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Renaci Con Mi Peor Enemigo

Renaci Con Mi Peor Enemigo

Status: Terminada
Genre:Escuela / Reencarnación / Amor-odio / Completas
Popularitas:6k
Nilai: 5
nombre de autor: valeria isabel leguizamon

Ellos son enemigos mortales en la escuela tras morir juntos en un accidente renacen en una novela dónde son los villanos

NovelToon tiene autorización de valeria isabel leguizamon para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capitulo 2

—Te detesto mucho —dijo Alma, fulminándolo con la mirada.

Mino giró la cabeza hacia ella.

En lugar de sentirse ofendido, sonrió.

Le causaba gracia verla tan enfadada. De hecho, era una de sus actividades favoritas: molestar a Alma y observar cómo su rostro pasaba de la indignación a la furia absoluta en cuestión de segundos.

—¿Qué? —preguntó ella al notar su sonrisa.

—Nada.

—¿Por qué me miras así?

—Es que pareces un hámster cuando te enojas.

Alma parpadeó.

—¿Qué acabas de decir?

—Que inflas los cachetes.

—¡Yo no inflo los cachetes!

—Claro que sí.

—¡No!

—Mírate.

Mino imitó su expresión, inflando las mejillas y frunciendo el ceño.

Alma sintió que la sangre le subía a la cara.

—¡Deja de hacer eso, idiota!

—¡Es exactamente tu cara!

—¡Te voy a romper la nariz!

Él soltó una carcajada.

Y entonces, antes de que Alma pudiera anticipar sus intenciones, se inclinó hacia ella y le sujetó ambas mejillas con las manos.

—¡Pero mira qué cachetona eres!

Le apretó suavemente los mofletes.

Alma abrió los ojos de par en par.

—¡¿QUÉ ESTÁS HACIENDO?!

—Deberías comer menos.

—¡SUÉLTAME!

Ella intentó apartarle las manos, pero Mino era más fuerte y, para empeorar las cosas, parecía estar disfrutando de aquello muchísimo más de lo que una persona normal debería.

—¿Acaso tienes reservas para el invierno? —preguntó entre risas—. ¿Estás preparándote para hibernar?

—¡TE VOY A MATAR!

Alma le pellizcó el brazo con todas sus fuerzas.

—¡AU! ¡Está bien, está bien!

Mino la soltó de inmediato y levantó ambas manos en señal de rendición.

—¡Pendejo! ¡Déjame! ¡Esto es un abuso de confianza! ¡Voy a acusarte con la dirección!

—Ya, ya, lo siento.

Él se frotó el brazo mientras intentaba contener la risa.

—Es que tus cachetes son como pelotas antiestrés.

Alma se quedó inmóvil.

Lo miró.

Miró sus manos.

Volvió a mirarlo.

—Mino.

—¿Sí?

—Voy a hacer que te arrepientas de haber nacido.

—Qué miedo.

—¡LO DIGO EN SERIO!

—Te creo, hámster.

Alma se abalanzó sobre él.

—¡VEN AQUÍ, DESGRACIADO!

—¡Oye, oye! ¡Estamos en el autobús!

—¡ME IMPORTA UNA MIERDA!

Mino intentó protegerse mientras ella le golpeaba los hombros con los puños. No eran golpes particularmente fuertes, pero su furia era tan genuina que él apenas podía defenderse entre carcajadas.

Los pasajeros comenzaron a mirarlos.

Una señora sentada delante de ellos se volvió con una expresión escandalizada.

—Jóvenes, por favor. Compórtense.

Alma se detuvo inmediatamente.

—¡Él empezó!

Mino se llevó una mano al pecho.

—Señora, solo estaba intentando ayudarla a controlar el estrés.

—¡¿AYUDARME?!

—Sus cachetes son muy útiles para eso.

La señora los observó en silencio.

Después negó con la cabeza.

—Los jóvenes de hoy en día…

Alma quería desaparecer.

No.

Peor.

Quería que se abriera un agujero en el suelo del autobús y se tragara exclusivamente a Mino.

