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La Orden De Montelupo II (Crónica Veraldi)

La Orden De Montelupo II (Crónica Veraldi)

Status: En proceso
Genre:Amor-odio
Popularitas:897
Nilai: 5
nombre de autor: Uma campo

La Flor de los Veraldi
Clara, una dulce florista, se enamora de Alessio Veraldi, un mafioso de ojos verde olivo. Su relación es acechada por Maximiliano, el patriarca de la familia, quien desprecia el origen de Clara y cuenta con la complicidad silenciosa de Bianca, la gemela de ojos grises de Alessio.
Al descubrir que Clara está embarazada, Maximiliano la obliga a desaparecer bajo una identidad falsa a cambio de dinero. Años después, la frágil joven se ha transformado en una loba implacable: una madre poderosa que ha criado a su hijo en las sombras, lista para volver y enfrentar el imperio que intentó destruirla.

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IV- EL ECO DE LAS BOTAS

Clara:

El frío del taller de joyería del tío de Valentina no lograba mitigar el calor sofocante de mi propia vergüenza. El aire olía a metal quemado, a aceite de pulir y a secretos antiguos. El señor Giorgio, un hombre de manos nudosas y ojos pequeños tras unas lupas binoculares, dejó el anillo sobre el paño de terciopelo negro.

Mis manos, entrelazadas sobre mi regazo, no dejaban de sudar.

—Hija —dijo el tío de Valentina, levantando la vista. Su expresión no era de admiración por la joya, sino de una lástima profunda que me revolvió el estómago—. Tenías razón en sospechar. Valentina tenía razón en traerte.

Con unas pinzas de precisión, Giorgio señaló el interior de la banda de oro blanco. La esmeralda seguía allí, brillando con su verde hipnótico, pero la estructura del anillo había sido alterada. Bajo la piedra, en un hueco tan milimétrico que era casi invisible al ojo humano, reposaba una pieza de tecnología negra, plana y fría.

—¿Qué es eso? —susurré, aunque mi corazón ya conocía la respuesta.

—Es un micro-transmisor GPS de grado militar, Clara —explicó Giorgio, su voz grave resonando en el pequeño local—. No es algo que compres en una tienda de electrónica. Esto es tecnología de rastreo en tiempo real. Alta frecuencia, batería de larga duración.

Sentí que el suelo se movía bajo mis pies. El recuerdo de Alessio, de su voz suave y "dulce", de la forma en que me pidió que me lo pusiera "para ver cómo me quedaba", me golpeó como un bofetón físico.

—¿Quién... quién usa este tipo de cosas? —preguntó Valentina, apretándome el hombro. Ella estaba tan pálida como yo.

—Gente que no quiere que se le escape nada —respondió Giorgio, dejando las pinzas sobre la mesa—. Agencias de inteligencia, fuerzas especiales... o las familias que operan por encima de la ley en esta ciudad. Este tipo de rastreadores se usan para marcar objetivos, para vigilar a personas que consideran de su propiedad o para cazar a enemigos.

Me llevé las manos a la cara, sintiendo un asco infinito. Él me estaba cazando. Cada vez que me miraba al espejo, cada vez que dormía, cada vez que respiraba pensando que ese hombre era "interesante" o "atento", él estaba viendo un punto rojo en una pantalla. No me regaló una joya; me puso un grillete electrónico.

—¿Por qué estaba dentro de un regalo? —pregunté, con la voz quebrada.

—Porque es la forma más efectiva de vigilancia —dijo el tío de Valentina—. La víctima lo lleva puesto por voluntad propia, lo cuida, lo luce. No tienes que esconderlo en su coche o en su bolso, donde ella pueda olvidarlo. Si ella ama la joya, siempre sabrás dónde está.

—Es un maldito psicópata —escupió Valentina, mirando el anillo con odio—. Clara, tenemos que irnos. Tenemos que denunciar esto, tenemos que escondernos.

Me quedé mirando la pequeña pieza negra sobre el terciopelo. La "dulzura" de Alessio era una mentira calculada. Todo en él —su dinero, su presencia, su perdón— era una red de pesca diseñada para atraparme.

—No te lo vuelvas a poner —advirtió Giorgio, entregándome el anillo ahora vacío—. En el momento en que saqué el chip del anillo, la señal se perdió. Si él te está monitoreando, ahora mismo sabe que algo ha pasado. Sabe que lo has descubierto.

