Mónica Morgan lo perdió todo cuando descubrió que el hombre que amaba siempre había preferido a su propia hermana. Con el corazón destrozado y después de perder al hijo que esperaba, decidió alejarse de aquella vida y comenzar de nuevo.
Nunca imaginó que encontraría una nueva oportunidad en los brazos de Cristopher Sinclair, un hombre poderoso, distante y completamente ajeno a los sentimientos. Él le propone un trato: fingir ser su pareja a cambio de setenta mil dólares. Para Mónica, solo sería un acuerdo; para Cristopher, una forma de demostrarle algo a su abuelo.
Pero fingir estar enamorados resulta más difícil de lo esperado. Las miradas comienzan a durar demasiado, la cercanía deja de sentirse incómoda y los celos aparecen donde no deberían existir.
Mónica sabe que aquello tiene una fecha de finalización. Cristopher insiste en que entre ellos no hay nada real.
Sin embargo, si todo comenzó como una mentira… ¿qué ocurrirá cuando alguno de los dos termine enamorándose de verdad?
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Capítulo 16
— El abuelo va en serio, Cristopher. Si vuelves a rechazar una cita como las anteriores, estoy seguro de que te quitará el puesto de presidente por unos meses como castigo. — Exhaló Thomas, deslizando su mirada entre el cronograma y la agenda digital que tenía en sus manos.
— ¿En serio el viejo se atrevería a tanto? — Preguntó Cristopher con un tono incrédulo, mirando su reloj suizo que ya marcaba las 11 del mediodía.
— Esta vez lo escuché más decidido que nunca. — Afirmó Thomas, ajustando su iPad con dedos ágiles, organizando citas.
— Maldita sea… — masculló, frotándose el puente de la nariz. — En qué momento me dijo esto… Joder. Dile al chofer que dé la vuelta y nos lleve al restaurante. Yo me encargo de cancelar la reunión con Max Fletcher.
Durante el trayecto, Cristopher llamaba personalmente a Max, el británico que estaba a punto de venderle el hotel más codiciado y abandonado de Gran Bretaña, su obsesión desde hacía años. Ese lugar no solo representaba un negocio, sino un recuerdo. Antes de la trágica muerte de sus padres en un accidente aéreo y que tras su pérdida, había quedado bajo la custodia férrea de su abuelo.
Su abuelo, devastado pero determinado, entendió que debía brindarle compañía al niño huérfano. No quería darle simples amigos pasajeros; quería darle un hermano, alguien que lo anclara a la vida. Así fue como Thomas entró en escena. No lo escogió como “compañero”, lo adoptó como su otro nieto. Desde ese día fueron más que amigos, eran hermanos de sangre sin serlo, una unión que nadie podía romper.
Al llegar al restaurante, Cristopher entró sin mucha prisa y se dirigió a una mesa apartada, lejos de miradas curiosas. Miró su reloj con evidente impaciencia; eran apenas las 11:45 a.m. y la señorita Walker aún no aparecía. Su molestia crecía con cada segundo.
Finalmente, un mensaje de Thomas, que se encontraba sentado en una mesa estratégica desde la que vigilaba todo, le notificó la llegada de Alexa Walker. Con el ceño fruncido y el fastidio dibujado en su rostro, Cristopher se levantó para recibirla.
La vio al instante rodeada de bolsas de compras en una mano y con una tarjeta de crédito brillando en la otra. Detrás de ella, dos guardaespaldas cargaban el resto como mulas de carga. Cristopher sintió un nudo de desprecio en el estómago.
Alexa, al verlo levantarse, comenzó a pavonearse. Sus pasos eran calculados, cada movimiento ensayado para seducirlo, movía sus caderas en un vaivén exagerado, quería engancharlo. Sabía que aquel hombre de mirada fría y porte regio sería su futuro esposo, una elección que ella misma había aprobado con entusiasmo. Cuando llegó a su lado, sus ojos brillaban de deseo, Cristopher era el sueño materializado de cualquier mujer. Su presencia imponía respeto, su perfume embriagaba y sus trajes italianos hechos a medida delineaban a la perfección un cuerpo forjado con disciplina.
