COMPLETA
Mudarse parecía la única salida.
Para Andrés, Lili y su hijo Santiago, dejar la ciudad no fue una decisión… fue una necesidad. Una casa barata en un pueblo olvidado les ofrecía algo que ya no tenían: tranquilidad.
Y al principio, eso fue exactamente lo que encontraron.
Silencio. Calma. Espacio para empezar de nuevo.
Pero hay silencios que no son normales.
Y hay lugares donde la oscuridad no solo oculta… sino que observa.
Cuando cae la noche, la casa cambia.
Los rincones se vuelven más profundos. Los pasillos más largos. Y lo que no se ve… comienza a sentirse.
No hay monstruos.
No hay presencias.
Solo algo mucho más peligroso:
La mente.
Porque en la oscuridad, cada pensamiento toma forma…
y lo que imaginas… puede volverse real.
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Capítulo 17 – Lo que queda
La mañana llegó sin que nadie pudiera decir realmente que había dormido. En el pueblo, todo parecía igual desde afuera, las casas en silencio, los ancianos en sus lugares habituales, repitiendo movimientos con la misma precisión de siempre, pero dentro de cada hogar algo se había desgastado, algo que no se recuperaba con descanso ni con tiempo. En la casa de los Oquendo, nadie habló de lo que había pasado la noche anterior, no porque lo hubieran olvidado, sino porque ninguno sabía cómo ponerlo en palabras sin que sonara imposible. Andrés evitaba mirar a los demás, Lili se movía de un lado a otro sin terminar ninguna tarea, y Santiago apenas podía mantenerse en pie, con los ojos hundidos y la mente atrapada entre lo que había visto y lo que aún no entendía.
El recuerdo del tablero no desaparecía. Andrés lo sentía como una imagen fija en algún rincón de su mente, algo que no podía borrar, como si lo que había visto no fuera solo una visión, sino una verdad que se había mostrado sin necesidad de ocultarse. No eran víctimas al azar, no era un caos sin sentido, había un orden, una intención, una forma de elegir. Y eso era peor.
—No fue un sueño —dijo finalmente, casi en un susurro.
Lili se detuvo.
No preguntó qué.
No hacía falta.
—Yo también lo sentí… —respondió, sin mirarlo—. Como si… estuvieran viendo por dentro.
El silencio volvió, pero esta vez no fue incómodo, fue pesado, lleno de cosas que ninguno quería decir en voz alta.
Santiago no dijo nada.
Porque lo suyo era diferente.
Porque el bebé seguía ahí.
—
No había dormido.
No realmente.
Cada vez que cerraba los ojos, lo veía. No siempre en el mismo lugar, no siempre igual, pero siempre presente, siempre con esa expresión que no cambiaba, una mezcla de tristeza y algo más profundo, algo que ya no parecía solo miedo. Esa mañana, incluso despierto, tenía la sensación de que no estaba completamente solo, como si algo lo observara desde un punto que no podía ubicar.
—Mamá… —murmuró de repente.
Lili se giró de inmediato.
—¿Qué pasa?
Santiago dudó.
Por un segundo pensó en no decirlo.
Pero ya no podía seguir guardándolo.
—El bebé… —dijo finalmente—. Lo veo… todas las noches.
El silencio que siguió fue distinto.
Más frío.
Andrés levantó la mirada.
—¿Qué bebé?
Santiago tragó saliva.
—El que desapareció…
Nadie habló por varios segundos.
Porque todos pensaron lo mismo.
Pero nadie quería confirmarlo.
—
En la casa de los Moya, la situación era peor.
Mucho peor.
Los niños seguían en ese estado entre sueño y agotamiento, algunos despertaban por momentos, solo para volver a caer, con el cuerpo pesado, la mirada perdida, como si algo los mantuviera atrapados en un punto del que no podían salir. La madre ya no intentaba entender, solo se movía de uno a otro, comprobando que respiraban, intentando mantenerlos despiertos, pero cada intento terminaba igual, con los cuerpos cediendo, con la energía desapareciendo poco a poco.
El padre estaba sentado en el suelo, apoyado contra la pared, mirando sin ver realmente. No tenía fuerzas para levantarse, ni para pensar con claridad, solo sentía ese cansancio profundo que no correspondía al esfuerzo físico, sino a algo más interno, como si le hubieran quitado algo que no sabía que tenía.
—Esto no es normal… —murmuró la madre, más para sí misma que para él.
Pero él no respondió.
Porque ya lo sabía.
—
La hija mayor fue la única que permaneció consciente más tiempo.
Pero eso no la hacía estar mejor.
Las imágenes no se iban.
Los hilos.
Los ancianos.
La forma en que se movían.
No podía sacarlo de su mente.
Y entonces, sin poder evitarlo, volvió a mirar por la ventana.
Los ancianos estaban ahí.
Como siempre.
Pero ahora…
no podía dejar de verlos como realmente eran.
Vacíos.
Sostenidos.
Controlados.
Y por un instante, creyó ver algo más.
Más arriba.
Más allá de los hilos.
Algo que no lograba distinguir.
—
Se apartó de inmediato.
Como si mirar demasiado fuera peligroso.
—
En la casa de los Herrera, el segundo ciclo comenzó sin aviso.
No hubo preparación.
No hubo advertencia.
Solo ocurrió.
—
El padre fue el primero.
Estaba sentado, intentando mantenerse despierto, cuando la habitación cambió sin cambiar realmente. No desapareció, no se transformó por completo, pero algo dejó de encajar, como si la realidad se volviera más delgada. Frente a él apareció una figura que no había visto antes, alta, demasiado alta para el espacio, con un cuerpo que parecía estar cubierto por algo parecido a piel, pero mal colocada, como si no fuera suya.
La figura no se movió de inmediato.
Solo lo miró.
O al menos eso sintió.
—
El miedo no fue instantáneo.
Fue creciendo.
Lento.
Inevitable.
—
Y cuando la figura dio un paso…
todo dentro de él se tensó.
—
Los diez minutos comenzaron.
—
En ese mismo instante, en otro punto de la casa, la hija mayor vio cómo las paredes parecían respirar, expandiéndose y contrayéndose de forma casi imperceptible, mientras sombras se arrastraban por el suelo, formando manos que no llegaban a tocarla, pero que estaban lo suficientemente cerca como para hacerla retroceder.
El hijo menor escuchó una voz detrás de él.
Una voz que conocía.
Se giró.
No había nadie.
Pero la voz repitió su nombre.
Más cerca.
—
El miedo creció.
—
Y con él…
la sensación de vacío.
—
Como si algo se estuviera llevando partes de ellos.
—
Sin prisa.
—
Sin necesidad de apurarse.
—
—
En la casa de los Oquendo, Santiago cerró los ojos por un segundo.
Y lo vio otra vez.
El bebé.
Pero esta vez…
estaba más cerca.
—
Y por primera vez…
—
parecía estar intentando decir algo.
—
Pero no podía.
—
Y detrás de él…
—
la oscuridad se movió.
—
No como una sombra normal.
—
Sino como algo que lo rodeaba.
—
Como si estuviera atrapado.
—
Santiago abrió los ojos de golpe.
Respirando rápido.
—
—No es solo un sueño… —susurró.
—
Porque ya lo entendía.
—
Todo estaba conectado.
—
El miedo.
—
Las almas.
—
Las familias.
—
El tiempo.
—
Y ese lugar…
—
no era una casa.
—
No era un pueblo.
—
Era algo más.
—
Algo que no terminaba cuando uno cerraba los ojos.
—
Porque seguía ahí.
—
Esperando.
—
A que todos…
—
estuvieran listos.