Majic, Lycka y Huimang son reinas poderosas, pero deberán tomar decisiones cruciales para salvar a los seres que aman y a sus reinos, en una guerra contra seres guiados por los mismos dioses. ¿Podrán defender lo que más aman?
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Cap. 20. ¿Qué hiciste?
La mañana no tuvo nada de extraordinaria, y precisamente por eso resultó inquietante.
La luz del amanecer entró por los ventanales con la misma suavidad de siempre, dibujando líneas doradas sobre los muros de Reviere.
Durante unos segundos Majic permaneció inmóvil en esa frontera delicada entre el sueño y la vigilia, aferrándose a la sensación de normalidad antes de permitir que el día comenzara. Su mano se deslizó con naturalidad hacia el espacio a su lado, buscando el calor conocido que nunca faltaba, pero estaba vacío.
Abrió los ojos por completo y se incorporó con lentitud, como si cualquier movimiento brusco pudiera confirmar una sospecha que aún no estaba dispuesta a formular. Las sábanas del otro lado estaban apenas alteradas, no revueltas ni frías, sino simplemente intactas, como si Josag se hubiera levantado antes del amanecer con la discreción de quien no desea interrumpir el descanso ajeno.
- “¿Josag?”, preguntó Majic, todavía sin alarma.
Esperó una respuesta desde el balcón, desde la antesala, desde cualquier rincón donde él pudiera estar contemplando el alba, pero el silencio permaneció inmutable. No había ruido de pasos, ni el leve sonido metálico de una espada ajustándose al cinto, ni el murmullo distraído con el que solía comentar cualquier pensamiento que lo sorprendiera al despertar.
La inquietud no irrumpió; se instaló con paciencia. Majic cerró los ojos y buscó dentro de sí esa conexión que siempre había sentido, esa vibración sutil que la unía a él más allá de la cercanía física. Durante años había sido una presencia constante, una certeza tranquila incluso en la distancia, y lo encontró. Josag seguía vivo, pero la sensación no era la misma; porque incluso la marca matrimonial en su mano, se había vuelto más ligera.
No era ausencia, sino lejanía. Como si la línea que los unía hubiese sido desplazada hacia otro eje, manteniendo el vínculo, pero alterando su centro de gravedad. No era ruptura; era desalineación.
En Pallango, a la misma hora, Huimang fue despertada por el llanto breve de su hijo. Se levantó con la rapidez instintiva que no requiere pensamiento consciente y lo tomó en brazos antes de terminar de abrir los ojos. Lo meció, le susurró palabras suaves cuyo significado importaba menos que el tono, y sintió cómo el pequeño volvía a rendirse al sueño con la confianza absoluta de estar en los brazos de su madre.
Cuando lo dejó nuevamente en su cuna y regresó a su habitación, la serenidad parecía haber regresado con ella. La puerta estaba entreabierta, detalle mínimo que no recordaba haber dejado así. La empujó con suavidad.
- “Khwan…”, llamó Huimang con voz baja.
Esperaba encontrarlo sentado junto al ventanal, quizá leyendo, quizá absorto en alguno de esos pensamientos que luego compartía con ella como si fueran estrategias o confesiones. Sin embargo, la cama estaba ordenada y el aire de la habitación tenía esa quietud demasiado perfecta que delata una ausencia reciente.
Huimang avanzó un paso más y, como Majic en Reviere, cerró los ojos para buscar aquello que nunca fallaba. La conexión estaba allí, persistente, viva. Pero no respondía como antes. No era vacío, ni muerte, ni ruptura, era desplazamiento.
A la par, en el plano de las esencias, la red había terminado de reconfigurarse. La simetría antigua no regresaría porque ya no existía en su forma previa. Armonía no vibraba en correspondencia con su eje original; había encontrado un nuevo centro, una estructura distinta capaz de sostenerla sin intentar reproducir exactamente el orden que la precedía.
En Susumira, Ghian permanecía en pie en el corazón de esa nueva configuración. No había en su postura exaltación ni gesto de conquista. La Armonía no se manifestaba en él como luz desbordada ni como espectáculo visible, sino como una claridad interna que reorganizaba su propia naturaleza desde dentro hacia fuera.
No había arrancado Armonía para dominarla ni para ostentarla. La había aceptado con la conciencia plena de su costo, y ese costo comenzaba a sentirse más allá de su propio cuerpo.
En Reviere, Majic salió finalmente al corredor. El palacio respiraba normalidad; sirvientes transitaban con la rutina habitual, las ventanas estaban abiertas al día y el murmullo de la vida cotidiana seguía su curso. Nadie parecía advertir que algo esencial había cambiado.
Esa normalidad fue lo que más la perturbó. Si hubiese habido un temblor, un presagio visible o una alarma repentina, habría tenido algo concreto contra lo cual reaccionar. En cambio, lo único que poseía era una certeza íntima e intransferible, la vida que conocía ya no sería la misma.
- “Ghian…”, susurró Majic sin darse cuenta de que pronunciaba el nombre.
No era acusación ni deducción lógica. Era intuición pura, el reconocimiento de una pieza que se había movido en el tablero invisible que todos compartían.
En Pallango, Huimang se apoyó en el marco de la puerta y respiró con profundidad, intentando ordenar la sensación que le recorría el pecho. No era miedo inmediato ni pérdida definitiva. Era algo más complejo, la conciencia de que el mundo había reajustado una pieza fundamental sin solicitar permiso a quienes dependían de ella.
- “¿Qué hiciste…?”, murmuró al vacío, sin saber si la pregunta iba dirigida a un dios, a un enemigo o a alguien que había actuado creyendo proteger.
En el centro de la red, Ghian abrió los ojos. La Armonía no lo anulaba ni lo desbordaba; se había asentado en él con precisión quirúrgica, transformando su esencia sin diluirla. Ya no era el mismo que la noche anterior. No porque hubiera ganado poder visible, sino porque ahora sostenía un principio mayor cuyo alcance trascendía su propia voluntad.
Se había convertido en el nuevo eje del equilibrio.
Y en ese mismo instante, en distintos rincones del mundo, dos reinas comprendieron que aquello que sostenía sus vidas acababa de desplazarse sin estruendo, sin guerra declarada y sin despedidas formales.
La Armonía tenía ahora un nuevo nombre. Y ese simple hecho obligaría a más de una mujer poderosa a decidir hasta dónde estaba dispuesta a llegar para proteger a quienes amaba, en un mundo donde el centro mismo había cambiado de lugar sin pedir consentimiento.