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La Princesa de la Mafia

La Princesa de la Mafia

Status: Terminada
Genre:Escuela / Mafia / Autosuperación / Venganza de la protagonista / Viaje a un juego / Completas
Popularitas:0
Nilai: 5
nombre de autor: Queenvyy27

Aurelia era una chica común y corriente, obsesionada con las novelas. Una noche, tras llorar por el trágico destino de su personaje favorito, despierta dentro de la historia y descubre que ahora habita el cuerpo de Aurelia Cassano: la antagonista consentida, hija del jefe de la mafia más temida del país.

El problema es que conoce el final: en la novela original, Aurelia Cassano muere asesinada a los veinticuatro años. Y el causante indirecto de su muerte es nada menos que Arsa Wirayuda, el protagonista masculino: frío, despiadado, irresistible... y el hombre del que la Aurelia original estaba perdidamente enamorada.

Para sobrevivir, Aurelia traza un plan: alejarse de Arsa, evitar los conflictos con la protagonista original y reescribir su destino. Pero la vida dentro de una novela de mafia no es tan sencilla. Entre conspiraciones familiares, enemigos que la quieren muerta, pandillas rivales y secretos oscuros que ni la novela revelaba, Aurelia descubre que cambiar la trama es mucho más difícil de lo que imaginaba.

Y lo peor de todo: Arsa, el hombre al que debería evitar a toda costa, no deja de acercarse. Con sus ojos negros como la noche, su actitud posesiva y esos momentos inesperados de ternura que derrumban todas sus defensas, Aurelia se enfrenta a la pregunta más peligrosa de todas: ¿puede reescribir una historia de amor sin caer en ella?

Entre peleas callejeras, intrigas corporativas, venganzas implacables y un romance que arde lento pero con la fuerza de un incendio, Aurelia demuestra que ser la villana nunca fue su destino. Tal vez siempre fue la heroína que esta historia necesitaba.

NovelToon tiene autorización de Queenvyy27 para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 20

Capítulo 20 — El primer beso

Aurelia ya vestía el uniforme nuevo que Andrea le había comprado en la cooperativa. Se había cambiado en el baño.

Seguía allí dentro, doblando la camisa de Dante que acababa de usar.

El aroma de Dante impregnaba ahora su cuerpo. Había algo en él que la tranquilizaba.

—Qué bien huele —murmuró. Pero un segundo después sacudió la cabeza—. No puedes ponerte así, Aurelia —se reprendió, dándose suaves golpecitos en la frente.

Reacciona, Aurelia... Es Dante Moretti. El hombre que más adelante amará a otra —se dijo para sus adentros.

Unos golpes en la puerta la sacaron de su ensimismamiento.

—Aurelia, qué tardona eres —se oyó la voz de Andrea desde afuera.

—Sí, ya voy —respondió Aurelia, y salió con dos bolsas: una con su uniforme sucio y otra con la camisa de Dante.

Encontró a Andrea recostada contra la puerta del baño, con la vista clavada en sus propios zapatos, como si hubiera algo fascinante en ellos. Al verla así, Aurelia se prometió volver a torcer el rumbo de la novela. Su siguiente objetivo sería Andrea.

Por lo que sabía del libro, dentro de dos años la familia de Andrea quedaría arruinada; es decir, le quedaba un año desde que arrancara la trama.

Sonó el timbre de salida. Aurelia caminó sola hacia el estacionamiento.

Había olvidado que su auto estaba en el taller.

Buscó con la mirada dónde lo había aparcado.

—Ah... cierto, lo olvidé —recordó que esa mañana se le había pinchado una llanta y que había llegado al colegio con Dante.

—¿Y ahora cómo vuelvo a casa? —murmuró—. ¿Le pido a Alejandro que me recoja? Pero seguro está ocupado —se decía a sí misma. Entonces una moto deportiva negra se detuvo frente a ella.

Aurelia sabía quién era: el mismo que la había traído esa mañana.

—Sube, te llevo —dijo Dante, ofreciéndole un casco rosa que les había pedido a sus hombres que compraran, uno para mujer.

Aurelia se quedó inmóvil, dejando a Dante con el casco en la mano, suspendido en el aire.

Al verla quieta, Dante bajó de la moto y le puso él mismo el casco rosa en la cabeza.

Aurelia abrió los ojos de par en par, y de nuevo se llevó una sorpresa cuando Dante la alzó en brazos y la sentó en la moto.

—¡Ah! —chilló, asustada por aquel gesto repentino.

—Tú... ¿No puedes avisar antes de hacer las cosas? —le reprochó Aurelia, golpeándole el hombro cubierto por la chaqueta negra. Él ya se había acomodado al volante de la moto.

Dante no respondió. Encendió el motor.

