Amanda Louis lo tiene todo: una empresa que levantó desde cero, un ático con vista a toda la ciudad y la absoluta convicción de que el matrimonio es un negocio con pésimas condiciones. A punto de cumplir treinta, no quiere marido, ni suegra, ni cuñadas que le arruinen la vida. Lo único que le falta es un heredero.
Mateo Adrián tiene veintiún años, un físico que corta el aliento, una carrera de actor que no despega, un padrastro enfermo y un prestamista a la puerta. Cuando una poderosa empresaria le ofrece una fortuna para convertirse en el padre de su heredero —sin amor, sin compromisos y con un divorcio pactado después del nacimiento—, la respuesta es un no rotundo. Nadie va a comprarlo ni a utilizarlo como un simple medio para tener un hijo.
Pero las deudas no esperan, y Amanda no está acostumbrada a que le digan que no. Lo que propone es un acuerdo reproductivo disfrazado de matrimonio secreto, regido por cláusulas, fechas límite y una única misión: darle el heredero que necesita.
Sin embargo, ese contrato frío pronto se convierte en un juego peligroso de miradas, celos y noches que ninguno de los dos supo prever. Entre una jefa que jamás pide perdón y un chico que se niega a perder la dignidad, el corazón empieza a cobrar intereses imposibles de pagar.
Y mientras ellos intentan averiguar dónde termina el trato y dónde empieza el amor, el pasado llama a la puerta: un primer amor que regresa, una ex dispuesta a todo, un padre con demasiados secretos y una familia que podría separarlos antes de que se atrevan a decir la verdad.
¿Se puede contratar el amor? Amanda está a punto de descubrir cuánto cuesta.
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Otra vez
A mediodía, Amanda seguía sentada frente a su escritorio, sin poder quitarse de la cabeza cada segundo de la noche anterior con Mateo.
La forma en que él la había mirado mientras cumplía con su papel de marido. Y la cara de satisfacción que había puesto al llegar al final.
Había gritado y se había desplomado en sus brazos, con la respiración desbocada. Amanda no sabía qué era lo que estaba sintiendo. ¿Por qué tenía que aparecer esa sensación tan extraña en el pecho?
Había creído que podría hacerlo sin que le moviera nada por dentro. Hacerlo, terminar y obtener el resultado. Sin quedarse con ningún recuerdo de por medio.
Pero no estaba resultando tan fácil como pensaba. Ahora empezaba a quedar atrapada en un juego de sentimientos que ni ella misma entendía.
—Ay, ya.
Se sacudió de encima todos los recuerdos de Mateo. Sería ridículo que terminara enamorándose de verdad de ese muchacho. Quería mantenerse firme en sus principios: no casarse ni tener un marido de verdad, con todas las de la ley.
—Señora Amanda, está aquí la señora Mariana.
Pía, su secretaria, le avisaba de la visita.
—¿Mariana? —se extrañó Amanda.
No recordaba haber quedado con su amiga. Pero ahora le preocupaba que Mariana necesitara algo de ella. No quería volver a dejarla sola como aquella vez. Temía que intentara otra locura, como quitarse la vida.
—Dile que pase.
—Sí, señora.
Un momento después, Mariana entró al despacho.
—Mandy.
—¿Qué pasa, Mari? Qué raro que vengas tan temprano.
Amanda le indicó que se sentara.
—Vengo a pedirte trabajo.
Lo que dijo Mariana la tomó completamente por sorpresa.
—¿Trabajo?
—Sí. Aquella vez me lo prometiste. Me dijiste que cuando naciera mi bebé me ibas a dar trabajo. Ahora mi bebé ya no está.
Amanda soltó un suspiro.
—Me acuerdo de lo que te prometí, y lo voy a cumplir. Pero todavía estás recuperándote, descansa primero. Lo de la comida y los gastos de los niños, no te preocupes. Te voy a seguir transfiriendo.
—Ya estoy bien. Además, me da pena nada más vivir de tu dinero. Quiero darte algo a cambio. Quiero trabajar aquí. Así no me vuelvo loca encerrada en la casa.
—¿Y tus hijos? ¿Ya conseguiste niñera?
—Ya.
Mariana la miró a los ojos y respondió con firmeza.
