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AMAR LO PROHIBIDO

AMAR LO PROHIBIDO

Status: En proceso
Genre:Romance / Amor prohibido / Posesivo / Completas
Popularitas:2.3k
Nilai: 5
nombre de autor: RENE TELLO

🔥🔞 Eduardo Álvarez de Toledo creció entendiendo que en su familia el amor tenía jerarquías y que él nunca ocupó el primer lugar. Se marchó para dejar de vivir bajo la sombra de Fabián y, en Barcelona, construyó un imperio propio, elegante y silencioso, que no dependía de su apellido.

No esperaba enamorarse. La conoció cuando ella huía de algo que no quiso explicar. A su lado, Eduardo no era el hermano menor ni el olvidado, sino un hombre libre de su historia. Se enamoró sin saber quién era realmente. Y cuando descubrió la verdad, ya era demasiado tarde.

Kassandra era la esposa de Fabián. Obligada a regresar a un matrimonio que la asfixia, se convierte en el centro de una batalla que Eduardo no eligió, pero tampoco piensa evitar.

Si su hermano pretende retenerla por obligación, Eduardo está dispuesto a enfrentarlo.
Algunos amores llegan fuera de tiempo y algunos hombres no vuelven a perder lo que aman.

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CAPÍTULO 5

El sol de la mañana se filtraba a través de los altos ventanales de la mansión, proyectando franjas doradas sobre el mármol pulido del comedor. Kassandra ajustó el último cubierto sobre la mesa de caoba, sus dedos temblorosos por un instante antes de recuperarse. El aroma del café recién hecho se mezclaba con el perfume frío de las gardenias en el florero central, ese olor que ahora le producía un escalofrío involuntario. Se llevó la taza a los labios, el calor del líquido quemándole la lengua, como si el dolor físico pudiera distraerla de la tensión que le apretaba el pecho.

No había terminado de tragar cuando el sonido de los pasos de Fabián resonó en el pasillo. No eran prisas, ni furia; eran el ritmo medido de un hombre que sabía que el mundo a su alrededor se detenía para él. Kassandra enderezó la espalda, los hombros hacia atrás, la barbilla ligeramente alzada—la postura que él exigía, la máscara que había perfeccionado en seis años de matrimonio. Pero sus nudillos palidecieron alrededor de la porcelana, traicionándola.

—¿Otra vez sola? —La voz de Fabián era suave, casi distraída, como si la pregunta fuera un comentario sobre el clima y no un recordatorio de que cada movimiento suyo estaba bajo vigilancia.

Kassandra giró lentamente, el vestido de seda gris—elegido por él, por supuesto—rozando sus piernas al moverse. Fabián estaba en el umbral, la luz de la mañana delineando su silueta impecable: el traje negro como si acabara de salir de la tintorería, la corbata de seda anudada con precisión quirúrgica, los gemelos de platino brillando al ajustarse las mangas. Sus ojos café la recorrieron de arriba abajo, no con deseo, sino con la frialdad de un coleccionista evaluando una pieza que ya no le satisface del todo.

—Pensé que habías aprendido a ordenar en esta casa solo cuando yo lo permito—. Con una media sonrisa que curvó sus labios. Kassandra conocía el veneno detrás: la promesa de que cualquier desobediencia, por mínima que fuera, sería castigada. No con gritos, ni con golpes—Fabián era demasiado refinado para eso—. El castigo sería peor: silencio prolongado, miradas de decepción en público, la humillación sutil de ser ignorada como si no existiera.

—Buenos días, Fabián—. Su voz no tembló. Ese era su pequeño triunfo: que, después de todo este tiempo, aún podía modular cada sílaba para que sonara serena. Pero el costo era alto; podía sentir el sudor frío deslizándose entre sus omóplatos, pegando la tela del vestido a su piel.

Él avanzó, el olor de su colonia—cuero, tabaco y algo metálico—invadiendo su espacio. No la tocó, pero el calor de su cuerpo se extendió hacia ella como una advertencia. Con movimientos deliberados, se ajustó la corbata, aunque no estaba desalineada, y luego deslizó un dedo por el borde de su copa de cristal, produciendo un sonido agudo que resonó en los huesos de Kassandra.

—Sabes que podrías mejorar, Kassandra—. La forma en que pronunció su nombre era casi un suspiro, como si lamentara tener que decírselo. —Siempre puedes mejorar. Pero nunca lo haces por ti—. Hizo una pausa, dejando que las palabras se asientaran entre ellas como un cuchillo entre costillas. —Solo para que yo no me canse de ti—. Otra pausa. —Tú no decides cuándo irte; yo decido cuándo dejarte.

El estómago de Kassandra se retorció. No era la primera vez que lo escuchaba, pero cada repetición era como un clavo oxidado hundiéndose más profundo. Sabía que no era una amenaza vacía. Fabián había demostrado, una y otra vez, que podía deshacerla con una llamada, un documento, un comentario bien colocado en el oído equivocado. Dependía de su "generosidad". Su abuela, Abu, vivía en esa casa por su permiso. Hasta el aire que respiraba era suyo.

—¿No vas a responder?—. Él inclinó la cabeza, como si su silencio fuera la confirmación de su inferioridad.

