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La Cura No Es El Olvido.

La Cura No Es El Olvido.

Status: En proceso
Genre:Amor prohibido
Popularitas:964
Nilai: 5
nombre de autor: Jakelyn Arevalo

En el corazón de un pueblo olvidado donde la guerra es el único idioma que se habla, Isaí, una joven doctora de 23 años, lucha cada día por arrebatarle vidas a la muerte. Su mundo de batas blancas y juramentos éticos se tambalea cuando conoce a Antonio, un guerrillero marcado por la pólvora cuya sola presencia es una sentencia de peligro.
Lo que comienza como una cura clandestina se transforma en un romance prohibido que desafía toda lógica. Sin embargo, en un lugar donde la lealtad se paga con sangre, el amor es un lujo mortal. Convencido de que su cercanía es la mayor amenaza para la mujer que ama, pero el reto y desafío más grande que enfrentar es un inesperado embarazo que sirve de ruleta a huir dejando a atrás los sueños por amor no es la Cura al olvido.

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Capítulo 16: El Centinela y la Sombra

Veintiún días. Quinientas cuatro horas. Para Antonio, el tiempo en el campamento no se medía en relojes, sino en el crecimiento de la maleza y en el consumo frenético de su propia cordura. Desde la altura de "El Mirador", un risco oculto por la niebla perpetua, observaba San José con unos binoculares que le pesaban como plomo. El pueblo, antes un refugio de adobe y silencio, se había transformado en un hormiguero de uniformes pixelados y banderas ajenas. El ejército regular había convertido la plaza central en un helipuerto improvisado y el consultorio de Isaí... el consultorio era ahora el centro de atención de la oficialidad.

Antonio pasaba las noches trazando mapas en la tierra húmeda. Luis lo observaba desde la distancia, fumando un tabaco tras otro, viendo cómo su pupilo se desmoronaba y se reconstruía mil veces en una sola noche.

—Estás diseñando una tumba, Antonio —le advirtió Luis una madrugada—. Ese cordón de seguridad no tiene fisuras. Si entras por el río, te ven los visores térmicos. Si entras por el bosque de pinos, pisas una mina.

—Hay un punto ciego, Luis. Siempre lo hay —respondió Antonio sin mirarlo—. El drenaje de la vieja curtiembre. Es estrecho, huele a muerte y sale a espaldas de la iglesia. A tres casas de ella.

Mientras Antonio alimentaba su obsesión, en San José, la vida de Isaí se había convertido en un teatro de resistencia. Cada mañana, al abrir las pesadas puertas de madera del consultorio, se encontraba con la misma figura: el capitan Nestor

Néstor no era el típico militar de mirada ruda y modales bruscos. Era un hombre de facciones finas, voz pausada y una pulcritud que resultaba insultante en medio del barro de la guerra. Se había cautivado con Isaí desde el primer minuto en que la vio curar la mano herida de un recluta. No era solo su belleza, era ese aura de santidad cansada que ella proyectaba. Néstor la pretendía con una caballerosidad estratégica; llevaba flores silvestres, suministros médicos que el ejército confiscaba y, sobre todo, llevaba una protección que Isaí no podía rechazar abiertamente sin levantar sospechas.

—Doctora, no debería estar trabajando hasta tan tarde. El pueblo está tenso —le decía Néstor, recostado en el marco de la puerta donde antes Antonio se escondía—. Déjeme que mis hombres custodien su puerta. Me dormiría más tranquilo sabiendo que está a salvo.

Isaí lo miraba con una cortesía gélida. Cada palabra de Néstor era un clavo más en la prisión de su soledad.

—Mi seguridad no es prioridad, Capitán. Los enfermos sí. Gracias por las gasas, puede retirarse.

Pero Néstor no se retiraba. Se quedaba allí, observando cómo ella movía las manos, tratando de descifrar el misterio de esa mujer que parecía estar esperando a alguien que nunca llegaba.

La tercera semana marcó el límite de la resistencia de Antonio. Ignorando las advertencias de Luis y las órdenes directas de su mando, se deslizó por el drenaje de la curtiembre. El olor a químicos y podredumbre le quemaba los pulmones, pero era un precio pequeño. Emergió entre las sombras de la iglesia, cubierto de un lodo negruzco, con el corazón martilleando contra sus costillas como un animal enjaulado.

Se movió como un fantasma por los callejones que conocía de memoria. El pueblo estaba bajo toque de queda, pero él conocía cada grieta en las paredes. Al llegar a la parte trasera del consultorio, se ocultó tras una pila de leña. Su intención era entrar, besarla, decirle que seguía vivo y que el plan de Luis los mantenía a salvo del fantasma de Eliécer.