—Bueno. Mañana trae tu currículum. Es pura formalidad para Recursos Humanos.
—Ya lo traje hoy, Mandy.
Mariana sacó su currículum y se lo entregó. Amanda se quedó mirando a su amiga un momento. Luego:
—Está bien, empiezas hoy. Pero espérame aquí; voy a hablar con Recursos Humanos para ver dónde te acomodamos.
—¡Perfecto! —respondió Mariana, radiante.
Esa tarde, Mateo fue al hospital a ver a su padrastro. Ahí se encontró con su madre y con Rocío, su prima. Su padrastro estaba un poco mejor y ya podía conversar.
Mateo le contó a su madre que ya había hablado con el médico sobre la búsqueda de un donante de riñón para su padrastro.
—Pero, hijo, ¿y de dónde vamos a sacar para pagar eso? —preguntó su padrastro, preocupado.
—Tú tranquilo, papá. Eso ya lo tengo resuelto.
—¿De dónde sacaste el dinero? No andarás vendiendo droga o haciendo algo malo, ¿verdad?
Mateo sonrió.
—No, papá. Tú quédate tranquilo, ¿sí?
Su padrastro asintió. De pronto entró una llamada de Amanda. Mateo se sobresaltó y se levantó de inmediato.
—¿Quién es, Mateo? ¿Amanda? ¿Es tu nueva novia? —preguntó Rocío con una mirada pícara.
Había alcanzado a echar un vistazo al celular y leer el nombre en la pantalla. Mateo solo sonrió y salió de la habitación.
—Dime, Amanda.
—Mateo, ¿dónde estás?
—En el hospital, visitando a mi papá.
—¿Te vas a tardar mucho?
—Mmm, no tanto. ¿Por qué?
—Don Darío iba a pasar por mí, pero dice que se le descompuso el auto en el camino. ¿Puedes venir por mí? Si no puedes, no pasa nada. Pido un taxi por aplicación.
—Sí, sí puedo. ¿A dónde voy por ti?
Amanda le dio la dirección de las oficinas de su empresa. Mateo volvió a la habitación para despedirse de sus padres y de Rocío.
—¿Vas a salir con tu novia Amanda? —insistió Rocío.
Su madre y su padrastro se limitaron a sonreír.
—No, Rocío. Yo no tengo novia.
—¿Y Mireya?
—Se acabó.
—Ya, acepta que Amanda es tu nueva novia.
—Qué entrometida eres. Ma, papá, ya me voy.
—Cuídate mucho, hijo.
—Sí. Rocío, cuida a mi mamá y a mi papá. Y no andes de vaga.
—¡A la orden, jefe!
Mateo salió del hospital rumbo a la oficina de Amanda. Al entrar en la zona de edificios corporativos se quedó boquiabierto, porque pasaba por ahí muy seguido.
Nunca se imaginó que Amanda fuera la directora general de esa empresa. Era un lugar en el que alguien como él ni siquiera se atrevía a soñar con trabajar. Según él, solo la gente brillante y los egresados de las mejores universidades podían conquistar un sitio así.
Se detuvo en la entrada del vestíbulo, donde Amanda ya lo esperaba de pie. Mateo la recorrió con la mirada de pies a cabeza.
Era la primera vez que la veía con ropa de trabajo. Esa mañana, cuando él salió de la casa, ella todavía estaba en pijama.
Se veía guapísima y muy a la moda; parecía sacada de un drama coreano, de esos donde la protagonista es una ejecutiva. Incluso aparentaba tener la misma edad que él.
—¿Por qué me miras así? —preguntó Amanda, intrigada, una vez dentro del auto.
—Mmm, por nada.
—¿Qué pasa? ¿Me veo rara? —Amanda tenía cada vez más curiosidad.
—Para nada.
Mateo encendió el motor.
—Mateo.
Esta vez él volteó y la miró.
—Te ves preciosa —le dijo con toda sinceridad.
Amanda sonrió en el acto y desvió la vista hacia la calle.
—Ay, qué zalamero me saliste —soltó, y le dio un empujoncito en la cabeza. Pero un segundo después cayó en la cuenta de que Mateo era su marido—. Perdón, Mateo. Es la costumbre, así lo hago con mis alumnos.
—¿Alumnos? —Mateo frunció el ceño.