Un escalofrío me recorrió la espina dorsal. Si Alessio era el tipo de hombre capaz de regalar una esmeralda con un rastreador militar, no se quedaría sentado en su casa esperando a que yo lo llamara.

—Él viene —dije, y por primera vez, mi voz no tembló de duda, sino de un terror absoluto y lúcido—. Val, él va a venir a buscarme.

El silencio del taller de Giorgio se volvió asfixiante. Miré el pequeño chip negro sobre el terciopelo; parecía un insecto muerto, una criatura de silicio que se había alimentado de mi privacidad durante las últimas veinticuatro horas. Me sentía violada, no físicamente, pero sí en mi espíritu. Cada paso que di, cada vez que subí a mi habitación, cada vez que suspiré pensando en el "extraño caballero", él estuvo allí, observando un punto en una pantalla.

—Clara, muévete —la voz de Valentina me sacó del trance. Su tono no admitía réplicas. Estaba guardando sus cosas con movimientos bruscos—. Giorgio, gracias. No digas nada de esto a nadie.

—Tengan cuidado, muchachas —murmuró el anciano, cerrando la caja fuerte—. Ese tipo de tecnología no es para jugar a los novios. Es para cazar.

Salimos a la calle y el aire de la mañana me golpeó la cara, pero no fue refrescante. Sentía que cada cámara de seguridad, cada reflejo en los cristales de los coches, era un ojo de Alessio. Valentina me arrastró hacia su coche, un viejo modelo que rugía al arrancar.

—Vamos a tu apartamento, recoges lo básico y te vienes al mío —dijo ella, apretando el volante con tanta fuerza que sus nudillos estaban blancos—. No puedes quedarte ahí. Si ese animal se dio cuenta de que la señal murió, irá directo a la florería.

—¿Y si ya está ahí? —pregunté, con la voz quebrada. El pánico empezaba a cerrarme la garganta—. Val, ese hombre... ayer fingió ser tan dulce. Me pidió perdón. Me regaló una esmeralda. ¿Cómo alguien puede ser tan retorcido?

—Se llama psicopatía, Clara. O poder. O ambas —espetó ella, saltándose un semáforo en ámbar—. Los tipos como él no ven personas, ven trofeos. Y tú, con tu carita de ángel y tu tienda de flores, eres el trofeo perfecto para su colección de horrores.

Llegamos a mi calle cinco minutos después. Mi corazón se detuvo.

Frente a la florería, bloqueando parcialmente el paso, había un coche negro, imponente, con los cristales tan oscuros que parecían obsidiana. El motor estaba encendido, soltando un ronroneo bajo y amenazante que vibraba en el pavimento.

—Mierda —susurró Valentina, frenando en seco a media cuadra—. Es él.

Miré hacia arriba, hacia la ventana de mi apartamento. Mi respiración se cortó. La puerta del portal lateral estaba abierta, la madera astillada era visible incluso desde la distancia. Él no había esperado. Había entrado por la fuerza.

—No entres, Clara. Vámonos de aquí ahora mismo —Valentina empezó a meter la marcha atrás, pero mis ojos se fijaron en la figura que salía del edificio en ese preciso momento.

Era Alessio.

No era el hombre "suave" de ayer. Llevaba una chaqueta de cuero negra y caminaba con una furia contenida que hacía que la gente en la acera se apartara instintivamente. Se detuvo frente a su coche, mirando hacia ambos lados de la calle. Su rostro era una máscara de odio puro, sus ojos verdes buscaban algo con la intensidad de un depredador que ha perdido el rastro de su presa.

Entonces, su mirada giró lentamente hacia nuestra dirección.

—¡Agáchate! —gritó Valentina, empujándome hacia el suelo del coche.

Sentí el frío del metal en mi mejilla mientras el coche de mi amiga chirriaba al dar la vuelta en U. En ese segundo de terror, antes de desaparecer por la esquina, lo supe: el juego de las flores y los anillos se había terminado. La máscara de dulzura de Alessio se había podrido, y lo que quedaba debajo era algo mucho más oscuro de lo que cualquier pesadilla podría imaginar.

Él no quería mi perdón. No quería mi amor. Él quería mi rendición absoluta.

