De Rusia a México
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El imperio de los Petrov podía comprar voluntades, silenciar gobiernos y mover fronteras, pero Ivan y Luna descubrieron con amargura que no podían comprar la paz de su hijo mediano. Mientras Vanya convertía sus clases de esgrima en campos de batalla y Masha dictaba órdenes a los escoltas con la seguridad de una zarina, Mikhail se convertía en un enigma de cristal.
Misha no jugaba con soldados de plomo ni pedía autos de lujo. Él se sentaba frente al gran ventanal del despacho de su padre, allí donde el invierno ruso pintaba flores de escarcha en el vidrio, y hablaba en susurros. No hablaba solo; hablaba con "ella".
—Se llama Camila, papá —le dijo un día a Ivan, con una seriedad que helaba la sangre—. Hoy está feliz porque el sol calienta sus macetas. Huele a algo dulce, como a flores naranjas y tierra mojada.
Ivan Petrov, el hombre que no temía a nada, sintió un escalofrío. En Moscú la temperatura rozaba los veinte grados bajo cero y el único olor era el del pino y la pólvora de las prácticas de tiro. Los especialistas, tras cobrar fortunas, hablaban de "mecanismos de defensa" o "fantasía compensatoria por el estrés del entorno". Pero Luna sabía que los ojos de su hijo no mentían. Misha no inventaba un juego; él percibía una existencia.
A miles de kilómetros, bajo el cielo cobalto de la Ciudad de México, el fenómeno se repetía como un espejo invertido. Camila crecía con una vitalidad asombrosa, pero en sus momentos de silencio, se abrazaba el pecho y cerraba los ojos con fuerza.
—¿Te duele algo, mi niña? —le preguntaba su madre, acariciando su piel morena.
—No, mamá. Es solo que "Misha" tiene frío. Está en un lugar muy oscuro y hay mucho ruido de truenos. Tengo que enviarle un poquito de mi sol.
Los Mendoza, gente de fe y de tierra, llevaron a Camila con médicos que hablaron de una imaginación desbordante, y con curanderas que hablaron de "almas gemelas separadas por el gran agua". Camila, con esa chispa imponente en su mirada, simplemente sonreía y seguía sus pláticas con el viento. Les contaba a sus padres que su amigo olía a "nieve y metal", y que a veces sentía una rabia fría que no le pertenecía, una que solo se calmaba cuando ella le cantaba bajito en español.
El vacío de Mikhail se volvió el centro de gravedad de la mansión Petrov. Ivan, desesperado, llegó a pensar que su hijo estaba perdiendo la razón. Pero lo que más le aterraba era la precisión de los relatos del niño. Misha describía sabores que nunca había probado —el picante del chile, el dulzor del piloncillo— y hablaba de una "Virgen Morena" que cuidaba a su amiga.
—Me falta algo aquí, mamá —repetía Misha una y otra vez, presionando su mano contra el esternón—. Siento que alguien se fue y no me avisó.
Luna, la hechicera, observaba a su hijo con una mezcla de orgullo y dolor. Entendía que Misha no estaba enfermo, estaba incompleto. Su hijo era una antena sintonizada en una frecuencia prohibida para el resto de los mortales. Mientras los neurólogos buscaban sinapsis defectuosas, Luna veía a un niño que estaba viviendo dos vidas al mismo tiempo, cargando con el peso de un océano de distancia.
Ivan rodeaba a Luna con sus brazos de oso, sintiendo que su imperio era de papel frente al misterio de su heredero. Había construido un búnker para proteger a su familia del mundo, pero no podía proteger a Misha de su propio destino. El niño estaba en "modo espera", aguardando el día en que la ciencia se rindiera y el azar —o el diseño divino— permitiera que los dos "amigos imaginarios" se dieran cuenta de que la sangre y la distancia eran solo ilusiones.
El drama de los Petrov ya no era solo por el poder o la supervivencia; ahora era una carrera contra la melancolía de un niño que, sin saberlo, ya había entregado su corazón a una niña que florecía en el otro extremo del mundo.