Extendió su mano con delicadeza, esperando un gesto de caballerosidad. Sin embargo, Cristopher no la complació simplemente se sentó, revisó su reloj y mantuvo el gesto indiferente. Alexa se quedó inmóvil, su sonrisa se quebró un segundo y una chispa de ira cruzó sus ojos antes de recomponerse.
— Una disculpa por llegar tarde, Cris. — Dijo con un dejo de picardía, como si su voz pudiera suavizarlo. — Me distraje con algunas compras.
— Y al parecer, también con derrocar la cuenta bancaria de tu padre. — Replicó él con tono gélido, cortante, sin el menor interés en iniciar una conversación amable.
— Ja… Pues sí, también. — Respondió con burla. — Después de todo, él consiente demasiado a su niña. Y espera que su futuro yerno haga lo mismo.
— Entonces su futuro esposo llevará la empresa a la ruina con su estilo de vida. — Dijo Cristopher con desdén, mientras la fulminaba con la mirada.
— ¿Qué quieres insinuar, Cristopher? — Espetó ella con un tono cargado de furia contenida.
— Insinuar nada, Alexa. Decir, sí desperdicias tiempo y dinero en tonterías, sin fijarte en lo realmente importante. Eres una mujer que vive del capricho.
— Si nuestro futuro matrimonio va a ser así… — Comenzó Alexa con un tono venenoso, pero Cristopher la interrumpió antes de que terminara.
— ¿Futuro matrimonio? — Su risa irónica hizo eco en la sala privada. — Ese pensamiento ridículo solo existe porque mi abuelo me presionó. Si buscara esposa, sería todo lo opuesto a ti. — Escupió con frialdad, clavándole una mirada que helaba.
— Entonces, Alexa, ilumíname. Dime qué virtudes tienes además de gastar el dinero de tu padre en estupideces. Sorpréndeme con algo que despierte mi interés.
— Yo… — Murmuró, intentando encontrar las palabras correctas.
— ¿Qué opinas de la economía actual? ¿Cuál es tu plan de negocios a futuro para atraer accionistas? — Enumeró con voz firme, casi cruel. — Tengo mil preguntas, pero no te veo capaz de responder ni una. Eso es lo que espero de una mujer, alguien con quien pueda conversar sin aburrirme ni tener que explicarle el significado de cada palabra que digo.
— ¡Me estás llamando estúpida! — Explotó Alexa, incapaz de contener su rabia.
— No, Alexa. Solo digo la verdad. Pero si cree que miento… adelante, respóndame. — Contestó él con calma, tomando un sorbo de vino con estudiada elegancia.
— ¡Idiota! — Gritó Alexa, arrebatándole la copa y lanzándole el vino en el rostro. El líquido manchó su traje italiano, resbalando por su mandíbula como sangre oscura.
Cristopher no se inmutó. Se levantó con parsimonia, quitándose algunas gotas del traje. La miró con desprecio. — Bien. Eso es todo, señorita Walker. Puede avisarle a su padre que no habrá compromiso. Buen día. — Su voz, fría como el acero, fue el último golpe antes de irse.
Thomas, testigo de la escena desde su mesa, se levantó y le entregó un pañuelo a Cristopher, que se secó el rostro sin una sola palabra. Ambos salieron del restaurante, dejando a una Alexa furiosa y humillada.
— Creo que esta vez te pasaste, Cristopher. — Comentó Thomas, subiendo con él al Mercedes-Benz que los esperaba.
— ¿Yo? No fui yo quien lanzó el vino. — Respondió con calma, ajustando el cuello de su camisa. — Esa mujer no sabe ni comportarse en público y espera ser mi esposa. Qué pérdida de tiempo.