"Julián me destruyó, pero Alexander me reconstruyó para ser su arma... y su obsesión."
Micaela era una sombra, una mujer invisible que amó al hombre equivocado. Julián Ferrante no solo la abandonó embarazada en un callejón; se aseguró de que el mundo la olvidara. Pero mientras ella daba a luz en el fango, unos ojos grises la observaban desde la oscuridad.
Alexander Rossi, el implacable CEO de Industrias Rossi, no la encontró por milagro. La eligió. La rescató con un contrato de sangre y oro: su vida y la de su hijo a cambio de su libertad. Ahora, Micaela ha regresado. Ya no pide clemencia, exige deudas. Pero tras la máscara de la esposa perfecta del CEO, Micaela descubre que su salvador es un carcelero mucho más peligroso.
En esta guerra de imperios, Micaela aprenderá que el precio de su venganza es pertenecer en cuerpo y alma al hombre que planeó su ascenso mucho antes de que ella cayera.
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El fantasma en la gala
Julián Ferrante no había dormido en tres días. El gemelo de plata sobre su escritorio era una presencia maldita que parecía quemarle los ojos. Había revisado las cámaras de seguridad diez veces, pero solo se veía una sombra borrosa. Su paranoia estaba llegando al límite; gritaba a sus empleados y su esposa, Sofía, ya no soportaba sus ataques de ira.
—¡Es ella, Fabio! ¡Está viva y me está enviando mensajes la muy ridícula! —rugió Julián en su oficina.
—Julián, mírame. Micaela murió en ese callejón. Nadie sobrevive a eso —respondió su primo—. Alguien te está jugando una broma pesada para desconcentrarte de la fusión de las empresas. No caigas.
Mientras Julián se hundía en su propio miedo, una limusina negra se detenía frente al Palacio de Cristal, donde se celebraba la gala benéfica más importante del año. Alexander Rossi bajó primero, ajustándose el saco con una elegancia letal. Luego, extendió la mano hacia el interior del vehículo.
Micaela salió del auto. Llevaba un vestido de seda color rojo sangre, ajustado al cuerpo, con un escote profundo en la espalda que dejaba ver su piel ahora perfecta. Sus tacones de aguja resonaban contra el pavimento con una seguridad que nunca tuvo. Ya no bajaba la cabeza; caminaba como si cada baldosa de ese edificio le perteneciera.
—Recuerda, Micaela —le susurró Alexander al oído, apretando su cintura con una fuerza posesiva—. Hoy no eres la madre de nadie. Hoy eres mi reina. Si ves a Julián, no parpadees. Deja que él se ahogue en su propia duda.
Entraron al salón. El murmullo de la alta sociedad se detuvo en seco. Alexander Rossi, entraba en su territorio. Pero lo que realmente dejó a todos sin aliento fue la mujer que lo acompañaba.
Julián, que estaba bebiendo un whisky en la barra, giró la cabeza. La copa se le resbaló de los dedos, estallando en mil pedazos contra el suelo. Sus ojos se abrieron desmesuradamente y el aire se le escapó de los pulmones.
—No puede ser... —susurró, con el rostro pálido como la cera.
Micaela caminó directamente hacia él, del brazo de Alexander. Cada paso era un insulto a la miseria que Julián le había impuesto. Se detuvo frente a él. El olor a perfume de cinco mil dólares de ella chocó con el olor a alcohol y miedo de él.
—Señor Ferrante —dijo Micaela. Su voz era una caricia de hielo, perfectamente modulada—. He oído mucho sobre su "generosidad". Es un placer conocerlo finalmente.
Julián la miró a los ojos, buscando a la chica que lloraba por pan, pero solo encontró un abismo frío.
—Micaela... —logró decir él, con la voz quebrada.
—¿Micaela? —ella soltó una risa cristalina y cruel que llamó la atención de todos—. Qué nombre tan común. Supongo que me confunde con alguien de su pasado, señor Ferrante. Mi marido me advirtió que usted tenía una imaginación... bastante activa con las mujeres de servicio.
El insulto fue directo al orgullo de Julián. Se quedó mudo, atrapado por la mirada de Alexander, quien lo observaba como un lobo observa a una presa herida.
—Espero que disfrute la fiesta —añadió Micaela, acercándose al oído de Julián para que solo él la escuchara—. Por cierto, encontré algo que se le cayó en un callejón hace meses. Pero no se preocupe, me he encargado de que lo que dejó allí reciba un tratamiento... mucho mejor que el suyo.
Micaela se alejó con Alexander, dejando a Julián temblando de furia en medio del salón. Julián intentó seguirla, pero los guardias de Rossi le bloquearon el paso de inmediato.
En un rincón apartado de la gala, Alexander la tomó por el mentón, obligándola a mirarlo solo a él. Sus ojos ardían de una obsesión que empezaba a salirse de control. Había visto cómo ella miraba a Julián y eso no le gustaba.
—Lo hiciste bien, pero te acercaste demasiado a él —dijo Alexander, con un tono de advertencia que la hizo temblar—. No olvides que eres mía, Micaela. No permitas que el pasado te haga olvidar quién tiene tu correa ahora.
Micaela sostuvo su mirada. Ya no era la presa de nadie, aunque Alexander creyera lo contrario.
—La correa es de oro, Alexander. Pero sigue siendo una correa. No me presiones, o podrías descubrir que las reinas también saben morder a quienes las "salvaron".
Alexander sonrió, una sonrisa peligrosa que prometía una noche intensa en la mansión. Él la quería rota y agradecida; ella lo quería a él como el escalón para su trono final.