—Sí. Además de trabajar aquí, doy clases en una universidad.
—¿Ah, sí? ¿En cuál?
—En la Universidad Mayor.
—¿En serio? —Mateo parecía no creerlo.
Amanda asintió.
—En serio. A veces, cuando bromeo con mis alumnos, me sale así. Les doy un empujoncito en la cabeza sin pensarlo. Pero nada más a los que son cercanos.
Mateo soltó una risita.
—No pasa nada.
—Sí, pero eres mi marido. Aunque sea por contrato, me parece una falta de respeto hacerte eso.
Esta vez Mateo la miró y se quedó callado un instante. No se esperaba que Amanda respetara su lugar como esposo. Desde antes de la boda había dado por hecho que una mujer tan rica lo vería como un simple empleado a sueldo. Pero resultaba que Amanda no era tan mala como había pensado.
—Te perdono —dijo, y sonrió.
—¿Ya comiste? —preguntó Amanda.
Mateo negó con la cabeza.
—No me dio tiempo.
—Yo tampoco.
—¿Quieres comer fuera o en la casa?
—¿Tú dónde comes normalmente?
—Hay un lugar muy rico. Pero...
—¿Pero qué?
—Es un puesto en la calle. ¿De verdad quieres? —preguntó Mateo, dudoso.
—Mientras no sirvan con las manos, como en esos videos de comida callejera de la India, no hay problema.
—¿Tú también los ves?
—Sí, en YouTube. Me dan un asco...
—Pero una vez que empiezas, no puedes parar, ¿verdad?
—¡Oye! ¿Cómo sabes?
—¡Jajaja!
Mateo se echó a reír.
La llevó a un puesto de brochetas asadas donde él comía siempre. Al principio estaba un poco nervioso; temía que a una mujer tan rica le molestara el humo del asador o el ruido de los autos que pasaban sin parar.
Pero durante toda la comida Amanda se vio de lo más a gusto. Hasta pidió otra ronda.
—Comes bastante, ¿eh? —comentó Mateo, viéndola abrir la boca sin la menor vergüenza.
—¿Y qué tiene de malo que coma mucho? Los hombres a veces son rarísimos. Si una come poquito, que se hace la delicada. Si come mucho, que parece un rinoceronte.
—Yo no dije rinoceronte.
—No tú. Me lo contó una de mis alumnas.
—Ah, ¿así que además de maestra eres consejera sentimental?
—Sí, ejem.
Amanda se atragantó, y Mateo le acercó enseguida algo de beber.
—Toma, bebe. Más despacio, mujer.
Amanda sonrió apenada y siguió comiendo y conversando. Al terminar, Mateo pagó la cuenta.
—Mateo, se me olvidaba. Mañana le digo a Liliana que te haga la transferencia a tu cuenta —dijo Amanda cuando ya estaban en el auto, listos para volver a casa.
La verdad, a Mateo le daba pena. Quién sabe por qué, pero le estaba costando muchísimo llevar a cabo sus malos planes contra Amanda.
—Mmm, ¿de verdad no hay problema?
—Claro que no. Mañana le digo que te transfiera.
Mateo soltó un suspiro.
—En realidad, basta con que pagues las deudas de mis papás y el tratamiento de mi papá. Para mis gastos, yo todavía puedo conseguir dinero.
—No digas eso. Está en nuestro contrato —replicó Amanda.
Mateo arrancó el auto y no dijo nada más. Al llegar a casa se desvistió para bañarse y entró al baño sin nada encima.
Pero se llevó un susto al encontrar a Amanda metida en la tina. Ella se sorprendió igual que él: acababa de darse cuenta de que había olvidado cerrar la puerta con seguro.
Los dos se quedaron inmóviles un buen rato, con la respiración cada vez más agitada. Hasta que, poco después, volvieron a fundirse el uno en el otro, dándose calor entre el chapoteo del agua en la tina.
Gritos, jadeos y gemidos llenaron el baño. Hasta que, otra vez, ambos se dejaron caer, rendidos al placer.
Amanda se quedó dormida al rato. Mateo la tapó con una cobija y se quedó mirándola un momento. Luego se sentó frente al escritorio y abrió la laptop para hacer sus tareas de la universidad.