Hace veinte años, la Mansión Blackwood se convirtió en una pira funeraria. Tres niños entraron, pero solo uno fue visto salir con vida. Marta, la pragmática, construyó un imperio sobre las cenizas de su pasado, creyendo que el silencio era su mejor armadura. Pero el fuego no consume los recuerdos; solo los transforma en algo más volátil.
Ahora, las sombras han regresado para reclamar su lugar en el tablero.
Niclaus, el hermano que la historia dio por muerto, ha emergido de las tinieblas convertido en un arma de precisión quirúrgica, movido por una obsesión que roza la locura. Y en medio de su guerra privada se encuentra Elena, la pieza perdida, cuya mente fue fragmentada y reconstruida bajo una identidad falsa para ocultar el secreto más peligroso de la humanidad: la Iniciativa Quimera.
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Capítulo 6: La Habitación de Cristal
La cabaña en el bosque no era un refugio, era un museo de tu propia vida. Mientras los noticieros en la vieja televisión informaban sobre el "trágico accidente" de la esposa de Julián Valmont y la estrepitosa caída del imperio financiero de tu marido, tú observabas a Niclaus.
Él ya no era el hombre de traje impecable de la cena. Ahora, se movía por la cabaña con una energía frenética, casi eléctrica. Había empezado a pintar en las paredes con una mezcla de carboncillo y tierra, recreando los planos detallados de la mansión donde crecieron, pero con una diferencia: en sus dibujos, los pasillos no tenían salida.
I. El Espejismo de la Libertad
—¿Cuándo nos vamos, Niclaus? —preguntaste, sintiendo que el silencio del bosque empezaba a pesar más que el humo del incendio—. Dijiste que cruzaríamos la frontera. Que tendríamos nombres nuevos.
Niclaus dejó de pintar. Se giró lentamente, y por primera vez, viste una grieta en su control. Sus ojos no parpadeaban.
—¿Nombres nuevos? —rio, un sonido que se arrastró por el suelo como cristal roto—. Elena, ya tenemos los únicos nombres que importan. Somos los Niños de las Cenizas. Afuera solo hay ruido. Aquí... aquí finalmente puedo escucharte pensar.
Se acercó a ti y te tomó de las manos vendadas. La sangre de ambos se había secado, pegando vuestras palmas en una unión biológica macabra.
—He pasado años estudiando tu ritmo, Elena. Sé cuánto tardas en inhalar cuando tienes miedo. Sé que tu corazón se acelera cuando menciono al Maestro. No necesitamos el mundo. El mundo nos vendió. El mundo nos quemó. Yo soy tu mundo ahora.
II. La Revelación del "Tercer Niño"
El suspenso dio un vuelco cuando Niclaus sacó una caja metálica que había rescatado del orfanato antes de que colapsara. Dentro no había documentos, sino cintas de audio viejas.
—El Maestro no solo experimentaba con nosotros dos —susurró Niclaus, colocando una cinta en un reproductor desvencijado—. Había un tercer registro. Una "variable de control".
La cinta comenzó a girar con un siseo estático. Una voz infantil, distorsionada por el tiempo, empezó a hablar. Era una niña. Pero no eras tú.
"Hoy Niclaus lloró porque le quitaron su juguete. Elena le dio el suyo, pero el Maestro dice que eso es debilidad. Él dice que pronto solo quedará uno de nosotros. Yo no quiero ser la que se quede. Yo quiero ser la que encienda el fósforo."
Te quedaste sin aliento. Esa voz... era idéntica a la tuya, pero las palabras eran veneno puro.
—¿Quién es ella? —preguntaste, el vello de tus brazos erizándose.
—Es la razón por la que el fuego empezó —dijo Niclaus, acariciando tu mejilla con una ternura aterradora—. Hubo una tercera hermana, Elena. Una que el Maestro ocultó incluso de nuestros padres. Ella fue la que cerró la puerta del sótano por fuera. Ella fue la que te vio correr y se aseguró de que yo no pudiera seguirte.
III. La Paranoia de la Sangre
La intriga se volvió asfixiante. Si había una tercera, ¿dónde estaba ahora? Niclaus se inclinó hacia ti, su rostro a milímetros del tuyo, su obsesión alcanzando un punto de no retorno.
—He pasado veinte años buscándola, Elena. Pensé que ella eras tú. Pensé que tu traición era la prueba de que tú eras la "variable de control". Pero ahora que estamos aquí, ahora que tu sangre está en la mía... siento que ella todavía está afuera. Mirándonos. Esperando a que bajemos la guardia.
De repente, un golpe seco resonó en la puerta de la cabaña. No era un golpe humano; era rítmico, metálico. Como si alguien estuviera golpeando la madera con un soldadito de plomo.
Niclaus se tensó, sus pupilas dilatándose hasta cubrir el iris. Apagó la luz de un manotazo, sumergiendo la cabaña en una oscuridad total, rota solo por el resplandor de las brasas en la chimenea.
—No hagas ruido —te ordenó al oído, su voz apenas un soplido—. Ella ha venido a terminar lo que empezó en el sótano.
Te diste cuenta de la terrible realidad: Niclaus no te había rescatado para darte una vida. Te había llevado allí para usarte como cebo. Su amor era una trampa, su venganza era un laberinto, y tú estabas atrapada entre un hermano que te amaba hasta la locura y una sombra del pasado que quería veros a ambos reducidos a polvo.