—Dante —lo llamó Bruno justo cuando arrancaba. Dante volvió la cabeza hacia la voz.

—Te esperamos en el cuartel —dijo Iván, montado en una moto roja. Detrás de él iban Bruno, Samuel y Mateo, cada uno en su propia deportiva.

—Hmm —Dante solo carraspeó y aceleró con fuerza.

Por el retrovisor observaba el rostro de Aurelia. La notaba tranquila, sin asomo de miedo, a pesar de la velocidad.

Lo que tampoco esperaba era que ella le rodeara la cintura con los brazos sin que él se lo pidiera. Una sonrisa le asomó bajo el casco integral, una sonrisa que Aurelia no podía ver.

Mientras tanto, en su oficina, Alejandro acababa de recibir la llamada de uno de sus hombres: Aurelia volvía a casa con Dante. Alejandro sabía quién era Dante, pues las familias Cassano y Moretti tenían trato desde hacía años; Valentín Cassano y Ricardo Moretti eran viejos amigos.

Aun así, Alejandro se mantenía alerta y seguía pidiendo a sus hombres que los vigilaran.

Toc, toc, toc.

Unos golpes en la puerta lo sacaron de sus cavilaciones sobre Dante y Aurelia.

—Adelante —ordenó.

Al poco entró Ben con varios documentos en la mano. El hombre, de buena estatura, le entregó los papeles para que Alejandro los firmara.

—¿Cómo va lo que pidió Aurelia el otro día? —preguntó Alejandro mientras revisaba los documentos.

—La maestra de defensa personal ya está concertada; se reunirá con la señorita esta tarde en la mansión. Pero para el tutor de negocios, aún esperamos la confirmación del interesado —respondió Ben.

—No me importa cómo lo hagas. Consigue que esa persona acepte a Aurelia —ordenó Alejandro con frialdad, insatisfecho con la respuesta.

—Lo resolveré cuanto antes —contestó Ben sin replicar. Para él, cualquier orden de su jefe era ley, aunque se tratara de algo turbio.

Mientras tanto, Dante y Aurelia ya habían llegado al estacionamiento subterráneo de un lujoso edificio de apartamentos.

Durante todo el trayecto Aurelia no había parado de protestar, al ver que Dante cambiaba el rumbo: no iba hacia su mansión, sino a su apartamento.

Seguía sentada en la moto, sin moverse. No quería bajar de ninguna manera.

—Baja —dijo Dante, ya sin el casco integral, que dejó sobre la moto antes de desmontar.

—No quiero... Quiero ir a casa —respondió Aurelia, enfurruñada.

—Solo un momento, para cambiarme de ropa —dijo Dante con suavidad, tratando de hacerla entrar en razón.

—No —insistió Aurelia, tozuda, igual que una novia haciendo pucheros.

Dante dejó escapar un suspiro suave. No sabía por qué, pero a la chica que tenía delante le entraban ganas de tratarla con extremo cuidado, como a una porcelana que se quiebra al menor descuido.

Le soltó la correa del casco del cuello y se lo quitó con delicadeza. Aurelia se dejó hacer sin chistar.

Una vez libre del casco, Dante le acomodó el pelo, algo revuelto.

—¿Entras o te llevo cargando? —preguntó, en un tono que sonaba más a orden.

Aurelia lo miró de reojo. Sus ojos hermosos resultaban aún más encantadores así, a ojos de Dante.

—¿Por qué eres así conmigo? —preguntó ella, extrañada por su actitud.

—¿Así cómo? —preguntó Dante, sin entender.

Aurelia resopló, fastidiada.

—Haces siempre lo que se te antoja conmigo... Obligas y eres insoportable —soltó, satisfecha de poder desahogarse.

—Yo no lo veo así —respondió Dante. A él su comportamiento le parecía de lo más normal: nunca nadie se había atrevido a contradecirlo. Solo Aurelia tenía esa valentía.

—Pues así eres —el tono de Aurelia subió un poco, recalcando el "así" para que él entendiera.

Es imposible razonar con Dante —pensó Aurelia.

—Está bien, te pido disculpas —dijo Dante, con cara impasible.

—Anda, quieres volver a casa, ¿no? Si seguimos discutiendo, ¿cuándo te voy a llevar? —añadió, tomándola de la mano. Al final Aurelia no tuvo más remedio que resignarse. A Dante no había forma de contradecirlo.

Dante y Aurelia entraron al apartamento. Ella recorrió con la mirada el lujoso espacio, de diseño elegante, dominado por el negro pero sin resultar lúgubre.

—Espérame aquí. Voy a cambiarme —Dante la dejó sola en la sala y entró a su habitación.

Quince minutos después salió con una playera negra y un pantalón también negro. A Dante le gustaba el negro. El pelo, aún algo húmedo y revuelto, lo hacía verse todavía más atractivo.