El coche de Valentina vibraba con una violencia que me hacía sentir que el motor iba a estallar en cualquier momento. Yo seguía encogida en el asiento del copiloto, con el frío de la alfombra contra mi frente, esperando escuchar el estruendo de un choque o el rugido del motor de Alessio dándonos caza.

—¡No levantes la cabeza, Clara! —gritó Valentina, girando el volante con una fuerza brutal. Sus neumáticos chirriaron al doblar una esquina estrecha.

En ese momento, mi teléfono, que apretaba contra mi pecho como si fuera un escudo, empezó a vibrar. Un escalofrío me recorrió la columna. Miré la pantalla: "Número desconocido".

—¡No contestes! —me advirtió Val, con los ojos fijos en el retrovisor—. ¡Es él! ¡Tiene que ser él!

Pero algo en mi interior, una intuición desesperada, me obligó a deslizar el dedo por la pantalla. No era la respiración pesada de Alessio lo que escuché. Era una voz de mujer. Una voz que sonaba como el terciopelo envuelto en una hoja de afeitar: elegante, madura y cargada de una autoridad que me hizo enderezarme instintivamente.

—Escúchame con atención, Clara Rossetti —dijo la mujer. No era una pregunta. Sabía exactamente quién era yo—. No cuelgues si quieres seguir respirando antes de que anochezca.

—¿Quién... quién es usted? —mi voz era un hilo apenas audible.

—Soy María Veraldi. La madre del animal que acaba de destrozar tu puerta —respondió, y pude notar un matiz de asco genuino cuando mencionó a su hijo—. Alessio ha perdido el juicio, y cuando un Veraldi pierde el juicio, el mundo a su alrededor se quema. Mi hijo no va a detenerse. Ha marcado tu rastro y no parará hasta que seas otra mancha en su historial de desastres.

Valentina me miró de reojo, con el rostro pálido al escuchar el apellido. Veraldi. El nombre que hace que la policía mire hacia otro lado y que los valientes se escondan.

—¿Por qué me llama? —pregunté, sintiendo que las lágrimas empezaban a nublar mi vista.

—Porque no quiero que su sangre ensucie mis manos más de lo que ya lo hace. Si te queda algo de sentido común, sal de la ciudad. Ahora mismo. No vayas a casa de tu amiga, él ya sabe dónde vive. No vayas a la policía, son nuestros empleados.

Escuché el sonido de un mechero al otro lado de la línea. Un suspiro de humo.

—Toma nota. Hay una propiedad que ni siquiera mi esposo Maximiliano usa desde hace años. Es una cabaña en el sector norte del Bosque de los Susurros, al final de la Ruta Vieja 44, kilómetro 12. La dirección exacta es Sendero de las Sombras, casa 7. Está oculta tras un muro de abetos negros. La llave está bajo una piedra con forma de cráneo a la izquierda del porche.

—¿Por qué me ayuda? —balbuceé, sin entender por qué la reina de esa dinastía de monstruos se molestaba en salvar a una florista.

—No te ayudo a ti, niña. Intento evitar que mi hijo se convierta en algo de lo que no pueda regresar. Si llegas allí, estarás a salvo... por ahora. Si te encuentra antes, ni siquiera yo podré salvarte. No vuelvas a usar este teléfono. Tíralo por la ventana.

Clic.

La comunicación se cortó. Me quedé mirando el aparato en silencio, con el corazón martilleando contra mis costillas.

—¿Qué te ha dicho? —preguntó Valentina, bajando la velocidad al entrar en una zona de callejones.

—Que tenemos que irnos al bosque —susurré, mirando la dirección que había anotado mentalmente con fuego—. Ruta Vieja 44. Es nuestra única oportunidad, Val. Su propia madre lo ha traicionado para salvarme.

Miré por la ventana trasera. No veía el coche negro de Alessio, pero sentía su mirada clavada en mi nuca. El anillo de esmeralda, ahora sin el chip, pesaba en mi bolsillo como un recordatorio: él ya no necesitaba un GPS para encontrarme. Estaba escrito en su sangre, y la mía empezaba a helarse con la idea de lo que pasaría si llegaba a esa cabaña antes que nosotras.

Bianca:

Observé desde una distancia prudencial cómo el coche desvencijado de la amiga de Clara quemaba caucho al salir de la callejuela. Mi hermano es un animal, pero es un animal predecible. Alessio cree que la fuerza bruta lo soluciona todo, pero yo prefiero la precisión de un bisturí. Por eso, mientras él seguramente estaba destrozando el mobiliario de la florería en un arranque de furia, yo ya estaba posicionada en mi deportivo gris mate, mimetizándome con el tráfico de la mañana.

