hijos que son todo su mundo. Solo quiere recuperar lo que le arrebataron y hacer caer a quienes la destruyeron.
Pero Sebastián Ferrer aparece otra vez.
Frío, poderoso y acostumbrado a que nadie le diga que no, Sebastián no logra entender por qué esa mujer le resulta tan familiar. Tampoco por qué sus hijos se parecen tanto a él.
Entre secretos, heridas viejas y una atracción que ninguno de los dos pidió, Lara intenta mantenerse lejos.
El problema es que sus hijos ya eligieron bando.
Y esta vez, el pasado no piensa quedarse enterrado.
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Capítulo 20
Y encima, apenas se vieron, ya habían provocado un malentendido.
A Lara le dolía la cabeza.
—Joaquín, después vas y les explicás a todos. Sos ídolo. Tus fans viven pendientes de si estás soltero o no. Si se arma un rumor, ¿qué hacés con tu carrera?
Los ojos de Joaquín se iluminaron.
—¿Te preocupás por mí?
—No empieces.
—Lo sabía. Te importo.
—Te estoy hablando en serio.
—Yo también. Si pierdo fans por querer a alguien, que se vayan. Los de verdad me siguen por mi trabajo, por lo que hago, no porque esté disponible. Y si hace falta, me paso atrás de cámara. Igual puedo mantenerte a vos y a los chicos.
Lara abrió los ojos.
—¿Estás loco?
—¿Recién te enterás?
Joaquín apoyó una mano en la pared, cerca de su hombro, en un intento descarado de hacerse el seductor.
—Estoy loco por vos.
Lara sintió escalofríos.
Se apartó de un manotazo.
—Corréte. Vine a ver a Mora.
—Ah, Mora. Buena amiga, ¿no? Estamos en el mismo set, sabe que volviste y no me dijo nada. Después arreglo cuentas con ella. Primero arreglamos las nuestras.
—¿Qué cuentas?
La cara de Joaquín se oscureció.
—Me borraste el teléfono, me bloqueaste en WhatsApp y encima te mudaste para que no pudiera encontrarte. Muy prolija, Lara.
Lara miró hacia un costado.
—Dame.
—¿Qué?
—El celular. O me lo das vos, o lo busco en tu cartera.
Lara calculó si podía pisarle el empeine y escapar.
No servía.
Si no la encontraba a ella, iba a perseguir a Mora. No podía dejar de hablarle a su mejor amiga solo para evitarlo.
Sacó el celular de mala gana.
Joaquín se lo arrebató y lo desbloqueó con una clave vieja.
Al ver que funcionaba, levantó una ceja.
—Sabía que eras fiel.
—Soy vaga.
Él le puso el vaso en la mano, sacó su propio celular, abrió el QR y se agregó a WhatsApp. Después guardó su número privado en los contactos de Lara.
—Este es mi número real. Si me necesitás, llamás acá. Y te aviso: si volvés a bloquearme, publico que sos mi novia.
—No se te ocurra.
—Portate bien y no me das motivos.
Cuando terminó, abrió la galería.
El celular estaba lleno de fotos de Benja y Dulce, desde bebés hasta las más nuevas.
Joaquín bajó hasta el final y suspiró.
—Nuestros hijos están enormes. Qué lindos. Esa facha salió a mí.
Lara casi se ahoga.
—Son mi hijo y mi hija.
—Lo tuyo es mío.
—No.
—El carisma lo heredaron de mí.
—Tampoco.
Lara le arrancó el celular de la mano.
—Andá a filmar antes de que te vengan a buscar.
—Venís conmigo. Todavía no viste trabajar a tu futuro marido.
—No quiero.
Joaquín no le dio opción.
Volvió al set arrastrando a Lara como si hubiera recuperado algo que le pertenecía.
Lara intentó mantener distancia.
Él no la dejó.
—Después almorzamos juntos —le dijo, antes de ir hacia su marca.
—No.
—Ese no fue un no convincente.
—Fue un no completo.
Joaquín le guiñó un ojo y se fue.
Candela observó todo desde maquillaje.
Joaquín conocía a Lara.
La trataba con una familiaridad que no fingía.
La había presentado como novia delante de todos.
La rabia le cerró la garganta.
