En el mundo de Avatar: La Leyenda de Aang, donde la paz parecía finalmente establecida, una amenaza resurge desde las sombras: el temido Loto Rojo. Mientras tanto, en la era moderna, una joven fanática revive por milésima vez la historia del Avatar en su tableta, completamente enamorada del príncipe Zuko. Lo que no imagina es que su destino cambiará para siempre cuando una misteriosa luz azul la transporta a ese mismo universo… pero no como espectadora, sino como una poderosa maestra agua.
Ahora, atrapada en Ciudad República, en un cuerpo que no es el suyo y con una nueva vida rodeada de secretos, descubre una conspiración que amenaza con destruir al Avatar Aang y romper el equilibrio del mundo. Al advertir al Equipo Avatar, se ve envuelta en una batalla peligrosa contra enemigos implacables, donde el honor, la lealtad y el amor serán puestos a prueba.
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Recuperación
Dos semanas habían pasado desde la batalla subterránea.
Dos semanas desde que el Loto Rojo desapareció en las sombras.
La luz del amanecer atravesaba suavemente las cortinas de la habitación de Sereya.
El sonido del viento y de las campanas del templo del Aire llenaba el ambiente con tranquilidad, una tranquilidad que contrastaba completamente con el caos que habían vivido días atrás.
Sereya abrió lentamente los ojos.
—…mmm…
Se incorporó apenas.
Todavía le dolía el cuerpo.
No tanto como antes, pero lo suficiente para recordarle que seguía recuperándose.
Miró hacia un lado.
Y lo vio.
Zuko estaba dormido en una silla junto a la cama, con los brazos cruzados y la cabeza ligeramente inclinada hacia adelante.
Sereya parpadeó.
—…¿otra vez aquí?
Una pequeña sonrisa apareció en su rostro.
En esas dos semanas, Zuko había desarrollado la costumbre de quedarse cerca de Sereya “por si algo pasaba”.
Y según él…
“No era porque le preocupara.”
Claro.
Totalmente creíble.
Sereya lo observó unos segundos más.
El cabello oscuro de Zuko caía sobre parte de su rostro.
Había vendas visibles en sus brazos.
Junto con el leve cansancio que aún no desaparecía de sus facciones.
—…de verdad se quedó dormido…
Intentó levantarse despacio para no despertarlo.
Y casi lo logra.
Porque apenas puso un pie en el suelo...
—¿Qué estás haciendo?
Sereya dio un pequeño salto.
—¡MIÉRCOLES!
Zuko abrió un ojo.
—…¿por qué gritas?
Sereya se llevó una mano al pecho.
—¡Porque lo dijiste como si fueras un fantasma!
Zuko frunció ligeramente el ceño.
—Estaba literalmente aquí sentado.
—¡Sí, pero estabas dormido!
—Ahora no.
Sereya soltó una pequeña risa nerviosa.
—Casi me da un infarto.
Zuko bostezó ligeramente.
—Exagerada.
—Lo dice el hombre que duerme sentado.
Zuko abrió ambos ojos lentamente.
—No estaba dormido.
Sereya lo miró en silencio.
—…roncaste.
—No ronco.
—Sí roncas.
—No.
—Sí.
—No.
—Bueno, entonces los fantasmas del templo hacen sonidos raros mientras duermes.
Zuko la miró serio.
Sereya aguantó dos segundos…
Y soltó una risa.
Para sorpresa de ambos…
Zuko también sonrió un poco.
Los días habían cambiado entre ellos.
Después de la batalla…
La tensión desapareció lentamente.
Ya no había desconfianza.
—Deberías volver a acostarte —dijo Zuko mientras se levantaba.
Sereya cruzó los brazos.
—Ya llevo días acostada.
—Porque estabas herida.
—Y tú también.
Zuko desvió ligeramente la mirada.
—Estoy bien.
Sereya alzó una ceja.
—Ah, sí, claro. El clásico “estoy bien” del hombre del que casi explota protegiéndome.
Zuko suspiró.
—No voy a discutir esto temprano.
—Porque sabes que tengo razón.
—No la tienes.
—La tengo.
—No.
—Sí.
Zuko la miró.
Sereya lo miró de vuelta.
Y luego…
Ambos comenzaron a reír un poco.