Mamá ya había hecho su parte. Yo haría la mía.

—Valentina ha notado que la seguimos —murmuró mi voz interior al ver cómo el coche de delante zigzagueaba con nerviosismo—. Es lista. Lástima que yo sea mejor.

Mantuve la distancia justa mientras nos adentrábamos en la Ruta Vieja 44. El paisaje urbano se desvanecía, reemplazado por los dedos esqueléticos de los abetos del Bosque de los Susurros. El cielo estaba plomizo, amenazando con una lluvia que limpiaría el rastro de la huida de estas pobres niñas.

Aceleré un poco, dejando que vieran el brillo de mi carrocería en su retrovisor. Quería que tuvieran miedo, sí, pero un miedo controlado. El miedo las mantendría moviéndose hacia la trampa de seguridad que habíamos montado. Alessio no tardaría en rastrear las cámaras de la ciudad; teníamos poco tiempo antes de que el "Dúo del Apocalipsis" se encontrara cara a cara en medio de la nada.

Finalmente, el coche de Valentina giró hacia el Sendero de las Sombras, casa 7. Aparcaron de forma errática, casi chocando contra un pino. Bajaron corriendo, Clara aferrándose a su bolso como si llevara su vida entera ahí dentro. Me quedé en el coche un minuto más, vigilando la entrada del sendero. Silencio absoluto. Por ahora, mi hermano seguía dando vueltas en círculos en la ciudad.

Bajé del coche con la elegancia que me caracteriza, mis botas de diseñador crujiendo sobre las agujas de pino secas. Entré en la cabaña justo detrás de ellas.

El calor me golpeó el rostro de inmediato.

—¿Quién... quién está aquí? —la voz de Clara era un chillido de puro terror.

—Tranquila, florista. No es el monstruo —dije, cerrando la puerta con pestillo y apoyándome en el marco con los brazos cruzados.

Clara y Valentina estaban petrificadas en medio del salón. El fuego de la chimenea ya estaba rugiendo, lanzando destellos anaranjados sobre las vigas de madera vieja. Sentado en un sillón orejero, con una tablet en la mano y su habitual expresión de halcón analítico, estaba Luis.

—Llegan dos minutos tarde según mis cálculos, Bianca —dijo Luis sin levantar la vista, ajustándose las gafas. Su tono era amable, pero sus ojos ya estaban escaneando los perímetros digitales de la zona.

—Hubo tráfico, Luis. Alessio no es el único que usa las calles —respondí con sarcasmo.

Desde la cocina, un hombre que parecía una montaña de granito vestido de negro emergió con dos tazas de té humeante. Dante. Su rostro, marcado por las cicatrices, no mostró emoción alguna, pero le entregó una taza a cada una de las chicas con una delicadeza que solo él posee.

—Beban. El azúcar ayudará con el shock —ordenó Dante con su voz de barítono.

Pasó una hora. El silencio solo era roto por el crujir de la leña y el tecleo rápido de Luis, que borraba rastros satelitales para confundir a los investigadores de Alessio. Clara no dejaba de mirar la puerta, temblando.

Entonces, el pomo giró.

La puerta se abrió con una suavidad que solo la verdadera autoridad posee. María, mi madre, entró quitándose los guantes de piel, con el frío del bosque aún pegado a su abrigo de lana oscura. Sus ojos verde olivo recorrieron la habitación, deteniéndose en Clara.

—Luis, Dante, Bianca —saludó mamá, su voz llenando el espacio con una calma gélida—. Informen. ¿Cuánto tiempo tenemos antes de que mi hijo se dé cuenta de que el bosque es el único lugar donde no ha buscado?

—Alessio acaba de salir de la joyería —informó Luis, cerrando la tablet—. Está furioso. Si sigue a este ritmo, descubrirá la filtración de la ruta en cuarenta minutos.

Mamá se acercó a Clara, que estaba encogida en el sofá. Le tomó la barbilla con suavidad, pero con la firmeza de una reina.

—Bienvenida al refugio, Clara —dijo mamá, y por primera vez vi una chispa de lástima real en sus ojos—. Disfruta del silencio mientras dure. Porque cuando Alessio llegue, y lo hará, este bosque va a dejar de susurrar para empezar a gritar.