Joaquín era uno de los dos únicos artistas firmados por Luz Films. La productora se había creado por ella, pero Joaquín se había convertido en la verdadera estrella: cantante, actor, ídolo, una máquina de hacer dinero.
Y también él.
También él parecía tener ojos solo para Lara.
—Cande —susurró su asistente—. El director te llama.
Candela volvió en sí.
—Voy.
La escena era simple.
Joaquín, como protagonista, quedaba inconsciente. Mora, como segunda protagonista, había perdido sus poderes. Candela, como heroína, debía acercarse a Mora y patearla de forma torpe, asustada, casi ridícula, mientras decía sus líneas. La gracia estaba en que el personaje era bueno y cobarde, no cruel.
La primera parte salió bien.
Hasta el momento de la patada.
Candela miró a Mora.
Después a Lara, que estaba cerca del monitor.
Sus ojos se endurecieron.
Le dio una patada fuerte en el pecho.
—¡Corte!
El director se levantó.
Candela fue corriendo con cara de culpa.
—Mora, perdón. Me metí demasiado en la escena. ¿Estás bien?
Mora estaba doblada en el piso, sin aire.
Lara llegó en dos zancadas.
—¿Te duele?
Mora le agarró la muñeca.
—No.
Lara cerró los dedos.
Mora negó apenas.
No acá.
Lara tragó la rabia.
—Si está bien, seguimos —dijo Candela, con una sonrisa suave.
La toma no había servido. La expresión de Candela no correspondía al personaje.
El director pidió repetir.
—Candela, controlá la cara. Tu personaje no es una villana. Es una chica buena, asustada, que se hace la valiente. Y la patada es tentativa, no un golpe real.
—Perdón, director. Ya lo ajusto.
Segunda toma.
Candela volvió a patear fuerte.
Mora se puso pálida.
—¡Corte!
El director frunció el ceño.
—Otra vez.
Tercera.
Cuarta.
Quinta.
Cada vez había un problema. La mirada, la fuerza, el gesto, el ritmo. Mora recibió cinco golpes.
El set entero entendió.
Lara estaba al borde de perder el control. Las manos le temblaban de rabia.
Joaquín, que debía estar tirado en el piso fingiendo desmayo, se levantó.
Se paró entre Lara y Candela.
—¿Sabés actuar o no?
Candela se puso roja.
—Joaquín...
—Una escena básica y hacés perder tiempo a todo el equipo. ¿Tan difícil te resulta actuar de buena?
La frase cayó como una cachetada.
—¡Joaquín Luna!
—¿Qué? ¿No se puede decir?
En ese momento, el set se movió.
Sebastián Ferrer entró con Nicolás y el productor.
El director se tensó.
Luz Films era el principal inversor.
Y Sebastián Ferrer no era una visita común.
Candela lo vio y, por instinto, creyó que venía por ella.
—Sebastián...
Él ni siquiera le permitió acercarse.
—Señorita Rivas.
La distancia de ese tratamiento la dejó helada.
—No somos cercanos.
Candela se quedó muda.
Sebastián miró hacia Lara.
Ella estaba rígida, con los ojos rojos de furia, la mandíbula apretada.
Después miró a Mora en el piso.
—¿Qué pasó?
El director explicó la situación con cuidado. No exageró. No encubrió.
Sebastián escuchó sin interrumpir.
Después miró a Candela.
—Invertí en esta producción para obtener resultados, no caprichos.
El director asintió enseguida.
—Sí, señor.
Sebastián señaló a Mora.
—Cambien roles.
Mora levantó la cabeza.
Candela palideció.
—¿Qué?
—Que ella te muestre cómo se hace.
Nadie habló.
Joaquín sonrió, frío.
Lara también se quedó sorprendida.
Sebastián no era un hombre de frases largas, pero esa vez siguió:
—Si después de que te enseñen seguís sin poder actuar, cambien de actriz.
entonces no es la madre de Sebastián
ahora o nunca !!!
pero un poquito más y sacan a la diabla que lleva por dentro /Facepalm//Facepalm//Facepalm/
deja de meterme relleno a la historia y empieza a acomodar las cosas entre Sebastian y Lara, 60 capítulos y no avanzan
busquen ...rápido