Se cruzó de brazos y giró la cabeza hacia la ventana, negándose a dirigirle la palabra otra vez.

Mino la contempló unos segundos.

—¿Estás enfadada?

Alma no respondió.

—¿Almita?

Ella apretó los labios.

—¿Mi pequeño hámster?

—¡CÁLLATE!

Él volvió a reírse.

—Está bien, está bien. No te molesto más.

Alma decidió que no le creería ni aunque se lo jurara ante un tribunal.

Y tenía razón.

Unos segundos después, sintió que algo rozaba su mano.

Bajó la mirada.

Mino había dejado un pequeño chocolate sobre su mochila.

Ella lo miró de reojo.

—¿Qué es esto?

—Un soborno.

—¿Para qué?

—Para que no me denuncies con la dirección.

Alma contempló el chocolate.

Era de su marca favorita.

Su expresión vaciló durante una fracción de segundo.

Mino lo notó.

Por supuesto que lo notó.

—Sabía que te gustaría.

Alma agarró el chocolate y lo guardó en el bolsillo.

—No creas que esto significa que te perdono.

—Jamás se me ocurriría.

—Y tampoco significa que me gustes.

Mino arqueó las cejas.

—¿Quién dijo que te gustaba?

Alma se quedó helada.

Él sonrió lentamente.

—Vaya, vaya. ¿Has estado pensando en eso?

—¡NO!

—Qué curioso. Yo no había mencionado nada parecido.

—¡TE ODIO!

—Ya me lo dijiste.

—¡PUES TE ODIO MÁS!

Mino se acomodó en su asiento, satisfecho.

Aquella iba a ser una mañana estupenda.

Alma, por su parte, empezó a preguntarse si el asesinato podía considerarse defensa propia cuando la víctima llevaba años provocándote.

Todavía no lo sabía.

—¡Esto será divertidísimo!

Alma abrazó a su mejor amiga con tanta emoción que casi la hizo perder el equilibrio.

—¡Alma, vas a asfixiarme!

—¡Son tres días fuera de casa! ¡Tres días sin tener que escuchar a mi madre hablar de lo maravilloso que es Mino!

Su amiga soltó una carcajada.

—¿Y qué hay de Mateo?

Alma se separó inmediatamente y se acomodó el cabello.

—¿Qué pasa con él?

—No te hagas la tonta. Sé perfectamente que te gusta.

—¡Habla más bajo!

Miró a su alrededor para asegurarse de que nadie las hubiera escuchado.

Mateo también iría a la excursión.

Solo pensar en pasar tres días cerca de él le provocaba mariposas en el estómago. Era amable, atractivo y, a diferencia de cierta persona insoportable, sabía comportarse como un ser humano normal.

—Esta vez voy a sentarme con él en el autobús —anunció Alma—. Ya lo decidí.

—¿Y si Mino aparece?

—Lo tiro por la ventana.

—Alma…

—¡Es una forma de hablar!

Su amiga volvió a reírse.

Cuando Mateo apareció en el patio de la escuela, Alma enderezó la espalda. Se alisó la falda del uniforme y respiró profundamente antes de acercarse.

—¡Mateo!

El muchacho se volvió hacia ella.

—Hola, Alma.

Le dedicó una sonrisa cariñosa.

Y Alma, que podía discutir durante horas con Mino sin inmutarse, olvidó de repente cómo funcionaba su propia lengua.

—Yo… eh… ¿te sientas conmigo en el autobús?

Mateo pareció sorprendido, pero enseguida asintió.

—Claro. Me encantaría.

Alma regresó junto a su amiga con una sonrisa tan grande que parecía a punto de despegar del suelo.

—¡ACEPTÓ!

—Te escuchó toda la escuela.

—¡NO ME IMPORTA!

Por primera vez en mucho tiempo, Alma estaba convencida de que aquel sería el mejor día de su vida.

Qué equivocada estaba.

El momento de subir al autobús llegó demasiado pronto.

Alma llevaba su mochila colgada del hombro y buscaba a Mateo entre los estudiantes cuando lo vio acercarse a la puerta.

Perfecto.

Era el momento.