Más tarde, el comedor del templo estaba lleno de movimiento.
Aang ayudaba a organizar algunas cosas mientras hablaba animadamente con los cuidadores del templo.
Katara preparaba hierbas medicinales.
Y Iroh… estaba tomando té.
Obviamente.
—El equilibrio del mundo depende de una buena infusión —declaró tranquilamente.
Katara rodó los ojos.
—Claro, general Iroh.
Sereya entró junto con Zuko.
Y Aang sonrió inmediatamente.
—¡Sereya! ¡Ya te ves mucho mejor!
Sereya sonrió.
—Gracias.
Katara la observó de arriba abajo.
—Aún necesitas descansar.
—Todos me dicen eso.
Zuko tomó asiento.
—Porque es verdad.
Sereya lo señaló.
—Tú también.
Iroh sonrió lentamente.
—Qué considerada.
Zuko sospechó inmediatamente.
—Tío…
Iroh tomó un sorbo de té.
—Es agradable ver cómo se preocupan mutuamente.
Sereya casi se atragantó por su propia saliva.
Zuko cerró los ojos lentamente.
—Ya empezó…
Aang miró entre ambos.
Luego sonrió.
—Ohhhh…
Katara ocultó una pequeña sonrisa detrás de su taza.
Sereya sintió calor en el rostro.
—¡No es eso!
Iroh levantó una ceja.
—¿No?
—¡No!
Zuko suspiró.
—Tío.
Iroh sonrió tranquilamente.
—Solo digo que alguien pasa mucho tiempo en cierta habitación.
Sereya bajó la mirada.
Zuko masajeó el puente de su nariz.
—Necesito una buena taza de té.
Esa misma tarde…
Katara encontró a Sereya sentada en uno de los balcones del templo.
El viento movía suavemente su cabello blanco mientras observaba la ciudad a lo lejos.
—¿Estás reflexionando? —preguntó Katara.
Sereya sonrió apenas.
—Un poco.
Katara se apoyó a su lado.
—Eso significa que ya estás mejor.
Sereya soltó una pequeña risa.
—Supongo.
Hubo un momento de silencio.
—Gracias —dijo Sereya de repente.
Katara la miró.
—¿Por qué?
—Por salvarme… por cuidarme… y por confiar de alguna manera en mí al final.
Katara la observó unos segundos.
Luego sonrió suavemente.
—Te ganaste esa confianza.
Sereya bajó la mirada.
—Zuko no parecía muy convencido al inicio.
Katara soltó una pequeña risa.
—Zuko sospecha hasta de su propia sombra.
—Eso explica muchas cosas.
Katara sonrió más.
—Pero también es alguien que protege mucho a las personas que le importan.
Sereya sintió que su corazón daba un pequeño salto.
—…oh.
Katara la miró de reojo.
—Y créeme… nunca lo había visto quedarse dos semanas enteras cuidando a alguien.
Sereya abrió los ojos.
—¿Dos semanas?
Katara asintió.
—Apenas dormía.
Sereya se quedó en silencio.
El viento sopló suavemente.
En la noche…
El templo estaba tranquilo.
Las luces eran suaves.
El aire fresco.
Y el sonido de los grillos acompañaba el silencio.
Sereya caminaba por uno de los pasillos cuando vio a Zuko sentado cerca de un pequeño estanque.
Solo.
Observando el agua.
Se acercó lentamente.
—¿No puedes dormir?
Zuko levantó la mirada.
—Podría preguntarte lo mismo.
Sereya tomó asiento a su lado.
—Touché.
Hubo un momento de silencio.
—Gracias —dijo ella finalmente.
Zuko la miró.
—¿Por qué?
—Por salvarme.
Zuko bajó un poco la mirada hacia el agua.
—Lo haría otra vez.
La respuesta fue inmediata.
Natural.
Y eso hizo que el corazón de Sereya se acelerara.
—…aun si vuelves a explotar casi conmigo encima.
Zuko soltó una pequeña risa nasal.
—lo haría de todas maneras.
Sereya lo observó.
Zuko giró un poco hacia ella.
—Cuando pensé que ibas a morir…
Su voz bajó apenas.
—…sentí miedo.
Sereya se quedó inmóvil.
Zuko no apartó la mirada.
—Mucho.