La Esposa Villana Del CEO Es Fatal
Tras morir en un accidente, una arquitecta ambiciosa y sin piedad despierta en el cuerpo de Morana Miller: la mujer gorda, despreciada y odiada de una novela que termina abandonada, despojada de sus hijos y de todo. Pero no llega antes de los errores. Llega cuando ya no hay vuelta atrás, cuando la villana que todos desprecian ya es ella.
Con disciplina férrea, inteligencia afilada y un orgullo inquebrantable, se transforma, estudia y regresa años después: hermosa, poderosa, fría y dueña de su destino. No viene a suplicar. Viene a reclamar lo que es suyo, a vengarse de quienes la destruyeron y a proteger a sus hijos —aunque para ello deba convertirse en la villana.
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Capítulo 19: La diabla despierta
palabras de la autora:
este capítulo es fuerte, la protagonista va a arrasar con Dalila. Recordemos que en su vida pasada Morana era calculadora y capaz de todo por el poder, no tenía límites y ahora veremos como por sus hijos libera a esta Villana que lleva reprimida. En este capítulo van a sentir mucha lástima por Dalila porque la va a humillar de una forma brutal. Morana nunca supo lo que es amar pero poco a poco está aprendiendo con sus hijos, esta es la historia de una Villana que aprende poco a poco sobre el amor.
Regresamos a casa en silencio. Los niños estaban agotados y asustados, pero ya se estaban calmando entre sus cojines. Todo el mundo en la casa sentía la tristeza de los seis maestros que habían dado su vida. Los noticieros seguían repitiendo la noticia, y cada vez que la escuchaba, sentía un nudo en la garganta. Pero al mismo tiempo, una sombra de sospecha se estaba apoderando de mí: Dalila. No podía ser casualidad que justo después de su llamada desesperada, pasara esto.
Antes de dormir, mandé un mensaje a un contacto antiguo en el departamento de seguridad del hospital. "Necesito saber si la habitación 307 del piso tres tiene cámaras. Y quién está de turno en el pasillo entre las 10 y las 11 de la mañana de mañana." Me respondió en cinco minutos: "No hay cámaras en las habitaciones privadas. El pasillo tiene una, pero se apaga para mantenimiento entre las 10:15 y 10:45. La enfermera de turno va a la sala de descanso a las 10:20. Nadie verá nada." Sonreí. Siempre hay un hueco. Siempre hay una forma de hacer las cosas sin dejar rastro.
Al día siguiente, después de dejar a los niños tranquilos con la nana, decidí ir al hospital. Quería ver a Violeta. No para consolarla, sino para comprobar lo que ya sabía — y para darle la lección que se merecía. Llegué al centro médico a las 10:10, pregunté por la habitación de la niña a la encargada de recepción, y ella me indicó el piso. Subí en el ascensor, con el cordón de cuero ya en el bolsillo interior de mi chaqueta, preparada para lo que venía.
Llegué al pasillo a las 10:22. El indicador de la cámara del techo parpadeaba rojo: apagada. La enfermera no estaba. Cerré la puerta de la habitación con llave — la había cogido de la mesita de la recepción mientras la encargada miraba hacia otro lado — y enchufé el pestillo. Violeta dormía profundamente: el sedante que le había puesto la doctora aún hacía efecto. Dalila estaba sentada en la silla junto a la cama, mirando a su hija con ojos vacíos.
—Hola, Dalila —dije con voz suave pero helada, saliendo de la sombra del rincón.
Ella se giró de golpe, con los ojos llenos de sorpresa y rabia.
—¿Qué haces tú aquí, Morana? ¿Cómo te metiste?
—No imaginas por qué estoy aquí —respondí, acercándome con paso seguro, sin dejar espacio para que huyera—. Podrás engañar a medio mundo, pero para mí no. Yo sé que tú tuviste detrás del atentado. Las mentes perversas nos reconocemos mutuamente. El problema fue que creíste que yo era una blanca paloma… o alguien débil. ¿Verdad?
Dalila se levantó de un salto, pero no tuve miedo. La agarre del cuello con fuerza y la choque contra la pared, asegurándome de que su cabeza no hiciera ruido.
—¡Te metiste con mis hijos, maldita! —grité, con la voz cargada de rabia pero baja, para que solo ella la escuchara—. ¡Nunca deberías haberlo hecho!
Saqué el cordón de cuero de mi bolso y se lo puse alrededor del cuello, empezando a apretarlo con fuerza calculada — no lo suficiente para matarla de golpe, pero sí para que sintiera la muerte cerca. Sus ojos se pusieron blancos, su cara se coloreó de rojo y luego de azul. Empezó a toser, a agitarse, a sentir cómo le faltaba la respiración.
—¡Voy a… morir…! —logró susurrar, con la voz apenas audible.
Cuando estaba a punto de perder el conocimiento, solté el cordón. Ella se desplomó contra la pared, tosiendo con dolor, agarrándose el cuello. No había marcas rojas, solo un leve rubor — el cuero era suave, y yo sabía cómo hacerlo sin dejar evidencia.
—Esto solo fue una pequeña advertencia de lo que te va a pasar si vuelves a tocar a mis hijos —dije, con voz fría como el hielo—. Por cierto… quiero que veas el teléfono. Mira qué noticia tan interesante.
