Aranza Jordán murió atropellada cuando huía de un matrimonio arreglado... y de un amigo que la dejó desangrándose en plena calle.
Despierta en el cuerpo de Renata Anastasia Salvatierra, la nieta consentida de dos de las familias más poderosas del país. El problema: Renata es el personaje de relleno de una novela que Aranza nunca terminó de leer, la chica ingenua que, en la historia original, acaba muerta por culpa de su prima Selena.
Pero Aranza ya no está dispuesta a ser una víctima. Con una sonrisa dulce que no le llega a los ojos, una inteligencia afilada y un talento oculto para el hackeo, Renata se pone la máscara de la inocencia y juega con las cartas que la novela le dio. Ahora conoce el guion de todos: la prima que finge ser su amiga, la rival que la humilla, el protagonista que aún no sabe lo que se le viene encima.
Cinco primos que la adoran, abuelos que daría la vida por ella, un hacker de mirada fría que parece ver a través de su máscara... y enemigos que están a punto de descubrir que subestimar a la nueva Renata fue el peor error de sus vidas.
¿Astuta tú? Ella lo es más.
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¡Hola, hermano!
Renata se rascó la nuca. Tenía ganas de hablar con el mismo vocabulario que ellas, pero no podía. Su imagen no lo permitía.
—Mucho gusto, Caro, Isa, soy Renata... —dijo con una sonrisa.
Caro e Isa se quedaron embobadas con su sonrisa. Iban a decir algo, pero un estruendo de vidrios rotos las sobresaltó y las dejó con la curiosidad.
¡CRASH!...
Las cuatro voltearon hacia la puerta. Allí vieron a una chica en el suelo, rodeada de comida regada por todas partes.
—Ay, ya lo sabía —le dijo Clara a sus amigas.
Caro soltó una risita.
—Pues sí, ya es costumbre. La verdad me da lástima, pero qué se le va a hacer —dijo.
—Yo, en su lugar, ya habría roto el compromiso hace rato. Hombres en el mundo hay de sobra —añadió Isa.
Clara resopló.
—Sí, hay de sobra. Pero ¿alguna vez has visto uno mejor que Camilo? —preguntó.
Isa y Caro se miraron y estallaron en carcajadas. Clara solo negó con la cabeza.
—Preguntabas en el salón qué espectáculo era, ¿no? Pues este es el que pasa siempre —le explicó a Renata.
Renata se quedó en silencio, mirando la escena que Clara le había anunciado. Ahh, se me había olvidado esto, pensó.
Un momento antes...
Camilo y sus amigos acababan de llegar a la cafetería. Se quedaron un momento de pie, buscando qué mesas seguían libres.
—Cami, Perla te anda buscando desde hace rato —dijo Andrés, su hermano de sangre.
Camilo suspiró.
—¿Y ahora qué quiere? —preguntó, sin ganas.
Andrés se encogió de hombros.
—Y yo qué sé. Siempre te anda buscando, hermano —contestó, tal cual.
Bruno y Rafa se miraron.
—Cami, la verdad me da curiosidad. ¿Te gusta Perla? —preguntó Rafa, y Bruno asintió.
Camilo frunció el ceño.
—No —respondió, y se alejó de sus amigos.
Andrés puso los ojos en blanco y fue tras su hermano. Bruno y Rafa lo siguieron.
Se sentaron y pidieron de comer. Hasta que...
Perla, de quien habían estado hablando, se sentó tan tranquila al lado de Camilo. Andrés, al verlo, no dijo nada: tenía hambre y Perla le daba igual.
Bruno le dio un codazo a Rafa.
—Mala cosa si Evelina ve a Perla junto a Camilo —susurró.
Rafa asintió, y desvió la vista hacia otro lado, deseando que Evelina no apareciera hoy por la cafetería.
Pero su esperanza se esfumó al ver llegar a Evelina con dos amigas y la cara desencajada de rabia.
Bruno, al verla, se hizo a un lado enseguida: no quería ser el blanco de su furia.
—Camilo, ¿qué demonios te pasa? ¡Te dije que te alejaras de esta maldita! —gritó Evelina, señalando directamente a Perla.
A Perla se le llenaron los ojos de lágrimas.
—Eve, solo estaba sentada aquí. No tengo intención de molestar a Camilo —dijo con un hilo de voz.
Evelina apretó los puños. Siempre era lo mismo. Perla la sacaba de quicio.
—Entonces lárgate. No quiero verte cerca de mi prometido —le espetó.
Perla se mordió el labio. Miró a Camilo, que seguía sin hacer nada, y agarró su bandeja y se puso de pie.
Apenas dio unos pasos, de pronto cayó al suelo, y la comida se esparció por el piso.
¡CRASH!...
Todos los alumnos voltearon hacia Perla, tirada en el suelo, y hacia Evelina, parada a su lado.
Perla trató de contener el llanto.
—E-Eve, ¿por qué sigues molestándome? —susurró.
Evelina, que se había sobresaltado, soltó un gruñido de rabia.
—¡Te caíste tú sola, maldita! ¡¿Por qué me acusas a mí?! —gritó.