—No hay nada que decir—. Kassandra mantuvo la mirada fija en un punto sobre su hombro, evitando sus ojos. Sabía que mirarlo directamente sería un desafío, y Fabián no toleraba desafíos antes del desayuno.

—Ah, pero siempre hay algo que decir—. Su tono era ligero, casi juguetón, como si estuvieran compartiendo un secreto íntimo. —Podrías agradecerme, por ejemplo. O pedirme perdón por esa mirada que acabas de poner—. Sus dedos se cerraron alrededor de su muñeca, no con fuerza, pero con suficiente presión para recordarle que podía apretar más. —O quizá prefieras que hablemos de anoche. De cómo te quedaste tensa como una tabla bajo mí, como si mi toque te repugnara.

Kassandra contuvo el aliento. No reacciones. No le des el gusto. Pero el recuerdo de la noche anterior la golpeó con fuerza: el peso de su cuerpo sobre el suyo, el olor a whisky en su aliento mientras le susurraba órdenes al oído, sus manos sujetándola como si fuera un objeto más de su colección. Había aprendido a desconectarse, a irse a un lugar oscuro dentro de su mente donde no podía alcanzarla. Pero esta mañana, con la luz cruda del día exponiendo cada grieta en su armadura, sentía el asco subiendo por su garganta como bilis.

—Fue un mal día—mintió, forzando una sonrisa que sabía que odiaría. —Estaba cansada.

Fabián soltó una risa baja, sin humor.

—Cansada—. Repitió la palabra como si fuera absurda. —Qué conveniente. Pero no te preocupes, mi amor. Esta noche tendrás energía de sobra—. Sus dedos se deslizaron hacia arriba, rozando el interior de su antebrazo, donde la piel era más sensible. —Después de todo, tenemos invitados. No sería bueno que mi esposa pareciera una muerta en vida, ¿verdad?

Ella no respondió. No confiaba en su voz.

El desayuno transcurrió como siempre: Fabián hablando de fusiones, contratos, el nuevo yate que planeaba comprar—porque un hombre en mi posición no puede permitirse menos—, mientras Kassandra movía la comida en su plato sin probarla. Cada tanto, él lanzaba un comentario, como migajas envenenadas:

—Qué raro que no hayas aprendido a servir el té como a mí me gusta. Seis años, Kassandra, y aún lo haces demasiado fuerte.

—Tu vestido es… adecuado. Aunque el azul te hace parecer pálida. La próxima vez, elige algo que no te haga parecer un fantasma.

—Recuerda sonreír cuando hables con los Martínez. A ellos les gustan las mujeres alegres.

Ella asintió, bebió, asintió de nuevo. Cada palabra era un latigazo, pero había aprendido a no encogerse. Hasta que, al final, mientras el personal recogía los platos, Fabián se recostó en su silla, cruzando las piernas.

—No olvides que representas mi nombre, Kassandra—. Su voz era tranquila, como si estuviera comentando el clima. —La gente recuerda cómo luce la esposa de un hombre como yo, pero nunca lo que piensa.

Ella levantó la vista entonces, solo un segundo, pero fue suficiente para ver la satisfacción en sus ojos. Lo sabe, pensó con amargura. Sabe que me está ahogando y le encanta.

Cuando quedó sola en el comedor, Kassandra exhaló lentamente, los dedos temblando al recoger una servilleta de lino para doblarla. El movimiento repetitivo, las líneas perfectas, la ayudaban a pensar. O a no pensar. A no recordar.

Pero entonces, una ráfaga de viento entró por la ventana entreabierta, trayendo consigo el olor a tierra mojada y algo más: el fantasma de su propio pasado. Se vio a sí misma a los diecisiete años, sentada en el alféizar de su antigua habitación, con un cuaderno de espiral en las manos y la radio sonando música que su madre odiaba. Escribía letras de canciones, planes imposibles, sueños que ahora sabían a ceniza. "Viajaré a París", había anotado en una página, con letras redondas y esperanzadas. "Tocaré el piano en un bar de jazz. Nadie me dirá qué hacer".

La servilleta se arrugó entre sus dedos.

Aquella chica aún existía. Tenía que existir. Porque si no, ¿qué quedaba de ella? Solo una sombra con vestido de seda, una marioneta con el nombre de otro bordado en la piel.

Kassandra cerró los ojos y, por primera vez en años, permitió que la rabia—fría, nítida, perfecta—la recorriera como un relámpago. No era miedo. No era resignación. Era el principio de algo.

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Ana Cilia De La Cruz
por favor la continuación no me dejen en suspenso
Amelia Mirta Fernández
Creo que es más que interesante, que algo tan efímero como la ilusión, la paz interior y el ser útil, para uno misma, se está reflejando lentamente, pero con una fuerza, que comienza a crecer y le da confianza, calor humano, sensibilidad y el hecho de que si, puede. .Me encanta, y espero el resto de la historia. Dos seres perseguidos y martirizados por un energúmeno, soberbio y déspota, pueden unir fuerzas y encontrar amor, comprensión y dulzura, felicidad. Autora no me dejes con las ansias de ver a Kas y Edu, unir fuerzas y brillar con nuevas luces de esperanza . TE ESPERO. GRACIAS❤️❤️❤️❤️
Amelia Mirta Fernández
vamos que tu puedes Kassandra. vas a ser libre del tormento de ese gusano abusador y promiscuo. 😢👏👏👏👏
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