Haru creía que el amor era sacrificio. Graduado con honores en Tokio y con un futuro brillante en el arte y las letras, lo dejó todo por un matrimonio de contrato con Ren, un alfa que solo le devolvió desprecio y violencia. Tras tres años de infierno, Ren lo desecha como a un mueble viejo, dejándole solo un pequeño apartamento en un complejo exclusivo.
En el ático de ese mismo edificio vive Kaito Kuroda, el heredero de un imperio que se mueve entre la legalidad empresarial y las sombras de la mafia japonesa. Kaito no cree en el amor romántico; para él, la lealtad solo existe en la sangre. Sin embargo, su paz se ve interrumpida por un vecino ruidoso que huele a miedo y a pintura fresca.
Lo que comienza como roces por paquetes mal entregados y quejas por mudanzas nocturnas, se convierte en una conexión inevitable. Pero la libertad de Haru es una amenaza para el ego de su exesposo.
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Capítulo 13: El Silencio del Acero
Kaito estaba atrapado en una reunión de emergencia en el puerto de Yokohama. Un cargamento de suministros médicos de los Kuroda había sido retenido "misteriosamente" por la aduana, un movimiento desesperado de los aliados políticos de Ren Ichijō. Kaito sabía que era una distracción, pero debía gestionarla personalmente. Su teléfono no tenía señal en los hangares blindados.
En el apartamento 12-B, Haru estaba terminando de limpiar sus pinceles. Por primera vez en días, se sentía casi en paz. Kaito le había prometido que volvería temprano para cenar, y Haru, luchando contra su miedo a la comida, había intentado preparar una sopa sencilla.
De repente, el timbre sonó. Haru se tensó. Kaito tenía llaves y los Kuroda nunca llamaban al timbre.
Se acercó a la mirilla con el corazón martilleando. No vio a nadie. Solo un paquete dejado en el suelo. Pensando que era otro envío de materiales de arte de Kaito, Haru quitó los tres cerrojos y la cadena.
Fue el error más grande de su vida.
En cuanto la puerta se abrió unos centímetros, una bota pesada la empujó con violencia, golpeando a Haru en la frente y lanzándolo hacia atrás. Antes de que pudiera gritar, dos hombres corpulentos, vestidos con ropa oscura y pasamontañas, entraron y cerraron la puerta tras de sí.
—El señor Ichijō envía sus saludos, omega —dijo uno de ellos, con una voz rasposa que destilaba odio—. Dijo que te has vuelto demasiado valiente viviendo en este nido de ratas.
Haru intentó arrastrarse hacia la cocina, buscando un cuchillo, cualquier cosa, pero uno de los hombres lo tomó por el cabello y lo levantó del suelo. El dolor en su cuero cabelludo fue un relámpago que lo transportó de regreso a la mansión.
—¡Por favor! —suplicó Haru, las lágrimas inundando su rostro—. ¡Llévense lo que quieran! ¡Hay dinero en el cajón!
—No queremos dinero —el segundo hombre le propinó un puñetazo seco en el estómago.
Haru cayó de rodillas, vomitando la poca sopa que había logrado comer. El aire se le escapó de los pulmones. Recordó la voz de Kaito diciéndole que nadie volvería a arrodillarlo, pero aquí estaba otra vez, en el suelo, siendo aplastado por la sombra de su exesposo.
—Ren dice que si no puede tenerte como su omega decorativo, te tendrá como un omega roto para siempre —dijo el hombre, sacando una porra de metal expandible—. Vamos a asegurarnos de que esas manos no vuelvan a pintar nada que no sean manchas de sangre.
Lo que siguió fue un calvario de diez minutos que parecieron siglos. Los hombres fueron metódicos. No tocaron su rostro —por orden de Ren, para que pudiera "ver su miseria" en el espejo—, pero se ensañaron con su cuerpo. Golpes en las costillas que apenas sanaban, patadas en los muslos y, finalmente, un pisotón brutal sobre su mano derecha, la mano con la que sostenía el pincel.
Haru escuchó el crujido de sus propios huesos. El dolor fue tan intenso que el mundo se volvió blanco y el grito se quedó atascado en su garganta.
—Esto es para que recuerdes quién es tu dueño —escupieron antes de salir, dejando a Haru tirado en un charco de su propia sangre y pintura azul que se había volcado durante la lucha.
Cuando Kaito finalmente recuperó la señal de su teléfono y vio las alertas de seguridad del edificio que habían sido saboteadas, sintió un vacío gélido en el estómago. Condujo de regreso a Minato como un maníaco, ignorando cada semáforo.
Al llegar al piso 12, encontró la puerta del 12-B entreabierta.
El aroma en el pasillo era insoportable: el olor metálico de la sangre mezclado con el aroma de jazmín podrido del miedo extremo de un omega. Kaito entró con el arma en la mano, sus ojos ámbar encendidos con una sed de sangre que nunca había sentido antes.
—¿Haru?
Lo encontró en la cocina. Haru estaba hecho una bola, temblando violentamente, sollozando en un susurro casi inaudible. Su mano derecha estaba deformada, hinchada y lívida.
Kaito cayó de rodillas a su lado, dejando caer su arma, sin importarle nada más. Intentó tocarlo, pero Haru gritó, un sonido desgarrador de puro terror, y trató de alejarse, golpeando su cabeza contra el gabinete.
—¡No me pegues! ¡Lo siento! ¡Ren, por favor, ya no más! —deliraba Haru, con los ojos vidriosos, sin reconocer a Kaito—. ¡Seré bueno! ¡No comeré! ¡No pintaré! ¡Pero por favor, no me rompas más!
Kaito sintió que su corazón, ese órgano de hielo que creía invulnerable, se partía en mil pedazos. La impotencia lo quemaba. No había llegado a tiempo. Había prometido protección y había fallado.
—Haru... soy yo. Soy Kaito —dijo con la voz rota, dejando que su aura de protección envolviera la habitación con toda su fuerza—. Mírame, pequeño. Estoy aquí. Ya se han ido. Nadie va a volver a tocarte.
Lentamente, Kaito logró envolverlo en sus brazos. Haru se aferró a su camisa, empapándola de sangre y lágrimas, escondiendo el rostro en su cuello.
—Me rompió la mano, Kaito... —sollozó Haru, su voz perdiendo fuerza—. Me quitó lo único que me diste... me quitó el color...
Kaito apretó a Haru contra su pecho, con una expresión de furia tan absoluta que parecía que el edificio mismo iba a colapsar. Miró la mano destrozada de Haru y luego la puerta por la que habían escapado los agresores.
—No te lo han quitado, Haru —susurró Kaito, su voz prometiendo una masacre—. Porque por cada hueso que te han roto, yo voy a enterrar a un miembro de la familia Ichijō. Y Ren... Ren va a desear no haber nacido nunca.
Esa noche, mientras los médicos de los Kuroda operaban la mano de Haru en el ático de Kaito, el mundo criminal de Tokio tembló. Kaito Kuroda había dado una orden única y simple a todo su ejército: "No quiero arrestos. No quiero negociaciones. Quiero que Ren Ichijō vea cómo todo su mundo se quema antes de que yo mismo le arranque el corazón".