Subió los escalones, recorrió el pasillo y encontró un asiento doble junto a la ventana. Dejó su mochila en el lugar contiguo para reservarlo.

Después se volvió hacia Mateo y le hizo una seña.

Pero cuando él estaba a punto de subir, una mano apartó su mochila.

—Gracias por reservarme el asiento.

Alma reconoció aquella voz inmediatamente.

Su sonrisa desapareció.

Mino se dejó caer junto a la ventana y acomodó su mochila entre las piernas.

Ella lo miró como si acabara de presenciar un asesinato.

—Levántate.

—Buenos días para ti también.

—¡Este asiento está reservado!

—Lo veo. Para mí.

—¡Mino!

—¡Alma!

—¡Quítate!

—No quiero.

Ella apretó los puños.

Durante unos segundos, ambos se miraron en silencio. Mino tenía esa expresión satisfecha que Alma conocía demasiado bien: la sonrisa de alguien que acababa de hacer una travesura y estaba esperando los resultados.

—Lo hiciste a propósito —susurró ella.

—No sé de qué hablas.

—¡ERES UN DESGRACIADO!

Varios estudiantes volvieron la cabeza.

Mateo, que acababa de subir, se acercó a ellos.

—Alma, no pasa nada —dijo con amabilidad—. Puedo sentarme contigo cuando volvamos de la excursión.

Ella se volvió hacia él.

—Pero…

—De verdad. No te preocupes.

Mateo le sonrió antes de buscar otro asiento.

Alma lo observó alejarse con una sensación amarga en el pecho.

Después giró lentamente la cabeza hacia Mino.

Él estaba mirando por la ventana, silbando como si no hubiera hecho absolutamente nada.

—Espero que estés satisfecho —dijo ella.

Mino volvió el rostro.

—¿Con qué?

Alma no respondió.

Agarró su mochila, se sentó junto a la ventana y le dio la espalda.

Esta vez no iba a discutir con él.

No iba a insultarlo.

Ni siquiera iba a mirarlo.

Durante todo el viaje, Alma fingió que Mino no existía. Cuando él le preguntó si quería una galleta, no respondió. Cuando le señaló el paisaje, ella siguió mirando por la ventana. Cuando intentó contarle un chiste, se colocó los auriculares.

Mino comenzó a perder la sonrisa.

Al principio pensó que Alma estaba exagerando, como siempre. Esperó a que se le pasara el enfado y volviera a gritarle alguna barbaridad.

Pero pasaron veinte minutos.

Después cuarenta.

Y ella seguía sin dirigirle la palabra.

Mino apoyó la cabeza contra el respaldo.

No entendía por qué aquello le molestaba tanto.

Había conseguido lo que quería: fastidiarla.

Entonces, ¿por qué no se sentía satisfecho?

Miró de reojo a Alma.

Ella estaba observando el paisaje, con el rostro serio y los auriculares puestos.

Mino bajó la mirada hacia sus propias manos.

Por primera vez aquella mañana, no tenía ganas de reírse.

La primera parada de la excursión fue un antiguo templo situado en las montañas. El edificio estaba rodeado de árboles enormes y senderos de piedra, y una campana de bronce colgaba bajo el tejado de la entrada.

Los estudiantes bajaron del autobús entre exclamaciones de entusiasmo.

Alma fue una de las primeras en salir.

—¡Por fin! —exclamó, estirando los brazos—. Necesitaba respirar aire puro.

Mino bajó detrás de ella.

—¿Y yo? ¿No necesitas respirar el mismo aire que yo?

Alma pasó junto a él sin siquiera mirarlo.

La sonrisa del muchacho se desvaneció un poco más.

Un monje anciano los esperaba frente al templo. Vestía una túnica sencilla y tenía el cabello completamente blanco.

—Bienvenidos al Templo del Eterno Amor —anunció—. Este lugar tiene una historia muy antigua.

Los estudiantes se reunieron a su alrededor.

—Cuenta la leyenda que las almas que se prometen amor en este templo volverán a encontrarse en otra vida. Aunque el destino las separe, aunque olviden sus nombres y aunque sus caminos parezcan imposibles de unir, sus almas encontrarán la manera de reconocerse.