—¿Te quieres cambiar de ropa? —preguntó Dante, consciente de que Aurelia no le quitaba la vista de encima, prendada de lo guapo que se veía.

—¿Tienes ropa de chica aquí? —preguntó ella, indagando.

—No... Ponte algo mío —respondió Dante, adivinando hacia dónde iba la pregunta.

—No, gracias —respondió Aurelia, apartando la vista de aquel rostro atractivo.

—Vámonos ya —dijo ella, viéndolo ya listo, calzado con unas zapatillas deportivas blancas.

—Espera, comamos primero. Ya pedí comida —respondió Dante, impasible.

Aurelia frunció los labios. Una vez más, Dante hacía lo que se le antojaba.

Dante se quedó embelesado con aquel gesto encantador. La mirada se le fue a los labios sonrosados de Aurelia, fruncidos en un mohín. Se acercó a ella y le rozó los labios con un beso fugaz.

A Aurelia se le encendió la cara como un cangrejo cocido, bien a la vista de Dante. Se quedó petrificada, sin moverse, hasta el punto de contener la respiración por aquel beso inesperado.

—No te olvides de respirar, Aurelia —dijo Dante, apartando el rostro. Luego adoptó un aire despreocupado, como si nada hubiera pasado.

Al menos eso fue lo que Aurelia creyó ver: con su cara impasible, Dante parecía no sentir nada después de robarle a Aurelia Cassano su primer beso.

Lo cierto es que Dante era un maestro ocultando sus emociones. Por dentro estaba completamente descolocado por su propio impulso.

Era como si dejara de ser él mismo cuando estaba con Aurelia. Tan poderoso era el encanto que ella ejercía sobre él.

Din don.

Din don.

El timbre del apartamento llegó como una salvación en medio de aquel ambiente tan tenso.

Dante se levantó al instante para ver por el monitor quién estaba en la puerta.

Al comprobar que era el repartidor de comida, abrió, pagó y volvió a sentarse junto a Aurelia.

Reinó el silencio hasta que ambos terminaron de comer.

Dante aparcó la moto frente a la lujosa mansión de la familia Cassano. Aquella tarde, después de lo ocurrido en el apartamento, ya no hubo más conversación entre ellos. Los dos se sentían igual de incómodos.

Aurelia bajó de la moto y se quitó el casco rosa, aunque batalló un poco para soltarlo. Al verla en apuros, Dante la ayudó. Una vez libre, le entregó el casco y echó a correr hacia el interior de la casa, sin mirar atrás.

Dante, al verla correr como si la persiguiera un fantasma, no pudo sino sonreír. Qué encantadora —pensó.

Tras asegurarse de que Aurelia entraba en la mansión, arrancó su moto y se alejó de la residencia Cassano.

Aurelia espió por la ventana hasta confirmar que Dante ya no estaba en el jardín. Se llevó una mano al pecho, que desde hacía rato no dejaba de latir con fuerza.

—¿Qué me pasa? ¿Estaré enferma del corazón? —murmuró para sí.

—¿Quién está enferma del corazón, señorita? —una voz conocida la sobresaltó. Por poco cae al suelo del susto, de no ser porque esa persona la sujetó.

—¡Cielos! ¿Está bien, señorita? —preguntó Daniela, alarmada. Ella era la dueña de la voz que la había asustado.

—¡Daniela! —exclamó Aurelia al ver a su criada personal—. ¡Ya volviste! Esteban me dijo que regresabas la semana que viene —dijo, entusiasmada, y la abrazó con fuerza.

—Mis asuntos se resolvieron antes, señorita —respondió Daniela—. ¿Se siente bien? ¿Le duele algo? —Daniela la examinó de arriba abajo. Hacía un momento, al entrar, la señorita se comportaba de un modo extraño que la había preocupado.

—Estoy bien —respondió Aurelia, tomando a Daniela del brazo rumbo a su habitación, en la planta alta.

—Señorita, hay una visita esperándola —le avisó Daniela cuando llegaron al cuarto.

—¿Qué visita? —preguntó Aurelia, extrañada. No recordaba tener cita con nadie ese día.

—Dice que es su entrenadora de defensa personal —respondió Daniela mientras le preparaba un cambio de ropa.

—Ah, ¿sí? —a Aurelia le brillaron los ojos al saber que su entrenadora ya había llegado—. ¿Dónde está? —preguntó, animada.

—En el gimnasio, señorita. Mejor apúrese a alistarse... pero coma algo antes de verla —le recordó Daniela.

—De acuerdo. Me cambio primero. No prepares comida, que ya comí —respondió Aurelia, recordando de pronto sus momentos en el apartamento de Dante.

Se le volvió a encender el rostro al evocar el beso de Dante, que todavía sentía en los labios.

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