"Brenda, una joven fiestera y dueña de una heladería en la vibrante Ciudad de México, nunca imaginó que su corazón podría ser conquistado por un hombre como Roger, un reservado empresario neoyorquino.
Entre encuentros inesperados, malentendidos dolorosos y dulces reconciliaciones, su historia se enreda en una maraña de emociones.
Pero cuando el pasado amenaza con destruir lo que apenas empezaba a nacer, ambos deberán aprender a luchar por un amor verdadero.
Porque a veces, detrás de un berrinche... se esconde el deseo más sincero de ser amado."
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Capítulo 20 – Entre el caos, el silencio y la playa
Después de varios meses llenos de amor, emociones, sustos y bromas —más bromas de Roger que otra cosa—, llegó el gran momento. Brenda rompió fuente una mañana mientras desayunaba con él. Gritó tan fuerte que Roger soltó el vaso de jugo y terminó todo empapado.
—¡Roger, ya! ¡Ya viene! ¡Nos vamos! —gritaba ella mientras se aferraba al marco de la puerta.
—¡Mi amor, respirá! ¡Ya tengo la maleta, vamos, vamos! —corría Roger por toda la casa con el celular en una mano y las llaves en la otra.
Fue una tarde larga. Brenda gritó, lloró, se rio, insultó a Roger tres veces y hasta le dijo que nunca más quería volver a verlo. Él se limitó a agarrarle la mano, besarle la frente y repetirle una y otra vez: “Estoy contigo”. Cuando por fin nació el bebé, todo se detuvo. Roger lloró como un niño, y Brenda, agotada, solo sonrió al escuchar el primer llanto de su hijo.
—Bienvenido, Thiago —susurró ella.
Roger, con el corazón lleno, besó a ambos y supo que nada volvería a ser igual.
1 mes después
Brenda había cambiado. Se limitaba a amamantar al niño, pero no jugaba con él, no le hablaba. Tampoco prestaba atención a Roger. Apenas salía de la cama. Elena, la nana, y una niñera contratada cuidaban al pequeño Thiago.
—Amor, baja a comer y ve a mirar al niño. Después de todo, es un bebé muy tranquilo —decía Roger, desde la puerta.
—No tengo hambre, ya le di de comer —respondía ella, acostada, sin mirarlo.
—¿Qué te parece si nos vamos de viaje?
—Roger, no quiero nada. Déjame, ¿sí?
—¿Qué hago, Brenda? El doctor me dice que te ayude a enfrentar esto, pero tú no me das oportunidad. Me voy a ir a Nueva York con mi hijo —dijo, cansado.
—No te lo puedes llevar. Es mi hijo también.
—Pues no parece. Apenas lo alimentas. No estás pendiente de él. Solo tiene un mes… necesita a su mamá. Te dije que fuéramos al psicólogo y te negaste. ¿Entonces?
—Si quieres, vete tú. A mi hijo lo dejas —habló Brenda con una frialdad que partió a Roger por dentro.
—Esto se acabó. Ya no quiero seguir contigo. Apenas mi hijo cumpla un año, coloco la demanda para quedarme con él.
—No me amenaces, Roger.
—Ah, ¿ahora sí querés reclamar? Pues lo voy a hacer.
Roger recogió su maleta. Antes de irse, le dijo a Elena:
—Le haré videollamadas todos los días. No me falles, por favor.
Y se fue.
4 meses después
Brenda había vuelto a ser ella. Con su cabello suelto, risa fresca y ojos brillantes. Se dedicaba completamente a Thiago. Jugaban, cantaban, dormían juntos. Había vuelto a la cafetería, reanudado la amistad con Juana, e incluso recuperó el vínculo con sus padres. Juana vivía pegada al bebé.
Roger, desde Nueva York, hacía videollamadas casi a diario. Estaba metido de lleno en las empresas y no faltaban los rumores en las revistas de alguna que otra conquista.
Una tarde...
—Juana, mi vida, te están llamando —le gritó Brenda mientras la otra estaba en el baño.
—¡Contesta por mí! Ya salgo.
📲 —Bueno, bueno, ¿quién habla?
—Ah, disculpa, llamé a Juana porque Elena no me contesta. Quiero ver a Thiago.
—Juana está en el baño. A Thiago lo tengo en mis piernas. ¿Te hago la videollamada?
—Sí, por favor.
VIDEOLLAMADA
—¡Hola, papito! Qué grandote y lindo estás. ¡Feliz mes número cinco, mi amor! —decía Roger emocionado.
Thiago solo le sonreía a su papá.
—¿Qué tienes en los cacheticos, bebé hermoso?
—Es labial. Lo he estado besando todo el día —dijo Brenda entre risas.
—Eso le puede irritar la piel.
—Tú no sabes a qué es alérgico mi hijo porque no has estado en su crecimiento, así que no hables.
—Pero es mi hijo. Me preocupo por él. ¿Cómo no voy a opinar?
—Mejor yo agarro mi celular para que sigas viendo a Thiago, y ustedes dejen de pelear. Parece que aún se quieren —intervino Juana saliendo del baño.
—Juana, no digas bobadas.
—¡Listo, listo! Jajajajaja.
—Juana, ya cuelga. Voy a hacerle la foto al niño. Ven, mi amor —Brenda tomó a Thiago y bajó a la sala.
—Disculpa, Roger. Hablamos otro día.
—Listo. Tu amiga no cambia —respondió él.
—Jajajajajaja.
—Quedaste hermoso, mi príncipe.
—Se parece al papá —añadió Juana, bromeando.
—¡Ay no, Juana! ¡Jajajajajajaja!
—Bueno, ¿nos vamos a Cancún?
—¡Claro! Mi bebé va a conocer la playa.
Pasaron ocho días en Cancún. Playa, sol, risas, fotos, ternura. Un escape necesario. De regreso al aeropuerto...
—Mi vida, tenme al bebé. Voy al baño.
—Tranquila, que aún falta una hora.
Brenda iba tan apurada que no se fijó bien por dónde caminaba. Terminó chocando con alguien.
—Disculpe, no era mi intención.
El hombre la miró de arriba abajo y respondió con descaro:
—Si no fueras tan bonita, te castigaría por haberme chocado.
—Disculpe, señor —respondió, incómoda, y se metió rápido al baño.
Cuando salió, el galán la esperaba afuera.
JACOBO SANTUZ.
Ceo importante de México. 29 años. Todo un dios griego de ojos grises y sonrisa de portada.
—Ahora sí, señorita. ¿Por qué anda tan apurada?
—Señor, ya le pedí disculpas. ¿Listo? —dijo, molesta, y se fue.
—No sé, pero hay algo en ella que me atrajo… Francisco, síguela e investígala.
—Listo, señor.