—¡Qué romántico! —exclamó una chica.

Alma sonrió al imaginarse visitando aquel lugar con Mateo.

Quizá, si algún día se enamoraban de verdad, podrían regresar juntos.

—¿Y qué son esas cintas? —preguntó Mino.

El monje señaló un árbol enorme que crecía junto al sendero. Sus ramas estaban cubiertas de pequeñas cintas de colores. Algunas tenían nombres escritos; otras, promesas y fechas.

—Las personas escriben sus nombres en ellas y las atan al árbol. Es una promesa simbólica de que, si existe otra vida, sus almas intentarán reencontrarse.

Mino se quedó contemplando el árbol.

No sabía por qué, pero aquellas palabras le produjeron una sensación extraña.

Otra vida.

Volver a encontrarse.

Se preguntó qué haría si tuviera que pasar otra vida entera soportando a Alma.

Probablemente discutiría con ella desde el primer día.

Y, por alguna razón, la idea no le pareció tan terrible como debería.

Se acercó a un pequeño puesto donde vendían cintas y tomó una roja.

—¿Vas a escribir tu nombre? —preguntó uno de sus compañeros.

—Sí.

—¿El de quién más?

Mino no respondió.

Sacó un bolígrafo de su mochila y escribió dos nombres.

Mino y Alma.

Se quedó mirando las letras durante unos segundos.

Después soltó una risita.

—Esto será divertido.

Caminó hasta el árbol y ató la cinta a una rama.

El viento la hizo ondear suavemente entre las demás promesas.

—¿Qué estás haciendo?

La voz de Alma lo hizo girarse.

Ella había regresado del sendero y miraba la cinta con el ceño fruncido.

Mino metió las manos en los bolsillos.

—Nada.

Alma entrecerró los ojos.

Entonces leyó los nombres.

Su expresión cambió.

—¿¡MINO Y ALMA!?

Él sonrió.

—¿Qué pasa? ¿No quieres reencontrarte conmigo en otra vida?

—¡PREFIERO REENCARNAR EN UNA PIEDRA!

Mino se echó a reír.

—Pues tendrás que soportarme incluso entonces.

Alma intentó desatar la cinta, pero él le sujetó la muñeca antes de que pudiera hacerlo.

—Déjala.

Ella lo miró con indignación.

—¡¿Por qué?!

Mino abrió la boca para contestar con alguna de sus bromas habituales.

Sin embargo, por un instante, no encontró ninguna.

Sus ojos se encontraron.

Y algo en su pecho se sintió extrañamente cálido.

Fue una sensación breve, absurda, imposible de explicar.

Mino soltó su muñeca.

—Porque ya está atada —respondió finalmente, recuperando su sonrisa burlona—. Además, sería una pena desperdiciar una promesa tan importante.

—¡Te odio!

Alma se marchó furiosa.

Mino la siguió con la mirada.

Después volvió a mirar la cinta roja.

—Yo también te odio, Alma —murmuró.

Pero no la desató.

Y mientras el viento agitaba aquella pequeña promesa entre las ramas del árbol, ninguno de los dos imaginó que algún día sus nombres volverían a encontrarse escritos juntos.

Ni que, cuando llegara ese momento, ya no podrían separarse tan fácilmente.

Porque algunas promesas no necesitan ser pronunciadas en serio para cambiar una vida.

Y otras ni siquiera la muerte consigue romperlas.

1
Taurel
capítulos atrás dijeron que el emperador era su padre, y que la apreciaba mucho, ya aquí hay incoherencia
Norma Angelica Saldaña Reyes
/Smile/
Taurel
hasta el momento me cae fatal se me hace miro mucho para ella
Taurel
hay ya mejor porque no madura está vieja que actitud tan horrible
Bea Ro
hermosa novela
Afrodita Hada♥️
🫶🫶🫶🫶♥️♥️♥️♥️♥️♥️♥️♥️
Nena
muy interesante
Afrodita Hada♥️
🫶🫶🫶🫶♥️♥️♥️♥️♥️♥️♥️
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