Reencarné como un omega destinado a morir de hambre en una torre.
Para sobrevivir, huí de la historia que me condenaba.
Pero el niño que una vez me salvó… ahora es el emperador tirano destinado a morir por mi culpa.
¿Puedo cambiar nuestro destino?
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Capítulo 10: Las sombras que sostienen el trono
El amanecer llegó cubierto de una neblina espesa, como si la ciudad misma quisiera ocultar lo que ocurría en sus entrañas.
Aelion caminaba en silencio, manteniendo el colgante oculto bajo su ropa. No importaba cuánto intentara ignorarlo, sentía su peso constante contra el pecho, cálido, inquietante, como si reaccionara al lugar al que había llegado.
Aquí es, pensó.
Donde la historia empezó a pudrirse.
Kael avanzaba a su lado. No llevaba corona, ni emblemas, ni la armadura que lo identificaba como emperador. Aun así, su presencia imponía respeto. No por su estatus, sino por la tensión contenida en su postura, como alguien que se obliga a observar sin intervenir.
—No te separes de mí —dijo Kael en voz baja—. Este lugar no es seguro.
Aelion asintió.
—Nunca lo hice —respondió—. Ni siquiera cuando estaba encerrado.
Kael lo miró de reojo, pero no dijo nada.
Valenrith se alzaba ante ellos con muros altos y banderas imperiales ondeando al viento. A simple vista, parecía una ciudad próspera. Calles limpias. Comercios abiertos. Gente caminando.
Pero Aelion sintió el nudo en el estómago apenas cruzaron las puertas.
No era miseria lo que percibía.
Era silencio.
Las miradas se desviaban rápido. Las conversaciones se apagaban cuando soldados con el símbolo del cuervo negro pasaban cerca. Aelion reconoció el emblema de inmediato.
—Ese símbolo… —susurró— pertenece al duque Morthaine.
Kael apretó la mandíbula.
—Vhalderion Morthaine —corrigió—. El hombre que gobierna este territorio en mi nombre.
La frase pesó más de lo que Kael había querido.
Aelion lo notó.
—¿Y tú lo permites? —preguntó con cuidado.
Kael no respondió enseguida.
—Gobernar un imperio no significa ver cada sombra —dijo finalmente—. Pero eso no lo hace menos culpable.
Caminaron por una calle lateral. Fue entonces cuando Aelion se detuvo en seco.
Una carreta cubierta avanzaba lentamente, escoltada por hombres armados. De su interior escapó un sonido ahogado. No un grito. Un sollozo contenido.
Aelion sintió que el aire se le iba de los pulmones.
—Kael… —murmuró—. No son criminales.
Kael cerró los ojos un instante.
—No —admitió—. No lo son.
Aelion recordó la novela.
Recordó las líneas vagas, casi indiferentes, que hablaban de “recursos”, “tributos humanos”, “sacrificios necesarios”. En ese entonces no había entendido.
Ahora sí.
—Esto también ocurre en mi nombre, ¿verdad? —preguntó Kael, con voz dura.
Aelion no respondió.
No hacía falta.
Esa noche, se alojaron en una posada discreta. Aelion no pudo probar bocado. Las imágenes no lo dejaban en paz.
—No puedo creer que este sea el imperio que describían como glorioso —dijo finalmente.
Kael se sentó frente a él.
—La gloria suele construirse sobre cosas que nadie quiere mirar.
Aelion alzó la vista.
—En la novela… decían que tú eras el problema. Que por tu crueldad estalló la revolución.
Kael rió sin humor.
—La historia necesita un villano visible —dijo—. No uno que se oculte en los márgenes.
Guardó silencio unos segundos.
—Yo heredé un trono manchado —continuó—. Y goberné creyendo que la fuerza bastaría para sostenerlo.
Aelion apretó el colgante entre los dedos.
—Pero aún estás aquí —dijo—. Eso significa que el final no está escrito.
Kael lo miró con intensidad.
—¿Sabes cómo muero, verdad?
Aelion tragó saliva.
—Sí.
—¿Como emperador?
—Sí.
Kael apoyó los codos en la mesa.
—Entonces no huiré de ese título —dijo—. Pero tampoco gobernaré como la historia espera.
Aelion sintió algo estremecerse en su pecho.
—No quiero que mueras —confesó—. Ni como emperador… ni como persona.
El silencio que siguió no fue incómodo.
Fue frágil.
Esa madrugada, Aelion se despertó sobresaltado.
El colgante brillaba suavemente.
Se levantó y caminó hasta la ventana. Desde allí, vio una figura encapuchada desaparecer en la distancia… y durante un instante, el recuerdo lo golpeó.
Un niño de ojos oscuros.
Una mano extendida.
Una promesa silenciosa.
—Eras tú… —susurró—. Siempre lo fuiste.
Sin saberlo, había dado un paso más hacia la verdad.
En lo alto de su fortaleza, Vhalderion Morthaine recibió noticias.
—El emperador está en Valenrith.
El duque sonrió, lento y venenoso.
—Y el omega también.
Apretó el anillo en su dedo.
—Que nadie descubra quién es ese niño —ordenó—. Ni siquiera él mismo.
Sus ojos se oscurecieron.
—Porque si recuerda… este imperio arderá.