Había regresado al pueblo con una sola intención: verla.
No pasaron ni diez minutos desde que bajó del bus cuando la noticia lo golpeó como una patada al pecho: “Ella se casa el sábado.”
El corazón le ardió. Los puños también.
¿Casarse? ¿Con otro? ¿Ella? ¿Suya?
No.
Eso no iba a pasar.
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“La deuda del alma”
Sebastián salió de la casa con una carcajada que se escuchó hasta la calle de al frente. Su andar era torpe, descompuesto, pero su risa fingía seguridad. Quería que todos creyeran que tenía el control.
Pero por dentro, el sudor le empapaba la espalda.
Dos horas antes, había enviado a sus hombres al barranco.
—Tráiganme el cuerpo. Lo quiero enterrado. Nadie puede saber que lo tiramos allí.
Pero cuando volvieron, vacíos, pálidos, nerviosos, Sebastián sintió el vacío en el estómago que el whisky no podía llenar.
—No estaba… no hay nada. Solo sangre y ramas rotas.
—¿Están seguros?
—Sí, patrón… no hay cuerpo. No hay rastro.
Él no respondió. Se frotó las sienes.
Y pensó:
“Entonces no está muerto.”
Pero no podía mostrarlo.
La boda debía celebrarse. Y rápido. Antes de que regresara.
Mientras tanto, en la habitación de Elsa, el silencio tenía la textura del abandono.
Estaba en su sofá junto a la ventana, igual al de la sala.
Sus rodillas abrazadas. La mirada clavada en la nada.
Se sentía vacía. Muerta en vida.
Pero algo en su pecho no quería soltar la esperanza.
—No puede estar muerto… no puede… pero lo vi caer… lo vi apagarse…
Las lágrimas corrían solas. Ya no dolían.
Se había roto tanto que llorar era como respirar.
La puerta se entreabrió.
—Tienes que bajar a almorzar, —dijo su madre, con voz suave.
Elsa ni siquiera se giró.
—Ya te dije que no quiero verte.
—Por favor…
—¡No te quiero ver!
La madre, Doña María, cayó de rodillas.
—Perdón, hija… fue por tu padre… yo no quería…
—Excusas. —Elsa se giró, el rostro lleno de desprecio—. Tú, como mi madre, debiste protegerme. Pero elegiste el silencio. La comodidad. La conveniencia. Me vendiste como carne al mejor postor.
—Sebastián nos salvó…
—¿Sebastián qué? ¿Qué, mamá? ¿Que hizo fortuna? ¿Que es influyente? ¡Tomás también la hizo! ¡Y habría pagado el doble si se lo hubieran pedido!
Su madre guardó silencio. Los ojos húmedos.
Y Elsa, con voz seca, la empujó hacia la puerta.
—Lárgate. Nunca más me pidas que te llame mamá.
Pasó el día sin probar bocado.
La puerta se volvió a abrir con cuidado.
Joshua.
Pequeño. Tierno. Leal.
Con una bolsa de galletas con chispas de chocolate.
—Te las guardé… son tus favoritas.
Elsa sonrió, aunque tenía el alma destrozada.
Tomó las galletas, y sin palabras, lo abrazó.
—¿Qué pasa, Elsa? ¿Por qué estás así?
—Porque a veces… los grandes se equivocan.
Y nosotros pagamos por sus errores.
Joshua se acurrucó junto a ella.
Eran dos hermanos solos, aferrados a lo único que aún era puro entre tanta suciedad.
Y entonces…
BOOM.
La puerta principal golpeó contra la pared.
Un grito lejano. Pasos desordenados.
Sebastián. Borracho. Furioso.
Los padres de Elsa estaban en misa, como buen pueblo de lengua larga exigía.
La casa quedó sola.
Joshua se levantó, pero en ese momento una vecina entró al patio.
—Mi hijito me dijo que pasara por Joshua, su tía lo quiere llevar a la iglesia.
Elsa apenas tuvo tiempo de besarlo en la frente.
—Vete, mi vida… vete con ella. No mires atrás.
Joshua salió, confundido, con el corazón apretado.
Y entonces Sebastián entró.
Elsa apenas tuvo tiempo de ponerse de pie.
—¿Qué haces aquí?!
—Vengo por lo mío. —balbuceó él, ebrio. Se le notaban los ojos desorbitados, la camisa desabrochada.
Se abalanzó sobre ella.
Ella lo pateó en la pierna.
Él cayó, se levantó furioso, la empujó contra la pared.
Un golpe seco.
Ella se desmayó.
Cuando abrió los ojos, tenía la blusa rota.
Él estaba sobre ella, desnudándola.
—¡NO!
Con lo único que alcanzó, un florero, lo golpeó en la cabeza.
Él retrocedió, tambaleante.
—¡Maldita! —gruñó.
La tomó por los pies, la arrastró con fuerza.
Era más fuerte. Más alto. Más bestia.
La tumbó de nuevo.
Otro golpe.
La cabeza le daba vueltas.
Pero su alma no estaba rota.
No.
—¿Quieres usarme? Hazlo. —le gritó—. Toma mi cuerpo, Sebastián. ¡Úsalo! No me importa. Ya no es mío.
—¿Qué dices?
—Te quedas con los restos. Porque mi alma, mi primer beso, mi primera vez… ¡todo fue de Tomás! ¡Él me hizo el amor! ¡Él dejó su marca en mí!
—¡CÁLLATE! —le gritó, pero ella no paró.
—Puedes tenerme mil veces… ¡pero nunca tendrás lo único que importa!
Mi cuerpo es un cascarón.
Mi corazón ya se lo entregué a otro.
Tú solo estás cobrando una deuda con las manos sucias.
Sebastián, enfurecido, le propinó otro golpe.
La agarró del cuello, del cabello.
—¡No quiero tus sobras! ¡Quiero destruirte!
Y te juro que cuando nos casemos, Elsa…
te haré la mujer más infeliz del mundo.
¡Ese será mi mayor placer!
Y sus palabras quedaron como puñales flotando en el aire.
ecxelente