Perla retrocedió, asustada, al ver que Evelina iba a acercársele.
—Basta.
Evelina volteó hacia Camilo.
—¿Qué? ¿Tú también vas a acusarme de haberla tirado? —preguntó.
Camilo se levantó y fue hacia ella, harto de todo aquello.
—¿No puedes dejar de buscar problemas? Perla solo estaba sentada a mi lado, Evelina.
Evelina lo fulminó con la mirada.
—¿Yo busco problemas? Si ella no se te pegara, nada de esto pasaría —le gritó—. Ah, o será que te gusta que te ande rondando esa niña de menor grado que tanto te agrada —dijo, señalando a Perla, que seguía llorando.
Camilo se masajeó la cabeza, que empezaba a palpitarle.
—Basta, Evelina. ¿No te da vergüenza que todos en la cafetería te estén viendo? ¡Ahora pídele perdón a Perla!
Evelina lo miró sin poder creerlo. Bajó la cabeza y soltó una risa.
—¿Que le pida perdón? ¿Me estás ordenando que le pida perdón? Maldito seas. Jamás en la vida lo haré.
Bruno y Rafa se limitaron a observar en silencio. Mantuvieron la distancia: no pensaban meterse.
Andrés, en cambio, ya había ayudado a Perla a levantarse. Le daba lástima verla seguir llorando, y por eso la ayudó.
Además, eran compañeros de salón.
Camilo avanzó unos pasos hacia Evelina, con la rabia creciendo en el rostro. Ya tenía bastantes problemas en casa, y todavía en el colegio había quien buscara pleito con él.
—¿Que no quieres? —repitió, con voz monótona.
Evelina retrocedió. Empezaba a tenerle miedo a Camilo. Pero no iba a pedirle perdón a Perla. ¡Ella no había hecho nada! ¿Por qué iba a hacerlo?
Al ver que Camilo parecía a punto de abofetear a una chica, Renata se levantó de un salto y corrió hacia allá.
—¡Basta...! —gritó con todas sus fuerzas.
Clara y sus dos amigas se sobresaltaron al verla. Corrieron tras ella a toda prisa: temían que Renata se metiera en problemas.
Los alumnos que oyeron el grito de Renata también voltearon.
Camilo, igual. Conocía de sobra esa voz. Giró rápido hacia donde había sonado.
Al ver a una chica que se le acercaba con la cara roja de furia, se quedó atónito.
Renata, al llegar, resopló.
Clara y las otras le tiraban de la ropa por detrás.
—Rena... ¿qué te pasa? No te busques problemas, por favor —dijo Clara, cada vez más inquieta.
Isa también se sentía incómoda con todas las miradas encima.
—Rena, vámonos —dijo Caro.
Renata, sin decir nada, miró a Camilo, que también se quedó callado mirándola. Soltó el aire y le regaló una sonrisa enorme.
—Hola, Cami... —saludó con dulzura.
Camilo se quedó pasmado. No se equivocaba: frente a él estaba su hermanita.
Sin responder al saludo, la abrazó enseguida.
—Tu hermano te extrañó muchísimo —dijo, feliz.
Evelina y los demás alumnos se quedaron atónitos ante el cambio de actitud de Camilo. Miraron a Renata preguntándose quién era en realidad.
Andrés, junto a Perla, también se quedó callado, hasta que se dio cuenta de que la persona a la que abrazaba su hermano era su hermanita.
Sin querer quedarse atrás, soltó la mano de Perla y se acercó a Camilo y Renata.
—Renaaata, ¿te olvidaste de tu hermano más guapo? —dijo, furioso. De un tirón apartó a Camilo y se quedó con Renata.
La abrazó con fuerza.
—Cómo puedes abrazar solo a Cami —protestó, todavía enojado.
Renata soltó una risita y le devolvió el abrazo.
—No te había visto, Andre —dijo.
—Ya, suéltala, Rena —intervino Camilo, separándola de Andrés.
Andrés chasqueó la lengua.
—Yo también extrañaba a esta enana, Cami —refunfuñó.
Camilo no le hizo caso y miró a Renata con calidez.
—¿Qué haces aquí, eh? ¿Y por qué traes puesto el uniforme de este colegio?
Andrés también le miró la ropa.
—Renataaa... ¿te cambiaste a este colegio? —preguntó, emocionadísimo.
Renata asintió.
—Sí, me cambié a este colegio —respondió con una sonrisa.
Evelina se acercó a Renata, flanqueada por Andrés y Camilo. Sentía curiosidad por quién era esa chica que había logrado que Camilo sonriera así.
Renata, ante su mirada, solo sonrió. Se parece a mí de antes, pensó, al ver cómo Evelina manejaba los conflictos. Aunque ella era más astuta todavía.
—Hola, qué linda eres —saludó Renata con alegría.
Evelina, que iba a estallar, se quedó callada. La miró con el ceño aún fruncido.
—Ah, mucho gusto. Soy Renata Anastasia Salvatierra. La hermana de Cami y de Andre —dijo con voz clara, para que todos en la cafetería la oyeran.