Sin embargo, lo que vio lo dejó petrificado.

La luz de la vela —aquella misma vela que iluminó su entrega semanas atrás— se filtraba por la ventana. A través del cristal sucio, Antonio vio a Isaí. No estaba sola. Néstor estaba allí, sentado en la orilla de la mesa de madera, hablando con una suavidad que denotaba confianza. Antonio no podía escuchar las palabras, pero vio el gesto: Néstor extendió la mano y rozó el hombro de Isaí, retirándole un mechón de pelo de la cara.

Isaí no se apartó de inmediato. No porque quisiera el contacto, sino por el agotamiento crónico que arrastraba, por el miedo a que cualquier movimiento brusco delatara su secreto. Pero para Antonio, cegado por la "obsesión dura" que mencionaba en sus noches de delirio, aquel cuadro fue una puñalada. El amor, en su forma más pura, es también la madre de la paranoia.

"¿Tan rápido me has sustituido?", pensó Antonio, sintiendo que el sabor del barro en su boca se volvía hiel. "¿Es este el pago por haber matado por ti?".

Se quedó allí, bajo la lluvia fina, observando durante horas. Vio a Néstor despedirse con una inclinación de cabeza casi galante. Vio a Isaí cerrar la puerta y recargarse contra ella, cerrando los ojos con una expresión que Antonio interpretó erróneamente como alivio por la compañía recibida, cuando en realidad era el peso de una máscara que ya no podía sostener.

El juicio de Antonio comenzó en ese instante. El hombre que había desafiado a la selva y a la muerte para verla, ahora dudaba de la única verdad que lo mantenía en pie. ¿Era el amor de Isaí lo suficientemente fuerte para resistir la presencia constante, pulcra y segura de un hombre como Néstor? ¿O era él, Antonio, solo un mal recuerdo de sangre y barro que ella intentaba lavar con la presencia del capitán?

Aprovechando un cambio de guardia, Antonio se acercó a la ventana trasera y golpeó suavemente el ritmo que ellos compartían. Isaí se sobresaltó, apagando la luz al instante. Abrió la ventana con manos temblorosas.

—¿Antonio? —susurró ella hacia la oscuridad.

—Vine a verte —respondió él, su voz era un hilo frío, carente de la calidez de antes—. Pero parece que tienes visitas más ilustres ahora, Doctora.

Isaí sintió un vuelco en el estómago. El tono de Antonio era un reproche que no se esperaba.

—Antonio, no es lo que crees... Él es un oficial, me vigila, me asfixia. No puedo echarlo sin que sospeche de nosotros. Tienes que irte, si te encuentran aquí...

—Me encontraste tú primero, ¿no? —la interrumpió él, emergiendo un poco de las sombras para que ella viera su rostro manchado de fango y resentimiento—. Yo maté a Eliécer por nosotros. Yo vivo en el lodo para que tú respires. Y llego aquí para verte recibir caricias de un uniforme limpio.

—¡Es por supervivencia! —chilló ella en un susurro desesperado, las lágrimas asomando por fin—. ¿Crees que me gusta? Cada vez que me toca, siento que me quema la piel. Te espero cada noche, Antonio. He guardado tu secreto como si fuera mi propia vida.

Antonio guardó silencio. La miró intensamente, tratando de encontrar en sus ojos la mentira que su mente celosa quería creer para justificar su dolor. El juicio al amor estaba en su punto más álgido. En ese pueblo olvidado, la lealtad se medía en gestos pequeños, y Antonio, roto por la guerra, ya no sabía distinguir entre la estrategia y la traición.

—Mañana volveré —dijo él finalmente, retrocediendo hacia la negrura—. Pero si vuelvo a ver a ese hombre tocándote, no me importará que el pueblo esté lleno de soldados. Lo mataré como maté a Eliécer. Y entonces, Isaí, sabremos si tu amor es lo suficientemente fuerte para seguirme al infierno, porque ya no habrá vuelta atrás para ninguno de los dos.

Se desvaneció antes de que ella pudiera responder. Isaí se quedó sola en la penumbra, escuchando el latido de su propio corazón y el lejano cambio de guardia de los soldados de Néstor. El consultorio, que una vez fue un oasis de amor, era ahora el epicentro de una tormenta que amenazaba con destruirlo todo: a ella, a su salvador y al hombre que, sin saberlo, acababa de firmar su sentencia de muerte con un simple roce de manos.

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Elizabeth Medina
que fuerte decisión de Antonio pero tiene que proteger a la doctora
Elizabeth Medina
bueno veremos que pasa con esta doctora y ese desconocido
Jakelyn Arevalo
Los invito a ver parte de mi historia, en 25 capítulos que continuará 😘😘😘
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