Le mostré la pantalla. En el noticiero decía: Incendio en residencial Las Flores. La casa afectada pertenece a Dalila.
. Sin víctimas, pero total pérdida material.
—Yo fui la que mandé a incendiarla —admití, con una sonrisa cruel—. Y nunca vas a poder demostrarlo. Contraté a alguien que no existe en papel, que usó un coche robado y se fue sin dejar huellas. Con esto te demostre una cosa. Si tú eres una maldita, yo soy una diabla. Y ni siquiera tienes idea de cuán lejos voy a llegar. La próxima vez que intentes lastimar a mis hijos… te haré desaparecer como si nunca hubieras existido.
Había mandado un mensaje a Ian desde el ascensor: "Estoy en el hospital, en la habitación 307. Sabía que tardaría entre cinco y siete minutos en llegar — el hospital estaba a diez minutos de la compañía, pero él conduciría rápido.
—¡Morana, eres una perra! ¡Te odio! —gritó Dalila, con la voz rasposa.
—Lo sé —respondí, con calma—. Me odias porque soy mejor que tú. Y porque crees que te he quitado todo. Sabes… no me gusta Ian. Pero ahora lo voy a usar para fastidiarte. Eres tan poquita cosa que hace mucho que te dejé el camino libre… y ni siquiera pudiste seducirlo. No sirves ni para seducir a un hombre. Solo eres una rata de alcantarilla. Ian no siente nada por ti porque eres tan poca mujer que no sirves ni para retenerlo.
Lágrimas de rabia y vergüenza se le escaparon a Dalila.
—¿Estás llorando? —pregunté, con burla—. Eres tan débil que solo sirves para llorar. Tan patética que tuviste que atacar a mis hijos porque conmigo no puedes. Eres tan inferior… Hazle un favor al mundo: aleja te de nosotros. Porque si no, el sufrimiento que te espera será más grande que cualquier cosa que hayas imaginado.
No dije más. Sabía dónde estaba el límite — no necesitaba incitarla a nada para que su propia mente se lo hiciera.
En ese momento, escuché que Ian estaba a punto de abrir la puerta. Me moví rápido: me golpeé contra la mesa de noche con fuerza suficiente para hacer ruido, y luego me corté ligeramente la muñeca con una pequeña navaja que tenía en el bolso — la había desinfectado antes, y sabía cortar en un lugar donde la herida fuera leve pero visible. Me tumbé al suelo, ajusté la expresión de miedo en mi rostro y empecé a llorar con sollozos controlados.
—¡Morana! ¿Qué haces? ¿Estás loca? —gritó Dalila, al ver lo que hacía, sin entender el juego.
—Totalmente —respondí, con una sonrisa siniestra que solo ella vio antes de que Ian abriera la puerta—. Hoy te mostraré lo que es ser una verdadera villana.
Ian abrió la puerta y se quedó paralizado al ver la escena: yo estaba en el suelo, llorando, con la muñeca sangrando, y Dalila de pie al lado, con la cara enojada. Se quedó unos segundos en silencio, mirando a ella, luego a mí, con la expresión confusa que yo esperaba.
—¿Qué… qué pasó aquí? —preguntó, con la voz temblorosa.
—Ella… me agarró el cuello —dije, con la voz rota por el llanto, tocando mi propio cuello como si aún sintiera el dolor—. Quería… quería matarme. Por favor, Ian… no me dejes sola con ella.
Dalila se adelantó, desesperada:
—No… no fui yo… ella me atacó a mí!
Ian miró a los dos, con la frente fruncida. Se acercó a mí lentamente, agachándose para mirar la herida. Sus ojos se llenaron de rabia cuando vio la sangre.
—¡Cállate! —le gritó a Dalila, con desprecio—. ¿Cómo te atreves a hacerle esto a alguien que nunca te hizo daño? Ya no quiero verte nunca más cerca de mí ni de mi familia. ¡Sal de aquí!
Ian llamó a una doctora, que curó mi herida —era leve, como yo lo había planeado.
—Gracias por preocuparte por mí —dije, dándole un beso en la mejilla con falso afecto—. Eres un amor.
Lo decía sin sentir nada, pero lo hice con tanta naturalidad que él no se dio cuenta. En mi mente, pensé: No me gusta quien me convierto cuando me amenazan, pero lo haré mil veces por ellos. Y lo haré bien — sin dejar rastro, sin errores, sin piedras en el camino. Había reprimido mi lado más despiadado por mucho tiempo, pero ahora lo había despertado.
Poco después, Ian llamó a su madre para contarle lo que había pasado. Ella llegó al hospital veinte minutos después, con el resto de la familia. Cuando salió de la habitación para tomar aire, vio a Dalila en el pasillo. Se acercó a ella con paso firme y le dio dos bofetadas con fuerza.
—¡Desgraciada! —le gritó—. ¡No te quiero ver nunca más cerca de mi hijo ni de mi familia! ¡Vete y no vuelvas!
Dalila se marchó a la habitación de Violeta llorando, humillada y derrotada, mientras yo me quedaba bajo el cuidado de Ian , sabiendo que el juego había empezado… y que yo ya había ganado la primera partida. Todo había salido según lo planeado. Todo.