(pasando los minutos)

Maria:

Observé a la muchacha desde mi posición junto a la ventana. Clara Rossetti parecía una brizna de paja a punto de ser consumida por un incendio, con los nudillos blancos apretando la taza de té que Dante le había servido. Pero había algo en la forma en que su mandíbula se tensaba, un pequeño tic de rebeldía que me recordaba a mí misma antes de que Maximiliano me convirtiera en el ancla de este imperio de sombras.

Ella no lo sabe todavía, pero tiene acero en la columna. Solo necesita que alguien la golpee lo suficiente para que el metal salga a la superficie.

De repente, Clara dejó la taza sobre la mesa de madera con un golpe seco que hizo que Luis levantara la vista de su tablet y que Bianca arqueara una ceja, divertida. La chica se puso de pie, y aunque sus piernas temblaban, sus ojos —esos ojos que Alessio quería embotellar y poseer— ardían con una luz que no era solo miedo.

—¡Basta! —exclamó Clara, y su voz, aunque quebrada, cortó el aire de la cabaña como un cuchillo—. Dejen de hablar de mí como si fuera un paquete que están escondiendo del correo. Dejen de planear mi vida en susurros.

Bianca soltó una risa nasal, fría y aristocrática.

—Cuidado, florista. Estás en una habitación con personas que podrían hacerte desaparecer antes de que el té se enfríe. Deberías agradecer que no es mi hermano el que te está mirando ahora mismo.

—¡No me importa! —Clara dio un paso hacia Bianca, desafiando la elegancia letal de mi hija—. Quiero saber por qué. ¿Por qué yo? Soy una chica común. Vendo flores. No tengo dinero, no tengo secretos, no tengo nada que les sirva. ¿Por qué Alessio está tan obsesionado conmigo hasta el punto de ponerme un rastreador militar? ¡Díganmelo de una maldita vez!

Me acerqué a ella con pasos lentos, dejando que mi presencia llenara el espacio. El silencio en la cabaña se volvió denso. Dante se mantuvo en la sombra de la cocina, vigilante; Luis dejó de teclear. Me detuve a escasos centímetros de Clara, obligándola a sostener mi mirada verde olivo.

—¿Crees que eres común, Clara? —le pregunté, mi voz bajando a ese tono de seda que suele preceder a las verdades más dolorosas—. Ese es tu error. Alessio no busca lo común; él busca lo que puede corromper o lo que puede obligar a brillar.

—Eso no explica nada —insistió ella, y vi cómo sus puños se cerraban. El fuego interno del que ella no tenía conciencia estaba empezando a lamer sus bordes—. Hay miles de chicas en esta ciudad. ¿Por qué yo?

—Porque eres el espejo de lo que él perdió hace mucho tiempo —intervino Bianca, levantándose del sillón con una gracia felina—. Eres pura, eres auténtica y, sobre todo, tienes una chispa de resistencia que lo vuelve loco. Alessio es un depredador, y tú eres la única presa que, en lugar de correr, lo miró a los ojos y le aceptó un anillo sin saber que era una trampa. Tu inocencia es un desafío para su oscuridad.

Caminé alrededor de ella, observando la tensión en sus hombros.

—Él no solo quiere poseerte, Clara. Quiere ver cuánto tiempo tardas en convertirte en una de nosotros. Quiere ver si ese fuego que tienes ahí dentro, ese que te hace gritarle a una Veraldi en medio del bosque, es lo suficientemente fuerte como para sobrevivir a su abrazo.

Clara me miró, y por un segundo, vi la chispa transformarse en una llama. No era la mirada de una víctima. Era la mirada de alguien que empezaba a entender que la paz se había terminado para siempre.

—Si él viene... —empezó ella, con la voz más firme.

—Si él viene —la interrumpí, poniendo una mano sobre su hombro y apretando ligeramente—, tendrás que decidir si vas a dejar que te marchite como a una de tus flores, o si vas a usar ese fuego para quemarle las manos cuando intente tocarte.

—Él ya viene —dijo Dante desde la ventana, su voz como un trueno lejano—. El rugido de Belial se escucha en la entrada del sendero.

El aire en la cabaña cambió instantáneamente. La confrontación había terminado; la guerra acababa de llegar a la puerta.

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Anonymous
me encantó!! bendiciones 🙏
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