Quinn Akerman tenía una vida cuidadosamente planeada… hasta que el destino decidió estrellarla contra el suelo a diez mil metros de altura. La muerte de sus padres en un accidente de avión no solo la dejó con un duelo imposible de procesar, sino también con una empresa familiar al borde de la quiebra y una hermanita pequeña, Lily, luchando contra la leucemia.
Acorralada por deudas, abogados y médicos que no aceptan promesas como forma de pago, Quinn se ve obligada a aceptar un acuerdo tan frío como cruel: casarse con uno de los gemelos Benedetti, herederos de un imperio empresarial que alguna vez fue socio de su padre.
El problema no es el matrimonio. El problema es que se casa con el gemelo equivocado.
Eitan Benedetti es serio, mordaz, aparentemente incapaz de sentir algo que no sea control. Eiden Benedetti, en cambio, es carismático, provocador y peligrosamente encantador. Dos rostros idénticos, dos almas opuestas… y una verdad que amenaza con destruirlos a todos.
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Capítulo 19
Quinn
El auto avanzaba con suavidad por la avenida iluminada. Eitan manejaba con ambas manos firmes sobre el volante, la mirada fija al frente. Yo iba en el asiento del copiloto, demasiado consciente de cada movimiento suyo… y de cada palabra que había dicho en la heladería.
“Mi esposa no come helado de vainilla.”
No era solo lo que dijo.
Era cómo lo dijo.
Como si me conociera desde siempre.
Lily parloteaba desde el asiento trasero, contando una historia desordenada sobre la muñeca nueva y el oso rosa que “roncaba cuando dormía”. Sonreí, girándome para escucharla, hasta que su voz fue apagándose poco a poco. Sus párpados comenzaron a caer y, en cuestión de minutos, se quedó profundamente dormida, con la cabeza ladeada y el helado ya olvidado.
El silencio cayó dentro del auto.
No era incómodo.
Era denso.
Miré por la ventana. Las luces pasaban como destellos borrosos mientras mi mente volvía, una y otra vez, al mismo punto.
—Eitan… —dije finalmente, rompiendo el silencio—. Lo que dijiste antes…
No terminé la frase. No supe cómo hacerlo sin exponerme demasiado.
Él no giró la cabeza, pero sentí cómo su atención se afinaba.
—No fue para incomodarte —respondió—. Fue… instinto.
Solté una risa breve, nerviosa.
—Tienes un instinto bastante autoritario.
—No me quejo —replicó—. Solo… me sorprendió verlo tan cerca de ti.
—¿Te sorprendió o te molestó?
Esta vez sí me miró. Solo un segundo. Suficiente para que mi estómago se contrajera.
—Ambas.
El silencio regresó, pero distinto. Más honesto.
—Cómo sabías que me gustaba el helado de chocolate —dije al fin.
—Te vi pedirlo una vez —respondió—. Mucho antes de que todo esto se complicara.
Eso me desconcertó más de lo que debería.
—A veces —murmuré— siento que sabes cosas de mí que yo misma no recuerdo haberte contado.
—Porque observas poco cuando estás ocupada sobreviviendo —dijo—. Yo… observo demasiado.
No supe qué responder.
El resto del trayecto transcurrió en calma. Cuando llegamos a la mansión, Eitan estacionó con cuidado. Salió primero, rodeó el auto y abrió la puerta trasera. Con movimientos suaves, cargó a Lily en brazos. Ella se removió apenas, murmurando algo incomprensible, y volvió a acomodarse contra su pecho.
Lo seguí escaleras arriba.
En la habitación de Lily, la acostamos con cuidado. Eitan le quitó los zapatos, acomodó la manta y apagó la lámpara pequeña. La observé un momento. Dormía tranquila, viva y en paz. Eso era todo lo que importaba.
Salimos en silencio.
En el pasillo, me giré hacia mi habitación.
—Buenas noches, Eitan —dije—.
Di un paso.
Y entonces sentí su mano rodeando mi muñeca.
No fue brusco.
Fue firme.
—Quinn —dijo en voz baja—. ¿Lo conocías?
Me giré hacia él.
—¿Al chico rubio? No. Para nada —respondí—. Solo se ofreció a ayudar porque nuestra orden iba a tardar. La máquina se había descompuesto.
Me observó como si buscara una grieta en mis palabras.
—No me gustó —admitió—. La forma en que te miraba.
—No puedes controlar eso —repliqué—. Ni a mí.
—Lo sé.
Dio un paso más cerca. Pude sentir su respiración. Su presencia llenando el espacio entre los dos.
Levantó la mano y apartó con cuidado un mechón de cabello que me caía sobre la cara. Sus dedos rozaron mi sien. Luego su palma descansó suavemente sobre mi mejilla.
Mi cuerpo reaccionó antes que mi mente.
—Eitan… —susurré.
No me dio tiempo de terminar.
Se inclinó y me besó.
No fue un beso suave.
Fue intenso. Profundo. Cargado de todo lo que no habíamos dicho.
Sentí su mano en mi cintura, sosteniéndome como si temiera que me desvaneciera. Mis dedos se aferraron a su cabello sin pensarlo. Le correspondí. Sin dudas. Sin reservas.
El mundo se redujo a ese instante.
Nos separamos solo cuando el aire nos hizo falta. Mi corazón latía con fuerza descontrolado.
Nos miramos. Demasiado cerca. Demasiado conscientes.
Di un paso atrás, respirando hondo.
—Esto… —empecé—. Esto no debería haber pasado.
—Lo sé —respondió—. Pero pasó.
Tragué saliva. El pulso aún desbocado.
—Buenas noches, Eitan —dije con voz temblorosa—. Descansa.
No esperé respuesta.
Me giré y caminé casi corriendo hacia mi habitación. Cerré la puerta tras de mí y apoyé la espalda contra ella, intentando recuperar el aliento.
Me llevé los dedos a los labios.
El beso seguía ahí.
Y con él, una verdad que ya no podía ignorar:
Nada entre Eitan y yo volvería a ser simple.